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MEJOR VETE, CRISTINA

Esta es la historia de la chef mexicana indocumentada Cristina Martínez, una mujer que tuvo que escapar de su hogar y renunciar a sus hijos para salvar su vida. Cruzó dos veces el desierto y se estableció en Filadelfia, donde trabajó lavando platos y vendiendo quesadillas en la calle hasta que abrió un restaurante de barbacoa que logró colocar entre los mejores de EEUU. Desde allí lucha por dar voz a los inmigrantes sin papeles y, sobre todo, por volver a reunirse con sus hijos.
Por: Inger Díaz Barriga. Créditos
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Podcast: Mejor vete, Cristina

Podcast: Mejor vete, Cristina

Escucha el podcast de Univision Noticias sobre la chef mexicana indocumentada Cristina Martínez.

ESCUCHA TODA LA HISTORIA EN 7 CAPÍTULOS


1 Cristina consigue el sueño americano
La chef indocumentada Cristina Martínez consigue que su restaurante de barbacoa quede entre los 10 mejores restaurantes nuevos del país en 2016. Al escarbar en su pasado, surge información que anticipa el trágico y sinuoso camino que la llevó hasta donde está hoy.
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2 La hija preferida del Rey de la Barbacoa
En Capulhuac, un pequeño pueblo del centro de México, todo gira en torno a la barbacoa, y allí Cristina creció feliz, cuidada y consentida con sus 5 hermanos y sus papás. Pero el alcohol terminó con el equilibrio familiar.
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3Te casaste con mi novio
Cristina conoce a Isaías con 16 años y le ve potencial de marido. Se hacen novios y poco tiempo después se casan. El matrimonio, del que nacieron sus 4 hijos, pronto se revela como una pesadilla de maltrato y explotación.
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4Lo más feo fue que yo dejé a mis hijos
Cristina ve la oportunidad de escapar en medio de una golpiza, cuando se da cuenta de que su marido dejó una puerta abierta. Huye con su hija Karla, pero en el escape deja atrás a sus otros tres hijos.Se instala en Cancún pero decide marcharse a EEUU.
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5Del desierto sales más muerto que vivo
Cristina cruza el desierto sin saber de sus riesgos y peligros. Su grupo tarda dos semanas en llegar a EEUU. El agotamiento por poco la mata, pero el recuerdo de sus hijos la hace reponerse. Al llegar a Filadelfia no consigue más que un trabajo de lavaplatos.
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6Yo aprendo con una sola vez
Cristina consigue trabajo en un restaurante italiano. Allí conoce al joven chef estadounidense Benjamin Miller con el que se casa 1 año después. Al ir a tramitar su residencia sus patrones la despiden por ser indocumentada.
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7Yo nomás iba a vender un poco de barbacoa
Cristina está desesperada vendiendo quesadillas por la calle y decide servir barbacoa en su departamento. El éxito es tal que acaba abriendo su propio restaurante, que se coloca entre los 10 mejores de EEUU. Pero sigue sin lograr lo que más quiere: reunirse con sus hijos.
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Capítulo 1: “Cristina consigue el sueño americano”

INTRO

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.

Pero no nos adelantemos, la primera vez que oí el nombre de Cristina Martínez fue en un noticiero…

Presentadores Noticiero Digital: … es hispana, es inmigrante, y es dueña de uno de los restaurantes más famosos de los Estados Unidos… Estamos hablando, Javi, de la chef mexicana Cristina Martínez quien nos acompaña en vivo via skype desde Filadelfia…

La repentina fama le vino gracias a que su restaurante South Philly Barbacoa, ubicado en el barrio sur de Filadelfia, era el sexto entre los mejores del año según los expertos de la revista gourmet Bon Appètit, una publicación especializada muy reconocida. La edición de sus listas de los mejores restaurantes suele agotarse enseguida.

Cristina además le estaba presentando al mundo la barbacoa de borrego, una de las mayores excentricidades del menú callejero del centro de México.

Vamos a ver: soy periodista y soy mexicana. Tengo una particular fascinación por la cultura gastronómica, pero además soy muy fan de la comida de mi país y la extraño condenadamente desde que vine a vivir a Miami hace poco más de un año (porque sí, aquí hay tacos por todos lados, pero poquísimos verdaderamente consiguen los sabores de México). Así que Cristina y su restaurante de barbacoa resonaron en mi radar luego luego.

Quise entrevistarla, quería saber cómo hacía para preparar su barbacoa aquí, cómo conseguía sus ingredientes en Estados Unidos. Le marqué desde la redacción de Univision Noticias. Activé mi grabadora y para empezar le pedí que me contara la historia de su restaurante. Ella accedió y me contó que todo había empezado con ella cocinando y vendiendo la barbacoa en su pequeño departamento… pero no tardó mucho en dirigir la conversación hacia otros temas de los que quería hablar, como su situación de inmigrante sin papeles:

CRISTINA: Bueno, como indocumentada es bien difícil porque no puedes viajar a visitar a tu familia, no puedes tener una cuenta en el banco, no puedes comprar una propiedad… o sea, hay muchísimas limitaciones. Puedes pagar taxes, sí… Pero ya tener algo más fuerte y más firme no se puede, estamos realmente como en la oscuridad y no somos tomados en cuenta. Pero este es el sistema de gobierno que hay en este país.

En Univision estamos familiarizados con las distintas problemáticas de inmigración de Estados Unidos. Pero para quien no lo sepa, aquí es importante señalar que el que Cristina hable abiertamente de su situación la pone en la mira: cada vez que ella dice en público que no tiene papeles se pone en riesgo, exponiéndose a perder el derecho a defender su permanencia en este país. Pero a estas alturas eso ya parece no importarle.

Cuando le pregunté qué tan dispuesta estaba a sacrificar lo que ya había conseguido en EEUU, me sorprendió su respuesta, era casi un grito de guerra:

CRISTINA: Yo creo que lo más importante es salvar mi vida, porque tengo 4 hijos. Salvar la vida o dar la vida por alguien, por las nuevas generaciones que vienen y si hay que salir a luchar, pues vamos a luchar. No a que me maten por no saber defenderme, sino a salir con la frente en alto y luchar por mi patria, por la libertad de expresión, por la libertad de los niños.

Al oírla hablar en términos de vida o muerte no pude evitar preguntarme si Cristina no estaba siendo víctima de un delirio idealista, o si tal vez tenía un temperamento mesiánico. Pero como descubriría más adelante, esta mujer no estaba exagerando al dramatizar. La chef de moda con la que creía que estaba hablando resultó ser una mujer que no llegó a Estados Unidos buscando el sueño americano, sino tratando de salvar el pellejo.

Decidí viajar a Filadelfia, quería conocerla, ir a su restaurante, probar su comida.

Pero un día antes de volar para allá, me llamó su esposo, y me pidió que cancelara mi viaje: Isaías, el único hijo de Cristina que vivía con ellos en Filadelfia, había muerto esa mañana y no podrían atenderme.

Me dijo que Isaías tenía 23 años y no estaba enfermo, así que no sabían a ciencia cierta la causa de su muerte.

Tiempo después, Cristina me contó cuánto le pesaba haber convivido tan poco tiempo con Isaías. Tuvo que renunciar a él dos veces, y dejarlo en México. También me contó cómo su hermana santera muchos años antes le vaticinó la muerte de un hijo.

Cuando me anunciaron la tragedia sólo atiné a darles mis condolencias y a disculparme por haberme sumado involuntariamente a sus preocupaciones en medio de tal drama familiar.

Decidí desaparecer pensando que Cristina seguramente tardaría un tiempo en volver a estar disponible para verme.

Por esos días tuve que ir a México por otras historias, pero con la de Cristina en mente, decidí aprovechar el viaje y lanzarme a conocer a su familia en Capulhuac, su pueblo natal, famoso por la tradición barbacoyera de sus habitantes. Mi plan era pasar ahí el día y ver cómo preparaban la barbacoa, la pancita y el consomé que vendían los fines de semana. Hablar con sus hermanos o con sus hijos si era posible.

Capulhuac está a una hora y media de la Ciudad de México. Tiene poco más de 30 mil habitantes, pero aún así resultó un pueblo menos pequeño de lo que me imaginé. Sus construcciones de cemento no tenían un estilo uniforme, solo tenían en común la brillantez de los colores de sus fachadas. Cuando parecía que ya estaba cerca, un vibrante mercado sobre ruedas bloqueó mi paso haciéndome buscar otra ruta para llegar a la casa de los Martínez.

En el portón blanco de la casa me esperaba Karla, la hija de Cristina. El pelo chino recogido en una coleta la hacía parecer una adolescente, pero pronto supe que ese mismo día cumplía 25 años. Apenas regresaba del mercado. Había ido por tamales y atole para desayunar.

La casa tenía una distribución poco común. A todas luces habían ido adaptándola a las necesidades de la familia, construyendo habitaciones nuevas en espacios disponibles. Era sencilla, pero no austera y a juzgar por la gran cantidad de trastes y la enorme mesa que había en el comedor, ese seguía siendo un sitio de reunión activo.

Para la entrevista Karla y yo nos acomodamos en el sillón más grande de la sala, un espacio en el que evidentemente pesaban muchos años. Desde la pared principal nos observaba una gran imagen de la Virgen de Guadalupe. El cristal roto de la ventana que daba al patio nos permitía escuchar la actividad del piso de abajo.

Yo aún no sospechaba la historia que estaba por revelárseme.

Entre otras cosas que iré contando a través de los episodios de este podcast, esa mañana Karla me contó que antes de decidir cruzar la frontera, su mamá tuvo que decidir abandonar Capulhuac. Todo fue muy rápido, ella tenía 14 años, pero recuerda claramente el escape de su madre porque también fue el suyo.

Karla: Practicamante cuando salimos de aquí del pueblo salimos huyendo, así, salimos huyendo sin ropa, sin papeles, sin nada.

Inger: ¿Por qué?

Karla: Por el problema que habían tenido con mi papá.

Inger: Ah, por la separación de tus padres.

Karla: Sí, entonces… pues salimos huyendo, le digo, a mí no se me olvida que esa vez nos regalaron ropa para que nos pudimos ir, nos regalaron dos mudas de ropa a mi mamá y dos mudas de ropa a mí para que nos pudimos ir. Yo fui la única que fui con mi mamá ahí a Cancún. Mi papá se quedó, bueno, sí se podría decir que se quedó con mis tres hermanos.”

Al parecer la separación entre Cristina y su primer marido no había sido civilizada, y al huir de Capulhuac ella había tenido que abandonar a tres de sus hijos.

Aunque se ve mucho más grande, José el hijo mayor de Cristina y uno de los que abandonó — es joven, tiene 27 años. Es alto, robusto, reservado y serio, casi no sonríe. Le cuesta hablar, es como si las palabras se le atoraran en la garganta.

José: Bueno, cuando ella se fue de aquí por algunas otras situaciones, yo fui el que le dijo que se fuera, por todo lo que estaba pasando dentro de la familia.

Inger: ¿Había problemas?

José: Ajá.

Inger: ¿Con tu papá?

José: Con mi papá. Porque pues, si no, podía pasar otra cosa más fea de lo que pudo haber pasado en su momento.

Inger: ¿Y te arrepientes?

José: Pues la verdad… sí, como hijo, sí, porque... pues no estamos juntos. Pero como ser humano, como hombre, pues creo que eso me ha ayudado para… pues pa’ salir adelante y hacerme un poco responsable sin el apoyo de nadie.”

Tanto Karla como José seguían muy afectados por la muerte del hermano que vivía en Philadelphia con su madre. Cuando hablé con ellos en Capulhuac no hacía ni un mes que habían recibido la noticia y su duelo a distancia estaba siendo muy duro.

Mientras yo hablaba con ellos, Paco, el hermano de Cristina, destazaba y limpiaba un borrego abajo, en el patio de la casa adaptado desde hace más de 30 años para la hacer la barbacoa. Cuando bajé a hablar con él, pude ver que en la parte cubierta hay un par de fogones grandes y dos mesas de trabajo para picar chiles, cebollas, cilantro, vísceras, limones y naranjas, todo a varias manos.

Paco y familia en el obrador de la casa, donde preparan la barbacoa:

—Lo que pasa es que es maciza pero blanda, es jugosa.

—Y la pierna es maciza pero más seca.

—Entonces lo bañas primero, en sus juguitos de naranja.

—Es lo único, cuando es la barbacoa original y buena es lo único que se le echa….

Durante las 6 horas que se tardó Paco en calentar el horno hasta conseguir la temperatura ideal para meter el borrego, hablamos mucho; de la tradición barbacoyera, sí, pero también del pasado de Cristina en Capulhuac. Paco me contó que durante los casi 20 años que Cristina vivió con el papá de sus hijos, casi no visitó a su familia... Al parecer él era un tipo dominante al que no le gustaba que ella saliera de su casa.

Se acuerda de una ocasión especial, era el aniversario de sus papás (o sea, el de los papás de Cristina): cumplían 25 años de casados e hicieron una gran fiesta familiar. Paco no consiguió que el marido de Cristina le diera permiso de ir a pesar de que intentó convencerlo personalmente:

Paco: Yo sé que no te gusta convivir con la gente, no te gusta el baile, ¿por qué no vas a misa y ya después de ahí, pues lo que quieras hacer? No hay problema.

No fue, ni la dejó ir. Está la fotografía en la cual estamos 5 hermanos, que teníamos que ser 6... Y no la dejó ir porque... ese día la golpeó y no la dejó ir.

Escuchar a los hijos de Cristina y a su hermano, Paco, me abrió una dimensión nueva de su historia de migración: la de los que se quedaron a esperar su regreso y a sobrellevar su ausencia. Y una parte de esta revelación me intrigaba: no encajaba con la sensibilidad de la mujer con la que yo había hablado por teléfono semanas antes. Por ejemplo: el más chico de sus cuatro hijos, apenas tenía 3 años cuando lo dejó y se fue huyendo con Karla. ¿Qué pudo haberla orillado a tomar una decisión así? ¿Por qué se llevó solo a Karla y dejó a los otros? Esas preguntas solo podía hacérselas a Cristina.

En esa visita a Capulhuac me di cuenta de pronto de que lo que tenía enfrente no era un reportaje de cocina, sino la historia de una familia a la que le había pasado algo muy serio y que ese sería el tema de este podcast.

Salí de allí cerca de la media noche. En el horno de la casa de los Martínez se cocinaban dos borregos, cinco pancitas y 40 litros de consomé. El aire olía a maguey quemado.

Y a mí nomás me quemaba la urgencia de tener a Cristina enfrente para convencerla de que me lo contara todo. Algo me decía, aún sin saber detalles, que la historia que esta mujer tenía que contar era poderosa, y sobre todo que era, en cada una de sus particularidades, la de muchos latinos migrantes en Estados Unidos.

En el siguiente capítulo: la tranquila y feliz infancia de Cristina, la hija consentida del Rey de la Barbacoa, termina de golpe a los 16 años, cuando algo ocurre y ella siente por primera vez la urgente necesidad de abandonar su pasado.

Capítulo 2: “La hija preferida del Rey de la Barbacoa”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.


Pude encontrarme al fin con Cristina en Filadelfia un mes después de la muerte de su hijo Isaías. Fue en la tarde de un jueves helado de febrero. Me citó a la hora de la comida en South Philly Barbacoa, a pesar de que ese día su restaurante no abría al público.

A lo lejos reconocí la fachada; estaba toda pintada de colores. Hacía un lindo contraste con las típicas fachadas de ladrillo rojo del barrio y con el gris del invierno.

Por la puerta de cristal pude ver acercarse a una mujer de complexión mediana y tez morena, de pelo oscuro, corto y sonrisa cálida. Se abría paso con agilidad entre las mesas desvestidas y coronadas con sillas patas arriba. Me saludó como si me conociera de tiempo atrás, con un beso y un abrazo, lamentando el frío inclemente y ofreciéndome un tequila para entrar un poco en calor. No pude negarme.

Intenté calcular su edad sin lograrlo. Su piel lisa y sus movimientos ligeros me hacían difícil pensar que tuviera más de 40, pero el peso de su mirada, profunda y aguda, me hablaba de alguien mucho mayor. Después supe que iba a cumplir 47 años.

Como si fuera una tía consentidora, se empeñó en convidarme un poco de mole. Yo le hablé de lo que me habían dicho sus hijos y su hermano en mi visita a Capulhuac y de mi interés por que ella misma me contara su historia. Me miró fijamente a los ojos, como examinándome y después de unos segundos accedió sin darle muchas vueltas. Durante los siguientes cuatro días pasamos largas horas en una habitación de hotel hablando de su vida, de su pasado y de su presente. Tan dispares y tan insospechados, sólo estaban unidos por la barbacoa que desde su infancia jugó un papel predominante en su vida.

Cristina aprendió desde niña los secretos de su padre, Cruz Martínez. Él era el Rey de la Barbacoa en Capulhuac, y eso es mucho decir en un pueblito donde todos son barbacoyeros. Allí la preparación del borrego en hornos de tierra es una tradición de generaciones, tanto que casi todos los puestos de barbacoa de la Ciudad de México y Toluca venden carne y pancita cocinada en las casas de Capulhuac.

Hace 50 años que en casa de los Martínez se prepara barbacoa. La que hacía su papá se ganó la fama de ser la mejor del pueblo. A menudo les tocaba hacerla para fiestas de gobernadores y otros políticos. Aunque en la Feria de la Barbacoa que se celebra en el pueblo cada año, su familia no concursa...

Paco: … nos decían ‘ustedes no participen, entréguenle barbacoa, por decir a la Señorita Estado de México, la de turismo, representantes del gobernador y eso, o sea, ustedes atiéndanlo en su casa, pero no participen’.

Inger: ¿Por qué?

Paco: Porque, o sea, la barbacoa estaba más buena…

Inger: ¡Ah, para que no ganaran!

Paco: Ajá, para que no ganara y aquí atendíamos.

Paco es el hermano mayor de Cristina y tiene 50 años. Pero se ve más joven. Casi no tiene canas y aunque no sonríe mucho, tiene un sentido del humor que se asoma a menudo en su conversación. Desde que murió su padre asumió la responsabilidad de estar al pendiente de sus hermanos y sobrinos.

Como toda su familia, Paco es de buen diente y disfruta los sabores de la comida. Tiene un poco de sobrepeso, pero se lo toma con buen humor.

Paco y familia:

Familia: ¿Y Chicapán?

Paco: Es mi apodo, me dicen ‘Chicapán’.

Inger: ¿Chicapán?

Paco: Sí: ¡chica panzota!

En Capulhuac aproveché para pedirle a Paco que me hablara de la tradición barbacoyera de su familia, porque creo que es un factor clave en el éxito del restaurante de Cristina en Filadelfia. A lo largo del día, mientras hablábamos, él preparaba la barbacoa y la pancita para vender el domingo en su puesto de Toluca.

Los domingos en la madrugada, según me contó, la región se impregna de los olores de la barbacoa.

Paco: …de donde hayan entrado, hay veces que están, son 12 mil borregos en barbacoa, que están cociendo que antes de llegar a Capulhuac, 2 kilómetros o 3, ya huele a barbacoa y a consomé. Para amanecer mañana, vienes de La Marquesa, por donde entras, y empiezas: “¡Ay, ya huele a barbacoa!”.

El consomé son los jugos que se desprenden de la carne envuelta en pencas de maguey, mientras se cuece en un hoyo cavado en la tierra para conservar el calor de la madera carbonizada. Y es verdad que tiene un olor fuerte y delicioso.

Una gran parte del éxito de Cristina como chef es su respeto por la tradición de la preparación de la barbacoa y el empeño que pone en conseguir, a como dé lugar, los ingredientes necesarios para cocinarla tal cual se hace en su pueblo. La familia tiene su propia receta secreta y la guardan con recelo. Desde el principio tanto Paco como Cristina me advirtieron que no me la iban a dar. Pero sí me hablaron de algunos ingredientes indispensables para hacer una buena barbacoa, como las pencas de maguey, que no han sido fáciles de conseguir para Cristina en EEUU.

Paco: Esta es la penca de maguey, pero a Cristina de aquí se la llevan, de aquí la introducen a La Merced, un mercado grande en el distrito; y de La Merced creo se la llevan a Nueva York y de Nueva York para allá. Aquí ésta vale 5 pesos, y esto es indispensable, si tú no le echas esto a la barbacoa, es como si no le echaras sal... O sea, no, no te queda.

Conseguir carne de borrego de calidad también ha sido difícil y del reto de lograr la cocción y el sabor que da a la carne el horno de tierra de tipo prehispánico, ni hablar.

Cristina tiene recuerdos felices de su niñez en Capulhuac. Eran 6 hermanos en total, sólo dos hombres.

Cristina: Porque mi papá siempre nos consentía. Era como, como: “mis hijas van a tomar el mejor jugo, a mis hijas que no trabajen, mis hijas que no me ayuden, mis hijas que no hagan nada, que si quieren levantarse se levanten, porque yo no sé mañana con el hombre que se casen, las van a poner a trabajar y ya no van a disfrutar”. Mi papá siempre fue bien vasto para nosotras, éramos 4 mujeres y él siempre era comprando lo mejor para sus hijas.

Se llamaba Cruz y tenía cierta debilidad por Cristina. Todos en la familia lo sabían.

Para celebrar su cumpleaños la llevaba al aeropuerto a ver los aviones despegar, eso era lo que a ella más le gustaba.

Cristina: Nos sentábamos en las gradas, en las escaleras y miraba yo los aviones que eran saliendo del Distrito. Y yo siempre le decía: “¿Por dónde se van los que van para el otro mundo?”. O sea, yo no podía decir que iban a otras ciudades o a otro estado, a otro país, sino que le… Me llevaba al teatro Blanquita a ver el show de los artistas que estaban en esa época, como la Sonora Santanera...

Según lo que Cristina me contó cuando la conocí en Filadelfia, su papá fue una figura predominante para ella… Era un tipo trabajador, alegre, vital y tenía una inteligencia práctica que ella heredó.

Cristina: …que él trataba, porque mi papá no fue a la escuela, entonces él solo captaba, lo que aprendía lo practicaba y lo hacía vida. Y yo soy así, a mí me enseñan solo una vez, entra en mis ojos, en mi corazón y nunca lo olvido. De mi mamá, en cuestión de seriedad soy como ella, o sea, a mí no me gustan las cosas a medias tintas, yo hablo lo que siento, y lo que digo. Pero también soy como mi mamá, como esclava del trabajo.

Cruz fue un buen padre de familia hasta que el alcohol lo perdió. Luego de hacer prosperar el negocio familiar de la barbacoa, sus borracheras se volvieron más frecuentes… y empezó a descuidar el trabajo…

Paco: Mi papá por tomar mucho dejó años el negocio de la barbacoa. O sea, iba a vender pero ya no hacía nada, como patrón, se puede decir. Mi papá sí tuvo... muy trabajador, pero al último, los últimos quince, veinte años, le ganó el vicio.

Sí, el alcoholismo es un fantasma erradicado, pero muy conocido de la familia Martínez…

Paco: Mi tío, el que le enseñó a hacer la barbacoa, falleció de alcoholismo crónico junto con diabetes. Mi papá también falleció de diabetes alcohólica. Yo iba por ese camino, afortunadamente estoy en AA.

Inger: Ya te regresaste.

Paco: Ya me regresé, el 15 de febrero voy a hacer 6 años que ya no tomo. hago 6 años que ya no tomo. Ahora casi toda la familia está en AA, pero bien, ya podemos platicar, ya no alegamos, platicamos.

Las adicciones han estado siempre presentes en la vida de Cristina. Primero fue su padre alcóholico luego su marido se hizo adicto a la cocaína. De los dos tuvo que escapar llegado el momento.

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Cristina: Era solo una niña entonces yo no sentía que estaba pasando nada, pero cuando mi papá era tomado entonces él quiso abrazarme, quiso besarme, y o sea, yo me asusté mucho, entonces cada que él tomaba pues a mí me daba miedo, obviamente, ir a donde él estuviera. Yo empecé a separarme, o sea, en ese momento mi relación se rompió con mi padre, entonces pues no volví a tener esa confianza.

Tenía 16 años cuando de golpe se borraron todos los recuerdos que la acercaban a su padre… Su acoso, la hizo empezar a buscar una salida de emergencia.

Cristina: Fue como, como 6 meses de acoso, pero esos 6 meses se me hicieron como borrar todo, todo lo anterior de mi niñez, de convivir con mis papás.

Cuando mi papá trató de hacer eso me… Definitivamente no aguanté mucho tiempo más que como 6 meses, dije ‘no, esto no’.

Cuanto más sabía de la vida de Cristina, más me costaba creer que esta mujer fuera la misma chef sonriente y luminosa que aparecía en los artículos que tanto habían alabado su comida y su labor activista en los últimos meses.

En esas condiciones, en esos tiempos y en aquel lugar, la única salida posible para Cristina fue buscarse un marido para escapar de su casa. Además le preocupaba que alguien de la familia se enterara, no quería extender el daño a su madre ni a sus hermanos. Así que al poco tiempo Cristina se casó con Isaías, el padre de sus 4 hijos.

A diferencia de otras difíciles decisiones que ha tenido que tomar a lo largo de su vida, Cristina nunca ha vuelto a cuestionarse ésta. Aunque eso no significa que no se arrepienta, fue el origen de un calvario que aún no termina.

La última vez que habló con su papá él estaba en su lecho de muerte. Habían pasado más de 20 años de su distanciamiento. Él se iba a morir y quería despedirse de su hija.

Cristina: Yo estaba aquí en EEUU y mi papá dijo que quería hablar conmigo, entonces yo hablé con mi papá y me dijo: “perdóname hija, perdóname, me duele mucho en el alma haberte orillado a haberte casado, haber destruido tu vida, perdóname y te quiero mucho, y me da mucha alegría saber que estás lejos de ese hombre, ojalá y nunca te regreses”.

Pero él sí me pidió perdón y… Y bueno, yo le dije “yo siempre te he perdonado, papá, yo nunca he tenido en contra nada de ti. Pues creo que hice las cosas que estaban a mi manera, a mi alcance y que no hice otra cosa más vergonzosa”.

Me refiero a que no destruí su matrimonio, a que siempre dejé que mis hermanas y mis hermanos fueran como… ése, su papá, nuestro papá, todo un caballero, todo un señor, todo un ser humano. Entonces creo que eso era lo más importante para mí, que mis hermanos tuvieran ese concepto de mi padre.

Según me dijo una de las noches que nos reunimos a repasar su vida antes de convertirse en restaurantera, su mamá y su hermana Guille igual terminaron por saber que su papá la había acosado, supongo que por eso decidió contármelo.

En el siguiente capítulo Cristina se da cuenta de que la historia se repite: luego de salir huyendo del acoso de su padre alcohólico, va a caer con un marido adúltero, adicto y explotador que la quiere matar.

Capítulo 3: “¡Te casaste con mi novio!”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.


Habíamos dejado a Cristina cuando su papá empezó a acosarla.

Tenía 16 años y aunque decidió callar en ese momento, no estaba dispuesta a seguir viviendo en su casa, así que le pareció muy bien que un amigo de la familia le quisiera presentar a un prospecto de novio:

Cristina: Un amigo de mi papá me decía que había un muchacho, vecino, cerca que era muy trabajador, muy noble hombre y me dijo, “pues se llama Isaías, yo trabajo con ese señor, con su papá de Isaías. Me gustaría que te casaras con él. O sea el señor fue como… dice: harían bonita pareja.

Capulhuac de Mirafuentes —ese es su nombre completo— es un poblado bastante chico, tiene apenas 21 kilómetros cuadrados. En una vista satelital su mancha urbana es una pequeña retícula en la que solo cruzan 16 calles de este a oeste y otras 8 de sur a norte. Su población no alcanzaba ni los 20 mil habitantes en los años 80, así que Cristina y su alcahuete no tardaron en toparse con el prospecto aquél en la calle. Él tenía 15 años, ella 17.

Cristina: Y me dice: allá va el chico que te dije, se llama Isaías, él es ‘chacalito’, así le decían. Entonces yo lo ví pues en su caballo muy pues con su caballo, un caballo bien y todo… con su sombrero, su camisa a cuadros… muy, muy, muy simpático.

A Cristina le gustó Isaías, parecía un buen partido. Desde el principio supo que sus intenciones eran tan claras como las de ella. Aunque sus motivos, como se verá más adelante, tenían su propio lado oscuro.

Cristina: Me dijo: ¿quieres ser mi novia? Y yo le dije que sí, o sea, no lo pensé.

Dice: “Pero yo quiero que te cases conmigo y cuanto antes”. Entonces pues yo dije pues ya. A qué me voy a quedar aquí, mi papá… Entonces digo: “sí está bien, después hablamos”.

Ahora, al recordar cómo empezó su relación con el padre de sus hijos, Cristina repara en detalles como la sequedad de Isaías.

Cristina: Pero el no me tocó, no me besó, no se acercó, ni me dijo arrimate acá, o sea.

Pero por aquellos días, la verdad, no le importó mucho. Ella también tenía prisa por casarse, así que tampoco se detuvo en cursilerías. La madurez le ha ayudado a entenderlo mejor en retrospectiva:

Cristina: Cuando me casé pues estaba muy joven. No tenía yo mucha ilusión en casarme, sino que fue una salida muy pronta por las circunstancias tan delicadas que eran para mí. Ya mi papá era alcohólico, él decía que no, pero o sea, ya era tomando constantemente, constantemente, constantemente, por eso era como el acoso que tenía conmigo. Y decidí cambiar mi vida a ese matrimonio.

Lo que Cristina no sabía entonces era que lo suyo no sería un matrimonio, sino una trampa de la que tardó casi 20 años en escapar.

Su noviazgo con Isaías fue abrupto, torpe y breve. El amigo en común los presentó en la calle. Una semana después él le llamó por teléfono y le preguntó si la podía visitar para llevarle unas fresas. La única vez que la invitó a salir fue a que lo acompañara a cargar gasolina y allí le pidió que se hicieran novios como si cualquier cosa.

Las pocas veces que se vieron Isaías insistió en que Cristina ‘se fuera con él’. Pero no era solo una necedad de adolescente ganoso, su urgencia iba más allá del sexo, él quería llevársela:

Cristina: A la siguiente semana me dice: “cásate conmigo” Te vas conmigo y vas a estar bien. Entonces duramos un mes quince días de novios, cuando yo me fui con él.

La familia de Isaías era pudiente, además de ser ganaderos tenían otros negocios. Su posición económica era superior a la de la familia de Cristina y eso también la deslumbró.

Cristina: Cuando llegamos a su casa, él me dijo “esta es mi casa” y yo me quedé así, wow, porque era más bonita su casa que la mía, o sea, estaba totalmente diferente, con más posibilidades económicas.

Cuando oscureció y ella le pidió que la llevara de regreso a su casa, él se negó. Esa fue la primera vez que pasaron la noche juntos, pero Isaías no la invitó a su habitación. Se quedaron en el cuarto de visitas.

Cristina: Entonces al otro día va su mamá y su papá y le dice: Isaías, ¿estás ahí? Sí. ¿Estás con alguien? Sí, mamá… Dice: ¿Con quién estás, a ver? ¡Ahorita sale…!.

A pesar de sus diferencias, las familias de ambos eran más bien conservadoras, así que tras el escándalo, vino la resignación y con ella, el casamiento:

Cristina: Pues ya nos habíamos dormido juntos, entonces….

Y así los dos se salieron con la suya. Se casaron pronto y sin necesidad de amor. Él consiguió hacerse de una mujer que lo atendiera. Ella consiguió salir de la casa de sus papás… Y entonces no lo sabía, pero ya iba embarazada.

Cristina: José nació a los 9 meses que yo me fui. Ni un día menos, o sea, ni un día más, a los 9 meses que yo cumplí en la casa de Isaías, ese día nació mi hijo José.


Hasta aquí, parecería que a Cristina le salió todo a pedir de boca: se casó con un muchacho rico que podía ofrecerle una casa propia y una familia. Pero la historia se desvió desde el principio… La casa propia nunca llegó. Isaías simplemente se llevó a su mujer a vivir con él y sus papás y muy pronto le dejó conocer su naturaleza violenta:

Cristina: A los 15 días de que me casé, de que me fui con él, se pierde su ID. Yo le dije tú tenías tu ID. Me dice, este, no. Y ahí fue cuando me empezó a insultar: eres una pendeja, no sirves para nada, mis cosas me las tienes que cuidar… y esa ID la tenía él. Entonces, fue la primera agresión que tuve a los 15 días.

Él además tenía otras mujeres… Y en un pueblo tan chico, Cristina lo supo pronto y de buena fuente, se lo dijo una prima de su papá:

Cristina: La chica me dice: “¡Ay, te casaste con mi novio!, porque él era mi novio”. Le digo: “si tú yas estás casada por que dices que él era tu novio”. “Sí estoy casada pero él era mi novio”.

La primera peleando conmigo, por eso supe que salía con ella.

Pero después de todo lo que me contó Cristina en Filadelfia, me atrevería a decir que quizá las infidelidades de Isaías a lo largo de esos 20 años fueron lo de menos. Además de la ausencia de cariño —y no se diga de respeto—, la familia política la tenía trabajando de tiempo completo en los negocios: un restaurante que abría los fines de semana en la Ciudad de México y la compra y venta de ganado. Aunque Cristina nunca recibió un sueldo, Isaías le delegaba toda la responsabilidad…

Cristina: Él trabajaba pero pues como patrón. Trabajaba, hacía sus negocios, pero finalmente la que llevaba el dinero y la que llevaba las riendas del negocio era yo.

Doña Rosalba, su suegra, se encargó de quitarle del camino a los niños para ‘educarlos’ según las necesidades y prioridades de la familia.

Cristina: No me dejaron ser la mamá, que ponle el babero al niño. No, sino que decía tráeme el babero, dame la mamila del bebé… o sea que yo les daba todo pero no me dejaban esteee… o sea, nada, nada, nada, nada.

Y le decía yo “que se quede el niño conmigo o Karla”, no, no, no déjanoslo a nosotros, vamos a ir a algún lado y me lo llevo.

Nunca me dejó ser independiente, nunca me dejó… o sea, nada, libre para nada, o sea, ella era la que mandaba, ella era la que decía, ella era la que decidía, ella era la que podía salir, es la que decía qué comprábamos qué comíamos… que todo, prácticamente yo me casé y yo fui una criada o de su servidumbre o no lo sé.

Isaías también puso a los niños a trabajar desde muy chicos y siempre bajo un esquema de maltrato.

Cristina: Y si algo hacían mal eran golpes y golpes y golpes.

Inger: ¿Los golpeaba a los niños?

Cristina: Sí, a los niños. Les enseñó a manejar desde muy chiquitos y si no metían bien las velocidades del carro pues era este… pues que les pegaba en sus costillas y para despachar la barbacoa les pegaba, les daba así de patadas o les aventaba los huesos de la barbacoa para que se apuraran. O sea éramos un… o sea, nos explotaba.

José desde a la edad de 8 años ya sacaba la barbacoa, a sus 12 años mi hijo manejaba una camioneta de 5 toneladas y nos íbamos a vender y Isaías era durmiendo y su mamá no le decía nada y yo prefería dejar a Isaías e irme con mi hijo para que no los molestara. O sea le decía yo, nos vamos. Imagínate. Íbamos en la camioneta, iba mi hijo, iba yo enfrente y en la parte de atrás llevábamos como a 7 personas, un niño de 12 años manejando una camioneta de 5 toneladas sobre la autopista de Toluca a México.

Si Cristina defendía a sus hijos, los golpes le caían a ella. Karla, por su parte, sufrió un poco el desdén de su padre, era como si por ser mujer no sirviera para el negocio… Pero además Cristina trató de mantenerla fuera del radar, dejaba que pasara mucho tiempo en las casas de sus amigas para evitar que Doña Rosalba la tuviera haciendo trabajo doméstico.

Sí, la historia familiar es durísima. Pero hay que decir que de todo aquello también resultó que Cristina conoció los alcances de su capacidad administrativa y gerencial, una habilidad que ahora pone al servicio de su restaurante y también al de su organización con chefs y trabajadores indocumentados de la industria restaurantera.

Aunque cuando administraba los negocios de Isaías no la dejaban disponer del dinero, ella hacía las cuentas y sabe que generaba muchas utilidades, tanto que de ahí se pagaban todos los gastos y sueldos de su extensa familia política (las hermanas y cuñados de Isaías llegaron a vivir a su casa y se integraron a una nómina familiar).

En Capulhuac, Paco, su hermano, ya me había hablado de lo poco que su familia vio a Cristina durante todo el tiempo que vivió con su esposo en el pueblo, pero ella me explicó por qué dejó de visitar a sus padres, que vivían a unas pocas cuadras de distancia.

Cristina: Pensando que si yo, supuestamente, que si yo visitaba a mis papás era porque yo les llevaba el dinero… Pero ni un peso les di a mis padres, de todo el tiempo que yo trabajé con esta gente… Nunca le dí nada a mis papás.

Muy de vez en cuando conseguía permiso para ir a verlos, pero nunca podía ir sola, la llevaba su suegra:

Cristina: Fue muy clara y me dijo. Ok, ¿tú quisiste casarte? Bueno, pues ya tienes a tu hijo, a tu hija y no vas a estar yendo a ver a tus papás, puesto que tú ya querías estar en este lugar. Si tú quieres ir pues tienes que avisarle a Isaías. Isaías era saliendo de viaje desde el domingo y regresaba el jueves entonces siempre estaba fuera de la casa y mi suegra tampoco me dejaba ir sola. Y cuando ella me llevaba en la camioneta era, súbete a la camioneta, bajas a la casa, te metes, saludas a tus papás y regreso en 15 minutos por ti.

Conforme pasaron los años, la cosa se fue poniendo peor. Los recuerdos que le quedan la hacen sentir que no pudo estar con sus hijos, ser madre, preocuparse por ellos, darles su amor.

Visto a la distancia, es clarísimo: Cristina vivía secuestrada y explotada por su propia familia política.

Para cuando Cristina cayó en cuenta, su hijo mayor ya tenía 15 años, había dejado la escuela, se dedicaba por completo al transporte de ganado y tenía una novia a la que ya había embarazado.

Fue hasta entonces que ella empezó a plantearse la posibilidad de escapar. Pero todavía se tardó tres años más en reunir valor y fuerzas.


Cuando le pregunté a Cristina cuál había sido la gota que derramó el vaso, me contó uno de sus peores recuerdos: ya al final de su relación, Isaías la había amenazado de muerte varias veces y una mañana helada se la llevó en la camioneta. Le pidió que lo acompañara al banco a pedir un préstamo para el negocio.

Cristina :Y cuando regresamos del banco él se va para cera del panteón en San Pedro se llama el pueblo, y empieza a tomar y empieza a golpearme en la camioneta. Después él me quita toda la ropa y estaba haciendo mucho frío, mucho frío. Él me quita la ropa y me dice que camine yo sobre la milpa, sin ropa, desnuda. Y pues estaba con la pistola, entonces… pero era un lugar solo. Y él me dijo, aquí te vas a quedar, hasta que te mueras.

La milpa es como se llama en México a los sembradíos de maíz. Es común que las carreteras que comunican la zona del Estado de México donde está Capulhuac estén rodeadas de solitarias y extensísimas milpas.

Cristina todavía no tiene claro si Isaías se arrepintió o si solamente la estaba torturando, pero después de un rato largo le aventó su ropa para que se vistiera y la llevó de regreso a su casa.

Como sucede en la mayoría de estos casos, Cristina estaba metida hasta el cuello en una relación enferma y codependiente de la que no era capaz de salirse. Pero la explicación que ella le da a su impotencia vive en la dimensión de la magia y lo sobrenatural:

Cristina: Pero hay algo muy extraño que nunca pude hablar, nunca pude decir nada. Era como si tuviera yo algo en mi boca, que no podía decir nada. O sea, era como un encanto, como que estaba ya más allá de lo normal, ¿me entiendes? Porque llegaba alguien y me decía, ¿cómo estas? Pues bien. ¿Y qué tal, cómo está Isaías?

¿Y qué tal va el negocio? Pues estamos haciendo mucho dinero. No decía yo así pero yo les decía pues estamos bien porque ya compramos un camión, dos tráilers, o sea, estábamos prosperando porque estábamos trabajando fuerte, pero estábamos viviendo muy mal, o sea….

Cristina cree en Dios, después de todas mis conversaciones con ella, sé que habla de él y con él todo el tiempo, que reza mucho y que a menudo se encomienda a su voluntad… Por eso me sorprendió que me contara que por aquellos días recurrió a otras creencias religiosas para quitarse de encima el ‘encanto’ que según ella la paralizaba… Pensó en la santería porque su hermana Guille la practicaba:

Cristina: Entonces yo fui a donde ella se reunía con su gente y le dije: “Hermana yo ya no quiero vivir ahí, ya no puedo, necesito que me ayudes, no sé cómo pero necesito que me saques de allí porque yo no puedo, no sé… O sea, me detiene todo, mi ropa, mi… todo lo que hice en 20 años”.

Me dijo: “Ok, entonces vienes al rato y vamos a hacer un ritual y vas a hacer oración y vas a pedir para que tengas el poder de poder tomar la decisión”. Dice: “Porque mira, si tú no te sales de esa casa vas a quedar paralítica o diabética o vas a estar postrada en una cama y no vas a poderte mover y ya no vamos a poder hacer nada por tí”.

Dice: “Y aparte de todo vas a perder a uno de tus hijos sin poder hacer nada y eso es muy triste Cristi. Entonces piénsalo bien”.

Y me pusieron sangre aquí de un pollo que sacrificaron.

La verdad no fui capaz de disimular del todo la impresión que me causó esta confesión de Cristina. Y ella lo debe haber notado porque enseguida me explicó por qué lo estaba contando.

Cristina: Cuando hicimos el ritual el hombre me dijo: nunca vayas a negar esto que hicimos…

Si te preguntan que si tuviste una relación con... una petición santera tú no tienes que negarla porque eso va a cambiar todo… entonces tienes que decir que sí, y yo wow. Ok.

Cristina cree hasta la fecha que ese ritual le dio la fuerza que necesitaba para salir de la casa de Isaías, pero además hubo otra cosa:

Cristina: Y luego las palabras que me dijo mi hija, fue como que empujaron para yo salir… porque no podía, no podía, créeme que yo quería salirme con mis hijos, llevármelos de la manita y caminar donde fuera, pero no podía.

Yo no sé nada sobre la efectividad de la santería y poco puedo decir al respecto…

Pero cuando Cristina me dijo cuáles habían sido esas palabras que Karla le dijo cuando apenas tenía 11 años, me pareció que quizá fue el sufrimiento de su propia hija el que consiguió sacudir su voluntad:

Cristina: Karla me dijo, mira mamá, si tú quieres vivir así, yo no. Si tú quieres seguir aguantando a mi papá yo un día me voy a matar.

En el siguiente capítulo… Cristina consigue salir con vida de la casa de su marido y torturador, pero en el escape abandona a sus hijos por primera vez.

CRÉDITOS:

‘Mejor vete, Cristina’ es un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga y lo que relato es una historia investigada, escrita y editada por mí. Delia Rodríguez es la Productora Ejecutiva y la Edición General estuvo a cargo de Sofía Ruíz de Velasco. La Ambientación es un trabajo de María Sánchez Díez y José Luis Osuna compuso dos temas originales para esta historia. La mezcla es de Carlos Hurtado. Gracias a Cristina Martínez y Benjamin Miller en Filadelfia, a la familia Martínez (en especial a Karla, José y Paco) en Capulhuac, México, y a Carlos Cortés en las cabinas de Univision en Miami.

Capítulo 3: “¡Te casaste con mi novio!”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.


Habíamos dejado a Cristina cuando su papá empezó a acosarla.

Tenía 16 años y aunque decidió callar en ese momento, no estaba dispuesta a seguir viviendo en su casa, así que le pareció muy bien que un amigo de la familia le quisiera presentar a un prospecto de novio:

Cristina: Un amigo de mi papá me decía que había un muchacho, vecino, cerca que era muy trabajador, muy noble hombre y me dijo, “pues se llama Isaías, yo trabajo con ese señor, con su papá de Isaías. Me gustaría que te casaras con él. O sea el señor fue como… dice: harían bonita pareja.

Capulhuac de Mirafuentes —ese es su nombre completo— es un poblado bastante chico, tiene apenas 21 kilómetros cuadrados. En una vista satelital su mancha urbana es una pequeña retícula en la que solo cruzan 16 calles de este a oeste y otras 8 de sur a norte. Su población no alcanzaba ni los 20 mil habitantes en los años 80, así que Cristina y su alcahuete no tardaron en toparse con el prospecto aquél en la calle. Él tenía 15 años, ella 17.

Cristina: Y me dice: allá va el chico que te dije, se llama Isaías, él es ‘chacalito’, así le decían. Entonces yo lo ví pues en su caballo muy pues con su caballo, un caballo bien y todo… con su sombrero, su camisa a cuadros… muy, muy, muy simpático.

A Cristina le gustó Isaías, parecía un buen partido. Desde el principio supo que sus intenciones eran tan claras como las de ella. Aunque sus motivos, como se verá más adelante, tenían su propio lado oscuro.

Cristina: Me dijo: ¿quieres ser mi novia? Y yo le dije que sí, o sea, no lo pensé.

Dice: “Pero yo quiero que te cases conmigo y cuanto antes”. Entonces pues yo dije pues ya. A qué me voy a quedar aquí, mi papá… Entonces digo: “sí está bien, después hablamos”.

Ahora, al recordar cómo empezó su relación con el padre de sus hijos, Cristina repara en detalles como la sequedad de Isaías.

Cristina: Pero el no me tocó, no me besó, no se acercó, ni me dijo arrimate acá, o sea.

Pero por aquellos días, la verdad, no le importó mucho. Ella también tenía prisa por casarse, así que tampoco se detuvo en cursilerías. La madurez le ha ayudado a entenderlo mejor en retrospectiva:

Cristina: Cuando me casé pues estaba muy joven. No tenía yo mucha ilusión en casarme, sino que fue una salida muy pronta por las circunstancias tan delicadas que eran para mí. Ya mi papá era alcohólico, él decía que no, pero o sea, ya era tomando constantemente, constantemente, constantemente, por eso era como el acoso que tenía conmigo. Y decidí cambiar mi vida a ese matrimonio.

Lo que Cristina no sabía entonces era que lo suyo no sería un matrimonio, sino una trampa de la que tardó casi 20 años en escapar.

Su noviazgo con Isaías fue abrupto, torpe y breve. El amigo en común los presentó en la calle. Una semana después él le llamó por teléfono y le preguntó si la podía visitar para llevarle unas fresas. La única vez que la invitó a salir fue a que lo acompañara a cargar gasolina y allí le pidió que se hicieran novios como si cualquier cosa.

Las pocas veces que se vieron Isaías insistió en que Cristina ‘se fuera con él’. Pero no era solo una necedad de adolescente ganoso, su urgencia iba más allá del sexo, él quería llevársela:

Cristina: A la siguiente semana me dice: “cásate conmigo” Te vas conmigo y vas a estar bien. Entonces duramos un mes quince días de novios, cuando yo me fui con él.

La familia de Isaías era pudiente, además de ser ganaderos tenían otros negocios. Su posición económica era superior a la de la familia de Cristina y eso también la deslumbró.

Cristina: Cuando llegamos a su casa, él me dijo “esta es mi casa” y yo me quedé así, wow, porque era más bonita su casa que la mía, o sea, estaba totalmente diferente, con más posibilidades económicas.

Cuando oscureció y ella le pidió que la llevara de regreso a su casa, él se negó. Esa fue la primera vez que pasaron la noche juntos, pero Isaías no la invitó a su habitación. Se quedaron en el cuarto de visitas.

Cristina: Entonces al otro día va su mamá y su papá y le dice: Isaías, ¿estás ahí? Sí. ¿Estás con alguien? Sí, mamá… Dice: ¿Con quién estás, a ver? ¡Ahorita sale…!.

A pesar de sus diferencias, las familias de ambos eran más bien conservadoras, así que tras el escándalo, vino la resignación y con ella, el casamiento:

Cristina: Pues ya nos habíamos dormido juntos, entonces….

Y así los dos se salieron con la suya. Se casaron pronto y sin necesidad de amor. Él consiguió hacerse de una mujer que lo atendiera. Ella consiguió salir de la casa de sus papás… Y entonces no lo sabía, pero ya iba embarazada.

Cristina: José nació a los 9 meses que yo me fui. Ni un día menos, o sea, ni un día más, a los 9 meses que yo cumplí en la casa de Isaías, ese día nació mi hijo José.


Hasta aquí, parecería que a Cristina le salió todo a pedir de boca: se casó con un muchacho rico que podía ofrecerle una casa propia y una familia. Pero la historia se desvió desde el principio… La casa propia nunca llegó. Isaías simplemente se llevó a su mujer a vivir con él y sus papás y muy pronto le dejó conocer su naturaleza violenta:

Cristina: A los 15 días de que me casé, de que me fui con él, se pierde su ID. Yo le dije tú tenías tu ID. Me dice, este, no. Y ahí fue cuando me empezó a insultar: eres una pendeja, no sirves para nada, mis cosas me las tienes que cuidar… y esa ID la tenía él. Entonces, fue la primera agresión que tuve a los 15 días.

Él además tenía otras mujeres… Y en un pueblo tan chico, Cristina lo supo pronto y de buena fuente, se lo dijo una prima de su papá:

Cristina: La chica me dice: “¡Ay, te casaste con mi novio!, porque él era mi novio”. Le digo: “si tú yas estás casada por que dices que él era tu novio”. “Sí estoy casada pero él era mi novio”.

La primera peleando conmigo, por eso supe que salía con ella.

Pero después de todo lo que me contó Cristina en Filadelfia, me atrevería a decir que quizá las infidelidades de Isaías a lo largo de esos 20 años fueron lo de menos. Además de la ausencia de cariño —y no se diga de respeto—, la familia política la tenía trabajando de tiempo completo en los negocios: un restaurante que abría los fines de semana en la Ciudad de México y la compra y venta de ganado. Aunque Cristina nunca recibió un sueldo, Isaías le delegaba toda la responsabilidad…

Cristina: Él trabajaba pero pues como patrón. Trabajaba, hacía sus negocios, pero finalmente la que llevaba el dinero y la que llevaba las riendas del negocio era yo.

Doña Rosalba, su suegra, se encargó de quitarle del camino a los niños para ‘educarlos’ según las necesidades y prioridades de la familia.

Cristina: No me dejaron ser la mamá, que ponle el babero al niño. No, sino que decía tráeme el babero, dame la mamila del bebé… o sea que yo les daba todo pero no me dejaban esteee… o sea, nada, nada, nada, nada.

Y le decía yo “que se quede el niño conmigo o Karla”, no, no, no déjanoslo a nosotros, vamos a ir a algún lado y me lo llevo.

Nunca me dejó ser independiente, nunca me dejó… o sea, nada, libre para nada, o sea, ella era la que mandaba, ella era la que decía, ella era la que decidía, ella era la que podía salir, es la que decía qué comprábamos qué comíamos… que todo, prácticamente yo me casé y yo fui una criada o de su servidumbre o no lo sé.

Isaías también puso a los niños a trabajar desde muy chicos y siempre bajo un esquema de maltrato.

Cristina: Y si algo hacían mal eran golpes y golpes y golpes.

Inger: ¿Los golpeaba a los niños?

Cristina: Sí, a los niños. Les enseñó a manejar desde muy chiquitos y si no metían bien las velocidades del carro pues era este… pues que les pegaba en sus costillas y para despachar la barbacoa les pegaba, les daba así de patadas o les aventaba los huesos de la barbacoa para que se apuraran. O sea éramos un… o sea, nos explotaba.

José desde a la edad de 8 años ya sacaba la barbacoa, a sus 12 años mi hijo manejaba una camioneta de 5 toneladas y nos íbamos a vender y Isaías era durmiendo y su mamá no le decía nada y yo prefería dejar a Isaías e irme con mi hijo para que no los molestara. O sea le decía yo, nos vamos. Imagínate. Íbamos en la camioneta, iba mi hijo, iba yo enfrente y en la parte de atrás llevábamos como a 7 personas, un niño de 12 años manejando una camioneta de 5 toneladas sobre la autopista de Toluca a México.

Si Cristina defendía a sus hijos, los golpes le caían a ella. Karla, por su parte, sufrió un poco el desdén de su padre, era como si por ser mujer no sirviera para el negocio… Pero además Cristina trató de mantenerla fuera del radar, dejaba que pasara mucho tiempo en las casas de sus amigas para evitar que Doña Rosalba la tuviera haciendo trabajo doméstico.

Sí, la historia familiar es durísima. Pero hay que decir que de todo aquello también resultó que Cristina conoció los alcances de su capacidad administrativa y gerencial, una habilidad que ahora pone al servicio de su restaurante y también al de su organización con chefs y trabajadores indocumentados de la industria restaurantera.

Aunque cuando administraba los negocios de Isaías no la dejaban disponer del dinero, ella hacía las cuentas y sabe que generaba muchas utilidades, tanto que de ahí se pagaban todos los gastos y sueldos de su extensa familia política (las hermanas y cuñados de Isaías llegaron a vivir a su casa y se integraron a una nómina familiar).

En Capulhuac, Paco, su hermano, ya me había hablado de lo poco que su familia vio a Cristina durante todo el tiempo que vivió con su esposo en el pueblo, pero ella me explicó por qué dejó de visitar a sus padres, que vivían a unas pocas cuadras de distancia.

Cristina: Pensando que si yo, supuestamente, que si yo visitaba a mis papás era porque yo les llevaba el dinero… Pero ni un peso les di a mis padres, de todo el tiempo que yo trabajé con esta gente… Nunca le dí nada a mis papás.

Muy de vez en cuando conseguía permiso para ir a verlos, pero nunca podía ir sola, la llevaba su suegra:

Cristina: Fue muy clara y me dijo. Ok, ¿tú quisiste casarte? Bueno, pues ya tienes a tu hijo, a tu hija y no vas a estar yendo a ver a tus papás, puesto que tú ya querías estar en este lugar. Si tú quieres ir pues tienes que avisarle a Isaías. Isaías era saliendo de viaje desde el domingo y regresaba el jueves entonces siempre estaba fuera de la casa y mi suegra tampoco me dejaba ir sola. Y cuando ella me llevaba en la camioneta era, súbete a la camioneta, bajas a la casa, te metes, saludas a tus papás y regreso en 15 minutos por ti.

Conforme pasaron los años, la cosa se fue poniendo peor. Los recuerdos que le quedan la hacen sentir que no pudo estar con sus hijos, ser madre, preocuparse por ellos, darles su amor.

Visto a la distancia, es clarísimo: Cristina vivía secuestrada y explotada por su propia familia política.

Para cuando Cristina cayó en cuenta, su hijo mayor ya tenía 15 años, había dejado la escuela, se dedicaba por completo al transporte de ganado y tenía una novia a la que ya había embarazado.

Fue hasta entonces que ella empezó a plantearse la posibilidad de escapar. Pero todavía se tardó tres años más en reunir valor y fuerzas.


Cuando le pregunté a Cristina cuál había sido la gota que derramó el vaso, me contó uno de sus peores recuerdos: ya al final de su relación, Isaías la había amenazado de muerte varias veces y una mañana helada se la llevó en la camioneta. Le pidió que lo acompañara al banco a pedir un préstamo para el negocio.

Cristina :Y cuando regresamos del banco él se va para cera del panteón en San Pedro se llama el pueblo, y empieza a tomar y empieza a golpearme en la camioneta. Después él me quita toda la ropa y estaba haciendo mucho frío, mucho frío. Él me quita la ropa y me dice que camine yo sobre la milpa, sin ropa, desnuda. Y pues estaba con la pistola, entonces… pero era un lugar solo. Y él me dijo, aquí te vas a quedar, hasta que te mueras.

La milpa es como se llama en México a los sembradíos de maíz. Es común que las carreteras que comunican la zona del Estado de México donde está Capulhuac estén rodeadas de solitarias y extensísimas milpas.

Cristina todavía no tiene claro si Isaías se arrepintió o si solamente la estaba torturando, pero después de un rato largo le aventó su ropa para que se vistiera y la llevó de regreso a su casa.

Como sucede en la mayoría de estos casos, Cristina estaba metida hasta el cuello en una relación enferma y codependiente de la que no era capaz de salirse. Pero la explicación que ella le da a su impotencia vive en la dimensión de la magia y lo sobrenatural:

Cristina: Pero hay algo muy extraño que nunca pude hablar, nunca pude decir nada. Era como si tuviera yo algo en mi boca, que no podía decir nada. O sea, era como un encanto, como que estaba ya más allá de lo normal, ¿me entiendes? Porque llegaba alguien y me decía, ¿cómo estas? Pues bien. ¿Y qué tal, cómo está Isaías?

¿Y qué tal va el negocio? Pues estamos haciendo mucho dinero. No decía yo así pero yo les decía pues estamos bien porque ya compramos un camión, dos tráilers, o sea, estábamos prosperando porque estábamos trabajando fuerte, pero estábamos viviendo muy mal, o sea….

Cristina cree en Dios, después de todas mis conversaciones con ella, sé que habla de él y con él todo el tiempo, que reza mucho y que a menudo se encomienda a su voluntad… Por eso me sorprendió que me contara que por aquellos días recurrió a otras creencias religiosas para quitarse de encima el ‘encanto’ que según ella la paralizaba… Pensó en la santería porque su hermana Guille la practicaba:

Cristina: Entonces yo fui a donde ella se reunía con su gente y le dije: “Hermana yo ya no quiero vivir ahí, ya no puedo, necesito que me ayudes, no sé cómo pero necesito que me saques de allí porque yo no puedo, no sé… O sea, me detiene todo, mi ropa, mi… todo lo que hice en 20 años”.

Me dijo: “Ok, entonces vienes al rato y vamos a hacer un ritual y vas a hacer oración y vas a pedir para que tengas el poder de poder tomar la decisión”. Dice: “Porque mira, si tú no te sales de esa casa vas a quedar paralítica o diabética o vas a estar postrada en una cama y no vas a poderte mover y ya no vamos a poder hacer nada por tí”.

Dice: “Y aparte de todo vas a perder a uno de tus hijos sin poder hacer nada y eso es muy triste Cristi. Entonces piénsalo bien”.

Y me pusieron sangre aquí de un pollo que sacrificaron.

La verdad no fui capaz de disimular del todo la impresión que me causó esta confesión de Cristina. Y ella lo debe haber notado porque enseguida me explicó por qué lo estaba contando.

Cristina: Cuando hicimos el ritual el hombre me dijo: nunca vayas a negar esto que hicimos…

Si te preguntan que si tuviste una relación con... una petición santera tú no tienes que negarla porque eso va a cambiar todo… entonces tienes que decir que sí, y yo wow. Ok.

Cristina cree hasta la fecha que ese ritual le dio la fuerza que necesitaba para salir de la casa de Isaías, pero además hubo otra cosa:

Cristina: Y luego las palabras que me dijo mi hija, fue como que empujaron para yo salir… porque no podía, no podía, créeme que yo quería salirme con mis hijos, llevármelos de la manita y caminar donde fuera, pero no podía.

Yo no sé nada sobre la efectividad de la santería y poco puedo decir al respecto…

Pero cuando Cristina me dijo cuáles habían sido esas palabras que Karla le dijo cuando apenas tenía 11 años, me pareció que quizá fue el sufrimiento de su propia hija el que consiguió sacudir su voluntad:

Cristina: Karla me dijo, mira mamá, si tú quieres vivir así, yo no. Si tú quieres seguir aguantando a mi papá yo un día me voy a matar.

En el siguiente capítulo… Cristina consigue salir con vida de la casa de su marido y torturador, pero en el escape abandona a sus hijos por primera vez.

CRÉDITOS:

‘Mejor vete, Cristina’ es un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga y lo que relato es una historia investigada, escrita y editada por mí. Delia Rodríguez es la Productora Ejecutiva y la Edición General estuvo a cargo de Sofía Ruíz de Velasco. La Ambientación es un trabajo de María Sánchez Díez y José Luis Osuna compuso dos temas originales para esta historia. La mezcla es de Carlos Hurtado. Gracias a Cristina Martínez y Benjamin Miller en Filadelfia, a la familia Martínez (en especial a Karla, José y Paco) en Capulhuac, México, y a Carlos Cortés en las cabinas de Univision en Miami.

Capítulo 4: “Lo peor fue que yo dejé a mis hijos”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.


Cristina llevaba 18 años soportando el maltrato de su marido. Isaías era un macho redomado y todo empeoró aún más a partir del día en que ella lo descubrió consumiendo droga.

Cristina: Fue aumentando, fue aumentando la agresión. Porque yo lo vi consumir cocaína en el baño. Entonces ese fue el error. El me tomo del cuello y me dijo si tú le dices a mi mamá yo te mato y si tú dices algo, yo mato a los niños.

Empezó como a aumentar, a aumentar, que nos iba a matar, que nos iba a matar.

Para ella se volvió más difícil salir de la casa. Él estaba furioso y sus ataques fueron haciéndose más bestiales. Andaba siempre con una pistola y a la menor provocación la sacaba para amenazarla.

El maltrato, las golpizas y los castigos aumentaron, de modo que en términos prácticos Cristina vivió el final de su matrimonio en casa de Isaías casi como una prisionera.

Cristina: ¡No, no me dejaba comer! No me dejaba comer…

Me tuvo secuestrada prácticamente

Inger: ¿Cuánto tiempo?

Cristina: Seis meses. Pero ya estaba yo muy delgada, totalmente desfigurada de mi cara, muy delgadita.

Es difícil entender la complicidad de una familia entera. En esa casa, con Cristina e Isaías, vivían sus 4 hijos, su suegra, y dos cuñadas con sus respectivos maridos… Y según me contó Cristina, ninguno de los adultos que pudo haber intervenido se dio nunca por enterado de las golpizas que Isaías le daba.

Cristina: Mi suegra, supuestamente… que no oía cuando él me pegaba.

En las noches, en la cama… así, yo acostada y él me golpeaba bien feo.

En el momento crítico del que hablaba, la situación se tornó insostenible al grado de que hasta sus hijos, al menos los dos mayores, parecían tenerlo más claro que ella.

Fue por esos días cuando Karla le dijo a su mamá que prefería matarse a seguir viviendo así.

Cristina: Cuando Karla me dijo eso tenía menos de 12 años, entonces dije esto ya no puede seguir así.

Una golpiza especialmente escandalosa fue la que desencadenó el escape de Cristina. Esa vez, Isaías le había pegado con más saña que de costumbre mientras ella le pedía a gritos que por piedad se detuviera.

Cristina: Como tres noches antes Isaías me golpeó en el obrador, entonces mi vecino oyó que yo le grité: “Pues no, no me pegues, o sea, Isaías ya, cálmate”.

Entonces mi compadre fue a tocarnos a la casa.

Cristina cuenta que Isaías lo invitó a pasar y le ofreció de comer. Después le ordenó a ella que lo atendiera, violentamente como era su costumbre. Cuando el compadre la vio toda golpeada se atrevió a sugerirle a Isaías que no la tratara así, pero eso solo desató su furia.

Cristina: “Es esta hija de su puta madre”, dice. “Ya me tiene hasta la madre, dice que me va a pasar a dejar”. Y ¡pas! que avienta así con su pie la mesa y agarra la salsa bien picosa y me la avienta en la cara. Entonces mi compadre pues sí lo alcanzó a detener. Le dijo: “No, espérate compadre, cómo le vas a pegar delante de mí, si mira cómo ya la tienes”. Le dice: “No, compadre, eso no está bien”.

Isaías debía estar totalmente fuera de control en medio de su adicción porque en un momento se volvió loco, no le importó que hubiera testigos…

Pero Cristina por primera vez, en medio de la brutal escena, no estaba pensando en los golpes que tenía por delante…

Cristina: Entonces alcanzo a ver que la puerta estaba abierta cuando estaba yo calentando y veo que la puerta se quedó abierta, entonces me avienta la salsa… Le digo, me voy a cambiar la blusa porque estaba bien picosa la salsa, comía muy picoso. Entonces me dice: “¡Pues rápido! ¡A chingar a su madre, vete a cambiar la ropa!”.

En ese momento supo que tenía que aprovechar la oportunidad de escapar y no lo pensó dos veces. Subió tan rápido como pudo y encontró a Karla en su cuarto, ella todavía no se iba a la escuela:

Cristina: Y le digo: “¡Karla! ¡Vámonos, hija!”. Y ella se viste rápido y le digo yo me voy a salir por atrás y tú te vas a la escuela y nos vemos en la escuela, pero fue así… rápido. Entonces yo me salgo por la escalera de la parte de atrás que daba la vuelta a la casa, y me salgo corriendo…

Corrí como una cuadra, pero haz de cuenta que venía yo en el desierto… O sea cuando te dicen “¡córrele que ahí viene migración!”… esa misma adrenalina que sientes en el desierto fue la misma adrenalina que… o sea yo voy corriendo pero, así, yo sentía que me quebraba porque ya no había comido, ya no había dormido, ya estaba golpeada, o sea… ya estaba para morir.

Un taxista la recogió a punto de desfallecer en la calle. La reconoció, era amigo de su familia… Capulhuac es pueblo chico:

Cristina: Y me dice: “señora Cristina, ¿qué le pasó?, ¿la llevo con sus papás?”. Le digo: “No lléveme a donde sea pero menos con mis papás porque... pues les voy a buscar un problema”. Entonces me dice: “¿Dónde?” “¡No sé! Lléveme para donde sea”.

La llevó a la casa de una amiga a la que casi no veía. La lógica de Cristina al tomar estas decisiones siempre era no poner en riesgo a su familia. La amiga la llevó a la escuela de Karla de inmediato para recoger a la niña. Le prestó una mascada para ocultar los golpes, pero de cualquier manera Cristina después tuvo que descubrirse para que en la escuela entendieran los motivos de su huída y accedieran a entregarle a su hija.

Cuando se alejaban en el taxi alcanzaron a ver que Isaías, que ya se había dado cuenta del escape, llegaba al colegio a buscar a Karla, pero ya no las alcanzó.

En su huída Cristina había dejado atrás a tres de sus hijos, el más pequeño solo tenía tres años.

Es inevitable preguntarse cómo es que una madre llega a la conclusión de que lo mejor es irse dejando a sus hijos con un padre adicto, violento y explotador.

Pero la foto va más allá de lo obvio, es bastante más complicada. El prejuicio es que ninguna madre podría perdonarse algo así.

Cristina: Lo más feo fue pues igual que yo dejé a mis hijos. Pero yo sin ninguna casa, sin dinero, o sea, sin nada en las manos ni en la bolsa, a qué llevármelos a arriesgar”.

Cuando le entran las dudas, recuerda que su hermana, la santera, le aconsejó no mirar atrás.

Cristina: Mi hermana me dijo: “Déjalos con Isaías porque ellos van a decidir después con quién quieren estar. Si contigo o con él”. Dice: “Y tú no los puedes obligar si ellos tienen sus cosas, tienen lo que tú trabajaste para ellos, y si su papá cuida va a ser para tus hijos y si no ellos van a buscarte un día. Cristi, no te preocupes por tus hijos, los vas a tener contigo”. “No sé cuándo”, dice, “pero yo sé que van a estar contigo. Todos”, dice.

Los consejos de su hermana han sido una influencia constante y determinante en la vida de Cristina. Logró tranquilizarla ante la perspectiva de abandonar a sus hijos. Este argumento sobre lo mucho que había trabajado por ellos y lo poco que les podía dar fuera de su casa, es al que sigue recurriendo para no dejarse abatir cuando mira atrás y ve todo lo que ha pasado con sus hijos desde entonces.

Aparentemente, Cristina prefiere no pensar mucho en eso, en el abandono… A veces creo que de ahí viene su obsesión frenética por el trabajo, que por eso no para.

Como sea, cada tanto la duda se le vuelve a plantar enfrente, inevitable:

Cristina: Pero a veces pienso que … era mejor tenerlos conmigo aunque no tuviéramos nada.

Inger: ¿A veces lo piensas?

Cristina: ¡Sí! Pero digo no, tampoco era justo si yo trabajé por muchos años para mis hijos, o sea, no podía yo sacarlos a llevar a sufrir, si tenían algo que yo había hecho.

Cristina se fue a Cancún con su hija Karla. La oportunidad de escapar las tomó por sorpresa. Se fueron sin nada.

Karla: A mí no se me olvida porque esa vez nos regalaron ropa para que nos pudimos ir, dos mudas de ropa a ella y dos a mí para que nos pudimos ir.

En Cancún vivía Reyna, una de las hermanas de Cristina. La buscaron y ella de inmediato las recibió en su casa.

Cristina: Pues llegó rápido mi hermana y me dice: “¿Qué haces aquí?, ¿con quién te veniste? Tú en tu vida te has subido a un avión en tu vida… mira cómo estás… vamos al DIF”.

Cuando yo salí huyendo, lo único que pensé fue en poner tierra de por medio e irme con mi hermana a Cancún. Y dije, bueno, si él viene y me mata hasta acá, pues por lo menos que gaste en avión para que me busque, ¿no? Él nunca me va a venir a buscar.

Isaías efectivamente no las buscó. Estuvieron en Cancún poco más de un año. Ese tiempo le sirvió a Cristina para dos cosas. La primera, para recuperarse física y emocionalmente del período de maltrato. La segunda, para darse cuenta de que en México, su país, no iba a poder juntar nunca el dinero suficiente para recuperar a sus hijos y mantenerlos a su lado.

Cristina: Yo estaba trabajando muy fuerte, muy duro también.

Inger: ¿En un restaurante?

Cristina: En un restaurán que estaba cerca de la casa de mi hermana. Entonces cocinaba, lavaba yo trastes, hacía las salsas. Pero solamente me pagaban 63 pesos, entonces no alcanzaba ni para la comida, ni para el bus, ni para pagar la luz, ni para pagar los gastos míos y de mi hija. Pero no podía yo hacer más dinero. Vendí barbacoa, vendí carnitas allí en Cancún y no había de dónde. Salía yo a vender paletas, fruta, la picaba yo, salía a vender a la escuela, pero los niños es no comprando porque tampoco tienen dinero… Entonces es pobreza con más pobreza.

Luis, el ex de su hermana Reyna, vivía en EEUU desde hacía tiempo y le mandaba dinero regularmente para la hija que habían tenido juntos. Las llamaba por teléfono a menudo. Una vez le contestó Cristina …

Cristina: Y le digo: “Luis, ¿hay trabajo en EEUU?” Y se ríe, jajaja “¿Y de qué quieres venir a trabajar?” Digo: “pues de lo que sea”. Dice: “pues hay mucho trabajo, solamente que tú aguantes”.

Dice: “Mira, se van a venir el jueves, saca tu pasaporte y si te lo dan te vienes el jueves”.

O sea que yo no me preparé ni física ni mentalmente para venir y atravesar el desierto. Algo horrible.

Karla me contó que en efecto, el viaje se organizó tan pronto que su mamá no tuvo tiempo de pensarlo demasiado:

Karla: Y mi mama dijo: “me voy”. Pues fue muy rápido todo. En lo que arreglaron lo del pasaporte para que no se quedara nada pendiente. Hablaron mi tía y mi mamá conmigo pues que ella se iba a ir para que me diera un estilo de vida mejor para que yo continuara estudiando. Me dijeron: “si tú dices que no se va, no se va, si tú dices que se va, se va a ir… Yo no, pues que se vaya, ¿no? Te vas a quedar con tu tía, le tienes que echar ganas a la escuela, te tienes que portar bien… Y yo pues sí”.

Y fue que mi mamá se fue.

Luis le prestó 3,000 dólares a Cristina para pagar el cruce. Los trámites no tardaron en resolverse. Sin duda a Karla le asustaba separarse de su mamá, pero lo que más miedo le daba era lo que pudiera pasarle en el desierto, le daba terror no volverla a ver:

Karla: Yo le decía que si yo me había ido con ella era porque quería yo seguir con ella… yo le decía a mi mamá: “mamá, si a ti te pasa algo y te llegas a morir en el desierto, tú tienes que venir por mí, no me tienes que dejar”.

De todo lo que ha pasado Cristin, y vaya que no ha sido poco, no hay nada que le cale más en el alma que haberse tenido que separar de sus hijos… Pero su segundo gran dolor me tomó totalmente por sorpresa: fue el dolor que le causó el desamor de Isaías, que apenas dos semanas después del gran escape de Cristina ya tenía una nueva mujer.

Cristina: Eso es lo más triste y lo más doloroso que pude haber visto, cuando me separo, que él se junta a los 15 días... Entonces pues eso es la muerte… porque pues… imagínate, para mí era como…

O sea, ¡siempre di todo para él!.

En el siguiente capítulo, Cristina atraviesa no una, sino dos veces el desierto e inicia la aventura de la vida sin papeles en Estados Unidos.

Capítulo 5: “Del desierto sales más muerto que vivo”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.

Cristina aún no tenía claro en lo que se había metido cuando de la noche a la mañana decidió cruzar el desierto. El hecho de le pidieran sacar un pasaporte antes del viaje la confundió…

Cristina: Entonces yo traía mi pasaporte en mi mochila, y pues yo pensé que antes de bajarnos al desierto pues iba a pasar como un avión y nos íbamos a (risas) ¡pasar el desierto en avión...! Cuál….

Inger: O sea, ¿tú no tenías idea de lo que estabas haciendo?

Cristina: No, pues sí… encerrada 20 años con Doña Rosalba, y no veía yo tampoco television…

Cristina emprendió el viaje. De Cancún voló al DF, de allí a Ciudad Juárez. Luego un camión la llevó con otros 25 migrantes a Agua Prieta, Sonora, donde iniciarían el cruce del desierto. Antes de llegar pasaron por tres revisiones militares.

Cristina: O sea, este, a Agua Prieta, Sonora, llegamos como a las 11 de la noche, bajamos del autobús, ya estaba haciendo mucho frío porque era octubre, ya empezaba el cambio de clima. …

Pero el coyote nos dijo: “nos vamos a ir todos…

... pero van a entrar de dos en dos, o sea, de parejas, no quiero que me hablen, no quiero que me pregunten, tampoco quiero que me sigan, pero no me pierdan de vista”.

Pues es bien feo, no sabes a dónde te llevan, ni como vas, ni… O sea, es algo horrible.

La del desierto es una travesía que toca a muchos de los migrantes latinoamericanos que vienen a EEUU. El número exacto de los que mueren en el intento de atravesarlo es incierto, pero se presume que rebasa ampliamente los 300 por año.

El antropólogo Jason de León publicó en 2016 el libro ‘La tierra de las tumbas abiertas: vivir y morir en la ruta del migrante’. En él documenta que cada año se recuperan entre 200 y 300 cadáveres humanos del desierto. La patrulla fronteriza ha documentado 6,023 muertes desde 2000 hasta 2016, lo que supone 376 fallecidos al año. Pero en realidad esto solo permite inferir que el número de muertos es bastante más alto porque está comprobado que a los buitres y otros animales de rapiña les bastan dos días para desintegrar un cuerpo sin vida en el desierto.

Hay que caminar en condiciones adversas durante días: bajo el rayo del sol con temperaturas que pueden rebasar hasta 4O grados centígrados (o 100 farenheit). Resistir las bajas temperaturas de la noche a veces solo se consigue andando, por lo que casi no tienen descansos en la travesía. Hay que atravesar a pie montañas escabrosas y solitarias que solo están pobladas por serpientes y escorpiones venenosos, entre cactos y arbustos llenos de espinas. Salir vivo de ahí ya es un desafío inmenso de por sí, pero además las posibilidades de conseguir ayuda en medio de esos terrenos lejanos e inhóspitos en caso de una emergencia, simplemente no existen.

El trayecto de Agua Prieta, Sonora, a Phoenix, Arizona, que es a donde llegaron Cristina y su grupo, dura 3 horas y 51 minutos si se hace en auto por carretera. A pie, en línea más o menos recta y por vías caminables, se harían 81 horas. Pero a ellos les llevó más de 15 días de lucha cuerpo a cuerpo contra el desierto.

Sabiendo de la brutalidad de esa travesía es conmovedora la ingenuidad y la inocencia con la que Cristina se aventuró a ella. De verdad no tenía idea a lo que iba.

Es difícil de creer tratándose de una mujer de 37 años que tenía entonces, pero comprensible si consideramos que llevaba la mayor parte de su vida adulta encerrada y obligada a trabajar permanentemente. Sin tiempo para ver la televisión, seguir las noticias o socializar. Por más que Luis le habló de los peligros del desierto, su marco de referencias era sumamente limitado.

Salieron de madrugada.

Cristina: Nos dice: “a las 2 de la mañana los voy a despertar porque nos vamos a ir ya para el desierto”. Nos dieron 4 galones de agua, 4 manzanas, un puño de dulces… nada más.

En cualquier caso, ella cargó un galón menos.

Cristina: Mi hermana me dijo que cuando yo llegara al desierto tirara 1 galón de agua y dejara mis dulces, porque había muchos muertos entonces que pidiera yo permiso para entrar y que no me picara ni una serpiente, ni corriera yo frío, ni nada, nada, nada… Entonces, pues yo dije: “con permiso, por los difuntos que hay y los que faltan, yo pongo esta agua, y denme permiso. Yo solo quiero caminar, cuídenme y por la gente con la que venimos”. Entonces pues yo ya llevaba yo 3 galones.

Cristina repitió el ritual 6 veces, hasta que lograron cruzar a EU.

Cristina: Y te subes al carro a las 4 de la mañana se va en una carretera y le dan, y le dan como dos horas y después entras al desierto o sea, se ve árido se ve árido y alcanzas a ver las estrellas tan hermosas, tan hermosas.

Yo tiré el agua, hice mi oración como me dijo mi hermana y había como una montaña muy alta. Dice: “vamos a pasar por ahí”. Y estaba bien oscuro de los dos lados. Bien oscuro. Entonces, Dios mío, ¿A dónde vengo, qué estoy haciendo aquí? Mis hijos... No, Señor, no puedes ser que tenga yo que atravesar toda esta cosa de aquí y bueno, pues ahora ya estoy aquí. Ahora me chingo y ahora tengo que ir a demostrarle a este hijo de su puta madre que voy a ir a buscar lo que él no me dio. Que voy a tener lo que voy a hacer para mis hijos. Llevaba mucho coraje, o sea, traía mucho coraje, mucho coraje, y ese fue el coraje, fue el que me dio el valor para atravesar el desierto.

Algo que quienes no cruzan el desierto no tienen por qué saber es que rara vez los migrantes consiguen hacerlo de un tirón. Lo normal es que se topen más de una vez con la patrulla fronteriza. A veces huyen y consiguen perdérseles. Otras, los capturan y los registran, y si están fichados, o descubren que tienen antecedentes delictivos, los deportan. Muchas otras veces simplemente los suben a las patrullas y los llevan de regreso cerca del punto donde empezaron a andar. Entonces tienen que volver a empezar experimentando otras rutas.

Cristina: Y la quinta vez que atravesamos migración nos vuelve a agarrar a 3 días adentro del desierto, en la madrugada como a las 2 de la madrugada, estaba haciendo mucho frío. Yo sentí que no iba yo a aguantar, o sea, que afortunadamente migración nos recogió porque si no nos hubiéramos muerto todos, o sea que…

Nos esposaron, nos quitan las agujetas de los tenis y nos suben a la camioneta y nos meten y nos encuartelan toda la noche… Toman las huellas de mis manos y me toman la foto de perfil, y hay muchísima gente ahí. O sea hay muchos cuartos, con muchísima gente, con barrotes, guatemaltecos, hondureños.

Inger: ¿Cuánta gente?

Cristina: Como unos 300.

Obviamente Cristina intuyó que esta detención podía tener consecuencias importantes, pero nunca imaginó que pasarían años antes de que se enfrentara a ellas. Sólo no pierdan de vista este detalle, porque es el motivo por el que hoy es casi imposible para Cristina reclamar la residencia que le correspondería por estar casada con un ciudadano estadounidense.

La travesía de Cristina por el desierto duró casi tres semanas… A Karla le parecieron la eternidad...

Karla: Esas tres semanas fueron de mucha angustia. Yo estaba aparentemente tranquila, pero prendías las noticias y “encontraron a tanta gente muerta en el desierto” y yo así de... no sabíamos nada de mamá.

Cristina también llegó a pensar que no saldría viva del desierto. Dice que lo peor fue una noche que tuvieron que caminar bajo la lluvia helada:

Cristina: Pasamos 3 montañas. A la tercera montaña yo ya no podía. Entonces yo dije ya… yo ya no me voy, ya aquí yo me quedo. O sea, ya estaba casi más muerta que viva. Y un muchacho me jaló así de las greñas y me rompió la ropa así, me la arrancó, me quitó las chamarras y me aventó agua en la cara y me dijo: “vámonos, vámonos, no te puedo dejar aquí”.

Cuando él me echó el agua recordé a mis hijos y el coraje que traía yo con Isaías que me hizo seguir…

Poco después de eso llegaron a un punto alto desde donde se veía la famosa ‘línea’. Así le llaman a la carretera que atraviesa de este a oeste los Estados Unidos a la altura de la franja fronteriza con México: ‘la línea’.

Cristina: Y luego nos dicen: “ya ahí está la línea”. La línea se ve… pues ya la ciudad y ves dos líneas, dos carreteras muy grandes entons pues te vuelves a reanimar porque dices, ¡ah! ya vamos a llegar, ¿no? pero de aquí a allá está otra vez casaelachingada.

O sea, ya no sientes ni cómo vienes caminando. O sea, vienes como muerto. Vivo, pero solamente vienes así perdido, ya lo que, a como puedes.

El cruce de la carretera es complicado. Para hacerlo, los coyotes les ponen a los migrantes unos calcetines grandes sobre los zapatos. La idea es que así son más fáciles de borrar sus huellas para que la migra no los siga. Es la única parte del camino en la que los coyotes se quedan por detrás de los migrantes, para desvanecer su rastro.

En términos de migración se les llama coyotes a los hombres que ‘resuelven’ el paso ilegal de personas a Estados Unidos. Ellos se encargan de gestionar la logística de la travesía y guían a los migrantes por las distintas rutas para atravesar el desierto evadiendo retenes (ya sea de patrullas fronterizas o de asaltantes y narcotraficantes), y pagando cuotas a otros implicados en el tráfico de personas, como los transportistas que ofrecen sus vehículos para cargar gente en el cruce. Generalmente cobran sumas que hoy oscilan entre 5 y 8,000 dólares por persona.

Cristina: Dice entonces: “todos juntos, cuando yo les diga a correr, ¡a correr!”

Ay no, pero es que se mira la carretera que se ve grande, pero está grandísima la pinche carretera. Tiene 6 carriles, o sea, tiene que ser bien rápido. Pero rápido, rápido, rápido. Entonces pues tienes que volver a relajarte, a concentrarte y correr. Y ese, ese mismo correr que sentí fue cuando yo sentí que salí de la casa de Isaías. Esa misma angustia, esa misma preocupación de nervios de salvar mi vida. Esa misma volví a sentir cuando atravesé ‘la línea’.

Llegaron a Phoenix, Arizona. Ahí los alojaron unos indios americanos.

Cristina: Los indios estaban bien mariguanos y con su cerveza. Y nos metieron a un cuarto de triques, había pelos de gato, de pollo, no, no, no, no… Y un hambre y un frío y un sueño y ¡todo junto! O sea, la emoción de que ya estás adentro en estados unidos. Ya fueron por unas cocotas así grandotas y unas 5 pizzas y fue lo que comimos así como para celebrar el triunfo de haber atravesado la frontera pues fue eso.

Se sirvieron Coca Colas y pizzas en una celebración simbólica que desafiaba las lamentables condiciones en que estaban.

Pero todavía les faltaba el cruce final, el de otra carretera donde hay agentes de inmigración inspeccionando el paso. Muchos coyotes ‘cargan’ a los inmigrantes en las cajas de trailers o camionetas para hacerlo. Es en ese trance en el que decenas de migrantes se asfixian amontonados unos sobre otros, porque a las condiciones de calor y hacinamiento se suma que ya vienen medio muertos de atravesar el desierto.

Cristina: Es en ese momento a dónde, cuando más arriesga uno la vida, cuando los suben a los trailer. No cuando atraviesas el desierto, esa es una. La otra es cuando te ‘cargan’, se dice así.

A Cristina la subieron a la caja de una camioneta con otros 6 hombres. Ella iba encima de ellos. Y encima de todos un helicóptero patrullaba también el espacio aéreo.

Cristina: 4 horas entre las piedras y el desierto. Nos llevó un blanco, un indio blanco. El helicóptero es como rodeando la camioneta. Cuando pasamos la línea nos descargan ahí, en un parte como de desierto cerca del aeropuerto en Phoenix y dices: “bueno, ya voy a usar mi pasaporte, ¿no?”.

La ilusión que le hacen los aviones a Cristina se sobrepone a todo. Pero no, no la subieron a ningún otro avión, todavía le quedaba mucho por aprender de las limitaciones de su nueva condición de inmigrante sin documentos:

Cristina: Nos bajaron de dos en dos. O sea, pasó un carro, nos subimos dos, nos compraron ropa, nos llevaron al hotel. Subimos Colorado, Las Vegas y empezamos a atravesar todo el país para llegar aquí a Filadelfia y tardamos 7 días.

Llegando a Filadelfia la recibió Luis, el ex de su hermana. Además de hospedarla, la ayudó a recuperarse de la paliza del cruce. En las terribles condiciones en que llegó, ni en sueños hubiera imaginado que ahí terminaría por vivir la segunda parte de su vida y de consolidar con éxito un restaurante propio.

Cristina: No tienes teléfono, si no traes dinero, no traes nada. O sea, vienes tirando todo, todo, todo, todo… Cuando sales del desierto eres un pordiosero, eres un ser viviente pero más muerto que vivo…Yo llegué así igual, como cuando salí de la casa de Isaías, flaca, seca y quemada y rasguñada. Estuve 8 días en reposo. O sea, te dan de comer, te dan suero. O sea, cuando llegas aquí el que te recibe te compra ropa te atiende depende como tú llegues. Yo no, o sea, yo llegué muy mal, muy mal, muy mal.

Una vez repuesta, sintió la urgencia de conseguir un trabajo. Necesitaba juntar dinero para pagarle a Luis el paso y también tenía que mandarle algo a su hermana Reyna para cubrir los gastos de Karla, que se había quedado a vivir con ella en Cancún.

Cristina: La primera vez pues fue mucho más difícil porque él no me recomendó y aparte de todo pues a donde vas a preguntar del trabajo te dicen, y “¿hablas inglés?”. Pues no. “¿Y de donde eres?”. Pues de Toluca, entons me dijeron “pues no”. Puro poblano y bien racistas. Fue bien difícil.

Después de días de salir a buscar trabajo sin éxito, terminó de lavaplatos en un restaurante que estaba abajo de donde vivía su cuñado.

Cristina: Traté de absorber todo lo que más pude para aprender. No gastaba bus, no salía yo a comer, a ningún lado. Entonces pude juntar esa cantidad de dinero.

Cristina trabajó muchas horas porque tenía un plan: una vez que juntara el dinero necesario, volvería a México, recuperaría a sus hijos y montaría un restaurantito que le permitiera mantenerlos y ponerlos a estudiar. Antes de cumplir 2 años en Filadelfia, de pronto decidió volver.

En la memoria de Cristina ese tiempo transcurrió con ella lavando platos todas las horas posibles y ahorrando cada centavo.

Karla reconoce que ella tuvo que ver en que su mamá precipitara el regreso.

Karla: Dice mi tía, yo no me acuerdo, que yo ya estaba muy rebelde, pues iba entrando a la prepa, como que ya no quería la escuela. Muy renuente en esa cuestión. Y entonces se regresó mi mamá a controlarme.

Karla había dejado un novio en Capulhuac y eso tenía intranquila a Cristina, que no quería que se casara tan chiquita (tenía 16 años) y menos con alguien de su pueblo. Le aterraba la posibilidad de que se repitiera su historia en su hija.

Ya en México, Cristina se asesoró legalmente para recuperar a sus hijos. En poco tiempo consiguió montar de nuevo su vida en Capulhuac y reunirse con ellos.

Cristina: Yo fui al Ministerio Público, pedí la patria potestad de mis hijos, me la dieron. Yo me llevé a Jesús conmigo y a Isaías a la casa de mi mamá.

Karla regresó de Cancún para estar con ellos.

Durante unos meses la vida pareció acomodarse: Cristina improvisó una pequeña barra en la planta baja de la casa de sus papás. Ahí vendía tortas, fruta, jugos, licuados. Además le ayudaba a su mamá a preparar grandes cantidades de barbacoa para un cliente que surtía a varios restaurantes. Volver a Estados Unidos no estaba en sus planes. No imaginaba que pronto tendría que hacerlo.

Isaías, el papá de sus hijos, reapareció y empezó a dejarse ver por su casa, espiando, al acecho. Alimentando el miedo que ella todavía sentía por sus amenazas.

Una tarde Jesús, su hijito de 6 años llegó muy serio a hablar con ella:

Cristina: Mi papá dice que te lleve yo a algún lugar y que ahí nos va a ver y él dice que te va a matar ahí, entonces, mejor vete, mamá. Dice mi papá que me tengo que ir con él, porque si no dice que te va a matar. Dice, vete mamá, y cuando yo esté grande te voy a encontrar…

Entonces Isaías chico quiso irse con Jesús para cuidarlo. Karla ya se había ido a estudiar enfermería y vivía en un internado en Morelia. De pronto Cristina se encontró sin sus hijos de nuevo y acudió una vez más a su hermana Guille en busca de consejo:

Cristina: A mi hermana le detectan cáncer, ya un poco más avanzado, hablo con ella y me dijo tú vete antes de que me pase algo, dice, porque si me pasa algo, mi mami no te va a dejar ir. Mejor vete antes de que me muera yo. Tienes mis bendiciones mis orishas y toda la gente va a estar contigo. Donde yo esté voy a orar mucho por ti, voy a pedir por ti. Entonces tengo las bendiciones de mi hermana.

Además, la escuela de Karla resultó más costosa de lo que esperaba y Cristina no quería sacarla. Así las cosas, el paréntesis de su regreso a México se cerró pronto. Esa fue la segunda vez que renunció a sus hijos.

Cristina: Estaba marchando bien, estaba yo muy contenta, pero al ver a Isaías que era por ahí rondando pues ya no. Y pues dije bueno, ya sé dónde puedo hacer dinero para mi hija, pues qué estoy haciendo aquí.

Mi hermana le da cáncer y yo veo como empieza la escasez de las cosas, entonces dije tengo que irme otra vez y ya estando allá bueno yo voy a ver cómo le hago para comprar mi casa y tener a todos mis hijos juntos.

Con la decisión tomada, empezó a prepararse:

Cristina: 2 meses antes o 3 meses antes empecé a hacer ejercicio, a correr a las 12 del día en el sol... Mi mamá se enojaba mucho porque yo les decía a las chicas, ustedes atiendan, yo voy a correr. Entonces mi mamá me decía: “esta loca, ¿no que quería el negocio, no que ya se va a correr?”

Físicamente estaba más preparada que la primera vez, sin duda. Pero en este cruce que duró casi dos semanas, Cristina se enfrentó a otras situaciones que la tomaron por sorpresa. 10 hombres blancos armados los asaltaron, desnudaron a todos para revisarlos de uno en uno a ver si llevaban dinero o drogas.

Cristina: Pero fue muy feo… Nos abrieron de las piernas, desnudas, y volvía a recordar cuando mi marido me amenazaba con la pistola. Cerré mis ojos y dije señor, pues ya. O sea, no creo que pasemos de esta. No sabíamos si nos iban a matar o a violar, o a cortar las manos, la cabeza.

Al oír esta parte de la historia pensé que fue un milagro que no la violaran, porque ese es otro de los peligros a los que se enfrentan las mujeres que deciden cruzar la frontera al “amparo” de los coyotes.

Las violaciones, sin embargo, son mucho más comunes en una travesía anterior: la que emprenden por el territorio mexicano los inmigrantes centroamericanos; muchas mujeres cruzan México ya preparadas con anticonceptivos para un asalto salvaje pero común.

Pero en este caso no fue así. Los liberaron gracias a que uno de los inmigrantes traía 20 mil pesos. Pero igual les quitaron el agua y la comida que les quedaba y ya llevaban 6 días en el desierto.

Como pudieron cruzaron ‘la línea’ y terminaron escondidos en un hotel cercano al aeropuerto de Las Vegas porque supuestamente los coyotes los iban a llevar en avión a Filadelfia. No fue así, pero ahí Cristina se enfrentó a otra situación inesperada:

Cristina: Había un niño como de 13 años, que no habían pagado el paso y que sus familiares no le contestaban, entonces el niño estaba llorando. Decía: “Es que mi mamá no quiere pagar o no tiene dinero y ellos dicen que si no me van a regresar a méxico. Yo ya me quiero ir. Ellos quieren como robarme a otro lado”.

La información era confusa, pero Cristina intuyó que ese pequeño corría peligro. En ese momento sintió la necesidad de defenderlo, o por lo menos de ayudarlo a escapar sin importar el riesgo. El coyote le había encargado a ella que pagara la comida de todos así que tenía dinero.

Cristina: Y le dije al niño: “Bueno, si tienes la direccion de donde esta tu familia” y me dijo que sí. Entonces los señores que nos trajeron se salieron y yo le di todo el dinero para que se viniera para NY. Entonces cuando ellos llegan dicen pues dónde está el niño… pues no…

Inger: ¿No te metiste en un problema por el dinero?

Cristina: No, porque vienen drogados, vienen mariguanos. No, o sea, es como yo traigo mi bolsa de dinero ellos traen así. Ellos están pagados con mucho dinero. A mí me costó mi paso ¿cuánto? 5,000 dólares.

Inger: ¿Y así cada uno?

Cristina: Ajá.

La segunda vez Cristina llegó a Filadelfia, estaba dispuesta a conseguir un empleo mejor que el de lavaplatos. Su experiencia previa en el restaurantito le había servido para hacerse una idea más clara de sus posibilidades de trabajo.

Cristina: Bueno en el tiempo que estuve aquí aprendí que, bueno, uno es el preparador, otro el cocinero, otro es el que lava los trastes… como las posiciones. Entonces la segunda vez que yo vine pues yo dije: “voy a buscarme mi trabajo de preparadora o de algo un poco mejor que estar lavando los trastes”.

De la mujer apocada y temerosa que llegó a Estados Unidos la primera vez quedaba muy poco… Para empezar, en cuanto se sintió recuperada del viaje, en vez de salir inmediatamente a la caza de un trabajo, se regaló una tarde de paseo:

Cristina: Quería yo conocer la quinta avenida, pero no iba yo con nadie, solo iba yo sola en el autobús viendo toda la ciudad, estaba muy emocionada, porque ya estaba yo hasta acá, con todo lo que atravesé, dando gracias a Dios que podía mirar la ciudad… Y, este, me bajo del autobús, no sé para donde caminar, no sé hablar inglés, pero sí hay muchos latinos, entonces pregunto:

“¿Dónde me puedo tomar un café?”

“¿De a cómo lo quieres?”

“Le dije, no, pues uno que no me cueste tan caro porque no traigo dinero… y dice “¿De dónde vienes? Digo, “De Filadelfia”

“Bueno, esta es la Quinta Avenida, aquí están las pantallas que se miran en la tele y ahí hay uno de donas, dice métete y ahí compra tus donas”.

Entonces me quedé ahí como 3 horas viendo los edificios con mi pan y mi café…

Me regresé y ya me vine, y pues no tardé porque solamente me fui a tomar el café a Nueva York. (ríe).

En el próximo capítulo, Cristina consigue un buen trabajo y se casa con un hombre que la quiere bien, pero cuando por fin parece que su vida se está recomponiendo, la despiden y termina vendiendo quesadillas en la calle.

CRÉDITOS:

‘Mejor vete, Cristina’ es un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga y lo que relato es una historia investigada, escrita y editada por mí. Delia Rodríguez es la Productora Ejecutiva y la Edición General estuvo a cargo de Sofía Ruíz de Velasco. La Ambientación es un trabajo de María Sánchez Díez y José Luis Osuna compuso dos temas originales para esta historia. La mezcla es de Carlos Hurtado. Gracias a Cristina Martínez y Benjamin Miller en Filadelfia, a la familia Martínez (en especial a Karla, José y Paco) en Capulhuac, México, y a Carlos Cortés en las cabinas de Univision en Miami.

Capítulo 6: “Yo aprendo con una sola vez”

INTRO:

Bienvenidos a “ Mejor vete, Cristina”, un podcast de Univision Noticias.

Yo soy Inger Díaz Barriga, y lo que estoy por contarles es cómo una historia que parecía tratarse del éxito de una chef mexicana en Estados Unidos, se transformó en la historia de Cristina Martínez, una mujer que escapó de un secuestro, renunció a sus hijos dos veces, hizo rituales de santería, cruzó otras dos veces el desierto, liberó a un niño de los coyotes, vendió quesadillas en la calle, lavó platos por 7 dólares la hora, se casó sin saber inglés con un gringo 13 años más joven que no sabía español, fundó un movimiento nacional por los derechos de los inmigrantes y, a pesar de ser indocumentada, consiguió que su restaurante fuera uno de los 10 mejores de Estados Unidos.


Menos de un mes después de haber cruzado el desierto por segunda vez, y casi sin esperarlo, Cristina consiguió trabajo en un restaurante de alta cocina italiana en Filadelfia.

La oportunidad se le dio casi sin buscarla. Un día se topó a un paisano conocido en la calle y él le preguntó si querría trabajar en el comedor que estaba por abrir en un par de semanas. Llegado el día de la apertura, la llevó al lugar y se la presentó al chef como su prima. Él vio que Cristina era buena para cortar y disponer ingredientes, así que le dio un puesto de preparadora. Iba a ganar 420 dólares quincenales.

Su amigo, el que la había recomendado, también se quedó trabajando en el restaurante italiano. Además se convirtió en el traductor de Cristina y le ayudó por mucho tiempo a comunicarse en una cocina donde casi nadie hablaba español. Uno pensaría que lo hacía de buena fe, pero Cristina me contó que él estaba interesado en ella; aún así se las arregló para mantenerlo como amigo aunque no le correspondía sentimentalmente.

Cuando le volvieron a pedir un Social Security Number, acudió a su cuñado Luis y recuperó fácilmente el número falso que había sacado la vez pasada:

Cristina: Cuando yo me fui yo lo dejé, entonces me dijo: “no vas a gastar, aquí tienes el tuyo”. O sea, que ahí me ahorré como 120. Entre 120 y 150. Ahora creo que valen de a 80, ya están más baratos porque ya son más fácil de hacer.

Conseguir un Social falso es indispensable para los indocumentados en EEUU. Después de entrar ilegalmente al país, esta es la segunda transgresión obligada para los inmigrantes decididos a trabajar en busca de oportunidades. Esto se debe a que aquí ningún empleador puede contratar legalmente a nadie que no tenga un Social Security Number.

Este número de Seguro Social solo se otorga a ciudadanos estadounidenses, a residentes permanentes y a personas que tienen permiso de trabajo en el país. Es indispensable para tener un empleo legal y además sirve como identificación para obtener algunos servicios básicos.

El problema para los restauranteros es que son muy pocos los ciudadanos estadounidenses dispuestos a hacer el trabajo duro de sus cocinas, así que en muchos casos la fuerza de trabajo de la que disponen no es otra que la de los inmigrantes. El lío de la contratación se resuelve cuando éstos compran sin dificultad números de seguro social falsos y sus patrones deciden hacerse de la vista gorda, lo cual funciona para todos hasta que vienen las inspecciones de Migración.

En 2015 un estudio del Centro de Investigación Pew reveló que al menos el 11% de todos los empleados de la industria restaurantera eran indocumentados, lo que equivale a cerca de 1,3 millones de trabajadores. Según el mismo estudio el 19% de todos los lavaplatos, el 17% de los meseros y el 17% de los cocineros son inmigrantes sin papeles.

Pero volvamos a la historia de Cristina. La oportunidad de trabajar en aquel restaurante de alta cocina italiana fue decisiva para ella. Allí no solo consiguió ganar dinero para pagar los estudios de su hija Karla, sino que también aprendió técnicas con las que pulió su trabajo de cocinera. Como preparadora le tocaba ayudar a la elaboración de muchos platillos, incluyendo los de la chef de repostería.

Cristina: Decía: “ayúdame ayúdame, ayúdame, ayúdame, a empanizar sus moldes, y sírveme aquí tanto de azúcar y esto y lo otro”… Aprendí a hacer de todo muy rápido, o sea en 4 meses hice demasiadas cosas buenas.

Y sí, no tenía ni medio año trabajando allí cuando, por medio de su amigo-pretendiente-traductor, el chef le preguntó si quería ser la nueva chef repostera del restaurante, porque el puesto estaba por quedar vacante. Cristina se enfrentó a todos sus miedos antes de aceptar.

Cristina: La subchef se iba a casar y necesitaban a alguien para hacer los postres. Me fumo un cigarro y digo: “Ay Señor, ¿será o no será? ¿lo tomo o lo dejo?” Y dije: “No, ya tengo 40 años... si me quedo de preparadora, no voy a ser más que una simple preparadora, no sé hablar inglés pero, bueno”. Y me meto y le digo: “Sí, quiero ser la postrera”, y me dice: “Ok, la muchacha te va a enseñar, la mexicana”, que era la que era ayudante de la postrera.

Cristina dice que esta otra mexicana que menciona no le tenía aprecio, sospecha que además pudo haber estado resentida por su inesperado ascenso; así que directamente se negó a enseñarle nada; y el amigo-pretendiente-traductor que sí, podía haber intercedido para convencerla (porque se llevaban bien) puesto a elegir, en ese momento eligió darle la espalda a Cristina.

Cristina: Porque como la otra era bien su amiga la otra y como yo no le aflojé nada, pues se enojó porque saben que pagan entre 18 y 22 dólares la hora. Entonces pues yo lloraba yo, pues sí lloraba yo porque pues, imagínate, aquí ya me van a dar un cheque de 1700 y no se hacer nada. ¿Y cómo preguntas si las recetas están en inglés? Y ahí viene el problema del idioma...

La cosa se puso color de hormiga. Un altercado en la cocina con la ayudante de la repostera alcanzó niveles graves un día que un gesto de la chica sacó a Cristina de sus casillas:

Cristina: Ella me dice: “¡Rápido! ¡Quiero las galletas!”. Y me truena los dedos y entonces, ¡que me enojo! O sea, ya. Era que no me enseñaba, me aventaba las cosas, me trataba mal delante de todos…

Y entonces pues ya, un día me truena los dedos la chiquilla así, ella está metiendo el pan con aceite en el horno a 500 grados y le dije: “¡Mira, ya me caíste hasta la madre! No me conoces, no sabes quién soy ¡¿y no sabes que soy capaz de matarte?!”. Cuando la chica se endereza y me dice: “¡Ya cálmate! Cálmate”. Y le dije, “No, ya cálmate tú”. O sea, ya estaba yo bien encabronada, pues imagínate, vienes echándole al morral, al morral, al morral y... No, ya casi la aviento al horno.

Cristina consiguió calmarse y el pleito no pasó a mayores, pero al menos sirvió para que el chef se diera por enterado de la situación y le ofreciera ayuda: iba a enseñarle a hacer los postres paso a paso. Obvio, en inglés.

Cristina: Pero como tengo una manera de que yo aprendo con una sola vez, no escribo, pero aprendo. Cuando llegaba el chef, la mesa limpia, todo muy arreglado, todo lo que me pedía el chef lo ponía yo. Y hacía el mix solo una vez, entonces yo tenía mi libretita y anotaba yo, primero los huevos, luego el azúcar, luego la mantequilla, luego el aceite, luego la leche… Como le entendiera yo. Y le da 15 minutos al número 2, y que del triangulito, no, que ahora el globo, porque no hablaba yo inglés entonces cómo iba yo a aprender. Y entonces eran mis dibujos en mi libreta...

Cristina superó la prueba con esa habilidad que heredó para aprender a la primera, y para el 2010 ya se había convertido en la chef de repostería de un elegante comedor italiano de Filadelfia.

Su sueldo era de más de 3 mil dólares al mes y no conforme, se consiguió otro trabajo de noche; en él solo lavaba platos, pero con eso sumaba 800 dólares extras a su ingreso mensual, que ya superaba los 4 mil.

Estas cuentas explican claramente una de las principales razones por las que tantos latinoamericanos vienen a trabajar a EEUU. Cristina jamás habría podido aspirar a ganar una suma semejante como empleada en México. Allá un chef de repostería promedio hoy gana entre 1000 y 1400 dólares al mes.


Hay un factor más por el que aquel restaurante italiano se convirtió en un paso determinante en la historia de Cristina: allí conoció a un chef que le gustó desde el primer momento en que lo vio:

Cristina: … y cuando yo lo vi, dije: “con este sí me caso”... Pero yo vi a Ben como, de su rostro, como un hombre de 37 años, 39 más o menos. O sea, cuando yo lo ví la primera vez, lo vi grande.

Inger: ¿Y cuántos tenía?

Cristina: 27…

Inger: ¿Y tú?

Cristina: 40

Bueno. Pues la edad fue lo de menos. Aquel chef de ascendencia italiana hoy es el esposo de Cristina. Se llama Benjamin Miller, pero ella le dice Benjamín, Ben o a veces Benjas.

Él llegó a trabajar como cocinero garde manger (que son los que se encargan de las guarniciones) al restaurante donde Cristina era repostera. Pero él también había recorrido el camino difícil de las cocinas, aunque lo hizo más por elección que por falta de opciones. Tiempo antes él había abandonado la universidad donde estudiaba religión para recorrer el país en busca de las respuestas que los libros no le daban.

Durante 4 años no tuvo un hogar fijo y se ganó la vida como músico callejero hasta que volvió a establecerse en Filadelfia y entró a trabajar en las cocinas igual que Cristina, como lavaplatos. Después, como ella, trabajó duro para abrirse camino entre los cocineros.

Al principio lo más difícil para ellos fue la comunicación, que se complicaba porque Cristina se resistía (y hay que decir que aún lo hace) a hablar inglés.

Esta resistencia suya me llamó la atención desde que la conocí. El hecho de que esta mujer capaz de escapar de un secuestro o de cruzar dos veces el desierto, se sienta tan insegura de hablar en otro idioma, no me cabe en la cabeza.

Ella admite que cada vez lo entiende mejor, pero simplemente no se atreve a hablarlo más allá de lo indispensable: apenas unas pocas frases hechas para ofrecer su comida o para saludar, agradecer y despedir a sus comensales.

Pero hay que decir que en la historia de Cristina y Benjamin, la gran mayoría de los malentendidos por el idioma, no han tenido consecuencias graves, y algunos hasta han sido afortunados.

Por ejemplo, al principio de su relación, gracias a que no hallaban cómo comunicarse hablando, Benjamin tuvo pretexto para su primera movida. Fue un día en que por accidente tiró un pastel de Cristina. Ella estaba enojada y él, que no conseguía explicar sus disculpas hablando, tuvo que encontrar otra forma de pedirle perdón:

Cristina: Me dijo: “I’m sorry”, me dio un beso en mi frente y me abrazó en el walking y ya me soltó y ya, y yo así como ¡aaaaaah…! ¡Sí, pues es que era un blanco! ¡A mi edad! ¡Y él me había dado un beso! Entonces yo salí así como ¡wooooow!, bien emocionada, bien emocionada. Entonces ya iba yo con más entusiasmo al trabajo.

Benjamin es un hombre de temple sereno. No es particularmente alto, pero sí rebasa la estatura de Cristina. Su apariencia denota una personalidad más bien sobria, suele llevar el pelo castaño muy corto y usa lentes de armazón. Está en forma.

Su rostro blanco de facciones afiladas gesticula poco, pero las emociones se le revelan en la mirada cuando habla de las razones que lo llevaron a iniciar su relación con Cristina.

Según me dijo, no tardó mucho en sentirse atraído por la positividad y la buena actitud de ella, por su responsabilidad y por su dedicación al trabajo. Dice que simplemente le pareció una persona bella y radiante.

Benjamin: Well I think... hers consistent positive outlook and good attitude. You know, while still like being so responsible and careful and attention to her work. You know, just being a beautiful radiant person.

Poco después de conocerla, Benjamin supo que Cristina trabajaba otro turno de noche: al salir del italiano se iba a lavar platos a otro restaurante de los mismos dueños. Ella le explicó como pudo que necesitaba el dinero para mandárselo a su familia.

Cristina: Fue algo bonito, o sea, fue algo bonito... Porque él me dijo: ‘si quieres cásate conmigo y yo te ayudo’.

Cristina cuenta que a pesar del claro interés de Benjamin por acercarse y ayudarla, ella como decimos en México, ‘se dio su taco’. De modo que pasó al menos un año entre que se conocieron y ella aceptó una de sus invitaciones.

Cristina: Yo le dije a Ben: “mira yo no tengo tiempo para ir a la escuela a estudiar inglés. Si quieres que salgamos vas a hablar español, si quieres; si no, pues no pasa nada”.

Así que Benjamin se propuso aprender a hablar español y para eso se reunían en su casa entre turnos a ver una telenovela.

Fragmento de ‘Al diablo con los guapos’:

—¿Para qué? Ya todo está muy claro. Sigues queriendo a la huesuda esa.

—Te quiero a ti.

—Sí, cómo no. Me quieres pero freír en aceite. Y el que se va a freír espárragos eres tú…

Cristina: “Veíamos ‘Al diablo con los guapos’.

Inger: ¿La telenovela?

Cristina: Sí.

Inger: ¿Juntos?

Cristina: ¡Todos los días! (risas).

Inger: ¿Y él entendía algo?

Cristina: Y él practicaba y me hablaba como si fuera la novela, este… No sé, me decía cosas que decía la novela, como mi amor… así.

Pero antes de que consiguieran entenderse mejor, los equívocos fueron varios. Benjamin cuenta que llevaban pocas citas cuando él le dijo: “ten la llave de mi casa, por si algún día necesitas algo”. Al día siguiente apareció ella en la puerta con todas sus maletas.

Benjamin: After Cristina and I had, you know, going out on a few dates I gave her a key to my house and just said you know, in case... in case you need anything you know, here's a house key and then... I think it was the next day, she just showed up with all her bags and I said OK.

Pero en la historia que cuenta Cristina las cosas ocurrieron de otra forma, porque ella entendió algo distinto:

Cristina: Y me dijo: “¿Por qué no te vas a vivir conmigo?”. Y le digo, “¿en serio?”. Me dice, “sí”. Yo llegué así con mis bolsas, le toco y le digo “ya vine”, y me dice, “¿de adeveras?”. Le digo: “sí, sí me voy a quedar contigo”. ¿En serio? Y me abraza y me dice: “pues estás bienvenida”. Fue algo bien padre, padre, padre, y ya me dijo, “mira, esta es mi casa, mis especies… bla bla bla”.


Pero el malentendido más grande que han tenido hasta hoy fue porque Cristina no le contó a Benjamin su pasado completo desde el principio. Según me dijo ella, fue porque no tenía las herramientas para explicarse; aunque si me hubiera dicho que fue por miedo, yo no la habría juzgado.

Cristina: Él me preguntó, me dijo: “¿por qué trabajas tanto?”. Le dije, “es que tengo una hija”, pero no le podía decir de mis hijos, no porque los negara yo sino porque no hablaba yo inglés, o sea, no podía decirle… O sea, le dije “tengo una hija”, entonces él me decía: “One dollar? One lady? One…?” O sea, no sabía cómo decirle… Entonces le enseñé las fotos de Karlita... Porque solo a ella la tenía yo manteniendo. O sea, de José, de Jesús y de Isaías, ellos estaban con su papá, o sea, ellos no estaban en nuestro camino; en esos entonces Isaías no hablaba conmigo, José tampoco hablaba conmigo, mucho menos Jesús. O sea, en el 2012 yo todavía no hablaba con ellos.

Así que Benjamin se enteró de que Cristina no tenía uno sino cuatro hijos, en México, cuando ya había volado hasta allá para pedir su mano.

A estas alturas no sé qué me sorprende más de esta confusión en particular: que ella no encontrara la forma de decírselo antes o la tranquila reacción de Benjamin al enterarse: se lo preguntó a Cristina y cuando ella se lo confirmó, lo aceptó sin darle mayor importancia.

Benjamin: I came back and asked Cristina and she said yeah, I do have 3 sons also… OK! You know… but just to keep rolling with it.

En cualquier caso, el hecho da cuenta de la singular relación de esta pareja.

Benjamin es un hombre profundamente espiritual, a pesar de no practicar una religión convencional. En alguna de nuestras conversaciones me contó que medita todas las mañanas y que hace muchos años que vive según las enseñanzas de un chamán que se convirtió en su maestro espiritual. Esa vez me explicó que fue gracias a la influencia de este maestro que decidió emparejarse con Cristina, y también que sus razones perseguían fines de crecimiento interior que tenían muy poco que ver con el amor romántico.

Además me dijo que su maestro analizó a Cristina, que leyó la palma de su mano y examinó muchos otros factores del plano espiritual antes de asegurarle que, a pesar de sus defectos, eran perfectos el uno para el otro, complementarios ideales.

En estos términos, Benjamin admite medio en broma que su matrimonio con Cristina fue arreglado… al menos espiritualmente.

Inger: OK!!! So it was...

Benjamin: Arranged marriage!

Inger: Like spiritually arranged marriage!

Benjamin: Yeah yeah... Kind as like they do in India that they look at the astrological chart, he looked at the Palm, he looked at a whole bunch of different factors and said ‘neither of you is perfect, but you're perfect for each other’.

Benjamin y Cristina se casaron en el 2012, luego de que él viajó a México y habló con la mamá de ella para pedir su mano.

Por increíble que pareciera, esta sí que era una nueva vida… Todo fue muy distinto a cuando se casó con Isaías, empezando por su suegra:

Cristina: Le habla a su mamá y le dice me voy a casar con Cristi, ella tiene 4 hijos, se llaman Karla, Jesús, José e Isaías. Fue viernes, y el lunes mi suegra nos hace una grande fiesta tan bonita… Fuimos a Macy’s a buscar mi vestido de bodas. Estaba muy emocionada.


Desde los fogones, Benjamin es testigo de la lucha diaria de decenas de cocineros indocumentados por sobrevivir, de lo poco que ganan, de lo mucho que sacrifican, del daño emocional que les causa vivir alejados de sus familias… Quería regalarle una tranquilidad a su esposa y ayudarla a obtener la residencia. Así que en cuanto pudo empezó los trámites.

El problema vino cuando se acercaron a sus patrones para pedirles un documento que, según su abogada, era necesario para armar el caso. Entonces los dueños del restaurante se sorprendieron (o se hicieron los sorprendidos) por el estatus migratorio de Cristina y decidieron despedirla.

Cristina: Mi chef me dice que él no quiere tener problemas con una migrante, que busque mis papeles y cuando los tenga yo listos regrese. Y me dan cuello, me corren.

Inger: ¿Después de cuánto tiempo?

Cristina: Después de 2 años, 2 años bien trabajados, bien hechos, entonces pues a Benjamín le dolió mucho eso de la traición de… ‘bueno, ya me serviste pero si quieres algo de nosotros, no te lo vamos a dar’.

Obviamente, Benjamin renunció y no tardó mucho en conseguir otro empleo, pero para Cristina, sin documentos fue más duro. Para colmo, como su residencia estaba en trámite, ya no podía usar el número de seguro social falso ni siquiera para lavar platos.

Empezar de cero no es un reto nuevo para Cristina. Ha tenido que hacerlo varias veces ya, y en condiciones de vida o muerte además. Pero esta ocasión fue diferente porque ella estaba deprimida. A la decepción por la conducta de sus patrones, se sumó el toparse de frente con la vulnerabilidad de su condición de inmigrante, y si a eso agregamos el hecho de que ella no sabía hacer otra cosa que trabajar, no es extraño que el mundo se le viniera encima.

Le costó sobreponerse como nunca. Pero la urgencia de conseguir dinero para mandarle a Karla la hizo levantarse.

Cristina: Salí con mi canasta de quesadillas a vender. Y pues sí, era bien triste, porque imagínate, o sea, yo dejé mi restorán en Capulhuac, tenía yo un negocio en México y salir con una canasta de quesadillas de un dólar era bien difícil. Imagínate todo lo que ya había yo dejado, de trabajar en un restorán de línea, de saber lo que yo sabía, para hacer quesadillas…

La situación les generó impotencia y la sensación de haber caído en la trampa migratoria que, según la perspectiva de Benjamin, retiene en el país a 11 millones de personas trabajando sin derechos y por salarios bajos, paralizados por el miedo que les provoca la criminalización de su trabajo.

Benjamin: … and this is an intentional system that is set up, that’s holding 11 million people here without rights, that are working for low wages.

Esta experiencia movió a Cristina y a Benjamin a alzar la voz por los millones de inmigrantes que no pueden trabajar legalmente en los restaurantes de este país, que no pueden usar su nombre verdadero, que viven con miedo permanente a ser deportados.

Cristina: A raíz de eso fue que nos empezamos a meter al movimiento de que no es justo las leyes migratorias, ni los restauranteros así, no apoyando a su gente que les ayuda, que les hace dinero, entonces fue que empezamos a ser activistas, por eso.

El movimiento que iniciaron se llama #Right2Work y busca que los trabajadores sin papeles dejen de ser tratados como delincuentes, ejerciendo presión sobre el gobierno estadounidense para que los reconozca y los proteja dándoles los derechos que les corresponden.

Por lo pronto ya consiguieron que el Consejo de Filadelfia reconociera en una resolución reciente el derecho humano a trabajar independientemente del estatus migratorio, y también lograron llevar la discusión a otras ciudades como Nueva York y Atlanta.

En la fundación de esta organización tienen mucho que ver las consecuencias de que a Cristina le tomaran las huellas en la frontera.

¿Se acuerdan que mencionamos ese incidente en el episodio del desierto? Bueno, pues cuando la detuvieron nadie se lo dijo, pero al tomarle las huellas ella quedó fichada por haber entrado ilegalmente a Estados Unidos. Esto, sumado a que ella salió y volvió a entrar al país sin papeles, complica al extremo sus posibilidades de obtener la residencia, por mucho que esté casada con un ciudadano estadounidense. Hasta ahora son dos los abogados que Benjamin y Cristina han contratado para resolver el caso, sin éxito, pero han consultado al menos a dos más y ninguno les da un pronóstico alentador.

El último les dijo que lo único que queda por hacer es esperar a que cambie la ley migratoria. Porque hoy por hoy, para tramitar su residencia, Cristina tendría que salir del país y cumplir con un castigo que le prohíbe volver por 10 años.

Y llegados a este punto, el problema ya no es si quiere o no salir de EEUU, sino que según les dijo este abogado, ella debe solicitar la residencia desde su país de origen. Y que aún así, se la podrían negar.

O sea, todo mal.

En el siguiente y último capítulo, Cristina consigue el sueño americano y se vuelve famosa con un restaurante de barbacoa alabado por la crítica. Pero decide cerrarlo después de que muere uno de sus hijos.

CRÉDITOS:

‘Mejor vete, Cristina’ es un podcast de Univision Noticias. Yo soy Inger Díaz Barriga y lo que relato es una historia investigada, escrita y editada por mí. Delia Rodríguez es la Productora Ejecutiva y la Edición General estuvo a cargo de Sofía Ruiz de Velasco. La Ambientación es un trabajo de María Sánchez Díez y José Luis Osuna compuso dos temas originales para esta historia. La mezcla es de Carlos Hurtado. Gracias a Cristina Martínez y Benjamin Miller en Filadelfia, a la familia Martínez (en especial a Karla, José y Paco) en Capulhuac, México, y a Carlos Cortés en las cabinas de Univision en Miami.

Capítulo 7: “Yo nomás dije que iba a vender un poco de barbacoa”

En el capítulo anterior habíamos dejado a Cristina recién casada con Benjamin, tratando de obtener su residencia, vendiendo comida en la calle y deprimida porque había perdido un buen empleo en el restaurante italiano.

Salía al alba con una canasta llena de quesadillas y se las ofrecía a los trabajadores más madrugadores, sabiendo que a esa hora difícilmente encontrarían otra cosa que no fueran café y donas para desayunar por unos pocos dólares:

Cristina: Yo vendiendo mis quesadillas así en la calle… pues empecé a saludar a conocer a la gente: “Oye ¿dónde trabajas?” Pues trabajo acá. Ok, pues si quieres te llevo unas 10. “¿A ver cómo están?” Están bien buenas. “Entonces hágame 5”.

Al ver que su comida gustaba y que siempre le pedían más quesadillas, Cristina intuyó que en Filadelfia encontraría un buen mercado para su barbacoa. Comentó su idea con Benjamin pero él, sin conocer el platillo, no estaba muy convencido de que fuera a funcionar:

Cristina: Bueno, en primera pues yo namás le dije que iba yo a cocinar para vender un poco de barbacoa… Él me dijo, “¿pues qué es? Le dije, bueno, pues es una comida que se hace en Toluca, y la vamos a vender. Y me dice, “¿Pero a quién? porque yo no la conozco”.

Cristina se empeñó en mostrarle que su barbacoa gustaría. Ella sabía que había suficientes paisanos en Filadelfia añorando este platillo callejero tan popular en los mercados mexicanos, pero tan improbable de encontrar en este país.

Así que mientras él se iba a trabajar, ella se dedicó a averiguar dónde podía conseguir buena carne de borrego:

Cristina: Bueno, por año y medio anduvimos buscando la carne. O sea, yo iba a las carnicerías, buscando ahí los borregos, que fueran tiernos, que estuvieran muy suaves, que la carne fuera muy blanquita.

Yo buscaba el material en muchas carnicerías. Los productos con los chinos… O sea, que era yo en la bicicleta comprando por aquí y por acá y por acá y por todos lados.

Entonces yo amarraba mi bicicleta, me subía yo al tren, compraba yo mi borrego y lo echaba en la mochila, me subía al tren con mi borego, mi cabeza y todo ahí ensangrentado ahí en bolsas de plástico y luego los policías se subían y yo era temblando con mis piernas…

Una vez que consiguió todos los ingredientes preparó un poco de barbacoa e invitó a sus clientes a que se pasaran por su departamento el fin de semana para probar sus tacos. Bueno, pues no tardó en correrse la voz entre la comunidad mexicana del sur de Filadelfia.

Y poco después también empezó a llegar a su casa gente de otras nacionalidades, gente intrigada por probar este lado B de la gastronomía mexicana con tan buena fama entre los paisanos del barrio. Ante la demanda, Cristina empezó a aumentar poco a poco su producción:

Cristina: Fue aumentando bien rápida la venta. Entonces estaba yo haciendo primero una cajita blanca de mix para la pancita, posteriormente fue un bowl, luego otro bowl y luego ya fueron otros dos 'bowles' más grandototes.

Ella estaba feliz, pero a Benjamin le preocupaba que se fueran a meter en problemas.

Cristina: Él siempre era muy nervioso porque... porque fuera a tocar alguien que no fuera un cliente, sino inspección. Porque estábamos muy cerca de la calle 9 y bueno, la gente empezó a decir que Cristina vendía barbacoa en su casa.

Más de una vez él trató de convencerla de que dejara de vender barbacoa en el departamento. Incluso se ofreció a pagar de su sueldo la colegiatura de Karla, pero Cristina se negó confiada en que cada vez tenía más clientes y además, algunos empezaban a hacerle pedidos grandes para fiestas.

Pronto fue necesario que Benjamin ayudara más en la preparación de la barbacoa. Por eso decidieron que él fuera a México, específicamente a Capulhuac, a ver en persona cómo cocinaba Paco la barbacoa en el hoyo. La idea era que entendiera bien y de primera mano el proceso tradicional para ayudarle a Cristina a encontrar la mejor forma de replicar la preparación en Filadelfia.

Cristina: Benjamin va a México y le enseñan a hacer las panzas. Él es cortando la pancita y con, este, en el hoyo.

Inger: ¿Con Paco?

Cristina: Con Paco. Lo ponen a trabajar bien duro, entonces pues Benjamin ya viene con otra visión, con otras cosas, con otras ideas.

El plan funcionó y Benjamin volvió con una noción más clara para replicar el complejo platillo con los medios accesibles en EEUU.

Pero en ese viaje Benjamin también se dio cuenta de que había algo fundamental que no conseguirían aquí, y eso era el sabor de las tortillas auténticas, imposible de igualar con maíz estadounidense. Por eso decidieron comprar semillas de maíz criollo a los zapatistas de Chiapas y cultivarlas en la granja de un amigo en Lancaster, Pennsylvania. Así podrían asegurarse además la materia prima para hacer en el futuro unas tortillas únicas en este país.

Cristina: Ese fue un plan de Ben, ese fue el toque de Ben. O sea, haz de cuenta que yo siempre hago algo, pero Ben siempre es el que le da el toque final …

Detalles como este, que vienen de la visión estratégica de Benjamin, marcan una diferencia sustancial, independientemente de la barbacoa misma, entre la comida de Cristina y la que ofrecen la mayoría de los restaurantes mexicanos de Estados Unidos.

Pero volvamos al pequeño departamento donde comenzó nuestra historia:

Tal como Benjamin lo vio venir, mientras más barbacoa les pedían, más riesgo había de que los inspeccionaran. La preparación de volúmenes tan grandes de comida no pasaba inadvertida para sus vecinos: entre los olores, la gran cantidad de basura que sacaban y la caravana de gente tocando a su puerta, era imposible no levantar sospechas.

Ante el miedo, Cristina y Benjamin aceptaron el carrito callejero que les ofreció un amigo y empezaron a vender la barbacoa en la calle los fines de semana, pero no dejaron de tomar ciertas precauciones, como empezar la venta de madrugada:

Cristina: Cuando nosotros abrimos a las 5 de la mañana era también porque también la gente no miraba a qué hora yo sacaba la comida de mi casa al carrito. Cuando la gente empezaba a llegar a las 5 o 5:30, el carrito ya estaba listo.

Fuera de eso pues no, la verdad es que no fueron muy discretos.

Cristina: Y yo puse mi manteado como bien mexicanota, puse un manteado anaranjado, puse una mesa, puse unas banquitas y, pues sí, obviamente que sabíamos que inspección no pasaba los domingos, entonces hacía yo fiesta… con mi carrito, pero sí.

La criminalización de Cristina por no tener papeles, hizo que la pareja viviera con más miedo que gusto los primeros éxitos de su empresa: qué bien que a la gente le gustara tanto su comida, pero qué miedo estar llamando tanto la atención.

Cristina: Creo que siempre he corrido antes de que sucedan las cosas, creo que mi corazón siempre me avisa que es pasando algo muy fuerte. Y ya le dije a Ben “tenemos que salirnos de aquí, porque el día menos pensado viene inspección”.

A mediados de 2015, tres años después de haber iniciado la aventura barbacoyera en su casa, Cristina y Benjamin por fin consiguieron instalarse en un local para vender su comida en un esquema más formal. Pero hay que decir que esto no fue para Cristina como indocumentada, ninguna garantía:

Cristina: Mientras que pagues taxes al gobierno puedes tener negocio, pero si entra migración, me revisa mis papeles y no tengo, pues de nada sirve.

Igual que millones de personas en EEUU, Cristina ya aprendió a vivir y a moverse bajo la amenaza de perderlo todo.

Lo que pasó después ya lo saben. Cristina y Benjamin abrieron un pequeño mesón en el sur de Filadelfia y lo llamaron South Philly Barbacoa. Vistieron sus 7 mesas con coloridos manteles al estilo de las fondas mexicanas típicas, y sirvieron en ellas las tortillas, el consomé, la pancita y la barbacoa más aclamados hasta hoy en EEUU.

También pusieron sobre ellas la discusión sobre las condiciones de trabajo de los indocumentados en las cocinas; organizaron cenas en las que involucraron a otros cocineros, a chefs, a restauranteros, a abogados y hasta a funcionarios públicos en #Right2Work, su movimiento enfocado a pedir solidaridad y justicia para quienes no pueden trabajar legalmente en EEUU.

Poco más de un año después Bon Appètit puso a South Philly Barbacoa en sexto lugar entre los mejores restaurantes nuevos del país.

El reconocimiento era irregular por donde se viera: ensalzaba el logro de una mujer, indocumentada, que preparaba una comida exquisita, sí, pero poco conocida, barata y sin pretensiones.

Benjamin cree que este logro se tradujo en algo más sustancial al demostrar que la buena comida no tiene que ser elitista, sino que puede venderse en espacios modestos, a bajo costo y aún así tener excelente calidad.

Benjamin: And food is not only for the elites, that great food can be for all people and it can be accessible at a low low price and still be made with you know, love and the skill and expertise.

Y aún más importante, consiguió despertar el interés por la historia de Cristina, dándole paso al lado humano de la industria restaurantera.

Benjamin: It's been good to share Christina's story and to put her story out there in the front that is, is not just the food that we're about but it's also the human side of it.

Fue entonces cuando los medios comenzaron a buscar a Cristina y ella —consciente de que era demasiado tarde para preocuparse por llamar la atención— empezó a dar entrevistas que aprovechaba para hablar de la vulnerabilidad de los inmigrantes sin papeles.

Para ese momento Cristina se había convertido en una voz importante dentro de su comunidad y estaba decidida a hacer que los medios también hablaran de un problema que afecta al menos a un 20% de los trabajadores de las cocinas de EEUU.

Audios de medios:

Esta indocumentada es motivo de inspiración para toda una comunidad en Filadelfia.

Use Cristina’s talent and food as a platform to talk to people about immigration reform.

Pero a lo largo de los últimos cinco años, al tiempo que se gestaba y nacía South Philly Barbacoa, sucedió en la vida de Cristina un encuentro que dejó huellas mucho más profundas que las de la fama.

Fue su encuentro con Isaías, el tercero de sus hijos. Él atravesó el desierto en octubre de 2014 y al igual que su mamá, entró a EEUU ilegalmente para poder reunirse por fin con ella en Filadelfia. Cristina y Benjamin le prestaron entonces 5,000 dólares para pagar su paso.

Según me contó Cristina, su cruce fue mucho menos duro que el de ella.

Cristina: Pasaron a la primera, fue muy rápido su paso, atravesó la frontera y cuando estaba en Phoenix, Arizona, él llorando me dijo: “mamá ya estoy de este lado contigo y ya te voy a ver mamita chula”, y lloró.

Isaías tenía 21 años cuando llegó y, salvando el breve período en que se reunieron en Capulhuac en 2008, había vivido los últimos 10 años alejado de su madre pero estaba decidido a recuperar el tiempo perdido.

Cristina: Y siempre, pues me decía que si vamos a comer, vamos a cenar, vete a arreglar tu cabello, ponte tu vestido, ponte bien bonita mamá, quiero que siempre estés muy elegante, muy guapa, y para eso voy a trabajar para que no te falte nada. Aunque estés casada yo quiero que tú siempre seas mi orgullo y estoy muy orgullosa de ti. Y me abrazaba y me besaba.

En poco tiempo se ganó los afectos de su comunidad atendiendo el carrito de South Philly Barbacoa. No tardó en hacer amigos. Los clientes también lo querían, lo llamaban cariñosamente ‘compadre’. Isaías abrió un restaurante de tortas a finales del 2016 en Filadelfia y lo llamó así, ‘El Compadre’.

Por esos días, Isaías le dio una entrevista a Cora Cervantes, estudiante de periodismo de la Universidad de Nueva York. Ésta es su voz. Así se sentía entonces.

Isaías: Me siento muy agradecido y con la oportunidad de tener algo mío. Y más que este país te puede dar muchas oportunidades, en poco tiempo lo he logrado gracias a Dios y a la ayuda de mi madre y de su esposo. Pues me siento muy bien porque tengo gente trabajando, gente mexicana a la que puedo ayudar a contribuir a sus hogares.

En enero de 2017 Isaías murió de forma inesperada, poco antes de que yo me reuniera con Cristina por primera vez. Tenía solo 23 años.

Las autoridades le hicieron una autopsia y al momento de terminar este podcast ella sigue a la espera de los resultados.

Pero según me dijo en una llamada telefónica, ella tiene una teoría propia:

Cristina: Él tenía mucha presión, tal vez por su hermano. Bueno más bien eso era lo que le preocupaba, su hermano pequeño y no sabía si irse a México, si quedarse, si ayudarme, si… O sea, tenía mucho en sus manos y fue lo que le causó la muerte.

Jesús, el hermano al que se refiere Cristina, es el más pequeño de sus hijos. Hoy tiene 13 años y no ve a su mamá desde los 6. Lo último que Cristina supo fue que vivía con su padre al norte de México, que estaba consumiendo crack y que pensaban meterlo a un anexo, que es como se llama en México a las clínicas privadas de rehabilitación, famosas por el maltrato que le dan a sus internos.

No existe forma de saber si lo que ha pasado con los hijos de Cristina desde que los tuvo que dejar en 2007 ha sido mejor o peor que si se hubiera quedado con ellos; lo único cierto es que en ningún caso ha sido fácil.

José, el mayor, que ya era padre de familia entonces, siguió trabajando con su papá; tuvo tres hijos y se separó de su primera mujer después de que Cristina se fue. A pesar de que en un principio él estaba resentido con ella, pasados los años quiso ir a buscarla. Intentó llegar a Estados Unidos con la ayuda de los coyotes, como ella, pero no lo consiguió. Él y su grupo ya estaban en muy malas condiciones cuando se toparon con la patrulla fronteriza y prefirieron entregarse que morir a medio desierto. Lo devolvieron a México y decidió quedarse en el pueblo. Hoy está vuelto a casar y es transportista, maneja camiones de carga.

Karla tiene 25 años y se gana la vida como enfermera trabajando en hospitales; hizo la carrera lejos de Capulhuac. Aunque es la única que se ha mantenido en contacto permanente con Cristina, hace 8 años que no la ve. Van dos veces que solicita una visa de turista al gobierno de Estados Unidos, pero en ambas ocasiones se la han negado.

Karla: Y en ese momento entré en desesperación, le digo: “¡mamá llévame contigo, o sea, llévame! Llévame así como te llevaste a mi hermano”. Pero mi mamá, su idea no es llevarme. O sea, sí pero no… Ella quiere que me vaya bien, que me vaya con papeles.

En el caso de Isaías, el hijo de Cristina que murió en Filadelfia, reunirse con su madre en Estados Unidos le cambió la vida, pero antes de eso su camino fue difícil. Él empezó a beber sin control a los 12 años, poco tiempo después del escape de Cristina.

Inger: ¿Él fue alcohólico?

Cristina: Sí, él tomaba. Cuando yo me salí tomaba mucho.

Inger: ¡Pero era un niño!

Cristina: Pues algo tenía que pasar. O sea, algo tenía que pasar...

Siguió trabajando al mando de su papá por un tiempo hasta que también decidió dejarlo. De los 15 a los 21 se ganó la vida en México como lavacoches y como obrero en una armadora de autos. Desubicado y alcohólico, dio tumbos por distintos estados del país hasta que Cristina decidió que sería mejor pagarle el paso.

Cristina: Pues qué bueno que estuvo conmigo porque si hubiera estado en Puebla, lavando carros, se podía morir de hambre o se podía morir de frío o tomar o alguna otra cosa. Creo que eso me hubiera hecho más débil como mujer y como madre. Hubiera dicho “no pude hacer nada por mi hijo”. Pero creo que el tiempo que estuvimos juntos lo disfrutamos, le di lo mejor de mí.

Recuerdo que ya había empezado a escribir algunas ideas para terminar este podcast cuando recibí un mail de Cristina y Benjamin en el que me anunciaban que iban a cerrar South Philly Barbacoa.

Como lo oyen, contra todo pronóstico y ante el estupor de amigos y conocidos, Cristina y Benjamin decidieron cerrar su exitoso restaurante a fines de junio pasado. Para entonces ya formaban parte de la guía Zagat, habían estado nominados entre los mejores chefs de la costa este para los James Beard Awards -algo así como los Oscar de la comida en EEUU-, y tenían a dos documentalistas siguiendo sus pasos

Y en este punto tengo que confesar que al principio no pude evitar sentir que ese giro inesperado daba un poco al traste con el relato triunfal del restaurante que dio pie a esta historia.

Pero ante el fin anunciado no me quedó de otra que apuntarme a celebrar el cambio con ellos, así que tomé rumbo a Filadelfia de nuevo para acompañar a Cristina y Benjamin en el cierre definitivo del restaurante.

Según lo comunicaron en sus redes sociales, se trataba de una decisión práctica: al morir Isaías, Cristina y Benjamin decidieron tomar las riendas de ‘El Compadre’ y pasados los meses se sintieron abrumados por la carga y los gastos implicados en la operación simultánea de los dos comedores.

Al parecer, la pérdida de un hijo, las exhaustivas jornadas de trabajo y el compromiso de una lucha activista fueron demasiado incluso para Cristina, que parece poder con todo.

El cierre fue idea de ella, y con él da por terminado un ciclo tan fructífero como doloroso.

Esto fue lo que me dijo aquel último domingo, luego de que su barbacoa se había acabado como siempre y había llegado la hora de bajar la cortina. Estaba emocionada.

Inger: ¿Cómo te sientes de estar cerrando South Philly hoy?

Cristina: Contenta. Claro que sí, porque creo que fue una experiencia ínica con mi hijo y que pudo mirar lo que su mamá hizo y que pudo disfrutar de las delicias de este espacio y bueno, también el irse de aquí como yo me voy. O sea, no estamos arraigados a algo que no es de nosotros. Que tenemos que desprendernos y salir.

Sí, creo que ya quiero salir de todo esto…

La historia de South Philly Barbacoa se cerró, pero Cristina y Benjamin decidieron quedarse con ‘El Compadre’ y allí seguirán vendiendo barbacoa los fines de semana, a los mismos precios de antes: 4 dólares por taco, 2 dólares por vaso de agua fresca, y otros dos por un panqué de postre. Entre semana, tal como Isaías quería, venden tortas a 6 dólares con 50 centavos y para quien quiera sentarse a degustar platos más sustanciosos, en ‘El Compadre’ también sirven guisados acompañados de sus espectaculares tortillas por tan solo 13 dólares.

Su idea es mantenerse fieles a su filosofía de que la buena comida no es solo para las élites, así que en su nueva ubicación seguirán intentando que cualquier comensal pueda probar sus delicias por menos de 12 ó 15 dólares.

Cristina: Yo creo que también ya lo que pudimos haber hecho por esta pequeña comunidad, nuestra comida, y la comunidad que se integró aquí fue muy bueno, pero ahora tenemos que estar donde la gente nos necesita como para protegernos todos de migración de cierta manera, o sea, que si van a llevarme a mí, tienen que llevarse a una grande comunidad.

La ubicación de ‘El Compadre’ en el Italian Market, donde se concentra una gran parte de la comunidad mexicana de Filadelfia, es conveniente no sólo para el negocio, sino también para fortalecer su movimiento social y a la comunidad misma.

Me despedí de la pareja en la calle, frente a la colorida fachada del famoso restaurante que resaltaba entre las construcciones de ladrillo rojo de Filadelfia.

Me alejé pensando en cómo Benjamin le contagia a Cristina las faltas gramaticales de su recién aprendido español, pero también le contagia la paz del privilegio que ella nunca conoció. Que sigue sin conocer del todo.

También pensaba en cómo Cristina le enseña a su marido que hay mayor riesgo en quedarse quieto que en moverse y en cómo juntos son capaces de hacer a un lado todos los reconocimientos y expectativas para irse a hacer lo que realmente quieren en una pequeña tortería con pocas mesas y menos pretensiones.

Al final sospecho que la presta disposición de Cristina para irse de los lugares tiene que ver con su firme anhelo de estar con sus hijos: ella sabe que si no se mueve no se acerca.

Por eso, en los primeros meses de este 2017, con el recrudecimiento de las políticas migratorias del actual gobierno estadounidense, imaginé que quizá en su corazón resonaba el consejo que más veces ha escuchado a lo largo de su vida: “Mejor vete, Cristina”, “Mejor vete, mamá”, “Mejor vete, hermana”, “Mejor vete, hija”.

Pero hoy, por increíble que parezca, a Cristina todavía le quedan fuerzas para continuar la lucha por conseguir su residencia. Además de que le corresponde por su unión marital, con ella podría recuperar a sus hijos sin tener que renunciar a lo que ha conseguido con estos años de trabajo.

Mientras eso ocurre, Cristina no dejará de moverse, dará carpetazo al pasado y se reinventará las veces que haga falta. Pero eso sí, siempre cerca de las cocinas, siempre en sitios donde pueda acoger y alimentar a familias enteras, siempre con la esperanza de que haya alguien cerca de sus hijos que haga lo mismo por ellos.

Inger: ¿Ves a tus hijos en esas mesas?

Cristina: Sí. Claro que sí. Está Karla, está Isaías, está José… Los veo como José con su familia, veo a Karla como los estudiantes que llegando y a Jesús lo veo como un niño. Veo a Isaías como hombres trabajando en construcción, en trabajos muy rudos como lavando cocinas. O sea, en cada gente que llega ahí... veo a mis hijos.

FIN

El presente de Cristina en Filadelfia: South Philly, El Compadre, Benjamin y el activismo
El pasado de Cristina en México: Capulhuac, la barbacoa, su infancia y su familia

Investigación, guión, producción y edición: Inger Díaz Barriga

Edición general: Sofía Ruíz de Velasco

Producción ejecutiva: Delia Rodríguez

Grabación: Carlos Cortés

Ambientación: María Sánchez Díez

Composición musical: José Luis Osuna

Mezcla: Carlos Hurtado

Jefe de Producto Digital: Guillermo López

Fotografía: David Maris

Diseño gráfico y de programación: Juanje Gómez

Diseño de logotipo: Sandra Merino

Agradecimiento especial: Angélica Gallón