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Cuba

Las viejas casas cubanas ya no resisten otra tormenta

Irma azotó el litoral cubano, afectando a 13 de sus 15 provincias y dejando una decena de muertos. Pero además, volvió a poner al descubierto el talón de Aquiles de una isla acostumbrada a lidiar con los ciclones con eficacia y agilidad: una crisis de la vivienda protagonizada por el mal estado de más de un millón de casas. Con cada tormenta que pasa, miles de nuevos inmuebles se suman a este parqué de hogares vulnerables a huracanes virulentos cada vez más frecuentes. Mientras, algunos se preguntan: ¿cómo construir casas más resistentes o arreglar las que hay a pesar de la escasez y las trabas burocráticas del gobierno?

Por Elaine Díaz Rodríguez

Los albañiles Ramón Medina y Rolando Sarmientos son las únicas personas autorizadas a trepar la docena de viviendas que perdieron sus techos en el consejo popular Simón Bolívar tras el paso de Irma. Estamos en el municipio Yaguajay, en la provincia de Sancti Spíritus. Aquí, el gobierno está dando a los afectados por la tormenta tejas de fibrocemento para que rehagan sus viviendas. Las pueden pagar por crédito o subsidios.

Irma removió los escombros de antiguos derrumbes que no habían sido recogidos como este en Centro Habana Getty

Ninguno de estos dos hombres ha reparado todavía su hogar. Las autoridades ya han asignado los materiales a Rolando, cuya casa sufrió desperfectos en el techo, pero él ha preferido ceder su turno a otros. “Yo no los he cogido. Vivo solo y he ido cediéndolos a los más necesitados”, dice. “Hemos ido a todas las casas a ayudar a los vecinos”. El gobierno cobra 5,505 pesos (225 dólares) por los materiales subsidiados y su salario no le alcanza: gana 225 pesos (9 dólares) mensuales. Ha pedido un crédito para poder pagar.

Ha pasado un mes desde el huracán y Ramón sostiene la escalera mientras Rolando quita las pocas tejas que no se desprendieron del techo de su vivienda. La casa donde vivía Ramón es una de las 14,657 que se derrumbaron, según la prensa local. Este hombre, veterano de la guerra de Angola y albañil de profesión, habitaba una estancia de cuatro metros cuadrados: paredes de madera, piso de tierra y techo de tejas. Allí tenía una cama, una mesa sin sillas, un fogón y pocas cosas más. Su hogar no estaba ni siquiera a prueba de lluvias, mucho menos de ciclones.

Como sucede con cada tormenta que pasa, Irma ha agravado la crisis de vivienda que sufre Cuba, donde más de un 1,170,000 hogares estaban en estado regular o malo antes del huracán. Se trata del 39% del fondo habitacional existente (estimados de otras fuentes aumentan este porcentaje hasta el 60%). En 2012, Sandy dejó unas 150,000 casas dañadas y más de 17,000 derrumbes en las provincias de Santiago de Cuba y Holguín; en 2016, Matthew afectó otras 42,338 en Guantánamo.

El estado de la vivienda es el talón de Aquiles de un país cuya eficaz gestión de los huracanes suele ser alabada. La concesión de subsidios para reparaciones es una de las medidas más importantes tomadas en la última década para tratar de paliar el problema y proteger a familias desfavorecidas, en particular a las víctimas de desastres naturales. En junio de 2017, más de 53,000 personas habían culminado reparaciones a sus viviendas gracias a los subsidios.

Sin embargo, existen varios problemas: irregularidades en el otorgamiento de los fondos, discrepancia entre el precio del material y la cantidad de las ayudas otorgadas, desabastecimiento, incumplimiento de los contratos y trabas burocráticas de las instituciones implicadas. El resultado: Las labores de construcción terminan retrasándose. En algunos casos, los edificios que no son bien reparados vuelven a derrumbarse.

Así quedó la vivienda de Pedro y Yolanda tras el paso del huracán Irma Jorge Ricardo

El caso de Yolanda Medina y Pedro Rodríguez ilustra algunos de estos problemas. A su casa en el consejo popular Simón Bolívar de Yaguajay, en la provincia de Sancti Spíritus, entramos caminando sobre lo que fueron las paredes del portal, de la sala, de la saleta y de los dos cuartos. Los restos de concreto y madera se confundían en el suelo. Lo primero que se veía y lo único que quedó en pie era la cocina. Lo demás había sido acondicionado para que se pudiera vivir en el lugar: un cuarto improvisado para dormir, un baño, otro cuarto donde guardar las cosas que se salvaron del huracán. Las paredes estaban hechas con las tejas y los pedazos de madera que el gobierno entregó para reparar el tejado en septiembre de 2017. Pero sin paredes, ¿dónde iban a poner el techo?

Yolanda y Pedro no evacuaron el día que las autoridades locales vinieron a buscar a las familias que habitaban en viviendas en mal estado: ambos creyeron que su casa resistiría. Al día siguiente se fueron a un refugio donde permanecieron durante cinco días.

La prensa local reportó más de 2 millones de evacuados en toda la isla y 244,000 en Sancti Spíritus. Los afectados se trasladaron fundamentalmente a casas de otras familias en mejores condiciones, pero donde viven Pedro y Yolanda simplemente no las había. Al día siguiente del ciclón, Yolanda supo que quedaba poco de su vivienda.

Si la hubiera podido reparar, como lleva intentando hacer desde hace 5 años, ésta probablemente no se hubiera caído. En 2012, pidió un subsidio al gobierno para ello, pero el proceso se acabó convirtiendo en una pesadilla burocrática. “Pagamos el dictamen técnico del arquitecto, que fueron como 250 pesos, los sellos y todo lo demás”. Primero les dijeron que la ayuda estaba aprobada. Y luego que el expediente se había perdido. No fue hasta 2016 cuando la presidenta de su Consejo Popular lo recibió en la Oficina de Atención a la Población para hablar de su caso. En el Instituto de Planificación Física le explicaron que el expediente ya había sido aprobado. “Parece que alguien cogió mi subsidio e hizo otra casa”, dice. Este tipo de desvío de recursos es común en casi todos los procesos de asignación de ayudas estatales.

Cuando Pedro pidió el subsidio, su plan era utilizarlo para reforzar las paredes, comprar persianas y puertas y hacer el piso. Varias casas aledañas que sí recibieron fondos no solo resistieron el huracán, sino que sus habitantes no tuvieron que ser evacuados: “Ahora es peor”, dice. “Ahora que el ciclón me la tumbó sí van a tener que hacer la casa”.

Residentes caminan por una calle inundada de La Habana, el 10 de septiembre de 2017. AP

Aunque el estado de las viviendas constituye el punto más débil de Cuba, la respuesta del gobierno a los desastres naturales suele ser rápida y hasta cierto punto eficiente comparada con otros países de la región.

Dos días después del paso de Irma, más del 50% de los sistemas de abasto de agua estaba funcionando. En menos de seis días, cerca del 87% de los clientes cubanos tenía electricidad a pesar de que la mayoría de las termoeléctricas cubanas, responsables del 74% de la generación de corriente que demanda el país, se encuentran en la costa norte, justo en la zona por donde pasó Irma.

Las clases se reiniciaron en menos de 15 días, aunque hubo daños parciales en 2,186 escuelas. Y La Habana, que amaneció con 1,5 millones de metros cúbicos de desechos sólidos en sus calles, contó para su limpieza con 19,000 empleados de servicios comunales a los que se sumaron brigadas de las Fuerzas Armadas, la Marina, reclusos y otros trabajadores estatales.

Al mismo tiempo, enseguida se abrieron 35 procesos penales por especulación y acaparamiento, actividades económicas ilícitas, robos con fuerza, hurtos y desacato a las autoridades ocurridos durante el huracán. Esto incluyó a las administraciones de establecimientos estatales que no resguardaron los recursos materiales. También a los trabajadores de centros estatales que cobraban por recargar móviles o que vendieron agua fría aprovechando el acceso a plantas eléctricas.

Después de contabilizar los daños, el gobierno decidió que el Estado financiara la mitad del precio de los materiales de la construcción a las familias damnificadas. También asumió la mitad del costo de bienes de primera necesidad como los colchones, productos de aseo e higiene, equipos de cocción y ajuares de casa.

Así, Yolanda y Pedro recibieron una sábana, una toalla, un pomo de detergente y dos jabones. El módulo de aseo les costó 82 pesos (3.5 dólares). Además, el gobierno les otorgó utensilios de cocina: un fogón, un sartén, un jarro y un caldero a un costo de 250 pesos (10 dólares).

La pensión de Pedro asciende a 200 pesos (8 dólares). Yolanda perdió su empleo en el monumento a Camilo Cienfuegos que hay en el pueblo tras una reducción de plazas hace más de cinco años. Si no hubiera sido por sus hijos, que vendieron un cerdo, no habrían podido pagar esta “ayuda”.

Se prevé que huracanes como Irma sean la nueva norma en el Caribe. El gobierno lo sabe; por eso elaboró un plan llamado ‘Tarea Vida’ que pretende sentar las bases para lidiar con el cambio climático y los desafíos que plantea: sequía, aumento del nivel del mar, inundaciones en zonas costeras y salinización de los suelos.

Entre otras cosas, el plan prohíbe la construcción de nuevas viviendas en zonas costeras y exige levantar infraestructuras resistentes a inundaciones (sobre todo hoteles) en las mismas. También propone adaptar las actividades agropecuarias a los cambios provocados por la elevación del nivel del mar y de la sequía y planificar procesos de reordenamiento urbano de los asentamientos más desprotegidos. Entre los territorios cubanos más vulnerables al cambio climático se encuentran los situados al sur de las provincias de Artemisa y Mayabeque, el litoral norte de La Habana y su bahía, Varadero y sus corredores turísticos, los cayos de Villa Clara, Ciego de Ávila y Camagüey y el litoral norte de Holguín.

Las proyecciones futuras indican que la elevación del nivel medio del mar puede alcanzar hasta 27 centímetros (10.6 pulgadas) en 2050, y 85 (33.4 pulgadas) en 2100. Esto provocará la paulatina pérdida de la superficie emergida del país en las zonas costeras bajas, así como la salinización de los acuíferos subterráneos abiertos al mar.

En la costa norte de Matanzas, la casa de playa de Sonia Paz aún se mantiene en pie tras el paso de Irma. La fuerza de las olas barrió la mayoría de las viviendas de veraneo hechas de concreto que tienen los pobladores de la ciudad de Matanzas. Rosendo Rodríguez, uno de los pocos residentes permanentes y cuidador de muchas de estas casas, cuenta que “las rachas de vientos se llevaban los techos y el agua del mar entraba por todos lados”.

Es probable que estas viviendas, que solo se ocupan durante las vacaciones, no se puedan reconstruir de acuerdo con las regulaciones urbanísticas vigentes. Pero, para quienes habitan de manera permanente en las zonas más vulnerables, cómo edificar hogares más resistentes es un desafío cotidiano.

Para tratar de responder a esta pregunta, desde el año 2009, un grupo de estudiantes y profesores del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría de La Habana desarrolla un proyecto de construcción de viviendas para zonas proclives al paso de huracanes. Su propuesta abre un camino a una nueva forma de construir en la isla.

“Diseñamos un modelo de bajo costo, seguro y sostenible, basado en las tecnologías y los materiales disponibles en Cuba y Haití”, explica el ingeniero civil Iván Martínez.

Rosendo, que cuida de muchas casas de la costa norte de Matanzas, cuenta que “las rachas de vientos se llevaban los techos y el agua del mar entraba por todos lados” Jorge Ricardo

El diseño de la casa se centra en torno a una habitación protegida con un sistema de bovedilla y vigas de hormigón. La experiencia ha demostrado en Cuba que un techo de hormigón disminuye drásticamente el riesgo de daños, incluso en huracanes de categoría 5, mientras que el zinc y las tejas son más vulnerables. “La etapa inicial o ‘casa de semillas’ incluye una habitación de refugio y otra adicional. Las etapas posteriores tienen habitaciones que rodean al refugio, lo que lo hace aún menos vulnerable”, explica. Las familias tendrían la posibilidad de ampliar la vivienda según sus recursos disponibles y necesidades.

Cada una de estas casas costaría aproximadamente 9,000 dólares, según la estimación de Martínez: el uso de materiales más rentables y disponibles en la isla reduciría su precio. También se ahorraría en reparaciones, reconstrucciones y costos de evacuación durante tormentas.

Sin embargo, el prototipo de los investigadores no ha parecido interesar al gobierno. “El problema es que se construye mal y rápido para dar soluciones temporales”, dice Martínez. “Por eso las casas se vuelven a caer”.

Mientras, en Yaguajay, los albañiles Ramón Medina y Rolando Sarmientos siguen arreglando los tejados de sus vecinos que Irma destruyó. Cuando se les pregunta a si creen que su trabajo aguantará al siguiente huracán de categoría 5, su respuesta es ‘no’. No porque ellos trabajen mal, dicen, sino porque no disponen de los recursos necesarios. “Con una puntilla no se asegura un techo”, dice Ramón.

Un especial de Lorena Arroyo, Nacho Corbella y Esther Poveda
Todos los créditos

Proyecto: Univision Noticias

Textos: Lorena Arroyo, Elaine Díaz Rodríguez (Cuba)

Video: Nacho Corbella, Esther Poveda, Almudena Toral, Andrea Patiño, Laura Prieto, José Luis Osuna, Mauricio Rodríguez-Pons, Ricardo Weibezahn

Diseño y desarrollo: Juanje Gómez

Coordinación: Nathalie Alvaray, Selymar Colón, José López

Fotografía: Nacho Corbella, Esther Poveda, Lorena Arroyo

Edición de textos: María Sánchez Díez

Datos: Ronny Rojas, Dilia Márquez, Antonio Cucho

Redes sociales: María Carolina Hurtado, Esther Poveda, Nacho Corbella, Ricardo Weibezahn

Producto digital: Daniela Jaramillo

Traducción: Julie Schwietert Collazo, Melvin Félix

Edición de textos en inglés: David Adams, Jessica Weiss, Mónica Isola

Apoyo: Maye Primera, Inger Díaz, Alejandra Vargas, Patricia Clarembaux, Patricia Vélez, Carmen Graciela Díaz, Luis Velarde, David Maris, Angélica Gallón