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La delgada línea entre el running y la adicción

La delgada línea entre el running y la adicción

El ejercicio le da al cuerpo una gran estabilidad; sin embargo, en exceso puede generar problemas físicos y mentales. Y ahuyentar relaciones.

La delgada línea entre el running y la adicción

Por Ana C. Alanís


Desde niña me gustaron los deportes. Cuando era muy pequeñita formé parte del grupo de atletismo en la escuela. Más tarde, en sexto de primaria, empecé a jugar futbol. En preparatoria me acomodé bien en el equipo de voleibol: “Robotina”, me llamaba Octavio —el entrenador—, porque respondía al ataque del equipo contrario con movimientos que parecían automáticos, como si los hubiera programado con anterioridad. Era temida por mis remates: a veces letales, a veces tan fuertes e imprecisos que iban fuera de la cancha, lo que provocaba que un día me levantaran en hombros como la heroína y, al otro, me retiraran el habla por ser la causante de la derrota.

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En ese entonces tenía una canasta de basquetbol en el patio de mi casa y, por las tardes, en lugar de trabajar en mis saques y boleo, salía a practicar mis tiros libres. Después descubrí que era una bestia para el spinning. Cuando me percaté de que gracias a la bicicleta mis piernas de jamón se habían transformado en piernas de valquiria, tomé la decisión de fortalecerlas aún más e iniciarme en el mundo del running.


Correr, repelente para monstruos

En ese tiempo, el furor por correr —al menos como lo conocemos actualmente— no existía. Una tarde salí a la calle sin pretensiones, sin guía ni gobierno, sin necesidad de compartir mi trayecto en redes sociales, a correr con unos tenis viejos. Inmediatamente supe que correr era una especie de repelente para monstruos: cualquier aflicción, cualquier tipo de ansiedad, de estrés, de dolor, de desazón, se alejaba si corría.

No me interesaba inscribirme en carreras ni cronometrar mis distancias o competir contra otras personas. El mundo era el escenario donde mis pisadas se manifestaban salvajes y eso me hacía muy dichosa.

Los tenis que usaba no eran adecuados para el tipo de ejercicio que estaba haciendo. Eso lo supe cuando me lesioné por primera vez. Mis rótulas dieron de sí y me fui al corral de la inactividad. Al principio lo tomé con filosofía, me dediqué a investigar sobre tipos de calzado y pisadas, y a leer libros que me ayudaran a mejorar mi técnica para evitar más lesiones.

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Luego empecé a culpar a mis rótulas por todo: escribía sobre ellas, las tachaba de débiles, les hacía poemas llenos de odio. Un día las ponía sobre un pedestal y al siguiente la impaciencia me obligaba a machacarlas con furia. La rehabilitación fue eterna, ya que mi necesidad de volver a sentirme viva —cosa que sólo lograba con actividad física extenuante— me llevaba a intentarlo de nuevo, a poner mis rodillas a prueba. En la lucha de poder entre mi cuerpo y mi cabeza me fui lastimando cada vez más hasta que, en lugar de terapia física, busqué ayuda psicológica.

Fue así que, el 20 de diciembre del 2009 (lo recuerdo como si fuera ayer), salí de casa a comprar los tenis perfectos: los guardé con todo y caja, por tiempo indefinido, y sembré una semilla de paciencia dentro de cada uno.


Iniciación 

Siempre hay una razón para comenzar a hacer algo que termina convirtiéndose en cosa de todos los días porque nos apasiona. Hay historias increíbles de personas que llegaron a una clase de yoga por casualidad o que se vieron obligadas a subirse a una bicicleta y que encontraron, de la noche a la mañana, una nueva forma de vida; una manera de conectar con ellas mismas, de avanzar a nivel físico y espiritual. 

Por eso existen las clases de prueba, las semanas gratis en los gimnasios, el “si no te gusta te devolvemos tu dinero”. Porque si no fue a la primera, quizás a la quinta vez te des cuenta de dónde está el bienestar para ti. De que si no es una disciplina, entonces tal vez pueda ser otra con la que te comprometas porque de verdad la disfrutas. 

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Sentido de pertenencia

Una vez superado el principio, todo se va acomodando. De pronto, algo nuevo te ilusiona. Te sientes dentro de una tribu, de un grupo, de un mundo aparte que —por más poblado que esté— sigue siendo otro.

Hay cambios no sólo en tu cuerpo, sino en tu forma de pensar. Te sientes más ágil, más enérgico. Buscas seguir, mejorar, subir otro escalón. Te decantas por formar parte de un equipo o por llevar acabo una actividad individual. Tienes un tema nuevo sobre el cual informarte y conversar. Te esfuerzas. Sacas el máximo provecho de aquello que nadie eligió por ti. Como en todo, hay días en los que puedes sentirte un poco menos motivado, pero sabes que si lo haces valdrá la pena y que los resultados no sabrán mentir.


El deporte cura 

Ésta es la cara del deporte que todos conocemos: la buena, la bonita, la que salva vidas y estimula mentes. Sabemos que muchos aseguran que el deporte “es la mejor medicina”; los médicos —desde aquellos apegados a la ciencia hasta los herboristas— lo afirman. Me atrevería a decir que nadie en el mundo asocia al deporte con daño o enfermedad. 

El doctor David C. Nieman, por ejemplo, autor de The Exercise-Health Connection: How To Reduce Your Tisk Of Disease and Other Illnesses by Making Exercise Your Medicine, declara que no existe medicamento o suplemento nutricional que se acerque, siquiera, a los efectos que el ejercicio tiene en el ser humano. 

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Cuando se realiza una actividad física con regularidad, nuestros huesos se fortalecen y nuestro peso en músculo aumenta. Nos desinflamamos, pensamos y nos concentramos mejor, se regulan nuestras hormonas, nuestros niveles de azúcar y de ansiedad. El doctor Michael Roizen explica en su libro You: The Owner’s Manual, cómo el correr reduce el riesgo de contraer cáncer, de sufrir infartos o depresión. Sin embargo, entre tantos beneficios, hay una lista de actitudes que debemos tener en cuenta y saber identificar para no caer en excesos y sufrir la cara opuesta de la moneda.


Pero también puede enfermar

Mis rótulas no se hicieron pedazos por mi ignorancia, ésa que me llevó a correr con los tenis desgastados. Si yo hubiera entendido cómo hacer las cosas y me hubiera dado el tiempo para sanar debidamente, no me habría lastimado tanto. Mis rótulas, en realidad, tronaron por mi adicción.

En principio, correr funcionaba: para el estrés, para la ansiedad, para aquellos días en los que sentía que nada marchaba bien. Correr me hacía sentir libre, invisible, multiforme. Hasta que tuve que parar por cuestiones de salud y no pude, porque mi vía de escape se había salido de control y la medicina era ahora la enfermedad; porque necesitaba, como necesita cualquier otro tipo de adicto, salir a repartirle zancadas al pavimento hasta desvanecerme.  

Cuando empecé a rehabilitarme leí un estudio de la Universidad de Jacksonville, cuyos resultados arrojaban síntomas terroríficos de adictos al running que dejaron de correr por alguna razón extraordinaria: ansiedad, depresión, insomnio, culpabilidad y —en casos extremos— pensamientos suicidas o abuso de sustancias como drogas y alcohol.

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Alrededor de un 3% de la población mundial sufre de algo llamado Overtraining Syndrome, un mal que aqueja a aquellos atletas que se someten a sesiones exhaustivas de entrenamiento y que hacen caso omiso de lo que su cuerpo verdaderamente necesita. El caso más famoso, quizás, es el del ultramaratonista Alberto Salazar, a quien su adicción al ejercicio lo llevó por diez años de infecciones respiratorias, depresión y un bajísimo rendimiento deportivo. 


El punto de equilibrio

Es difícil volverse un adicto al ejercicio, pero es posible y no es algo que suceda de un día para otro. Suena extraño, lejano e incluso ridículo. Sin embargo, puedo afirmar que existe y que llega a doler igual que cualquier otra adicción. En mi caso, resolverlo fue relativamente sencillo porque de alguna forma entendí que el exceso de kilómetros estaba trayendo de vuelta a los monstruos, en lugar de alejarlos. Tampoco era una deportista de alto rendimiento ni estaba entrenando para ninguna competencia, lo cual hizo el proceso más llevadero porque no debía demostrarle nada a nadie, sino volver a encontrar mi fórmula. Con ayuda profesional logré regresar al bello común denominador y al saber decir “por hoy es suficiente”. Cuando regresé a correr me inscribí a una carrera de 6 millas —mi primera, en Central Park— por la lucha contra el cáncer de pulmón. Al día de hoy todavía corro salvaje, pero entreno a conciencia: cuando el reloj marca la hora, no hay pasos extra para mí.  

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El test

Aquí un test breve para detectar si tienes problemas de adicción al ejercicio. Con más de dos respuestas afirmativas es importante hacer algo al respecto:

1.- Cuando algo inesperado interrumpe tu sesión de entrenamiento, ¿sientes enojo o ansiedad?

2.- ¿Continúas ejercitándote a pesar de lesiones menores que sabes que implican descansar para ser atendidas debidamente?

3.-¿Sientes que debes obtener el mismo efecto —a nivel físico y mental— de todos tus entrenamientos?

4.- Si tuvieras que dejar de entrenar durante tres meses, ¿qué sentirías?

5.-¿Dejas de lado actividades o compromisos importantes por ir a entrenar?

6.- ¿Generalmente terminas haciendo más ejercicio del que deberías o del que tenías planeado? 

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