HOUSTON, Texas- La nueva escalada militar en Oriente Medio dejó de ser un conflicto lejano para convertirse, en cuestión de horas, en un problema directo para millones de familias estadounidenses.
Cómo el conflicto entre EEUU e Irán puede afectar el bolsillo de los residentes de Texas
Mientras los misiles cruzan el cielo sobre Oriente Medio y está la amenaza del cierre del Estrecho de Ormuz, en ciudades como Houston la guerra se traduce en números concretos: barriles de crudo que saltan de 72 a 82 dólares en un fin de semana y recibos de gasolina y diésel más caros desde este mismo lunes.
La llamada Operación Furia Épica, una ofensiva aérea conjunta a gran escala de Estados Unidos e Israel contra Irán, ya está repercutiendo en los precios de la gasolina, del diésel y de una larga lista de productos básicos que dependen del transporte y de los hidrocarburos.
Durante una entrevista con el presentador Raúl Peimbert, el experto energético Jaime Brito, Director Ejecutivo de OPIS de Dow Jones, describió el escenario actual como “la gran pesadilla” del sector: un Estrecho de Ormuz bloqueado durante días o semanas, con misiles sobrevolando la principal arteria marítima por donde sale el 20% del petróleo mundial.
En esta coyuntura, el crudo Brent ya rebasó los 80 dólares por barril, tras un salto de unos 10 dólares en un fin de semana, y el West Texas Intermediate (WTI) ronda los 75 dólares, muy por encima de los niveles de 55–57 dólares que dominaron el último año.
Un impacto casi inmediato
El detonante inmediato de la ofensiva fue el supuesto hallazgo, el pasado 27 de febrero, de uranio enriquecido oculto en instalaciones iraníes. En respuesta, Estados Unidos y el gobierno de Benjamin Netanyahu lanzaron una campaña aérea masiva contra más de 500 objetivos estratégicos, entre centros de investigación nuclear, bases militares y depósitos de petróleo, con el objetivo declarado de eliminar la amenaza iraní y forzar un cambio de régimen en Teherán.
Aunque la lógica del mercado indicaría que la falta de crudo se sentiría en las refinerías solo después de varias semanas, el efecto sobre los precios al consumidor se ha adelantado.
Brito advierte que, si el viernes un conductor pagaba 2 dólares por galón, desde este lunes podría estar pagando al menos 2.20, un incremento cercano al 10% que responde más a la reacción instantánea de los mercados y las cadenas de suministro que a una escasez física inmediata.
Las estaciones de servicio, señala, ya habrían empezado a ajustar sus precios desde hace horas, impulsadas por la información en tiempo real y por decisiones empresariales que se toman a la velocidad de un teléfono inteligente.
La paradoja del precio de la gasolina
La paradoja, explica el analista, es que “estrictamente” ni la gasolina ni el diésel tendrían por qué encarecerse al día siguiente de los ataques, porque las refinerías aún cuentan con inventarios.
Pero el salto del Brent de 72–73 a 82 dólares por barril en dos días, sumado a la amenaza de cierre del Estrecho de Ormuz, genera una ola de ajustes preventivos en toda la cadena, desde los refinadores hasta el consumidor final.
El Estrecho de Ormuz
La clave del temor del mercado está en los 22 millones de barriles diarios de petróleo crudo que transitan cada día por el Estrecho de Ormuz.
Irán ha amenazado con cerrar esta vía, y el propio presidente Donald Trump anticipó que la operación militar podría extenderse, al menos, cuatro semanas.
En un escenario así, Brito considera plausible que el Brent supere holgadamente los 100 dólares por barril si el cierre se prolonga más allá de algunos días. C
omo referencia, recuerda lo ocurrido en 2022, tras la invasión rusa a Ucrania, cuando el Brent superó los 128 dólares por barril y se mantuvo por encima de 90 durante meses, encadenando una ola inflacionaria global que obligó a los bancos centrales a subir las tasas de interés de forma abrupta.
Hoy, la magnitud potencial del choque es distinta: no se trata solo de un productor relevante, sino de la puerta de salida de un cuarto del petróleo que consume el planeta. “No hay precedente similar”, aclaró Brito, al describir la hipótesis de un Ormuz cerrado durante semanas como el peor de los escenarios para el mercado energético mundial.
Reservas y aliados
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) exige a sus miembros mantener inventarios equivalentes a entre 60 y 90 días de consumo de hidrocarburos, precisamente para cubrir emergencias como esta.
Estados Unidos cuenta con una Reserva Estratégica de Petróleo que, en su máximo histórico, superó los 900 millones de barriles y hoy ronda los 400–440 millones, tras descargas realizadas durante crisis recientes y periodos electorales.
Además, las empresas privadas mantienen inventarios comerciales que sirven de colchón adicional frente a sobresaltos de corto plazo.
Sin embargo, la capacidad de maniobra es limitada cuando lo que está en juego es el tránsito diario de más de 20 millones de barriles.
Los únicos países con “capacidad de sobra” para abrir la llave en cuestión de días son Arabia Saudita, Kuwait, Irak y Emiratos Árabes Unidos, pero todos dependen del mismo estrecho para exportar su crudo. Si sus barcos tampoco pueden cruzar Ormuz, el margen de compensación se reduce drásticamente.
Una salida rápida
La apuesta por el petróleo venezolano, impulsada por la administración Trump, tampoco ofrece una salida rápida. V
Venezuela producía en enero poco menos de un millón de barriles diarios, de modo que, aun con nuevas inversiones, sería muy difícil que compensara de forma significativa una pérdida de 20 millones de barriles diarios en el corto plazo.
“ Cada barril extra ayuda”, concede Brito, pero insiste en que el gran problema es que la capacidad ociosa que podría marcar la diferencia está atrapada en la misma región en conflicto.
Texas en la línea de fuego económica
Para Texas, y en particular para el corredor energético del Golfo: Houston, Texas City, Corpus Christi, Luisiana y Alabama, la coyuntura es un arma de doble filo.
Por un lado, un WTI en torno a 75 dólares por barril crea un entorno “bastante razonable” para que las empresas productoras anuncien más inversiones, aumenten su actividad en cuencas como el Permian y abran la puerta a nuevas contrataciones y mejores salarios.
Por otro lado, la volatilidad encarece de golpe la materia prima de las refinerías. Un aumento de entre 8 y 10 dólares por barril de un día para otro obliga a las plantas del Golfo a pagar mucho más por el crudo de entrada, lo que erosiona sus márgenes y se traduce en incrementos en el precio de salida de la gasolina y el diésel.
Esa factura, advierte Brito, termina trasladándose de forma casi directa a los transportistas de carga y, finalmente, al consumidor minorista.
Brito no prevé, de momento, un desabasto generalizado de productos no energéticos, porque el mercado global sigue relativamente diversificado y existen alternativas de suministro desde Europa u otros países de Asia. El punto crítico, insiste, son los hidrocarburos: allí sí hay una dependencia estructural de Oriente Medio difícil de sustituir.
Brito subraya que la economía es “una rama cruel” en este sentido: los ajustes en los tipos de interés y los shocks de precios tardan entre seis y doce meses en manifestarse plenamente.
Por eso, resulta difícil estimar ahora cómo lucirán los indicadores de inflación en marzo o abril, pero el riesgo de una “bola de nieve” inflacionaria aumenta si el petróleo se mantiene por encima de 80–90 dólares por barril durante varias semanas, con Ormuz parcial o totalmente bloqueado.
Trabajo y salarios en la industria energética texana
En el frente laboral, el panorama es ambiguo, p ero con un sesgo que Brito considera “más positivo que negativo” para Houston y el resto de Texas. Escenarios de precios elevados del petróleo, incluso cuando son producto de la volatilidad, suelen incentivar la inversión en exploración y producción, lo que se traduce en más contrataciones de personal altamente calificado, como geólogos y técnicos especializados, y potencialmente en mejores salarios.
Además, la reapertura del sector venezolano ofrece una oportunidad adicional para empresas con base en Houston, por su cercanía logística con ese país. Si se consolidan las facilidades para invertir en campos venezolanos, compañías texanas podrían liderar proyectos de infraestructura, tecnología y servicios, generando una nueva ola de actividad económica regional.
Al mismo tiempo, algunas firmas podrían optar por la cautela ante la incertidumbre geopolítica, priorizando la disciplina de costos o incluso aplicando ajustes selectivos. Pero, en términos generales, Brito ve un horizonte relativamente favorable para el empleo en el sector energético texano si los precios se mantienen en niveles altos sin descontrolarse.






















