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Un hombre monta su bicicleta a través de una carretera dañada en Toa Alta, al oeste de San Juan, el 24 de septiembre de 2017.

María y la gasolina

María y la gasolina

"Puerto Rico poseía una penetración digital del 70 por ciento y la arrogancia en acero inoxidable de los países digitalizados. En pocas horas, María aplastó la arrogancia y la falsa abundancia que la sostenía". Así comienza el escritor Héctor Feliciano una serie de crónicas sobre el paso del huracán sobre la isla.

Un hombre monta su bicicleta a través de una carretera dañada en Toa Alt...
Un hombre monta su bicicleta a través de una carretera dañada en Toa Alta, al oeste de San Juan, el 24 de septiembre de 2017.

Hoy es un día jueves; y, si hoy es jueves, entonces, la fecha debe ser el 28 de septiembre. De la hora madrugadora, sin embargo, estoy seguro - son las 4:36 de la mañana. Para eso sólo sirve ahora mi portátil, para hacer las de reloj, ya que la red no funciona. En este instante hago fila sentado en mi carro. Hace ocho días, el 20 de septiembre, el huracán María despedazó a Puerto Rico. Desde entonces, el tiempo parece un solo día interminable. Con vientos de hasta 350 kms por hora y más de un metro de lluvia derramado en menos de diez horas el paso del huracán destruyó mi país caribeño poblado por tres millones y medio de habitantes. Ha habido decenas de muertes, más de 250,000 hogares destruídos y con daños, decenas de miles de millones de dólares en pérdidas.

Las ráfagas tumbaron cientos de miles de árboles que se llevaron enredados los cables de los postes y las torres. Si agregamos las marejadas, los ríos desbordados y las represas rebosantes, los puentes resquebrajados, los derrumbes en las carreteras y, en el aeropuerto, la inhabilitación de los instrumentos que regulan los vuelos, Puerto Rico permaneció, por espacio de dos a tres días, incomunicado de un pueblo a otro y con el resto del mundo. Un hecho inaudito en este planeta interconectado en el que vivimos hoy.

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El punto cero electrónico cubrió el país. La furia salvaje de María tumbó todo el tendido eléctrico, destruyó el sistema de distribución de agua, voló la red de antenas de los teléfonos portátiles y cortó el acceso al resto del universo digital –a los correos electrónicos, a Whatsapp, a Twitter. Y, todavía, a estas alturas no han regresado.

La destrucción digital fue tan sorpresiva, a pesar de las numerosas advertencias, como un bombardeo llevado a cabo en sigilo. Puerto Rico poseía una penetración digital del 70 por ciento y la arrogancia en acero inoxidable de los países digitalizados. En pocas horas, María aplastó la arrogancia y la falsa abundancia que la sostenía. Eran ficción, gigantes con pies de arcilla, y los puertorriqueños se habían tragado la publicidad confundiéndola con la realidad.

Una fila de autos esperando para poner gasolina en Las Piedras, Puerto R...
Una fila de autos esperando para poner gasolina en Las Piedras, Puerto Rico. 2 de octubre de 2017.

Soy periodista. No me encuentro preparándome para un encargo profesional. Hago fila sentado en mi carro esperando en una estación de servicio y en esta madrugada me siento agotado. Este último adjetivo no es correcto; en realidad, desde hace días experimento un enorme agobio sin techo ni fondo. Cualquier diligencia, en este período después de María, cualquier diligencia, insignificante o esencial, toma horas y horas, todo el tiempo del mundo.

Nunca he visitado esta gasolinera. Fue mi vecino el que explicó que aquí encontraría combustible.

En este día jueves que hago fila, delante de mí y detrás, esperan carros de todo tipo – Corolla, Dodge recientes y antiguos, Jeep, Honda. Tensos, los conductores ahorran fuerzas. Prefieren quedarse encerrados en sus carros. Hoy, cada uno vela por sí mismo, en un país que incita al grupo, al colectivismo familiar. No se juntan con el vecino, como en otros días. Hoy no existe la necesidad de ser comunitario. No se escuchan chistes, ni conversaciones innecesarias. Tampoco se escucha una gota de música por ningún lugar. Curioso para Puerto Rico, un país en donde por doquier se escucha alguna tonada de salsa, de reguetón, alguna canción o bolero que sale de una casa, de las tiendas, una persona que tararea. Las pocas estaciones de radio que han comenzado a funcionar solo emiten boletines e informaciones oficiales.

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Tuve suerte. Mi coche se ubica en un carril de la avenida Muñoz Rivera a cuadra y media del propio garaje, con unos 30 carros por delante y otros cien detrás. Conseguí un puesto razonable en la cola porque desobedecí el toque de queda, que se estableció para evitar saqueos. Empieza a las 19h y dura hasta las 5 de la mañana. Aunque el carro tiene medio tanque lleno, debo asegurarme de que dispongo en la semana para que lleguemos al trabajo mi esposa y yo o realicemos las extensas diligencias que hay que efectuar en el desorden que ha seguido al paso de María.

Cualquier diligencia, en este período después de María, cualquier diligencia, insignificante o esencial, toma hora y horas, todo el tiempo del mundo.


Hoy desperté a las 3 de la mañana. En parte porque las noches sin luz eléctrica fuerzan a la gente a acostarse temprano y, por otra, porque las inquietudes sobre la vida nómada que llevamos ahora no me dejan dormir mucho tiempo, el futuro de nuestros trabajos, la interrupción del año escolar de las hijas, la búsqueda y compra de provisiones que escasean, la condición de mi país y las penas de la gente. Y, cubriéndolo todo como un velo, antes y por encima de la situación catastrófica que existe en el país, la preocupación por mi madre.

Es difícil vivir dos huracanes uno detrás del otro, en espacio de un par de semanas. Irma primero, que se convirtió en la crónica de una catástrofe que nunca se materializó. Desviándose a última hora ocasionó daños relativos y, enseguida, regresamos a nuestros quehaceres, convencidos de que nuestra modernidad –como palabra mágica y como insiste la publicidad- nos ponía a salvo de todo. Pero, entonces, llegó María. Y, María ha sido otra cosa. Un monstruo que se desplazaba despacito, a 11 kilómetros por hora, un gigante trastornado que en un frenesí de rabia y cólera molió con desenfreno y un martillo todo lo que encontró a su paso.

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Las informaciones que nos llegan del interior caen a cuentagotas. Hay decenas de muertos y la cifra final se conocerá cuando los pocos helicópteros de los que dispone el Gobierno logren dar con espacios seguros para aterrizar en las decenas de pueblos todavía incomunicados.

Me encuentro despierto a medias sentado en mi coche en un barrio de San Juan haciendo fila en una gasolinera para llenar el tanque. La tormenta quebró el curso y la logística de las entregas comerciales, los combustibles escasean y los conductores nos hemos abalanzado sobre las bombas.

La gente se ducha en el agua de manantial que fluye al costado de una ca...
La gente se ducha en el agua de manantial que fluye al costado de una carretera en Utuado. 6 de octubre de 2017.


Cada conductor permanece solo y cansado en la oscuridad de su carro. Algunos, con la cabeza echada hacia atrás sobre el espaldar, dormitando. La mayoría con gesto serio, preocupado, impacientes de que comience el servicio lo más rápido posible. En esta noche sin luz no observo, dentro de los carros, a ningún conductor o acompañante con la luz del portátil encendido reflejado en el rostro. La red telefónica y el mundo virtual abandonaron la isla.

No quiero desperdiciar gasolina y mantengo el coche apagado. En Puerto Rico, al igual que en otros lugares modernizados, un coche sin gasolina es una suerte de horror vacui inconmensurable. María quiso profundizar y ampliar ese terror en sus dueños. En un país que carece de transporte público el auto es no solamente signo esencial y pretensioso de identidad, sino diario instrumento imprescindible para el desplazamiento, para llegar hasta el trabajo, para ir y comprar víveres y acarrearlos, en fin, para atar, ahora, con urgencia, después de un desastre general, un lugar con otro.

Abastecer de agua y proveer luz a un hospital para continuar con operaciones inaplazables, realizar una transfusión a un paciente, cocinar sin luz ni agua para la familia, continuar con las insoslayables sesiones de quimioterapia de una víctima de cáncer, ir al baño de noche sin agua y sin luz

No sé cuantas horas pasaré sentado aquí. Cualquier diligencia en los tiempos después de María, la vida después del huracán, toma horas interminables. La fatiga que experimento viene, en parte, de las dificultades para el diario vivir. Conseguir comida, agua potable, algo de luz, lavar la ropa, medicinas se convierte en una carrera interminable de obstáculos. La vida diaria abruma y los días sin fin se nos incrustan en el cuerpo como una fatiga enorme. El agotamiento surge, también, del sentimiento profundo que me sobrecoge cuando observo por cualquier lado, en cada recodo, a mi país, irreconocible, hecho añicos.

Comienzo la espera en la fila con muchos rumores en la mente y la perspectiva de un amigo que aguardó doce horas con su coche.

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Desde hace un par de días la palabra cadena me da vueltas en la cabeza. Una sociedad es una cadena. Con el esfuerzo y la práctica sus eslabones han ido refinándose, coordinándose para que, a diario, la comida y los comensales puedan llegar hasta la mesa, la electricidad a los hogares, a las empresas, la medicina a los enfermos, para que los portátiles y el internet funcionen, en fin, para que la gasolina llegue hasta la gasolinera y el coche hasta esta.

La ruptura bestial de esa cadena obliga, entonces, al que vive en sus secuencias a ejecutar mil pasos para concatenarla y realizar una pequeña diligencia, sea urgente o banal. Abastecer de agua y proveer luz a un hospital para continuar con operaciones inaplazables, realizar una transfusión a un paciente, cocinar sin luz ni agua para la familia, continuar con las insoslayables sesiones de quimioterapia de una víctima de cáncer, ir al baño de noche sin agua y sin luz, obtener sueros escasos para un enfermo, retirar dinero del banco, disponer de la basura acumulada de la casa, de cadáveres de animales muertos, bañarse y cepillarse los dientes cada mañana, recargar una y otra vez la computadora en la que escribo estas líneas.

Soldados del ejército de EEUU dejan San Isidro, al noreste de Pue...
Soldados del ejército de EEUU dejan San Isidro, al noreste de Puerto Rico, luego de distribuir alimentos proporcionados por FEMA. 17 de octubre.


Vivo con mi esposa y dos hijas en el Viejo San Juan. Un día antes del huracán Irma, que visitó a Puerto Rico dos semanas antes, mi asegurador garantizó que no tenía por qué temer por mi casa.

-El Viejo San Juan es un búnker.

No mintió. Daños mayores no ocurrieron en la casa, ni en el resto de la ciudad antigua. Solamente árboles caídos y uno que otro edificio maltrecho. Nada de importancia, en comparación con lo que había ocurrido en las islas de San Martín o Barbuda.

Pero, María resultó ser uno de los diez huracanes más destructores registrados en El Caribe y arrasó con Puerto Rico. Al cabo de dos noches eternas de oscuridad, de sudor y de incomunicación mis dos hijas pequeñas seguían viviendo mal el apagón y la escasez de agua. Y, nos mudamos temporeramente a casa de mis padres, que poseen un generador de electricidad. En la sala, improvisaríamos nuestra vivienda y nuestras camas.

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En el camino a nuestra nueva residencia nómada, observamos los estragos del huracán. Descubrimos una ciudad en fragmentos, desmembrada, como en esas fotos o videos de guerra que se ven a diario. Vimos casas sin techos, sin balcones ni puertas, edificios tuertos o agrietados. En algunas fachadas el viento cruel se había restregado con tal fuerza sobre ellas que logró arrancarles el revestimiento. Gracias al carro, evitamos los siempreubícuos cables y postes eléctricos caídos o peligrosamente inclinados, los troncos de los árboles sobre las calles, nos desviamos de las ramas quebradas sobre el pavimento. María no había dejado un detalle sin trastocar.

Descubrimos una ciudad en fragmentos, desmembrada, como en esas fotos o videos de guerra que se ven a diario. Vimos casas sin techos, sin balcones ni puertas, edificios tuertos o agrietados.


Bordeamos el Parque Muñoz Rivera. El gran espacio de viejos árboles, casi centenarios, en las afueras del Viejo San Juan se había transformado en un enredo verde e intransitable de ramas rotas, de esqueletos de árboles, de senderos ocluidos, de matas arrancadas con ferocidad viciosa. El destrozo era vasto y sobrecogedor.

Los lugares familiares de antes eran irreconocibles. Una plaza, una esquina, una perspectiva panorámica son siempre, en el Trópico, naturaleza. Mas, ahora, la naturaleza brava había destruido con saña a la mansa, la faldera, la que nos hace compañía día a día, y la había recompuesto devastada y según le dió la gana.

De lugares que, sin observarlos bien, cruzo cada mañana me tomó un rato entender qué habían perdido, qué hubiera sido necesario poner en su lugar para poder reconocerlos.

A un mes del huracán Maria en Puerto Rico
Residentes de San Isidro, al noreste de Puerto Rico, reciben alimentos distribuidos por FEMA. 17 de octubre de 2017.


En el expreso, los manglares sin hojas y pelados como fosforitos largos, quemados como en una suerte de incendio potenciado con un bombardeo. Desde el auto, mi hija mayor echó una mirada de asombro a aquel paisaje y dictaminó,

-Se parece a Nueva York en invierno.

En la oscuridad, en la fila inmóvil, continúo la espera en la estación de gasolina. Con el tiempo libre la deformación profesional me empuja a apuntar impresiones y tomar notas. No tengo cuaderno al alcance. Agarro mi portátil. Para algo más que darme la hora me sirve. Oprimo el ícono NOTAS. Comienzo a escribir.

Hace unos minutos me apée y caminé hasta las bombas. Quería corroborar –la deformación me obliga– lo que me comunicó el vecino de frente a la casa sobre tanques plenos de combustible y adelantados horarios de apertura. Buscaba un grano de optimismo, una nube de alegría.

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Un empleado me respondió, con una gotita de conmiseración y comprensión,

-Hay un problema con la electricidad y la bomba de la gasolina.

La gerente llegará a las 6 am, el técnico, a las 7. Si se trata de una reparación sencilla, el despacho comenzará hacia las 8 am. Con suerte, calculo, a las nueve estaré fuera.

Sin electricidad en el país son contadas las empresas que ofrecen servicios automatizados. Yo mismo esperé ayer dos horas y media para retirar dinero de los únicos cajeros automáticos en servicio en kilómetros a la redonda. En los negocios las transacciones son en efectivo. Y, la mayoría, racionadas. En la gasolinera el consumo máximo hoy será de $25 dólares de gasolina por persona. Resuelvo echar los $20 dólares que calculo necesarios para llenar el tanque y los $5 dólares restantes los echaré en un candungo que me prestó el vecino.

Ante la ausencia del gobierno, con machetes y sierras eléctricas los vecinos se habían agrupado y tallaban dos ingeniosos túneles bajo las ramas para que transitaran los vehículos.


Al llegar del Viejo San Juan, encontramos en el vecindario de mis padres más troncos de árboles y los escombros estorbando en las calles, demolidas las verjas de las casas. Un enorme ausubo casi centenario se había llevado en su caída el arco de entrada de otra. En su calle, el acceso a las residencias lo impedían un viejo caobo y tres grandes árboles de María postrados a lo ancho de la calle. Ante la ausencia del gobierno, con machetes y sierras eléctricas los vecinos se habían agrupado y tallaban dos ingeniosos túneles bajo las ramas para que transitaran los vehículos.

Un huracán catastrófico con la fuerza y la violencia de María desarticula brutalmente una sociedad, como una fila india de dominós en la que una ficha cae, obligando los otras a seguirla. Los vientos huracanados no solo ponen todo patas arriba sino que destrozan irremediablemente sus partes principales, desarticulándola. El país tiene que dejar de funcionar con normalidad y se pone a trastabillar como puede sin lograr colmar las brechas.

El interior de una iglesia católica sin luz eléctrica en A...
El interior de una iglesia católica sin luz eléctrica en Albonito, Puerto Rico, tres semanas después del paso de María.


La primera evidencia de la rotura desastrosa ocasionada por María ocurrió cuando los propios responsables de proporcionar los socorros se encontraron en la imposibilidad de iniciar sus funciones. En la tarde del miércoles, en la que el ojo del huracán se retiraba de la isla, grandes troncos caídos obstaculizaron la salida de emergencia de la residencia del Gobernador. Así, el principal encargado de rescatar a las víctimas del huracán se vió obligado a tomar una vía alterna para alcanzar su centro de mando. Por su parte, el Secretario de la seguridad pública cayó prisionero en su propia casa, atrapado igualmente por los árboles y los escombros. Se improvisó una imprescindible operación de rescate para abrirle paso desde su casa. La alcaldesa de San Juan, por su parte, tuvo que refugiarse en el propio centro de damnificados del municipio cuando su casa sufrió daños por los vientos y el agua. Con estragos en el centro del poder María nos proporcionaba una muestra del alcance y la densidad de los desbaratamientos que ocasionó.

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Como si el paso de dos grandes huracanes no bastara para tribulaciones, desde hace tres semanas mi madre se encuentra muy grave, inconsciente. Su estadía en el hospital ha coincidido con el paso del huracán Irma y ahora con el de María. Su presencia tiñe todas mis horas desde que se le declaró un incidente cerebral mayor. Tiñe, igualmente, todas, desde la primera letra de esta crónica. Mi padre pernocta con ella y mi hermana y yo nos turnamos cada día en su habitación, acompañándola hasta diez horas diarias. Esta tarde, como en días anteriores, la visitaré.

En el hospital, los días tampoco tienen distintivos, son indiferenciables, interminables. Aturdido por la incertidumbre y el número de horas, por el frío del aire acondicionado, caminando por los pasillos, y por dentro de la habitación la vista me resbala por las paredes, por el techo. Miro por las ventanas afuera al acecho de un objeto, de algún tema peatonal al que asirme para entretenerme y que resalten las horas. Estas se han injertado con aquellas confundibles que siguen al paso de los huracanes

Como si el paso de dos grandes huracanes no bastara para tribulaciones, desde hace tres semanas mi madre se encuentra muy grave, inconsciente. Su estadía en el hospital ha coincidido con el paso del huracán Irma y ahora con el de María.


Anoto lo que veo, escucho y lo que me viene a la mente.

¿Funcionarán o no las bombas?, ¿habrá llegado a las seis la gerente?. ¿Se equivocó el empleado con quien hablé?. Lucía razonable, como si supiera de lo que hablaba. Comienzo a dudar de mis fuentes. La deformación no me deja tranquilo. Me impaciento.

Son ahora las 6 y 40 de la mañana. Detecto un tenue movimiento bajo la marquesina en donde se encuentran las bombas que distribuyen gasolina. Entre los conductores se abre una pequeña esclusa, se riega como un alivio contagioso, un aire de alegría.

Salgo del carro y ando nuevamente hasta la estación. Converso con el empleado. Llegó la gerente. Podría existir buena razón para adelantarse. Por el momento, funcionan las bombas. Sin esperar el técnico, los propios empleados adelantan sus carros para servirse. Estas golondrinas parecen de buen augurio.

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De regreso al automóvil, se me acerca un hombre. Pregunta sobre la situación. Mientras contesto me fijo en los ojos achicados. Debe tener tanto sueño, sentirse tan extenuado como yo. Sobre su gorra roja de pelotero el nuevo conocido ha alzado unas gafas de grandes lentes que son como soles de azogue. De estatura mediana, trigueño, lleva bigote y una breve chivita. Tendrá unos 45 años y viste una camiseta de cuello anaranjada rojiza.

Entabla conversación. Lo dejo hablar; quiero que el tiempo transcurra.

-Váyase a El Ángel.- recomienda.

Señala con la mano por la avenida hacia el sur. Agotado, asiento como si conociera el sitio del que me habla.

-Estuve allá ayer para buscar hielo. Venden 2 bolsas por persona a $1.50. Se lleva un familiar y consigue dos por persona.

Sin decir palabra, finjo agradecerle la sugerencia.

-Y venden tripletas y pinchos. Allí mismo…

Pienso en los mercados cautivos. Me gusta enterarme cuando las filas despiertan el espíritu empresarial de los cocineros improvisados.

-Y, recortan también.

Sonríe como yo ante la ocurrencia comercial de otros.

-Mientras espera le dan su recortito.

Siento inquietud en las filas. Echo una mirada a la calle. Unos conductores suben a los autos, como si se prepararan para algo. No quisiera perder mi puesto. Quiero tomar notas.

Un despido breve y camino en dirección al carro.

Sonia Torres toma un descanso de la limpieza de su casa destruida, tres...
Sonia Torres toma un descanso de la limpieza de su casa destruida, tres semanas después del paso de María. Albonito, Puerto Rico.


Entre los primeros de la cola un gran Mercedes Benz albino y orgulloso como un lobo raro. Su conductor, un hombre de mediana edad con la cabeza rapada, de pie ante la puerta del auto, parece conocer a todos. Exhala el aire cómodo de aquellos que se han acoplado al ritmo de las filas. Sin abandonar su puesto conversa por aquí y conversa por allá.

Son las 6h58. Paso por la fila tristes de los que esperan a pie. A mi mano izquierda, aquellos que aguardan agarrando su candungo cada uno. A la derecha, los autos que esperan, como el mío, con sus conductores enseriecidos, tristes, como guarecidos en sus carros, sin ganas de abrir la puerta para charlar.

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El sol no acaba de declararse. Amanece gris blancuzco en Puerto Rico. Un cielo gris filtrado moteado de nubes igualmente grises. Detrás, lejos, allá en la bóveda, se deja distinguir un fondo azul timorato.

Estamos todos agotados; hombres, mujeres y niños. María no discrimina. Mientras esperan la gasolina, esparcidos por las aceras, en los carros, reunidos en grupos tímidos muy pequeños, la gente habla bajito, cansada, sin formar ningún alboroto, sin que brote ni un gramo de alegría que venga a relativizar el agobio. No se escucha una sola carcajada, un chiste. Quien conozca el Caribe le parecerá excepcional esta situación en un país antillano que desde siempre, para poder sobrevivir, ha querido ser chacharero, bromista, fiestero, burlón.

Pienso ahora en mi madre cuando nos traía a un espacio público, una actividad o un espectáculo, como el de hoy en esta estación de gasolina. Pendiente de cómo su gente, sus puertorriqueños, a todo le sacaba punta. La recuerdo instándonos, con su instinto pedagógico, a prestar atención a las ocurrencias alegres que saltaban y rebotaban, que nos hacían reír. Fue con ella que aprendí cómo podía ser mi gente.

Mientras esperan la gasolina, esparcidos por las aceras, en los carros, reunidos en grupos tímidos muy pequeños, la gente habla bajito, cansada, sin formar ningún alboroto


Sin embargo, ahora de madrugada, que se halla inconsciente en el hospital no se escuchan bromas, chistes, en la calle, en esta fila triste en que amanece. Nada se le ocurre a nadie. Todos pendientes en ahorrar energía para esta diligencia y las que faltan. En los tiempos después de María no sabemos aún cómo sacarle chispa a una cosa informe, que nos parece, en todo momento, presente; a unas circunstancias a quemarropa como un desastre de estas proporciones. Quizá para la próxima vez que ocurra, acaso en otra cola o en algún otro lugar, lejos de aquí.

Maldormidos o trasnochados, sudados como sancocho, irritados, confusos, vestidos como sea, algunos con lo que no puede ser otra cosa más que payamas o vistiendo camisetas sucias, estrujadas, los hombres y las mujeres en el final nocturno de esta gasolinera llevan pantalones cortos anchos – es cierto que el calor se ha ido acumulando – y calzan chinelas livianas, de plástico, que hacen un ruido rasposo porque las arrastran contra el pavimento con pies extenuados y molidos. Así, cargan sus candungos anaranjados para colocarse en la fila de los peatones. La mayoría busca combustible para un generador de electricidad, que les proporcionará unas horas diarias de alivio y de fresco.

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Paralela a la nuestra se ha organizado, espontánea, una segunda fila de autos. Se le siente despreocupada, necesaria. Cuenta con una treintena de vehículos y ahora se sigue alargando. Enfermeras, doctores, funcionarios se preparan para sus oficios clave del día. Antes, tienen derecho a abastecerse de combustible. Los conductores amanecidos nos inquietamos con la nueva fila. De un auto a otro nos vamos enterando de sus razones, legítimas. Contra los vivos, los administradores de la gasolinera exigen tres tarjetas de identidad para demostrar la veracidad de sus decires o de sus uniformes.

En poco tiempo, los vientos de María mandaron a Puerto Rico de vuelta al pasado, a unos pasos de los tambores y las palomas mensajeras. Nos quedamos incomunicados, en nuestro entorno inmediato. Las comunicaciones derrumbadas, las grandes necesidades de la familia, las vías intransitables incitan, si te hallas en seguridad, a quedarte cerca de donde te encuentras al terminar la tormenta.

En las primeras horas el viento derrumbó las antenas de radiodifusión y quedó en función una sola estación. WAPA Radio, la sobreviviente en aquel nuevo mundo sin medios de información, comprendió las circunstancias y se ubicó en el centro mismo de la cadena de recepción y difusión que el huracán acababa de destrozar. Sirvió de fuente de noticias, de portavoz oficial de los boletines de la meteorología, de los del gobierno y de centro de llamadas y vínculo entre instituciones o particulares, para aprovisionarlos o hallar a un pariente o para dejar saber a otros.

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A WAPA la escucharon solo aquellos que no dependían de la electricidad y sí de los receptores de pila. En esa cadena quebrada salieron a la superficie los radios portátiles, como apariciones de una era antigua, muchos en posesión de personas mayores - no que hubieran sido precavidas sino que nunca dieron el salto tecnológico al mundo contemporáneo - o de aquellos que cada día escuchan mientras caminan la suerte de sus apuestas en las carreras del hipódromo.

Residentes de Barranquitas esperan en una carretera derrumbada. 7 de oct...
Residentes de Barranquitas esperan en una carretera derrumbada. 7 de octubre de 2017.


Lo mismo ocurrió con los radio operadores, afición madrugada por las cada vez más accesibles instalaciones telefónicas y decimada por la inmediatez y acceso de las redes digitales y sociales. En esas horas de silencio, regresaron para demostrar su utilidad. Un operador en una ciudad o pueblo entraba en contacto con un coaficionado en otro pueblo o en Estados Unidos o República Dominicana y requería provisiones o medicinas o informaba sobre familiares o sobre los destrozos en su región.

El huracán forzó al periodismo a regresar a su función esencial, la de vehículo de la información de base.

Los diarios, que hace años intentan con desespero aferrarse al futuro con sus plataformas digitales, amanecieron desnudos y con una audiencia que no podía alcanzarlos. El pasado del periodismo pedía que se prestara atención. El Nuevo Día, el de mayor circulación nacional, había previsto con esmero generadores, mundo digital, papel y tinta mas nunca un apagón de este calibre. Ante la perspectiva de cientos de miles de pantallas oscuras imprimió su diario y envió a sus empleados como portadores en sus coches particulares con cientos de ejemplares. Se acercaron hasta las gasolineras y depositaron paquetes de cortesía, y, gratis igualmente, repartieron por las calles miles de ejemplares a los peatones, a los pasantes, entregándolos a mano uno por uno. Los diarios tuvieron que, de nuevo, buscar y encontrar en la calle a sus lectores. El huracán forzó al periodismo a regresar a su función esencial, la de vehículo de la información de base. Y, además, nos ayudó, a nosotros, a los que vivíamos aturdidos aún por la miopía a la que nos forzó la destrucción del ojo del huracán, a componer una visión de conjunto, nacional, a comprender el significado profundo y visual de aquellas largas horas de viento y agua.

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En los municipios del interior la incomunicación con el mundo exterior, la falta de luz y de agua obligó a los vecinos a volver a lavar la ropa a la orilla del río, como antes. Aprovecharon el acto comunitario para conversar entre ellos y asar unos pinchos en parrillas improvisadas sobre las piedras blancas de la ribera. Y, trajeron jabón y las botellas de champú y allí mismo, con el agua de la corriente, se bañaron y lavaron los cabellos.

En nueve días los damnificados, los destrozos, los problemas, las soluciones han rebasado al Gobernador, Ricardo Rosselló, a su Gobierno y a FEMA, el organismo federal encargado de catástrofes y emergencias. Los primeros días el Gobierno de Puerto Rico era el único que lograba expresarse y creyó o simuló dominar, con sus conferencias de prensa, las circunstancias. Y, todo Puerto Rico pensó que era así, que las cosas se estaban haciendo como se debe hasta donde se puede. El Gobe ocupó solo el escenario en esos días, el único que determinaba cómo era la situación actual del país. Pero, María había deshecho la cadena, desbaratándola, y la realidad, la verdadera, comenzó a hablar y a infiltrársele enseguida por las rendijas. La falta de organización, de un plan cabal del Gobierno a la altura de la devastación y el sufrimiento retrasó la respuesta a los damnificados y a los estragos. Más de 15 mil refugiados pronto se agruparon en los centros de acogida y no se entregaba agua y comida a otros cientos de miles a quienes les urgía. Se desalojó a más de 70 mil personas residentes en las inmediaciones de una represa agrietada. Se atrasó con rapidez la remoción de árboles y escombros, aumentó la inacción ante los puentes caídos y los pueblos incomunicados, ante los hospitales y los asilos sin luz ni agua. En pocos días comprendimos que una urgencia de una magnitud tal no exige solo a los doctores, enfermeras, ingenieros, trabajadores sociales, expertos, voluntarios o camiones y transportistas, helicópteros, aviones y pilotos que, en condiciones normales, por turnos, por sectores, por etapas, dan servicio cada día a un país , sino que necesita obligatoriamente, más que nada, a grandes políticos a la altura de la situación y un enorme equipo que proporcione ayuda de inmediato a todas horas, a todo el país a la misma vez. La respuesta gubernamental, improvisada y débil, era insuficiente.

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El Gobernadorcito y su equipo de publicistas descubrieron que no bastaba con declarar con cara de serio que la realidad era como ellos creían. Cada vez le llovían más objetos para malabarear y disponía de menos manos cualificadas para hacerlo. Pronto, las circunstancias anegaron al Gobecito, como las lluvias hicieron con gran parte del país.

Sobre la gasolina, ante las colas monumentales en cada estación de servicio del país, el Gobe insistió en que se exageraba, que con las existencias actuales era suficiente. La realidad era objetiva, el país tenía combustible almacenado en los puertos. Lo que no agregó fueron los hechos obvios, los que los conductores constataban cada día, que no existe lo que no se encuentra. María había hecho trizas las gasolineras, los canales de distribución y de transportación y el combustible tenía enormes dificultades para llegar del puerto a los conductores. Nosotros, los que esperábamos en cola en esta madrugada, sabíamos que la gasolina escaseaba.

Voy alcanzando mi carro en la fila, que no se mueve todavía. Me requedo cerca de las bombas. No me fío de mis fuentes.

De entre los que esperan de pie, se eleva un regocijo. No es total, amplio, sin reservas, pero toma fuerzas.

Una señora, en los primeros puestos, sostiene dos grandes candungos en sus manos. Comprende que pronto le llega su hora. Funciona su portátil. Llama rápido a quien creemos que es su marido. Todos la escuchamos.

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Un intercambio tenso se desarrolla entre los dos y pronto llegan a un callejón sin salida.

Dramática, implora, grita, reprocha como si fuera su casa y no un lugar público.

-¡TEN MISERICORDIA!…. ¡TEN MISERICORDIA! ¡VEN A AYUDARME!.

Nosotros, acá, sabemos que el hombre no va a venir. Sus gritos agrios lo comprenden también.

Ella, implora de nuevo, insiste, implora, grita.

-¡TEN MISERICORDIA!.

Y, transcurre otro medio segundo de silencio.

-¡TEN MISERICORDIA!, ¡POR EL AMOR DE DIOS!- dice de nuevo y rápido cuelga.

El esposo no vendrá y ella mira enfadada a todos lados.

Un señor que espera su turno más abajo escuchó, como todos nosotros, la conversación. Tenía alguna travesura en mente. Dejó pasar un tiempo para medir el ritmo. En el momento exacto, le recomendó una orden riéndose,

-¡No le cocine hoy!.

Pasa un instante.

-¡Lo deja con hambre!.

Una risa recorre las filas y la acera. La señora se sonríe. Distensión.

Regresa la primera ocurrencia de la mañana. Parece que habrá gasolina para todos.

Efraín Díaz Figueroa se limpia las manos después de...
Efraín Díaz Figueroa se limpia las manos después de reparar el techo de la casa de su hermana destruida por el huracán María en San Juan. 9 de octubre de 2017.


De nuevo, un alivio une a los que estamos unidos por el combustible, una alegría sorda con el dulce encender del primer auto de nuestra fila que se impacienta y avanza hasta la bomba. Corro hasta mi auto. Es una algarabía en silencio; la gente, por temor al mal de ojo, no se atreve todavía a cantar victoria. Yo, adelanto el carro y me ubico al doblar la esquina. Todo ocurre allá adelante. Si se daña la bomba antes de mi turno, esperaré hasta que el técnico la arregle. Antes de montar, transmití a mi vecina en su Mitsubishi las alentadoras noticias. Sonríe en grande, se anima,

-Sí, si no se va a dañar.

Enciendo el coche y lo adelanto de uno en uno. Corona el ambiente una alegría contenida, sentimiento del que contadas veces he sido testigo en mi tierra.

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Son las 7 y 20. Reconozco al empleado con quien conversé hace un rato caminando por la segunda fila. Desde mi carro le pregunto,

-¿Sigue la gasolina?

Se acerca a mi puerta, se sonríe como si fuera una broma entre nosotros. Dice,

-Usted llega. Usted llega.

Por la avenida Muñoz Rivera ya circulan los que se dirigen a su trabajo. La vía tiene tres carriles y se forma un embotellamiento con los que intentan circular por el único que queda para transitar. Lo mismo ocurre por doquiera que existe una gasolinera en servicio.

Tenaces, los conductores que quebrantan la ley se desentienden de la presencia de las fuerzas del orden. Se sienten apocados, medio derrotados.


De la nada, en patrulla, en motocicleta, a pie aparecen los oficiales de la policía. Quieren dispersar a los intrusos de la segunda fila de autos. Con la autoridad que exhala su presencia, conjeturan, la cola se disipará.

Tenaces, los conductores que quebrantan la ley se desentienden de la presencia de las fuerzas del orden. Se sienten apocados, medio derrotados. Sin embargo, iniciando la batalla del desalojo echan la vista hacia otro lado, como que la cosa no es con ellos.

Un par de minutos y los policías intentan otro método. Con palabras, sentados en las dos patrullas o a pie, cerca de los carros, apelan tímidamente al buen sentido de algunos conductores.

Con la mirada, como pidiendo un favorcito, buscan sus ojos solidarios, aquellos que comprendan su ingrato deber.

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El policía en motocicleta se acerca a los autos en la fila, con poco propósito y autoridad inflada. Tiene la intención de amedrentar. Lo intenta, pero de lejitos.

Ninguno de los agentes cae en cuenta del error que acaban de cometer. No saben que perdieron. La autoridad no razona con nadie, impone.

Los policías comprenden en demasía la situación de los conductores, comparten el mismo estado de ánimo con los que se encuentran ahora bajo su autoridad. Todos, sin excepción, padecimos profundamente a María.

Sin mirar para allá, inmutables, mudamente decididos, los conductores aguardan sin decir palabra, haciendo todo para pasar desapercibidos, como si la policía fuese un espejismo.

Provocado, un policía agarra el micrófono de la patrulla. Por el altoparlante lanza directrices explicadas y apuntaladas por el biombo azul encendido y girando,

-Un solo carril para el garaje- repite- Un solo carril para el garaje.

En la segunda fila, los conductores siguen haciéndose los tontos. Nadie mira hacia los agentes.

Los carros patrulla se acercan a los autos. Comienzan a bordear la fila. Una mujer policía se apea y camina a lo largo de la línea de carros. Sin querer dirigirse a nadie incita a los conductores a deshacer la fila.

Pero, nadie se entusiasma y no lo demuestran. Parece como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano. Entienden que si cruzan una palabra, un gesto con los policías, habrán perdido. A toda costa, hay que desentenderse. Nadie quiere perder la oportunidad de comprar gasolina, el tiempo invertido.

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Observo cómo una enfermera de uniforme verde, sentada de lleno al volante de su carro en la fila improvisada, se hace la indiferente y fija la mirada en un punto abstracto al frente de su parabrisas. Otra, vestida de azul, camina hasta otro carro. Trae información a una amiga sobre la dispensa de combustible, como si no existiera los policías, como si estuvieran allí para tratar de otro asunto.

De nuevo, el altoparlante policíaco,

-El Mazda, continúe. Los carriles tienen que estar disponibles.

Y repite.

Más silencio y más desentendimiento general. Determinados, ninguno de ellos será el primero de la fila en desistir; tan cerca de la Tierra Prometida y después de tanto madrugar, de tanto empeño.

De repente, el micrófono, que con tanta inminencia y seguridad hablaba, se enmudece.

Pasa un largo minuto grueso de silencio e inmovilidad.

Se oye, rápidamente, a los dos carros patrulla acelerando uno detrás de otro, por la avenida abajo rumbo a otro destino. El agente de la motocicleta acelera, ¡BRUUM! ¡BRUUM!. Y, desaparecen.

Abandonan. Sin insistir, sin querer imponerse . Por temor de un motín o por el temor de la pena – el ¡Ay, Bendito! de los puertorriqueños –, de los conductores que están haciendo fila.

La segunda fila ha salido victoriosa. No tiene fuerzas para demostrarlo. Sabe que la ley de las circunstancias pesa más que la ley abstracta.

A un mes de María en Puerto Rico
Residentes de Utuado se dan un baño en el agua que cae de una montaña. 14 de octubre de 2017.


El estado funciona así en este país, si la gente no respeta su autoridad –se dicen los funcionarios encargados de hacerla respetar– es porque existen buenas razones.

Llego por fín hasta la bomba. Me enteran de que ahora permiten sólo echar $20 dólares por coche. No importa. En la fila de pago encuentro al vecino de casa que espera en la fila de los candungos. Me ofrece un pequeño sobrante de gasolina cuando lleguemos al vecindario.

7 y 40. Salgo de la estación de gasolina. Unas tres horas me tomó la espera. Mucho menos que mi cálculo inicial. Luego, escucho a mis amigos, vecinos y comprendo que he tenido suerte. A ellos les tomó doce, ocho, diez horas. Algunos se colocaron en la fila desde las 2 de la mañana.

Entro satisfecho a casa de mis padres. Mi esposa y mis hijas acaban de despertarse. Tenemos tanque repleto, les informo. Dormiré un rato. Luego, a iniciar las otras diligencias. Visitaré a mi madre enferma.

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Me da vueltas en la mente una imagen de esta madrugada. En realidad, fue un descubrimiento. En la gasolinera me sorprendió observar decenas de abejas, como moscas, cerca de nosotros, de la calle, en este barrio de edificios y carreteras, lejos de su ruta habitual.

Volaban y se detenían en las bocas de los candungos, indagaban por encima de cualquier recipiente que encontraban, buscaban en los desperdicios de los botes de basura, sobre el agua estancada. Como moscas, nos acompañaban en las filas, revoloteando, molestándonos, irritándonos. Se aproximaban a las personas, entrando por las ventanas de los autos, intentaban posarse encima de nosotros.

Como con el resto de las cosas, también el huracán rompió su cadena. Los vientos y el agua destruyeron las colmenas y los panales, arrasaron con las flores, dispersaron el polen, tumbaron los árboles. Y, ahora las abejas, desorientadas, buscaban a donde podían, acosándonos verificaban si conservábamos algo de azúcar con nosotros, en nuestros carros, en las casas, si, acaso, un poco de golosina entre los dedos.

Como nosotros, ahora, en estos tiempos después de María, no tenían más remedio que, agobiadas, buscando saciarse, cansadas, quebrar la rutina y salir a buscar a donde encontraran, no importa el lugar, ni la hora del día.

En números (oficiales) y fotos: así va la recuperación de Puerto Rico a un mes de María, según el gobierno
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