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Daniel Morcate: ¿Nuestra hora de fascismo?

Daniel Morcate: ¿Nuestra hora de fascismo?

El periodista advierte que, el hecho de que tantos norteamericanos tomen en serio a un aprendiz de fascista como Trump, es perturbador

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Por Daniel Morcate, miembro de la unidad política de Univision Noticias

Aun antes de que se emita el primer voto, algunos líderes republicanos han tirado la toalla y decidido calarse a Donald Trump. Se nota en el lenguaje cada vez más elogioso y menos crítico del puntero de su partido en las encuestas. También en la forma en que algunos rivales, como Ted Cruz, lo acusan de haber pactado con el “establishment” partidista. Y en comentarios socarrones del propio Trump, quien, luego de alardear de ser un outsider total, ahora presume de que “un poco de establishment no hace daño”.

En eso el magnate de bienes raíces tiene parte de razón. A él sin duda le beneficiará el apoyo que reciba de figuras importantes e influyentes del GOP. Pero ese apoyo le hará daño no solo al partido, sino también y sobre todo a nuestra democracia. En la práctica, significa que un segmento del liderazgo republicano está dispuesto a aceptar como su representante a un candidato demagogo, narcisista y bravucón; a una figura tóxica que encarna las peores tendencias del conservadurismo norteamericano: el resentimiento social y la histeria política.

Como los malos argumentos, Trump es la consecuencia lógica de dos falsas premisas que han alentado a un amplio sector del Partido Republicano durante largo tiempo, especialmente desde que Barack Obama asumió la presidencia. Una es que Estados Unidos se viene abajo por culpa de la afluencia migratoria y las conquistas sociales y de poder que han hecho las minorías étnicas. La otra es que se vale protestar con estridencia contra estas tendencias y reclamar una vuelta al pasado cuando el país era económica, ideológica y culturalmente más homogéneo, previsible y seguro para la mayoría blanca no hispana. No otra cosa significa el lema de campaña de Trump, “Let’s make America great again” o “Recuperemos la grandeza de Estados Unidos”. Es un lenguaje cifrado que resuena entre norteamericanos resentidos porque ahora se ven obligados a compartir con gente de diverso pelaje el sabroso pastel de nuestra próspera democracia.

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El sostenido éxito de Trump en lo que va de contienda es motivo suficiente para que nos preguntemos con inquietud si es posible que a Estados Unidos le esté llegando su hora de fascismo. Cualquier respuesta categórica nos deslizaría por la peligrosa pendiente de la conjetura. Nadie sabe a ciencia cierta cuál será el desenlace de la tragicomedia política que vive el país. Pero sí es posible advertir que el resentimiento, la frustración, la intolerancia y el racismo hoy son los motores que impulsan a un vasto sector de nuestra sociedad. Y que esos son, precisamente, los factores que socavan cualquier democracia, hasta la más firme y poderosa; y también los ingredientes con que se cocinan los extremismos políticos.

Del otro lado del espectro ideológico, en el campo liberal, muchos norteamericanos también muestran su descontento con el status quo. Son los seguidores multitudinarios del candidato independiente devenido demócrata Bernie Sanders, quien le está presentando una buena batalla a la favorita en las primarias, Hillary Clinton. La tónica de su campaña y el fervor de sus seguidores por fortuna no denotan el mismo amargado resentimiento de Trump y muchos de sus partidarios. Pero, al igual que Trump, Sanders habla y se comporta como una especie de llanero solitario de la política norteamericana. Lo que plantea la inquietud adicional de cómo cualquiera de estos dos hombres, en caso de llegar a la Casa Blanca, sería capaz de gobernar a la nación.

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La pregunta que encabeza esta columna carece de respuesta fácil, en parte, porque Estados Unidos sigue teniendo fuertes instintos democráticos y sólidas instituciones que a lo largo de los años se diseñaron y perfeccionaron, precisamente, para escudarnos a todos de cualquier tentativa de despotismo o abuso sistemático del poder. Mantengo la confianza en nuestras instituciones. Creo en los impulsos democráticos de nuestra nación. Pero el mero hecho de que tantos norteamericanos y uno de nuestros dos grandes partidos hayan decidido tomarse en serio a un aprendiz de fascista como Trump es sin duda perturbador; una prueba fehaciente de que en ningún momento ni lugar puede haber tregua ni pausa en la defensa de la libertad y la convivencia civilizada. Ni siquiera en la democracia más antigua y estable del mundo.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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