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Con 31 años no conocía lo que era un orgasmo.

Tuve mi primer orgasmo a los 32 años y no fue gracias a un hombre

Tuve mi primer orgasmo a los 32 años y no fue gracias a un hombre

El sexo no era divertido ni gustoso, sino pecaminoso y sucio; esa fue la idea con la que crecí yo.

Con 31 años no conocía lo que era un orgasmo.
Con 31 años no conocía lo que era un orgasmo.

Estaba reunida con mis amigas un jueves por la noche cuando, pasadas de copas, les dio por hablar de sexo, un tema que a mí en general siempre me ha hecho sentir incómoda. A ellas, en cambio, les encanta.

“¿Qué hay mejor en esta vida que un buen orgasmo?”, preguntó Isabel. “¡Varios!", respondió Adriana.

Me abstuve de comentar, no tenía mucho que decir. A mis 31 años, después de dos relaciones largas y un par de encuentros sexuales furtivos, jamás había tenido un orgasmo. Me producía frustración y vergüenza, sobre todo con mis amigas.

Seguro ellas no habían tenido una abuela como la mía, una mujer dominicana tradicional y muy creyente que desde que tuve uso de razón me había repetido que tocarme a mí misma era un pecado. Según las leyes de Dios, uno solo debía tener sexo con su marido ( Hebreos 13:4) después de casarse y con el propósito de tener hijos. El sexo no era divertido ni gustoso, sino pecaminoso y sucio; esa fue la idea con la que crecí yo.

En mi casa no se hablaba de sexo, excepto por los comentarios sueltos que aplaudían a mi hermano 'el macho' (con su interminable lista de novias), que además dejaban muy claro que la mayor deshonra que mi hermana o yo podríamos causarle a la familia era 'andar de vagabundas': las mujeres debíamos mantenernos vírgenes hasta el matrimonio, punto final.

A mí nunca me hablaron de métodos de planificación, de masturbación y muchísimo menos de cómo pedir y dar placer.

A mis 17 años perdí la virginidad con mi novio del barrio, con el que llevaba saliendo casi un año a escondidas de mis papás. Él amenazó con dejarme si no le daba 'la prueba de amor' y yo accedí a tener sexo una noche de verano, en la parte de atrás de su auto. Fue doloroso, incómodo y nada placentero. No logré entender qué era lo que podía gustarle tanto a la gente. Me prometí a mí misma no volver a tener sexo en mi vida.

Cuando comencé la universidad, conseguí mi primer empleo y me fui a vivir con un par de compañeras. Luis, un dominicano de tercer año, fue mi segundo novio. Era dos años mayor que yo, altísimo, con unos brazos musculosos y un ritmo imparable. Le encantaba llevarme a bailar y me presentaba con todo el mundo como 'su mujer'. Luis y yo nos íbamos a casar —pensaba yo— pero vivía muerta del pánico de repetir la escena de dolor que había vivido en aquel oscuro auto. Me daba mucha vergüenza pedir a mis amigas consejos sobre sexo.

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Luis fue mucho más cuidadoso que mi primer novio, así que no me dolió tanto, pero tampoco me gustó. Pensé que el sexo mejoraría con el tiempo, pero la cosa se volvió de lo más rutinaria: Luis me besaba unos minutos en los labios, me desvestía afanado, se hacía encima mío, me daba un par de besos en el cuello y me penetraba. Me enseñó cómo le gustaba que le hiciera sexo oral y me lo pedía a veces, pero jamás me devolvió el favor. Yo tampoco sabía cómo pedirle nada. No sabía qué me gustaba.

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Un día Luis me preguntó: “¿Tú es que no sientes nada?”, quejándose porque yo no gemía. Como yo lo quería mucho y no quería que me dejara, ensayé mis gemidos falsos hasta lograr convencerlo a él y a los hombres que siguieron después . Finalmente Luis me dejó por una de mis amigas y yo asumí que era culpa mía, por no sentir nada.


“¿No te encantan los orgasmos?”, insistió Isabel después de su tercer trago de tequila. “Sí, claro”, mentí para salir del paso. “May, tú sí has tenido orgasmos, ¿cierto?” preguntó Camila. A ella no había quién la parara. “Claro”, repetí, “es rico sentir esas cosquillas por todo el cuerpo”. “¿Cosquillas, querida? ¿Cuáles cosquillas?”

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Me tomó casi una botella de tequila reunir el valor para decirle a mis amigas que jamás había tenido un orgasmo. La voz de mi abuela retumbaba en mi cabeza mientras les explicaba que nunca me había atrevido a masturbarme, ni a explorar abiertamente mi sexualidad con mis parejas y que honestamente, no tenía idea de lo que me gustaba en lo que al sexo concernía.

Resultó que mi caso no era tan extraño después de todo, la gran mayoría de las mujeres necesitan estimulación directa en el clítoris para alcanzar el orgasmo, es más fácil logarlo a través de la masturbación (ya sea que lo haga uno o la pareja) y la mejor forma de llegar a él y poder guiar a la pareja, es experimentando con el propio cuerpo.

De regalo en mi cumpleaños número 32, mis amigas me regalaron un vibrador junto con una botella de lubricante a base de agua, y yo no pude evitar sonrojarme. No había logrado del todo acallar la voz de mi abuela o los reproches de mi madre, pero poder hablar libremente con mis amigas sobre sexo me había abierto las puertas a una nueva perspectiva sobre el tema: bien fuera en pareja o soltera, me negaba rotundamente a seguir teniendo sexo sin orgasmos.

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Los orgasmos son increíbles y una vez que los conoces no quieres dejarlos ir jamás.

*Texto adapatado del testimonio de May Gutiérrez.

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