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Cresencia, una mujer negra delgada que dice haberse inspirado en la legendaria cantante Celia Cruz para idear su disfraz de bata y flores, posa en una céntrica esquina de la Calle Obispo, en La Habana Vieja.

La Habana Vieja, un imán de 'personajes'

La Habana Vieja, un imán de 'personajes'

Por las calles y plazas del casco histórico de la capital cubana se pasean "personajes" estrafalarios o folclóricos, que imitan iconos relacionados con la isla, y que conviven entre la "fauna" de vendedores y artistas callejeros.

Cresencia, una mujer negra delgada que dice haberse inspirado en la lege...
Cresencia, una mujer negra delgada que dice haberse inspirado en la legendaria cantante Celia Cruz para idear su disfraz de bata y flores, posa en una céntrica esquina de la Calle Obispo, en La Habana Vieja.

Todo un espectáculo cultural

LA HABANA, Cuba - En el portal de un antiguo palacio colonial, una joven vestida a la moda cubana del siglo XIX ofrece flores. Más allá, alguien pregona que lee la suerte en las barajas. Al lado, un hombre dice ser el doble de Ernest Hemingway en la isla, y un vendedor de libros antiguos atesora en su tenderete ejemplares que contienen parte del patrimonio literario del país.

El espectáculo en La Habana Vieja es total. A la belleza de las edificaciones primorosamente restauradas y a su hermosa decadencia se suma la singularidad de personajes que se han convertido en parte de los reclamos turísticos de la zona.

La Oficina del Historiador de la Ciudad, cuya labor de restauración ha salvado y realzado cientos de edificios en el corazón colonial de la urbe, también ha ayudado a promover un paisaje cultural plagado de músicos, teatro de calle, zanqueros, artesanos y "figurantes".

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La atracción es variada. Los visitantes lo mismo se pueden encontrar a Coralia, que limpia las calles cantando y se reconoce como "una barrendera con flores" -las lleva por todo el cabello-, que a Roberto y sus perros "salchichas" ataviados con relojes en las patas, gorras, camisetas y espejuelos.

Los turistas observan, los fotografían, les hacen preguntas, regalos o simplemente siguen su camino pensando en ellos como cubanos "peculiares".

La "Guardiana" de la Catedral

Desde hace años "Juana la Cubana" es uno de los símbolos de la Plaza de la Catedral de La Habana, casi tanto como sus adoquines, columnas y la iglesia barroca.

Se define como espiritista, santera y "palera" (una vertiente "oscura" de la santería). Tiene en una esquina de la plazoleta una mesa con sus barajas, su puro, su copa de agua y Rufina, la muñeca negra vestida de blanco que es su "protección" desde hace 61 años.

A Juana se la ve enseguida por su llamativo atuendo con vestido, manta de encaje y turbante blanco, flores de colores vivaces en la cabeza, y varios collares de santería colgando del cuello.

"!Vamos! !A echarse las cartas con Juana la Cubana!", grita bajo una sombrilla a los turistas de paso, muchos de los cuales no pueden resistirse a que les hablen del futuro a los pies de una iglesia en La Habana.

Según Juana, su trabajo "no tiene ningún particular": su misión es entregar bendiciones a todos los que transitan por allí y levantar su copa de agua por la paz.

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Antes de llegar a la Catedral de La Habana, hace ya 17 años, trabajaba como cocinera. Cuenta que un día entró a la plaza "por propia iniciativa" y se sentó en una esquina a hacer lo suyo. "Pero por un problema de respeto pedí autorización a Eusebio Leal, y él me dejó", dice del Historiador de la Ciudad, que ha liderado e impulsado el ambicioso programa de rescate del patrimonio cultural del centro histórico.

Según Juana, de 69 años, de vez en vez aparece por los alrededores gente "falsa" y "explotadora" que ciertamente no son espiritistas y quieren hacerle la competencia.

Pero ella no se perturba y sigue leyendo la suerte como si fuera una diosa africana, pues se siente protegida por Oshún, la deidad del panteón de la santería cubana equivalente a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona católica de la isla.

Al estilo Benny Moré

En la misma Plaza de la Catedral se puede ver paseando de esquina a esquina a Rafael, un mulato de 63 años vestido con impecable traje. Su elegancia lo distingue. Sombrero de ala caída, corbata con hebilla, chaleco, chaqueta con flor en la solapa, bastón, zapatos de charol y un largo habano en la mano.

"Algunos me dicen el Benny", dice Rafael explicando cómo de buena gana se deja confundir con el popular músico cubano Benny Moré (1919-1963), aunque en realidad su intención sólo es recordar "la elegancia perdida" de un estilo que marcó las décadas de los años 20 y del 30 del siglo XX.

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"A mí también me gustaba vestirme así antes", confiesa, mientras se deja fotografiar con su puro entre los labios. Luego sigue andando por la plaza apoyando el bastón en los adoquines. "Soy como una imagen del pasado" añade.

Junto a Rafael, caminan la plazoleta algunas mujeres vestidas a la usanza cubana del siglo XIX, con largas batas multicolores y canastas de flores.

Los figurantes acreditados

A la vista o escondido en algún lugar de su indumentaria, estos personajes portan un carné de la Oficina del Historiador que los acredita como "costumbristas figurantes" y por el cual pagan una especie de impuesto diario, aunque no reciben salario fijo. Sus ingresos consisten en las "tarifas" que cobran a los turistas por sus "servicios": desde echar las cartas, contar su historia o simplemente dejarse fotografiar.

Por ejemplo, Cresencia, una negra delgada que dice haberse inspirado en Celia Cruz para idear su disfraz de bata y flores, explica que debe pagar 20 pesos cubanos (poco menos de un dólar) por cada día de trabajo.

Cresencia apunta que los figurantes "no acreditados" se exponen a ser detenidos por la policía, aunque para ella esos no son "los peores", sino aquellos que siendo "legales" le han faltado el respeto exigiendo que se mueva de lugar y hasta de calle.

"Él tiene que estar sentado, por ejemplo, no puede andar por ahí llamando a los turistas", dice señalando al Hemingway cubano, un señor fornido y barbudo que recorre el paseo Obispo imitando al Premio Nobel de Literatura estadounidense.

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Ernest Hemingway todavía vive

"Soy dichoso, soy muy popular", indica el "Capitano Hemingway", nombre que lleva grabado con tinta en un puro que no enciende, pero que no se saca de la boca.

El detalle del nombre es minúsculo ante su imagen: alto, robusto, con gorra de capitán marinero, gafas oscuras y una barba profusa y blanca que enseguida recuerda alguna imagen clásica de Ernest Hemingway (1899-1961), el escritor, y uno de sus autores preferidos.

Juan Guzmán dice tener 53 años y ser un "discapacitado" por problemas de voz. A él mismo se le ocurrió sacar provecho del parecido físico y pedir permiso para disfrazarse de Hemingway y pasear por los alrededores del Hotel Ambos Mundos, donde el autor de "El viejo y el mar" vivió en la isla en los años 30.

Lleva año y medio repitiendo la rutina de prestar su gorra a los niños, posar en las fotos, y sorprender como si fuera el fantasma del novelista mientras los guías turísticos explican en la esquina del hotel la emblemática relación de Hemingway con La Habana.

Guzmán insiste en argumentar que con el dinero que recibe en la calle y la consiguiente cuota que entrega a la Oficina del Historiador, también se invierte en la reconstrucción del centro histórico.

El hombre resalta su suerte, como la de los otros "figurantes", por hacer un trabajo cuya inesperada y progresiva aparición llegó de la mano del renacimiento de esa parte antigua de La Habana, declarada "Patrimonio de la Humanidad" por la Unesco en 1982.

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Tras un minucioso trabajo de rehabilitación el centro histórico se convirtió en el principal atractivo de la capital cubana y uno de los más importantes polos turísticos de la isla.

Los "figurantes" se adaptaron al entorno como anillo al dedo, porque entre lo espontáneo, lo turístico y lo folclórico, continúan de cierto modo la tradición de una ciudad que siempre tuvo personajes interesantes y andariegos.

Es el caso del "Caballero de París", de origen español, diagnosticado como parafrénico y fallecido en 1985 en el Psiquiátrico de La Habana tras haberse forjado un mito deambulando por las calles con traje, capa negra, barba y cabellos largos.

El Caballero sigue siendo otro "figurante" de La Habana Vieja: tiene una estatua en una de las plazas más conocidas del centro histórico, la de San Francisco, erigida por iniciativa popular. Es tradición que los visitantes le pidan un deseo mientras tocan su barba de bronce.

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