NUEVA YORK.- En la era de las redes sociales y de compartir cada minuto todo lo que pasa en nuestras vidas, la privacidad se ha convertido en una gema poco común. No solo cuando hablamos de la constante necesidad de mantenernos conectados y al tanto de todo lo que sucede en el mundo, pero también de la llamada huella digital, el rastro de información que dejamos en internet cada vez que publicamos una foto, damos “me gusta”, comentamos o simplemente navegamos por una página web.
En Internet, la privacidad está en peligro de extinción: hoy se ha convertido en un lujo
Desde aceptar cookies hasta conectarse a un WiFi público, cada acción en línea deja un rastro. Porque en realidad el Internet gratuito, no es gratis: se paga con datos. Así funciona el negocio de la privacidad digital y cómo proteger tu información en línea.

Es por eso por lo que hoy más que nunca, desconectarse es un verdadero lujo que poco a poco comienza a ponerse de moda nuevamente, pero, a decir verdad, desaparecer por completo del Internet no es tan fácil como borrar tu Instagram o cerrar tu cuenta de Facebook, sobre todo en una sociedad donde las grandes empresas globales se benefician de nuestros datos personales con la finalidad de hacer negocio con ellos.
Según Sharon Polsky, presidenta del Consejo de Privacidad y Acceso de Canadá, la privacidad se está volviendo cada vez más exclusiva. Incluso quienes deciden evitar las redes sociales o pueden pagar para rechazar cookies y no recibir anuncios “personalizados” deben entender que eso no garantiza privacidad.
Polsky, quien es conferencista y consultora, señala que mucho de lo que en línea se presenta como “consentimiento” es más confuso de lo que parece. Si abres una página y te dice “aceptar cookies”, y realmente no te da otra opción más que dar tu consentimiento o pagar para evitarlo, parece que la alternativa es inexistente.
Confiar en las políticas de privacidad de los sitios web puede ser arriesgado y hasta muchas veces inútil, ya que suelen contener tantas ambigüedades y generalidades que resulta casi imposible comprender realmente a qué estamos dando nuestro consentimiento cuando hacemos clic en “acepto”.
Cuando una política dice que tu información “puede ser compartida con afiliados”, en realidad no te está diciendo con quién exactamente ni qué van a hacer con tus datos. Y si alguna de esas empresas sufre una filtración de seguridad, puede que ni siquiera te enteres, sobre todo si está en un país donde las leyes no obligan a avisar.
Sin darnos cuenta, muchas de las cosas “prácticas” del día a día también están cambiando nuestra privacidad. Antes podías llamar por teléfono a una oficina pública o a una tienda para hacer una pregunta o poner una queja, hoy casi todo te obliga a hacerlo en línea, y en ese proceso terminas compartiendo más información de la que crees.
Además, muchos sitios web, incluso algunos que prometen confidencialidad, tienen herramientas ocultas que recopilan datos sobre lo que haces dentro de la página y los envían a plataformas como Meta (Facebook/Instagram), a veces incluso antes de que la web termine de cargar. Y no solo pasa en redes sociales, lo hacen desde clínicas de salud hasta cirujanos, concesionarios de autos de lujo o despachos de abogados.
¿El resultado? Hasta las búsquedas muy personales pueden terminar formando parte de un rastro digital mucho más grande y ese perfil vale más para las empresas de lo que la mayoría imagina.
Matthew Burk, director de seguridad de la información del servicio médico Bespoke Concierge MD, dice que la percepción de la privacidad como un lujo se está convirtiendo en una señal cultura. “No se puede esperar privacidad absoluta en Internet”, afirma.
Nuestra huella digital está en la red pública, especialmente cuando guardamos contraseñas e historial de navegación en plataformas como Google. Además, los intermediarios de datos recopilan y venden información sobre nuestros comportamientos, muchas veces sin que lo sepamos; incluso algo tan cotidiano como conectarse al Wi-Fi de un aeropuerto o una cafetería implica un intercambio.
Quizá no lo habías pensado, pero el Wi-Fi gratuito no es realmente gratuito: se paga con datos y los hábitos de navegación pueden ser vendidos para crear campañas de marketing basadas en los sitios que visitamos.
A esto se suman sistemas de inteligencia artificial que unen datos dispersos hábitos de compra, ubicaciones, búsquedas en línea para construir un “expediente” que influye en las ofertas que recibimos, los precios que se nos muestran e incluso en nuestra reputación digital.
¿Cómo proteger nuestros datos online?
Aun así, para la mayoría de las personas estar en línea es indispensable para trabajar y realizar tareas cotidianas, como encontrar un médico.
Por eso, se recomiendan algunas medidas prácticas como evitar el Wi-Fi público siempre que sea posible o utilizar una VPN para proteger la conexión; usar un gestor de contraseñas en lugar de guardarlas en tu navegador; cambiar las claves con regularidad; activar la autenticación multifactor y no hacer clic en enlaces de “cancelar suscripción” en correos sospechosos, ya que eso puede confirmar que la dirección de correo es válida.
Notas Relacionadas

