En diciembre del año 2000, Ariel Moutsatsos se tomó una fotografía en el mirador de la Torre Sur del World Trade Center. Tenía 26 años, la tez fresca de un joven recién graduado en Ciencias de la Comunicación y la fascinación infantil por una ciudad que hasta entonces solo conocía por los relatos de una tía viajera. Para él, Manhattan era la Estatua de la Libertad y una parada turística antes de decidir que ahí quería cursar su maestría. No existía premonición alguna en esa imagen; solo el registro de un viajero fascinado.
La mañana en que Nueva York cambió de siglo había un reportero mexicano para contárselo a su país
La mañana del 11 de septiembre de 2001, el periodista Ariel Moutsatsos comenzó a narrar desde la habitación de un hotel el incendio en una de las torres del World Trade Center sin saber que el siglo XXI estaba por comenzar a escribir una nueva historia.

Al año siguiente, el periodista mexicano había llegado a Nueva York con una idea fija en la mente, buscar una buena escuela y convertirse en corresponsal internacional con el paso de los años. Pero ese septiembre todo eran planes y un sueño profesional, que se veía muy lejano de su actual puesto, como reportero de la sección de tecnología en el programa de radio que conducía Ricardo Rocha, por aquellos años uno de los periodistas más escuchados de México. Para Ariel Moutsatsos, estar en "Detrás de la noticia", como se llamaba el matutino, era ya en sí mismo un logro para el joven que había salido de la universidad y ya tenía un trabajo que lo acercaba a miles de millas de su proyecto, pero al fin de cuentas lo acercaba.
Había llegado a Nueva York con dos amigos que disfrutaban la imponente ciudad y todas las cosas que tienen para ofrecer al extranjero, mientras Ariel pedía informes en un mostrador de Columbia. Su regreso sería el 12 de septiembre.
Entonces amaneció el 11 de septiembre
La mañana del martes 11 de septiembre de 2001, Moutsatsos dormía en la habitación del piso 43 del Hotel Hilton Times Square. A las 8:50 de la mañana, un sonoro timbre de teléfono interrumpió el descanso. Desde la Ciudad de México, el equipo de producción de Ricardo Rocha intentaba localizarlo desesperadamente.
"¡Asómate a la ventana!", le gritó el productor Enrique Hernández al teléfono. "Acaba de pasar algo en las Torres Gemelas".
Al abrir las cortinas, la vista desde el piso 43 era directa e inequívoca: una columna de humo denso emanaba de la parte alta de la Torre Norte. Sin preparación previa para una crisis internacional, Ariel encendió el televisor en la cadena CBS y comenzó a transmitir en directo a través de la línea telefónica del hotel.
El joven que iba buscando un máster para especializarse en periodismo internacional estaba recibiendo un curso express, que probablemente los corresponsales de guerra más experimentados jamás habrían imaginado ni en sus crónicas más profundas del horror.
La guerra finalmente había llegado a América y el joven aprendiz de reportero se la estaba narrando a millones de mexicanos.
Mientras intentaba describir a la audiencia la escena de una supuesta avioneta descontrolada, Moutsatsos vio fijamente por la ventana una diminuta silueta cruzando el cielo, seguida de una gigantesca bola de fuego en la torre izquierda.
En televisión, el rótulo cambió instantáneamente: Un segundo avión impacta el World Trade Center.
"Se acaba de estrellar un segundo avión. Esto es un ataque terrorista, señor", soltó Moutsatsos al aire, llevándose por el instinto ante la magnitud de la imagen.
En la cabina de radio en México se hizo un silencio pesado. Ricardo Rocha suspiró al micrófono antes de responder con gravedad: "Estamos ante la cadena de atentados más terrible en la historia de la humanidad".
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En ese segundo, el joven reportero comprendió el peso de las palabras. Moutsatsos hizo un pacto consigo mismo en silencio: reprimir las conjeturas, enfocar la mirada y limitarse estrictamente a dar testimonio de lo que sus ojos pudieran verificar. El problema es que eso no se enseña en las aulas y, si se enseña, Moutsatsos no tenía sus apuntes para recordarlo. Lo estaba aprendiendo de primera mano.
Decidido a cumplir con la labor informativa, improvisó una conexión telefónica puente en la habitación del hotel para mantener la línea abierta con México, tomó su teléfono móvil con una batería de repuesto y bajó a la calle. Era otro mundo, uno en donde los celulares no lo eran todo, un mundo que cambiaba a la misma velocidad que el humo cubría el bajo Manhattan.
Avanzó hacia el sur de la isla combinando tramos en taxi y a pie, sobrepasando los cordones policiales gracias a un pase de prensa en español que los oficiales de policía no entendían, pero vislumbraban la palabra prensa.
A la altura de Canal Street, el caos urbano era absoluto. En medio del cruce de transeúntes aterrorizados y sirenas ensordecedoras, una fotógrafa de la agencia Associated Press le prestó su lente telefoto para observar la parte alta de las torres. Al enfocar, Moutsatsos presenció una de las estampas más desgarradoras de la jornada: personas desesperadas lanzándose al vacío desde los pisos superiores atrapadas por el fuego.
A medida que se acercaba a las torres, la escala de la catástrofe rebasaba cualquier marco lógico. A escasas cuadras de la zona, observó la figura del alcalde Rudolph Giuliani rodeado de cuerpos de emergencia, llevándose las manos a la cabeza ante el espectáculo dantesco.
Minutos más tarde, buscando refugio para recargar la batería de su teléfono, Ariel ingresó a un pequeño establecimiento de café. Desde allí, entrando y saliendo a la acera, narró el instante exacto en que la estructura de la Torre Sur sucumbió, levantando una densa marejada de polvo atronador que convirtió la luz del sol en un espectro naranja metálico.
Moutsatsos regresó caminando al hotel a mitad de la tarde tras recorrer más de sesenta calles a pie entre el polvo suspendido de la isla. Tenía la ropa cubierta por una fina capa gris y una sensación de aturdimiento insuperable. En la habitación, sus amigos permanecían inmóviles frente al televisor.
Pese al agotamiento físico, Ariel no dio por terminada la jornada. Tras una ducha prolongada en la que el polvo acumulado en el cabello se resistía a desaparecer, tomó una pequeña grabadora de casete y salió nuevamente con su amiga y fotógrafa Gabriela Loyo a documentar la noche en el Hospital St. Vincent y las vigilias espontáneas de velas que comenzaban a iluminar Union Square.
Ya tomaste el curso; viene el examen
Para la mañana del 13 de septiembre de 2001, desde la habitación en el hotel neoyorquino, el reportero creyó, por un par de horas sofocantes, que su carrera periodística había llegado a su fin antes de empezar.
Apenas dos días después de que dos aviones comerciales derribaran las Torres Gemelas y transformaran el horizonte de Manhattan en una nube de escombros y polvo tóxico, Ariel, cansado pero satisfecho por el trabajo que había realizado, bajó a desayunar al Applebee’s de la calle 42. Con los audífonos de su Walkman puestos, escuchó una interrupción en la señal de la emisora local PLJ. Lo escucho muy claro: aviones caza estadounidenses sobrevolaban Afganistán ante la inminencia de un ataque militar.
Con la adrenalina corriendo por las venas, corrió a la habitación, llamó a la producción de México y entró al aire en el noticiero. Con la voz agitada, soltó el reporte: Estados Unidos estaba a punto de atacar. En ese instante, un avión de combate cruzó rugiendo muy bajo sobre el edificio. La paranoia pareció confirmar la primicia.
Sin embargo, minutos después llegó el golpe de realidad. El locutor de la radio corrigió: las patrullas aéreas no estaban sobre Afganistán, sino sobre las principales ciudades estadounidenses. Moutsatsos sintió cómo la sangre se le bajaba a los pies. Todavía hoy, 25 años después de ese reporte, puede narrar perfectamente los minutos que vivió al darse cuenta de que su anuncio sobre un ataque en Oriente Medio había sido casi inexacto.
"Me temblaban las piernas. Dije: 'Soy un imbécil, acabo de mandar a la basura toda mi cobertura'", recuerda Moutsatsos. La reprimenda del jefe de información desde Ciudad de México fue implacable, prohibiéndole corregir al aire para no avivar el error y ordenándole enviar un texto medido por correo electrónico antes de volver a compartir cualquier información.
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Siguieron dos horas de angustia absoluta y boca seca. A la una de la tarde, al regresar de la pausa comercial en la televisión mexicana, la historia dio un giro impredecible. Los canales internacionales comenzaron a transmitir en vivo desde la Casa Blanca: el presidente George W. Bush anunciaba el inicio de los vuelos de reconocimiento y las operaciones preliminares contra el régimen talibán en suelo afgano.
Las piezas del destino se acomodaron de forma inverosímil. Lo que había iniciado como un tropiezo por un reporte confuso terminó convirtiéndose, dos horas después, en la confirmación de la noticia del día. Reportero sin suerte no es reportero.
Aquel septiembre en Nueva York no estaba en los planes originales del periodista. Moutsatsos tenía previsto regresar a México el miércoles 12 de septiembre; incluso conservó por años el boleto con la reserva para cenar la noche del martes 11 en el célebre restaurante Windows on the World, en la cima de la Torre Norte. La tragedia reescribió su agenda y lo arrojó al centro del acontecimiento global más destructivo del siglo XXI.

Durante once días caminó la ciudad en crisis. Cubrió el tumultuoso arribo del presidente Bush a la Zona Cero, resistió filas de más de diez horas para obtener un pase temporal de prensa y enfrentó los momentos de tensión de una ciudad bajo psicosis de guerra.
En una ocasión, tras acercarle la grabadora al alcalde Rudy Giuliani, un agente de seguridad lo sujetó por el cuello, le advirtió que estuvo a punto de arrestarlo y lo obligó a entregarle el rollo fotográfico donde guardaba las imágenes del esqueleto metálico de los edificios caídos.
Aquel bautismo de fuego inauguró una trayectoria de un cuarto de siglo en la cobertura internacional y la diplomacia. Pero el destino le reservaba una coincidencia aún más insólita.
Años después, mientras cursaba una maestría en España y vivía cerca de la estación de Atocha, el sonido de las explosiones volvió a atravesar la mañana. Era el 11 de marzo de 2004.
El reportero no sabe por qué, sabe que allá muy afuera hay algo; ha escuchado que unos lo llaman karma, otros suerte y otros simplemente destino. Al reportero no le interesa saber el porqué. Total, reportero sin suerte no es reportero.

Este 11 de septiembre, Ariel Moutsatsos volverá a la Zona Cero. No lo hará como el joven reportero de 27 años que temblaba en la habitación de un hotel con la boca seca, sino como el corresponsal experimentado que, durante más de dos horas de transmisión en vivo, volverá a explicarle a la audiencia hispanohablante cómo la historia moderna comenzó a reescribirse aquella mañana que dejó asentada la memoria imborrable en que el mundo cambió para siempre frente a sus ojos.










