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Alan Rivera: El haraquiri republicano

Alan Rivera: El haraquiri republicano

Según el analista, el radicalismo histriónico de Trump ha mostrado el rostro real de un grueso sector republicano

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Por Alan Rivera, autor, periodista y analista político

Si Donald Trump es finalmente elegido como el candidato presidencial republicano tras las elecciones primarias que hasta ahora le sonríen, él y sus electores estarán demostrando una afinidad muy cercana a los antiguos guerreros samuráis de Japón, quienes preferían suicidarse con un haraquiri antes de caer en manos de sus enemigos.

Confieso que cuando Trump inició su carrera por alcanzar la nominación republicana a la Presidencia de Estados Unidos, no pensé que llegaría lejos. Y creí que los republicanos habrían aprendido la lección del 2012 en la que su discurso radical de las primarias los alejó del electorado y volvieron a perder las presidenciales frente a los demócratas.

No en vano la estratega republicana Katie Packer (exjefa de campaña adjunta de Mitt Romney en las presidenciales del 2012), lanzó hace algunas semanas una alerta a sus correligionarios y simpatizantes, al afirmar que la retórica radical antiinmigrante y antiminorías de casi todos los precandidatos durante las primarias republicanas de 2012 perjudicó a su partido, y la factura la tuvieron que pagar en la elección general.

Barack Obama basó su victoria entonces sobre el republicano Mitt Romney en el voto de los afroamericanos, los homosexuales, los hispanos, las mujeres solteras y los jóvenes menores de 30 años.

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Y es que en los últimos 15 años el crecimiento demográfico de Estados Unidos ha venido acompañado de un cambio profundo en el rostro del electorado, hoy más diverso y estratificado y, sobre todo, más propenso a digerir un discurso liberal (demócrata) que uno conservador (republicano).

No obstante, los candidatos republicanos (sobre todo Trump) y la mayoría de su electorado parecen preferir morir en su ley y practicarse un harakiri electoral que corregir sus errores pasados y moderar sus propuestas.

Por eso el discurso conservador, populista y radicalmente de derecha con tintes discriminatorios y hasta racistas de Trump ha logrado calar en un electorado sediento de eso.

Se trata de un grueso sector de Estados Unidos que, aunque minoritario, aún es numeroso y no tiene pudor en mostrar su verdadero rostro más allá de una hipócrita y muy extendida cordialidad disfrazada de una malentendida conducta “polite“ (cortés y delicada), muy típica en muchos estadounidenses.

El asunto ha llegado tan lejos que ha hecho salir del clóset a muchos que sin pudor ondean en sus autos, casas y negocios la controversial bandera confederada, símbolo racista de los supremacistas blancos, quienes creen que Estados Unidos es un país basado en la supuesta superioridad de la “raza blanca” y no en la evidente diversidad de sus inmigrantes, quienes son los que en realidad lo han hecho todo lo grande y poderoso que hoy es.

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Esos electores dispuestos a practicarse el haraquiri son los que creen que construyéndose un muro en la frontera con México se acabará la inmigración de indocumentados y el narcotráfico, y su país será más seguro.

Eso por supuesto sin tomar en cuenta que el costo de un muro, que alcanzaría unos 8,000 millones de dólares, se convierte solo por eso en una propuesta ilusa; que el narcotráfico solo tendría que hacer más túneles; que los inmigrantes indocumentados seguirán viniendo por decenas de rutas mientras encuentren donde trabajar y que ni las actuales amenazas terroristas ni absolutamente ningún atentado o intento de atentado han tenido algo que ver con México ni con su frontera.

Trump maneja otras propuestas populistas, radicales y alejadas de la realidad, formuladas al calor de la campaña y con las que ha logrado ubicarse por encima de sus perseguidores obligando de paso a casi todo el resto de precandidatos a ponerse la piel más radical posible para conseguir la nominación.

Sin duda, el radicalismo histriónico de Trump ha logrado sacar a flote el rostro real de un grueso sector republicano; y tanto candidatos como electores no parecen tener ningún problema en morir en su ley, con un haraquiri electoral que de aquí hasta el 8 de noviembre, les volvería a cerrar en las narices las puertas de la Casa Blanca.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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