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Palou: “Yo propongo que lo canonicemos. Ya está en nuestro panteón laico, San Juanga, protégenos”.
Pedro Ángel Palou
Opinión

Escritor, profesor en Tufts University. Su última novela, “No me dejen morir así” (Planeta), es sobre Pancho Villa.

San Juanga que estás en los cielos

San Juanga que estás en los cielos

“En un país machista la parte ‘queer’, homosexual o bisexual del ‘Divo’ le permitía comprender el corazón de manera mucho más compleja. La pacata sociedad mexicana lo aceptaba pero no le permitía declarar su sexualidad”.

Palou: “Yo propongo que lo canonicemos. Ya está en nuestro panteón laico...
Palou: “Yo propongo que lo canonicemos. Ya está en nuestro panteón laico, San Juanga, protégenos”.

Todos añoramos. Somos, más que animales políticos, animales que añoran. Desde nuestra infancia hay algo muy profundo que hemos perdido, que buscamos afanosamente. Las pérdidas se acumulan, las añoranzas también. De esa nostalgia y a veces de esa melcocha están hechas las canciones del ‘Divo de Juárez’, Alberto Aguilera, Juan Gabriel. Lo primero que asombra ahora que a él también lo hemos perdido a los 66 años, después de un concierto en Santa Mónica, California –había actuado el viernes en Los Ángeles en medio de la locura del hombre show que era, ante más de 17,000 espectadores, entregándose a su público por más de dos horas y media–, es la cantidad impresionante de canciones que escribió: 1,800. Sí, querido y añorado lector, casi dos mil canciones escribió Juanga, como cariñosamente le llamamos, y vendió a lo largo de su carrera más de cien millones de discos. El poeta del amor y el desamor, nuestro máximo poeta popular, nuestro hombre más universal. El verdadero mexicano universal no es Alfonso Reyes, es Juan Gabriel como bien sabía el antropólogo Claudio Lomnitz cuando dijo que si a un mexicano se le preguntaba de qué poema se acordaba no le vendría a la mente Netzahualcóyotl u Othón, Paz o Pacheco, sino Juan Gabriel, nuestra verdadera educación sentimental, el intérprete de la modernidad nacional mexicana, de los claroscuros de nuestra mestiza identidad.

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No se necesita hacer ningún tipo de concurso o de encuesta para saber que todos los mexicanos, sin excepciones –y muchos que no los son en América Latina y fuera del mundo hispanohablante– recordamos sus canciones pegajosas, únicas, reveladoras. Parafraseándolo, él siempre está en nuestras mentes. Desde ‘Querida’, hasta el ‘Noa Noa’, y ‘Amor eterno’ –que a más de uno, aunque no lo acepte, le saca lágrimas cada que lo escucha–. En todas estamos, en todas somos retratados por la sensibilidad de Juanga. “Me nace del corazón y el corazón me domina. Quiero sentir sus besos, sus manos que me acarician. Quiero comprobar que vivo”, escribió y sé que mientras lo leen ahora, queridos lectores, ya están cantando. Sé también que en la regadera también lo hacen: “Mira que el día que de mí te enamores y voy a ser feliz y con puro amor te protegeré y será un honor dedicarme a ti”.

Porque pensamos en el amor a cada instante aunque no valga la pena… Porque necesitamos un buen amor, porque ya no aguantamos más, “¡quítenme esta soledad!”. Después de José Alfredo no ha habido otro como Juan Gabriel, es una frase común. Sin embargo creo que Juanga transitó por más registros melódicos y captó muchas más formas del amor en sus canciones. Hay un elemento lógico, en un país machista la parte queer, homosexual o bisexual del ‘Divo’ le permitía comprender el corazón de manera mucho más compleja. La pacata sociedad mexicana lo aceptaba pero no le permitía declarar su sexualidad, como Carlos Monsiváis bien dijo comparándolo con otro poeta gay, Salvador Novo: “A los dos, una sociedad los eligió para encumbrarlos a través del linchamiento verbal y la admiración. Las víctimas consagradas. Los marginados en el centro.”

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Marginal en el centro, Juan Gabriel era omnipresente. Nos acompañó desde la más tierna infancia con boleros melcochones. Para que tú al volver, no encuentres nada extraño, y sea como ayer y nunca más dejarnos. En la noche, espontáneamente Garibaldi se volvió una locura y se improvisó un altar debajo de su estatua. No se necesita otro altar que una rocola y unos pesos. En ninguna faltan los discos del ‘Divo’. O una regadera y un dolor de amor. A ninguno nos faltan sus canciones para sufrir y pensar. Sí, con Juan Gabriel se piensa, se siente, se recuerda. Y, claro, se añora.

Añoramos, decía, como él mismo. Alberto Aguilera nació en Michoacán y su padre los abandonó a él y a sus diez hermanos y a su madre. Ella misma, ya en Ciudad Juárez, lo abandonó en un orfanato del que se escapará un día al salir a tirar la basura. Estará en Lecumberri, en la cárcel, año y medio acusado de robar una guitarra.

Juan Gabriel, más que los libros de historia fue quien nos educó en México, le duela a quien le duela. Nos hemos quedado solos otra vez, sin él, sin sin sin nada…

Se acabó ahora sí la mexicanidad, como pensaba Roger Bartra, sin Juan Gabriel empieza verdaderamente la postmexicanidad.

De seguir las cosas como van, decía Monsiváis, acabaremos beatificando a Juan Gabriel. Me parece modesto. Yo propongo que lo canonicemos. Ya está en nuestro panteón laico, San Juanga, protégenos.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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