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León Krauze: ¿Un presidente que no preside?

León Krauze: ¿Un presidente que no preside?

El autor se pregunta qué ha ocurrido realmente con el gobierno que prometía salvar a México

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Por León Krauze, conductor de noticias de Univision KMEX en Los Ángeles, periodista y autor

Se cumplen tres años del gobierno de Enrique Peña Nieto y el panorama para el atribulado presidente mexicano no podría ser más complejo.  Las encuestas de opinión siguen ubicando su índice de aprobación alrededor del 40%.

De acuerdo con el sondeo más reciente de la encuesta Parametría, solo un 11% de los mexicanos aprueba de manera entusiasta la gestión de Peña Nieto, mientras que un notable 35% lo “desaprueba mucho”.

Otros resultados del mismo estudio son todavía peores. 70% de los mexicanos dice que la economía ha empeorado bajo Peña Nieto y 90% considera que México es un país inseguro. A pesar de las famosas  “reformas estructurales”, solo 17% de los mexicanos cree que la economía mejorara en los próximos doce meses.

El repudio al gobierno de Enrique Peña Nieto no tiene parangón en la historia del México moderno. Nadie, ni siquiera el polémico Felipe Calderón, había registrado tan abismal aceptación entre la sociedad mexicana a mitad de un periodo presidencial.

¿Qué ha ocurrido realmente con el gobierno peñanietista, el mismo que, hace apenas un año y fracción, prometía salvar a México?


Lo primero que habría que sugerir es un tanto de mesura y proporción. Borrar de un brochazo indignado toda la presidencia de Enrique Peña Nieto podrá ser una receta para la corrección política, pero es, en el fondo, un despropósito. La verdad de la primera mitad del sexenio peñanietista está en los grises.


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La presidencia de Enrique Peña Nieto puede dividirse en dos etapas diametralmente opuestas. La primera fue, digamos, una presidencia legislativa, marcada casi exclusivamente por la conformación de una alianza política que permitió la aprobación de varias reformas; una “democracia de resultados” como el propio Peña Nieto había prometido en campaña.

Desde esa óptica, el principio del gobierno peñanietista fue un éxito rotundo. Más allá de reparos (muchas veces justificados, otras no) sobre la naturaleza e intención de las reformas, es ocioso negar, por ejemplo, la destreza que implicó la operación de la coalición política conocida como “Pacto por México”.

La intención del gobierno peñanietista fue aprobar cambios profundos en distintas áreas productivas del país. Lo hizo con porcentajes inéditos de respaldo legislativo. A eso habría que sumar otros logros durante aquellos primeros dos años del sexenio, como la captura de Joaquín Guzmán. Esos eran los hechos entonces y negarles mérito ahora es mezquino y hasta improductivo.

El problema ocurrió después.  En el año y fracción desde la aprobación de las reformas, el gobierno de Enrique Peña Nieto se ha venido abajo con pasmoso estrépito. La primera pieza de dominó en caer fue, quizá, la más dolorosa. La desaparición y probable asesinato de 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, y la torpísima respuesta de la presidencia mexicana, hundieron a Peña Nieto y su equipo en una extraña parálisis.

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El segundo golpe fue la Casa Blanca de Angélica Rivera. El reportaje del equipo de Carmen Aristegui fue lo que un querido amigo italiano llamaba una “stroncatura”: una crítica brutal e implacable, tan definitiva que recuerda a una lapidación.

Después, al gobierno se le vino la noche: errores de cálculo, lentitud e impericia en el manejo de crisis, aspereza y altanería. La proverbial puntilla llegaría con la vergüenza mundial que fue la fuga de Joaquín Guzmán, trofeo de trofeos de la primera parte de la presidencia peñanietista.


¿Cómo explicar la debacle?

El primer ingrediente ha sido, sin duda, la soberbia. Cuando entrevisté a Enrique Peña Nieto en el 2014 y le pregunté sobre una posible nueva fuga de Guzmán, el presidente mexicano me respondió, confiado, que aquello sería “imperdonable”.

La seguridad de Peña Nieto tenía que ver con la confianza en su equipo, pero sobre todo con una especie de ceguera. Instalado en la cima de la popularidad (la portada de Time había aparecido en esos mismos días), Peña Nieto no podía ni quería considerar lo que podía ocurrir abajo, en el mundo de lo impredecible. Perdió perspectiva y la realidad volvió para morderlo, furiosa.

El otro factor ha sido el temor a actuar. A diferencia de su periodo como gobernador del estado de México, el Peña Nieto presidente no ha sabido desprenderse de colaboradores inservibles. Increíblemente, el presidente parece querer terminar el sexenio rodeado del mismo equipo de incondicionales con el que empezó, aunque ello implique tragarse sus propias palabras.

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Por ejemplo: que el Secretario de Gobernación no haya renunciado a su cargo después de que el presidente lo nombrara como responsable directo de evitar lo “imperdonable” en el penal del Altiplano sigue siendo uno de los grandes misterios del sexenio peñanietista.

En cualquier caso, la imagen que Peña Nieto ha dejado en el año posterior a su exitosa “presidencia legislativa” es la de un hombre rebasado, paralizado e incluso perplejo. Un presidente que no preside.

La pregunta ahora es cuál Enrique Peña Nieto encabezará el gobierno mexicano en la segunda mitad del sexenio. ¿Veremos una nueva versión del sagaz operador político de los primeros años o tendremos que soportar al hombre de rostro desencajado e inseguro que parece titubear hasta en el Grito de Independencia?

Aunque a veces se ponga de moda sugerir lo contrario, la segunda versión no conviene a nadie en México. Un gobierno endeble engendra vacíos. Y en un país como México, eso son malas noticias.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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