El hombre se viste de traje negro y corbata roja, ha viajado por tierra desde California hasta Washington D.C., se hospedó en el lujoso y famoso hotel Washington Hilton y 30 minutos antes de intentar asesinar al presidente de los Estados Unidos se toma una selfi frente al espejo de su habitación.
La noche en la que no se sirvió la cena
Jeanine Ferris Pirro, Fiscal de los Estados Unidos para el Distrito de Columbia, ha dado a conocer esta tarde un video de las cámaras de seguridad del hotel Washington Hilton que muestra al atacante disparar contra un oficial del Servicio Secreto
En la imagen se le ve sonriente y hace un gesto en su rostro que denota inocencia, como quien estuviera enviando una foto a su novia o a su mejor amigo; sería la foto que se tomaría alguien nervioso por una cita romántica para la que se ha vestido elegante, o la de quien quiere presumir a sus padres lo bien que se le ve el traje que le regalaron.

Pero el profesor de 31 años, que labora a tiempo parcial desarrollando videojuegos y que ha sido reconocido por sus logros académicos no va a ninguna cita romántica. Se llama Cole Tomas Allen y su fotografía frente al espejo muestra algo más que un gesto simpático; al lado de su corbata roja, el profesor porta como accesorios, al menos tres cuchillos tácticos y cuatro dagas perfectamente colocados bajo su elegante gabardina negro mate.
Abajo en el hotel más de mil invitados han comenzado a llegar, los nombres de los empresarios más poderosos se pueden leer en los registros y las mesas anuncian a las legendarias firmas de medios de comunicación. El presidente Donald Trump, que reniega de la prensa a la que constantemente llama “escorias” o “señores de las mentiras”, esta noche les ha invitado a cenar y planea, al menos por cuatro horas, firmar la pipa de la paz. Los periodistas más importantes y los directivos más famosos ya han cruzado al menos tres filtros de seguridad y están cómodamente sentados en el salón principal esperando a que dé inicio el evento, con lo que se espera sea un simpático discurso recitado por el anfitrión, que casualmente es uno de los hombres más poderosos del planeta.
Afuera, en uno de los pasillos, los policías y guardias del Servicio Secreto se relajan porque el área está controlada y es momento de comenzar a retirar los arcos detectores de metales. Tres agentes se recargan en la pared y otros dos permanecen de pie charlando. Al fondo, el profesor Tomas Allen ingresa corriendo a toda velocidad y se puede ver a través de las cámaras de seguridad que ha cambiado su abrigo por una escopeta Maverick calibre 12 que ha llevado con él desde California. El primer impulso es disparar a corta distancia un guardia del Servicio Secreto que ha tenido la suerte de que el disparo del profesor impactó en su chaleco antibalas. Lo absurdo de la acción activó todas las alarmas y en segundos el profesor Allen se ve rodeado de hombres y al menos 12 armas apuntándole mientras es sometido y desarmado sobre la lujosa alfombra del hotel.
Puertas adentro el presidente Trump escucha el estruendo de una charola de metal que algún camarero distraído ha tirado; segundos después, su equipo de seguridad le informaría que esa charola en realidad era una bala que llevaba su nombre, pero que se había cruzado con un agente en su camino. Los altos funcionarios y sus esposas son evacuados del escenario principal del evento, los invitados se tiran bajo sus mesas y la confusión llena todo el sitio, los periodistas activan sus teléfonos y comienzan a reportar a sus medios. Nadie tiene claro qué es lo que ha pasado ni qué está por pasar.
A pesar de sus pretensiones de alterar el curso de la historia, el ataque terminó en el suelo de un pasillo, dejando tras de sí una estela de preguntas sobre las fallas de seguridad en uno de los eventos más protegidos de la capital. La Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, históricamente un símbolo de la Primera Enmienda, quedará marcada ahora por el recuerdo de la noche en la que el estruendo de un arma silenció los brindis.








