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El Congreso de Estados Unidos.

José Parra: Del Día de Acción de Gracias, Siria y la Xenofobia

José Parra: Del Día de Acción de Gracias, Siria y la Xenofobia

José Parra, presidente de PrósperoLatino, opina sobre el freno a la Acción Ejecutiva, los refugiados sirios y el clima de odio

El Congreso de Estados Unidos.
El Congreso de Estados Unidos.
Por José Dante Parra (**)


 

Hace un año vi una caricatura que mostraba a un grupo de indígenas norteamericanos recibiendo a un grupo de peregrinos protestantes. Como reza la historia, ese grupo de ingleses llegó aquí en 1620 refugiándose de la persecución religiosa y buscando construir un mejor futuro para sus familias. En la caricatura los indígenas les decían a los ingleses: “Después una larga discusión, hemos decidido concederles ‘DAPA’. Se pueden quedar”,  en alusión  al Día de Acción de Gracias y a la decisión del Presidente Obama de ofrecerle protección a millones de indocumentados en noviembre del año pasado.


Tristemente, el significado de ese día tan importante para nuestro país está siendo borrado por una vergonzosa ola de xenofobia. A un año del anuncio del presidente, DAPA sigue embotellada en las cortes después que 25 gobernadores republicanos impugnaran la orden del presidente en un juzgado conservador en Texas. Y la semana pasada el liderazgo republicano de la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de ley para negarle la entrada a 10,000 refugiados sirios que están huyendo de la carnicería que el Estado Islámico (ISIS) y el Presidente Bashar Al Assad cometen en ese país.


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Las excusas republicanas varían: el presidente sobrepasó su autoridad en cuanto a DAPA, o hay que mantener a los estadounidenses seguros tras la masacre de París. Irónicamente, estos mismos líderes republicanos fueron quienes bloquearon medidas que limitaban el acceso a armas de fuego de calibre militar después de la masacre de 22 niños de edad pre-escolar en Connecticut; otra masacre en un teatro en Colorado y el asesinato, en junio, de nueve feligreses en una iglesia afroamericana en Carolina del Sur cometida por un supremacista blanco, para mencionar solo algunos hechos de esta naturaleza. En ese entonces, no hubo un llamado a proteger la vida de nadie.


El hilo de esta narrativa— entre el bloqueo a la reforma migratoria, obstrucción a medidas de alivio para los indocumentados, o cerrarle las puertas a familias que le huyen a las atrocidades de la guerra— es claro. Tenemos un grupo de políticos que se dejan liderar por el miedo al “otro” o el temor al “extranjero”, o sea, la definición de xenofobia.


Al ver esta triste crónica, recordé el día en que me sentí estadounidense por primera vez. Fue el 11 de septiembre del 2001. En esa época era reportero para el diario Sun-Sentinel del Sur de la Florida. Como a todo periodista, ese día me mandaron a cubrir las repercusiones de los ataques en Nueva York y Washington. Al llegar al Aeropuerto de Miami para conversar con los viajeros afectados, vi una y otra vez en un restaurante del aeropuerto las espeluznantes imágenes. No sólo los aviones desintegrándose contra la Torres Gemelas, sino los  seres humanos saltando al vacío. Mi imparcialidad periodística se derritió en lágrimas.


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Pero mientras miraba a mi alrededor, veía a otros compatriotas. Este ataque estaba dirigido a mí y a mis hermanos y hermanas en ese restaurante que hace unos minutos habían sido solo posibles entrevistados. Vi un sinnúmero de caras de diferentes colores, variados orígenes y, lo más seguro, diferentes credos. Pero todos éramos uno, enlazados por un dolor común al ver a nuestro país agredido, a compatriotas muriendo. Al día siguiente, ondeamos una bandera estadounidense en el balcón del apartamento de mis papás. Yo todavía era residente permanente, pero ese día se borró el sentimiento de extranjero que me habían causado unos años antes el gobernador de California, Pete Wilson, con sus propuestas antiinmigrantes y la retorica antiinmigrante del candidato presidencial Pat Buchanan. Me sentí igual que los descendientes de los indígenas que primero habitaron esta tierra y los tátara-tátara nietos del Mayflower. El rechazo de un sector extremista en este país lo borró el dolor común y la empatía.


Pero hoy un sector excluyente se ha impuesto sobre el liderazgo republicano. Y no, los hechos no los respaldan. En Estados Unidos hay 100,000 refugiados iraquíes que han llegado tras nuestra invasión a ese país. Ninguno de ellos ha cometido un desmán que se asemeje a la matanza de niños en Newtown, Connecticut, o de feligreses en Charleston, Carolina del Sur. Los refugiados tienen que pasar por un proceso de investigación que demora hasta 24 meses. Y los hechos tampoco han frenado a los candidatos republicanos de demonizar a los inmigrantes como narcotraficantes y violadores, cuando las cifras prueban que el trabajo y el buen comportamiento es la norma.


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Lejos de asegurar a nuestro país— y más aún, de enaltecer los ideales de tierra de refugio enmarcados en la Estatua de la Libertad— alienar a clases enteras de personas nos debilita y vulnera. Los ataques de París, lejos de dividirnos, deberían causar empatía y hermandad entre nosotros, que son los únicos baluartes que pueden resistir el embate del odio. Si los terroristas logran dividirnos, habrán ganado.


En estas fechas debemos buscar esa unión y dar gracias por ella. Como reza Deuteronomio 10:19 “Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”. Los indígenas que recibieron a los peregrinos en 1620 de verdad que entendían bien el espíritu de ese versículo.
 
 
(**) José Dante Parra es estratega demócrata y presidente de ProsperoLatino. Fue asesor del ex líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid; asesor de comunicaciones hispanas en la reelección del Presidente Obama en 2012 y director del equipo de medios hispanos en la Convención Nacional Demócrata.


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