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Daniel Morcate
Opinión

Miembro de la unidad política de Univision Noticias.

Lo de Trump no es patriotismo sino racismo

Lo de Trump no es patriotismo sino racismo

“Las banderas solo son símbolos. Ninguna, ni siquiera la nuestra, vale más que los seres humanos a los que representa”.

Con sus comentarios ignorantes e insensibles sobre los futbolistas que protestan, el presidente Trump hizo gala de su única habilidad demostrable: la de exacerbar el odio y las divisiones étnicas en el país. Por ese camino nefasto, Trump está llevando a Estados Unidos no a una guerra cultural, como aseguran con eufemismo algunos comentaristas, sino a una guerra entre las razas y etnias que integran el acrisolado tejido del país. Y lo está haciendo adrede, con la complicidad de miembros de su Partido Republicano que comparten su fanatismo oportunista y la indiferencia y ceguera de otros. Trump y los racistas que lo rodean viven la euforia de haber ganado el poder con un lema que a duras penas disimulaba su deseo de hacer a Estados Unidos blanco otra vez y con el voto abrumador de los blancos no hispanos, muchos de los cuales resentían ocho años de la presidencia de un hombre negro.

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Ante una de sus típicas audiencias casi exclusivamente blancas no hispanas, en uno de los estados históricamente más racistas de la nación, Alabama, Trump declaró con su acostumbrado matonismo y vulgaridad que sería bueno que alguno de los propietarios de equipos de la Liga Nacional de Fútbol Americano “expulsara al hp” que le falte el respeto a la bandera. Su grosero ataque ignoró olímpicamente que los atletas que se arrodillan ante la bandera lo hacen para protestar por el clima racista, discriminatorio y de maltrato policíaco que sufre la nación, clima que su candidatura antes y su presidencia ahora han agravado. La Casa Blanca de inmediato insultó nuestra inteligencia afirmando que el mandatario solo hacia una patriótica defensa de un símbolo nacional. Sus seguidores obnubilados se envolvieron en la bandera y aceptaron la mentira oficial.

Ninguna persona razonable y bien intencionada puede confundir con un patriota a un hombre que llegó a la presidencia de la mano de un enemigo histórico de Estados Unidos, el régimen ruso de Vladimir Putin; que ha hecho negocios turbios con ese y con otros enemigos de esta nación; que ha ofendido reiteradas veces a un héroe y exprisionero de la Guerra de Vietnam, el Senador John Mccain; que ha insultado a la familia musulmana de un mártir de la Guerra de Irak; que de joven usó su influencia y el dinero de su familia para escapar del servicio militar, y que no vacila en poner en peligro las vidas de jóvenes estadounidenses con las bravuconerías con las que alimenta su narcisismo.

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Solo el racismo y el cálculo político basado en el racismo inspiraron las crudas palabras de Trump en Alabama. Esa conducta deplorable es consecuente con la que ha observado a lo largo de su vida adulta. En los 1970, el Departamento de Justicia lo investigó y acusó formalmente de discriminar a los negros en sus negocios de bienes raíces. Su carrera “política” se erigió sobre el infundio racista de que el presidente Obama había nacido en África. En su gabinete presidencial solo tiene un par de miembros de minorías étnicas más como fachada que por convicción. Y tras los violentos sucesos de Charlottesville, Virginia, equiparó a los nazis y supremacistas blancos con las personas que se manifestaron en su contra, llegando al extremo de afirmar que entre los primeros había “buenas personas”.

La cínica apelación de Trump al patriotismo evoca la elocuente sentencia del escritor inglés Samuel Johnson: “el patriotismo es el último refugio de los sinverguenzas” ( Patriotism is the l ast refuge of a scoundrel). Trump no ha sido el único que se ha envuelto en nuestra bandera durante esta polémica. Lo mismo han hecho otros republicanos ansiosos por justificar ante los votantes su continuo apoyo al presidente descarriado. Su demagogia, tan barata como peligrosa, les ahorra el tener que hacer un examen serio de los persistentes problemas raciales y étnicos del país, de la xenofobia galopante y de las lacerantes divisiones que a propósito promueven Trump y sus apologistas.

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Frente al cinismo y las manipulaciones que emanan de la Casa Blanca, ha sido alentador ver cómo han cerrado filas para exponerlos muchos atletas y ejecutivos de la NFL y de la Asociación Nacional de Baloncesto, NBA. Robert Kraft, dueño de los Patriotas de Nueva Inglaterra y donante generoso a la campaña de Trump, dijo sentirse “profundamente decepcionado por el tono de los comentarios” del mandatario. Y recordó que, bajo la Primera Enmienda, los jugadores tienen todo el derecho a protestar. Tom Brady, el famoso mariscal de campo de los Patriotas, amigo confeso de Trump, tildó sus comentarios de “divisivos”. El inmortal Lebron James le llamó “patan” y subrayó que solía ser un honor el ir a la Casa Blanca hasta que apareció él, en referencia a la decisión de Trump de retirarles la invitación a los Golden State Warriors, campeones de la NBA, porque su estrella, Steve Curry, había decidido no ir. Y varios atletas afirmaron que la protesta, ahora generalizada, es “más grande que el fútbol”, citando las palabras con que la iniciara el exmariscal de San Francisco, Colin Kaepernik.

¿Y la bandera? La de EEUU y todas son respetables mientras simbolicen la perenne lucha en defensa de la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades y ante las leyes. Pero, a diferencia de las personas, las banderas solo son símbolos. Ninguna, ni siquiera la nuestra, vale más que los seres humanos a los que representa, sean éstos del color o de la raza que sean, provengan de donde provengan o piensen como piensen. Eso es algo que Trump nunca entenderá.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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