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Cientos de personas se apostaron en las calles de Santa Clara para saludar el paso de la caravana que lleva los restos de Castro, este 1 de diciembre.

Las cenizas de Fidel Castro desandan los pasos de su ejército rebelde

Las cenizas de Fidel Castro desandan los pasos de su ejército rebelde

La caravana militar que conduce las cenizas de Fidel Castro continúa su paso hacia Santiago Cuba, luego de cruzar las provincias de Cienfuegos y Santa Clara, donde cientos de cubanos salieron a las calles para despedirlo.

Cientos de personas se apostaron en las calles de Santa Clara para salud...
Cientos de personas se apostaron en las calles de Santa Clara para saludar el paso de la caravana que lleva los restos de Castro, este 1 de diciembre.

CIENFUEGOS, Cuba.- Cuando la urna que guarda las cenizas de Fidel Castro salió este martes 30 de noviembre del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) para reeditar en sentido inverso la Caravana de la Libertad de 1959, Ihosvany trabajaba en la cafetería de Jagüey Grande, Matanzas, que queda de camino por la autopista. No tenía mucho que ofertar a los clientes: sandwiches de jamón y queso, café –expreso, no cortado, ni capuccino–, jugos, agua y ninguna bebida alcohólica –debido a los nueve días de duelo nacional decretados por el gobierno tras la muerte del líder de la revolución cubana, el pasado viernes 25 a las 10:29 de la noche.

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Dagmara Piñeiro le entrega a su única hija unos ejemplares de Granma y del diario provincial para que haga una cadeneta de periódicos en blanco y negro que colgará de un lado a otro de un poste de electricidad a la entrada de la ciudad de Cienfuegos. A pocos metros, los pintores retocan con blanco y negro los postes del alumbrado público. Piñeiro recuerda a su hermana muerta de cáncer hace ya casi tres años, a quien el gobierno le otorgó una vivienda “después de luchar mucho allá en La Habana seis años atrás”.

Dos pioneritos sostienen un retrado de Fidel joven en una calle de Cienf...
Dos pioneritos sostienen un retrado de Fidel joven en una calle de Cienfuegos, Cuba, el 30 de noviembre.

A casi diez kilómetros de Cienfuegos, en la comunidad Alejandro, Saturnino Jorge González dice que “botó lágrimas como un caballo, pegado a la televisión”. Saturnino Jorge se mudó a Juraguá hace 76 años y trabajó en la planta procesadora de henequén –una especia de agave que se cultiva en la zona- que cubre varios kilómetros hasta llegar a Juraguá, el preludio de la Ciudad Nuclear.

En el parque de Juraguá, más de quince hombres discuten sobre la ruta original que tomó el ejército rebelde tras el triunfo de la revolución, los pueblos por donde pasó, los lugares donde se detuvo. A Agrispino Dueñas –que vio nacer y morir la Central Electronuclear de Cienfuegos (CEN)– comentas que a las 2:00 de la tarde sale la guagua para esperar el paso de las cenizas en el Prado cienfueguero.

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Un poco más lejos, en el camino a la Ciudad Nuclear, que debía ser el futuro y terminó estancada en el pasado, Tomás Sardiñas aprieta el paso de su caballo, unas de las fuentes que lo sostienen económicamente. Tomás Sardiñas proveía comida a los más de 6,000 trabajadores que llegó a tener la Central Electronuclear a finales de los años 80. En 1984, en un discurso en la ciudad de Cienfuegos, Fidel Castro había dicho que cada uno de los cuatro reactores de la CEN ahorraría al país 600,000 toneladas de petróleo y 500 millones de dólares anuales.

Tomás Sardiñas trabaja en los campos que conducen a la Ciudad Nuclear, e...
Tomás Sardiñas trabaja en los campos que conducen a la Ciudad Nuclear, en Cuba, y en los años 80 solía proveer comida los trabajadores de la central.

“Una planta grande y costosa” que estaría preparada “contra la eventualidad, que se dice que ocurre o puede ocurrir cada 10,000 años, de que una ola de 30 metros de altura llegue a nuestras costas” o “para el caso inverosímil de que se produjera un accidente aéreo, que un gran avión moderno de propulsión a chorro chocara contra uno de los reactores”. No hubo en el país ola de 30 metros de altura, ni accidente de aéreo que chocara contra uno de los reactores, ni Central Electronuclear.

“Eso costó una millonada. Daba para hacer cinco o seis fábricas de tractores”, dice Tomás, que está molesto porque le robaron los carneros y tuvo que vender los que le quedaban y porque la gente se roba también las cabillas de los tres tanques de la CEN que quedan a la orilla de la carretera para construir sus viviendas. Pero aclara: “El Comandante se preocupaba mucho por la población”. Y no lo dice porque fuera pobre antes de la revolución: “En el capitalismo, tenía una buena situación” porque su familia era dueña de una finca, explica Tomás.

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En la cafetería La CEN, que queda justo antes de una treintena de edificios multifamiliares construidos encima de lo que solo fuera un terreno baldío y sitio donde cazar jutías (especie de roedor que solía abundar en la zona), una señora comenta que “todo tiene una parte negativa y positiva”. Ella prefiere guardar las positivas. Sentado en una silla en la cafetería, junto a su madre, estará Rolando, de diez años, que se levanta todos los sábados a las seis de la mañana para ver los dibujos animados. Cuando Rolando nació, ya Fidel Castro no era presidente de Cuba. El sábado 26 de noviembre, cuando prendió la televisión, supo que había muerto.

En fotos: El viaje final de los restos de Fidel Castro hasta su tumba en Santiago de Cuba
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