La temporada de huracanes en Estados Unidos está cobrando fuerza. Y a partir de Amanda y Boris, los nombres de los ciclones tropicales en la región del Pacífico se están sucediendo rápidamente.
La importancia de los nombres: ¿por qué es importante nombrar tormentas, operaciones militares y enfermedades?
Los seres humanos han dado nombre al mundo que los rodea casi desde que existe el lenguaje, pero las prácticas formales de asignación de nombres para tormentas y otros eventos de importancia nacional e internacional son un fenómeno relativamente reciente. Los nombres de operaciones militares, huracanes, enfermedades deben cumplir propósitos que van más allá de la mera diferenciación: necesitan contar historias
¿Pero por qué estos nombres cada año? ¿O por qué ponerles nombre en absoluto?
Los seres humanos han dado nombre al mundo que los rodea casi desde que existe el lenguaje, pero las prácticas formales de asignación de nombres para tormentas y otros eventos de importancia nacional e internacional son un fenómeno relativamente reciente. Los nombres de operaciones militares («Operación Furia Épica»), huracanes (Hugo, Andrew, Katrina, etc.), enfermedades (COVID-19) e incluso empresas deben cumplir propósitos que van más allá de la mera diferenciación: necesitan contar historias.
«Mire a su alrededor en su hogar. ¿Quién o qué tiene nombre? Los miembros de su familia, sus mascotas. Puede que incluso haya nombrado ciertos objetos de valor significativo», comenta Shannon Murphy, directora ejecutiva de Nameistry, una firma que asesora a empresas y emprendedores a desarrollar sus identidades de marca. «Si tiene un nombre, tiene significado de alguna manera, y surgirá en conversaciones u otros tipos de comunicación».
La Organización Meteorológica Mundial, que gestiona la asignación de nombres a tormentas tropicales a nivel global, afirma que asignar un nombre ha «demostrado ser la forma más rápida de comunicar alertas y aumentar la conciencia y preparación del público», además de limitar la confusión cuando se desplaza más de un ciclón a la vez. También pueden facilitar la investigación y el registro histórico.
En todo el mundo, las tormentas tropicales se nombran mediante una serie de listas alfabéticas acordadas previamente y determinadas por cinco organismos regionales de ciclones tropicales. Algunas de estas listas son cíclicas y se repiten cada pocos años, comenzando con la letra «A» en la primera tormenta de cada año; otras inician una nueva lista anualmente. Aquellas que cubren la región del Atlántico omiten nombres que empiezan por Q, U, X, Y y Z debido a la dificultad para encontrar opciones disponibles.
Hasta 1979, Estados Unidos utilizaba únicamente nombres femeninos, pero hoy en día se alternan. Por ejemplo, el sucesor de Amanda en la región de tormentas del Pacífico nororiental es Boris, y los residentes del mar Caribe, el golfo de México y la región del Atlántico norte ya han presenciado a Arthur y Bertha.
Los nombres de operaciones militares han evolucionado
Si bien los nombres de las tormentas están diseñados para ser memorables y sencillos, no buscan necesariamente evocar emociones. Tampoco lo hacían los nombres de operaciones militares, cuya función original era mantener el secreto y diferenciarse entre sí, hasta que el primer ministro británico Winston Churchill modificó la nomenclatura para adaptarla a los objetivos más amplios de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
«En la Segunda Guerra Mundial, nombres como Overlord, Torch o Husky eran nombres en clave de planificación», señala Ruben Stewart, investigador principal sobre guerra terrestre en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. «La intervención de Churchill al nombrar la Operación Overlord», indicó Stewart en referencia a la ofensiva aliada iniciada en el Día D, «reflejó una toma de conciencia más amplia en tiempos de guerra de que los nombres de las operaciones importaban».
En un memorando de 1943 dirigido a su jefe de Estado Mayor en tiempos de guerra sobre los nombres en clave para la Segunda Guerra Mundial, Churchill argumentó que las designaciones operativas no debían reflejar un «sentimiento jactancioso o de excesiva confianza» ni resultar «frívolas».
El primer ministro añadió que debía procurarse identificar nombres que «no sugieran el carácter de la operación ni la menosprecien de ningún modo, y que eviten que una viuda o una madre tenga que decir que su hijo murió en una operación llamada "Bunnyhug" o "Ballyhoo"».
Los conflictos posteriores transformaron las pautas para bautizar operaciones: las fuerzas armadas estadounidenses optaron por nombres de dos palabras, mientras que el Reino Unido mantuvo una sola palabra. Hoy en día, los nombres en clave militares británicos se generan automáticamente, mientras que las operaciones militares estadounidenses continúan siendo evocadoras. Esto implica que las misiones conjuntas pueden recibir nombres distintos: la respuesta militar a la Guerra del Golfo de 1991 fue bautizada por las fuerzas de EE. UU. como «Operación Tormenta del Desierto», mientras que los británicos optaron por «Operación Granby».
Stewart explica que los periodos posteriores a Corea/Vietnam y Panamá fueron determinantes para definir el tono de las denominaciones militares estadounidenses; la Operación Killer durante la Guerra de Corea en 1951 generó «evidentes problemas de relaciones públicas», mientras que la invasión de Panamá denominada «Operación Causa Justa» demostró cómo el nombre de una misión podía «enmarcarse deliberadamente en busca de legitimidad».
Los últimos años han traído denominaciones más llamativas
Cuando la guerra de Estados Unidos con Irán comenzó en febrero, fue bautizada como Operación Furia Épica, un nombre que el presidente Donald Trump aseguró haber elegido de una lista de 20 opciones. Algunos han criticado el auge de nombres más rimbombantes, incluidas redadas migratorias tituladas Catahoula Crunch en Luisiana y Operación Dirtbag en Florida, así como la designación de centros de detención como el «Alcatraz de los Caimanes» en Florida.
«Un nombre puede señalar un propósito, brindar tranquilidad al público nacional, sostener la legitimidad de una coalición, disuadir a los adversarios y dar al personal en servicio una identidad clara para lo que realiza», afirma Stewart. «Los mejores nombres son claros, sobrios, memorables, culturalmente seguros y políticamente defendibles».
Equivocarse en la percepción o connotación de un nombre puede traer consecuencias de gran alcance, aun tratándose solo de una pequeña parte de una operación. La guerra contra el terrorismo tras el 11 de septiembre se denominó inicialmente Operación Justicia Infinita, pero fue cambiada a Operación Libertad Duradera tras el temor de ofender a aliados estadounidenses en Oriente Medio, dado que en la fe musulmana se considera que solo Dios puede impartir justicia infinita.
No todos los nombres están pensados para perdurar. En dos ocasiones durante los últimos 25 años, la región meteorológica del Atlántico agotó todos los nombres de su lista anual y debió recurrir al alfabeto griego. Actualmente, señala Berg, se mantiene lista una relación suplementaria de nombres.
En caso de tormentas particularmente devastadoras por el saldo de víctimas o daños materiales, los nombres pueden retirarse y sustituirse por otros nuevos, priorizando siempre la claridad.
«Ha habido nombres difíciles de pronunciar, y creo que se procura evitar su uso porque queremos que resulten fáciles de articular al hablar», señaló Robbie Berg, meteorólogo de coordinación de alertas en el Centro Nacional de Huracanes.
La práctica de nombrar eventos de gran escala sigue evolucionando
Entre las tormentas históricas cuyos nombres fueron retirados figuran Sandy —que azotó Jamaica, Cuba y la costa este de Estados Unidos en 2012, dejando 182 fallecidos— y Katrina —que impactó la costa del golfo de EE. UU. en 2005, cobrando casi 1,400 vidas—. Ambas provocaron cuantiosos daños materiales. Estos nombres no volverán a emplearse; fueron sustituidos por Katia y Sara.
Las costumbres también se transforman a lo largo del tiempo. Históricamente, las enfermedades y afecciones médicas solían llevar el nombre de quienes las identificaban o de los lugares donde se detectaban —como la enfermedad de Alzheimer o el ébola—; sin embargo, la Organización Mundial de la Salud desaconseja actualmente dicha práctica.
«Existe un alejamiento intencional de términos como "gripe porcina" o "gripe española", lo que subraya la fuerza que puede tener un nombre y sus asociaciones», afirmó Murphy. «Una vez que se fija, resulta difícil erradicarlo».
Las investigaciones sobre el impacto exacto de estas denominaciones siguen siendo escasas. Andrew Charlton-Perez, meteorólogo y director de la Escuela de Ciencias Matemáticas, Físicas y Computacionales de la Universidad de Reading, instó a realizar más estudios en este campo conforme el clima genera fenómenos meteorológicos extremos con mayor frecuencia.
«A medida que nuestro clima se vuelve más extremo», señaló, «siempre existirá la necesidad de evaluar cómo comunicar mejor para evitar daños».
Una alternativa posible: la colaboración abierta ( crowdsourcing). En Gran Bretaña e Irlanda, la ciudadanía puede proponer sugerencias de nombres para tormentas y probar su suerte; podrían acertar, según hacia dónde sople el viento.
