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León Krauze: El primer gran error de Donald Trump

León Krauze: El primer gran error de Donald Trump

El periodista considera que, si el silencio es una mala idea, la ausencia es todavía peor

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Por León Krauze, conductor de noticias de Univision KMEX en Los Ángeles, periodista y autor

Ya sea por casualidad o astucia política, Donald Trump ha dado una pelea bárbara por la candidatura republicana a la presidencia de Estados Unidos. Aun más valioso para un hombre de su impaciencia, Trump ha cometido muy pocos errores. Su retórica populista ha resultado muy efectiva y sus desplantes misóginos y racistas no solo no han hecho mella en su popularidad sino que han servido para consolidarla.

Cada paso ha sido producto ya sea de un cálculo maquiavélico o de un instinto político que podrá ser primitivo pero no por eso deja de ser notable. El resultado, al final, ha sido el mismo: una candidatura de gran fortaleza desde el principio mismo de su concepción, algo pocas veces visto en la política moderna de Estados Unidos o cualquier otro país.

Pero todo por servir se acaba. Es posible que la megalomanía finalmente haya vencido a Trump. Quizá nublado por su notoriedad en las encuestas o presionado por la cercanía del principio formal de las elecciones primarias en Iowa, Trump parece estar a punto de cometer el primer gran error de su campaña presidencial: ausentarse del debate republicano del día jueves.

En términos generales, el silencio nunca es una buena estrategia en la lucha electoral. Ejemplos sobran. El primero que se me ocurre es el incomprensible mutis de John Kerry frente a las despiadadas acusaciones que intentaron desacreditarlo como héroe de guerra durante la campaña del 2004. Kerry pensó que responder aquellos ataques equivaldría a validarlos y prefirió quedarse callado. Al hacerlo, dio espacio a la duda y afectó directamente su credibilidad.

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Si el silencio es una mala idea, la ausencia es todavía peor. Y mucho más en un escenario tan teatral como un debate, donde el vacío es un enunciado en sí mismo.

No recuerdo un solo precedente que justifique la decisión de Trump. Por el contrario, me vienen a la mente muchas instancias en las que la ausencia en un debate ha terminado por dañar las aspiraciones de quien decide no presentarse.

En Estados Unidos hay dos ejemplos, ambos en la elección de 1980. Antes de la elección primaria de Iowa de aquel año, Ronald Reagan se retiró del último debate antes de los caucus estatales. La campaña de Reagan decidió restarle importancia al primer estado del proceso electoral y prefirió concentrarse en New Hampshire.

Fue un error. La ausencia de Reagan abrió la puerta a George H.W. Bush, quien triunfó en Iowa y amenazaba con llevarse también New Hampshire. Reagan tuvo que idear una estrategia muy singular y algo extraña para el siguiente debate —que él mismo pagó, por ejemplo— para revertir el error de no presentarse al encuentro de Iowa. Salvó la candidatura de milagro.

El otro ejemplo también involucra a Reagan, pero en el otro extremo de la ecuación. Durante la campaña presidencial, fue el presidente Jimmy Carter quien decidió ausentarse del primer debate, quejándose de la presencia del candidato independiente John Anderson.

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La ausencia de Carter le permitió a Reagan adueñarse del escenario con todo el talento histriónico que lo había llevado a la fama y, meses después, a la presidencia de Estados Unidos. Al no presentarse, Carter regaló a su rival la atención absoluta del público. El vacío se llenó con la simpatía de Reagan y la elección nunca volvió a ser la misma.

En México también hay un ejemplo relativamente reciente. En la elección del 2006, Andrés Manuel López Obrador optó por no presentarse al primer debate presidencial. Suponía que su ventaja, considerable en aquel momento, se vería afectada por un supuesto complot de los medios de comunicación que, pensaba el candidato, conspiraban para exhibirlo como el perdedor del encuentro.

López Obrador no encontró mejor solución que retirarse. Fue, también, un tropiezo mayúsculo. Su ausencia le hizo mucho más daño que incluso la versión más pobre de su hipotética presencia. No pocos analistas señalan aquel momento como el punto de inflexión de lo que fue una campaña electoral cerrada y durísima.

A pesar de su propia ventaja en absolutamente todas las encuestas, Donald Trump está cometiendo el mismo error de todos los ejemplos anteriores. El fenómeno Trump parte de la construcción de un personaje que defiende principalmente dos valores: la independencia y la fuerza. No hacer acto de presencia en el debate podría (ojo: podría) consolidar el carácter independiente de Trump; pero podría hacer añicos su imagen de hombre fuerte.

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La ausencia nunca es sinónimo de fuerza. Más bien, de todo lo contrario. Si Trump cumple su promesa de no presentarse a debatir, sus rivales pasarán dos horas burlándose de la supuesta debilidad del hasta ahora líder de las encuestas republicanas. Si la historia tiene razón, Trump se arrepentirá de haber hecho semejante berrinche.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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