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Papás y Mamás

Cinco cosas que aprendí llevando mis hijas al playground

Ir al parque con los hijos deja recuerdos y aprendizajes importantes
17 Feb 2016 – 4:31 PM EST

Después de que me quedé sin trabajo ‘full time’ pasó un tiempo entre que me pude organizar y adaptar a la nueva rutina de estar en la casa tiempo completo.

Por un lado, estaba absolutamente feliz de tener la posibilidad de pasar más tiempo con mis hijas y de poder hacer más cosas con ellas, y en especial de no estar corriendo de un lado para otro intentando llegar al trabajo a tiempo, a casa tiempo, para que la niñera se fuera y yo me conectara de nuevo para seguir trabajando.

Pero por otro lado, tenía la incertidumbre y un poco de angustia de pensar qué haremos ahora con un solo ingreso (el de mi esposo) y con todos los gastos que significan criar hijos en New York. Y también me preocupaba mi vida social: mis únicos amigos cercanos eran mis colegas del trabajo.

Poco a poco me fui ajustando a la rutina de trabajar desde la casa ‘part time’ y de pasar el resto del día con mis hijas. Todavía hoy le doy las gracias a mi esposo y a mis padres por permitirme esa experiencia. Al fin y al cabo los hijos crecen tan rápido, que la oportunidad de verlos crecer y acompañarlos en ese proceso es una de las mejores cosas que tiene la vida.

¿Y qué tiene que ver el playground con todo ésto?

El parque o playground se convirtió poco a poco en el centro de mi vida social. Al principio me pasaba las horas con mis hijas corriendo detrás de ellas, y asegurándose que no se lastimaran en el tobogán o en los columpios. Poco hablaba con otros padres o niñeras. Prácticamente eran conversaciones monosílabas: hi, yes, bye.

Con el paso de los meses, empecé a entablar comunicación con otros padres y en un año, prácticamente, el playground se convirtió en el lugar donde no sólo mis hijas socializan, sino yo también.

El año pasado llegué a pasar un promedio de 2 horas por día en el parque, cuando el tiempo lo permitía, por supuesto. Un sábado, recuerdo, rompimos el récord con 5 horas y media. (en las que hice nuevos amigos, hablé con ya conocidos y hasta terminamos celebrando un cumpleaños de un nene al que no conocíamos y que ahora es ya amigo ‘de la casa’).

Con tanto tiempo en el parque, aprendí algunas cosas que les comparto ahora:

1. No hay nada mejor que estar ‘presente’: viendo a mis hijas y a todos los chicos jugar en el parque, cada día, me ayudó mucho a entender la importancia de estar presente. No hay mejor modelo para aprender sobre el presente que los chicos, en especial los más pequeños. Ellos juegan, saltan, se divierten, lloran y vuelven a sonreír mientras juegan en el parque. No se preguntan qué harán después o por qué no fueron a otro parque, o si el fin de semana lloverá. No se angustian pensando qué se pondrán mañana, o qué le regalaron a mi amiga para el cumpleaños. Cuando es su hora de jugar, juegan. Y ese poder que tienen de ‘estar presente’ es maravilloso.

2. No estoy sola: la maternidad suele tener un gran impacto en la vida social de las mamás. Personalmente, me he sentido un tanto sola muchas veces, en parte porque a veces siento que con el acento pocos me entienden o que las otras mamás ya tienen su vida hecha. Pero en el parque conocí decenas de mamás y papás con acentos, nacidos en países tan lejanos como el mío, con historias similares. Y con el tiempo, de ser amigos del parque pasamos a ser amigos de salidas, karaokes y cenas.

3. Los niños necesitan jugar, no importa la edad: sí, seguramente esto lo sabe todo el mundo, pero todos los días hay cientos de chicos que no pueden jugar por muchas razones. Ttienen muchas actividades programadas, no tienen a nadie que los lleve al parque, están enfermos, o viven en sitios donde no hay playgrounds o parques para llevarlos. Hay días en los que ir al parque no es de mi interés, pero se, porque lo puedo ver, lo importante que es para mis hijas correr, saltar, interactuar, estar al aire libre y, para mí también.

4. Para mis hijas, no hay nada como el playground: no importa si vamos a la playa, al museo o a una obra de teatro, la pregunta del día siempre suena así: ¿podemos ir al parque ahora?. Para ellas el día no está completo si no pasan aunque sea algunos minutos haciendo sus ‘monkey bars’ o al menos corriendo o pintando con tizas en el piso de playground. Recuerdo la última visita a Argentina, tras un viaje de 10 horas en avión, apenas aterrizamos a los 7:00 am, las dos me preguntaron: ¿podemos ir al parque ya mamá?.


5. Jugar también es bueno para los adultos: algunos días el sólo hecho de tirarme en el tobogán con mis hijas me cambió el humor. El hecho de mojarnos un rato en las fuentes de agua nos ayudó a tener una tarde mejor. Jugar, al aire libre, sin tantas reglas ni competencia, es simplemente una forma de acercarnos a nuestros hijos y a esos ‘aventureros’ que llevamos adentro.


Definitivamente,en la era de las tabletas hechas para bebés, los drones para niños, los teléfonos inteligentes, los televisores gigantes y el alcance de social media, jugar, ir al playground y ver a mis hijas saltar en la rayuela o andar en sus patinetas sigue siendo uno de mis momentos favoritos del día, y uno de los que más me enseña sobre la vida.

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