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De migrantes a refugiados: el nuevo drama centroamericano

Belice tiene miedo

Un texto de Carlos Martínez
Belice tiene un territorio de 22,966 kilómetros cuadrados, 2,000 kilómetros cuadrados más grande que El Salvador, pero con una población veinte veces menor. Está compuesto mayoritariamente por selva. Una vez terminada la guerra civil en El Salvador, los campos de refugiados se convirtieron en aldeas y los salvadoreños recibieron la nacionalidad beliceña. Desde el año 2015 las autoridades han registrado ingresos masivos de salvadoreños y hondureños, que huyen sobre todo de la amenaza de las pandillas MS-13 y Barrio 18. Víctor Peña / El Faro
Los puntos fronterizos son vulnerados a diario por los centroamericanos. El viejo puente de madera divide a dos países, una línea imaginaria perpendicular a un camino lodoso, que conecta la aldea Jalacté, en el distrito de Toledo, en el sur de Belice, y la aldea Santa Cruz, en el municipio de San Luis, del departamento guatemalteco de Petén. Este es un paso vigilado por un comando del Ejército beliceño que hace la vista gorda al paso constante de indocumentados; no hay estimados oficiales sobre cuántos ingresan a diario a Belice. Víctor Peña / El Faro
Arenal Village es otro punto fronterizo que parte en dos esta cancha de fútbol: una portería está del lado beliceño y la otra en el lado guatemalteco. Para jugar en este campo es necesario infringir las leyes migratorias durante todo el partido. Arenal Village es una aldea de 300 familias, una escuela vieja de madera y una estación de policía donde dormitan cuatro agentes policiales acostumbrados al tránsito permanente desde y hacia Guatemala. Víctor Peña / El Faro
Ezequiel Hernández y José León huyeron de El Salvador en la década de los 80, debido a la intensidad de la guerra civil. Son de las primeras generaciones de salvadoreños que habitaron el campo de refugiados que luego se convirtió en la aldea Valle de Paz. Aunque tienen la nacionalidad beliceña, se consideran salvadoreños. Hace 20 años que no vuelven a su país natal, al que temen debido a las noticias que dan cuenta del nivel de violencia cotidiana en que vive envuelto. Vieron crecer su aldea, desde que era solo una porción salvaje de selva. Dedican su día a la agricultura de subsistencia. Víctor Peña / El Faro
El auge de la industria bananera es muy fuerte en los distritos de Stann Creek y Toledo, al sur de Belice. La aldea Bella Vista se creó para albergar a los trabajadores de las bananeras, en su mayoría salvadoreños. La vida de la aldea está ligada íntimamente a las fincas de banano, donde los centroamericanos surten la mano de obra, con remuneraciones de 30 dólares beliceños (unos 15 USD), por jornadas de hasta 12 horas. Las fincas bananeras pueden gestionar permisos de trabajo para los indocumentados, que solo sirven para trabajar allí. Las fincas suelen retener el pasaporte de los jornaleros hasta que paguen el costo del trámite de sus papeles. El alcalde de Bella Vista, Juan Martínez, se refiere a esto como una forma de esclavitud moderna. Víctor Peña / El Faro
En la aldea de Bella Vista –la más grande del sur de Belice- el alcalde se jacta de que apenas viven dos familias de “morenos”, como se refieren los centroamericanos a los afrodescendientes; asegura que la aldea que dirige es completamente “latina”. Esta comunidad de 7,000 habitantes —entre descendientes de familias hondureñas guatemaltecas y salvadoreñas— teme que el nuevo éxodo de centroamericanos termine sobrepoblando la aldea y trasladando el fenómeno de pandillas a Belice. Víctor Peña / El Faro
Juan Martínez, el alcalde de Bella Vista, estableció un toque de queda en su comunidad. La desaparición de unas bicicletas y la llegada de un joven tatuado los obligó a tomar medidas. Encapuchar el rostro del sospechoso, darle trompadas y toques eléctricos el cuerpo no fueron suficiente para que confirmara los rumores que corrían en la aldea: que supuestamente pretendía matar al edil. Luego de esto, fue entregado a la policía. Víctor Peña / El Faro
Un grupo de niños juegan luego de terminar sus clases en la ciudad de Belice. Con la llegada masiva de centroamericanos desde 1980, el predominio de los “criollos” como etnia mayoritaria, fue cediendo espacio a los “españoles”, “latinos”, “mestizos” o “centroamericanos”, que son ahora el grupo mayoritario en Belice. Sólo el 40 % de su población conserva los rasgos criollos (afrodescendientes). Mayas, garífunas, coreanos, chinos y menonitas complementan el complejo arcoíris de razas y culturas en Belice. Víctor Peña / El Faro
El río Mopán marca la línea fronteriza entre Melchor de Mencos (Guatemala) y Benque Viejo (Belice). Este río es atravesado a diario por centroamericanos indocumentados que intentan ingresar a Belice. Del lado guatemalteco se ha creado ya un pujante mercado de “coyotes” que se dedican a cobrar por mostrar puntos ciegos a los migrantes. El cruce puede costar entre 100 y 300 dólares. Los coyotes gritan su oferta en público para conseguir clientes. Uno de ellos comentó que suelen contratarlos familias enteras que tratan de cruzar el río, huyendo de la violencia. Víctor Peña / El Faro
La Cabaña es el centro de distracción para salvadoreños en Belmopán, la capital beliceña. Sus dueños son una pareja de salvadoreños que, en medio del conflicto armado huyeron del departamento de La Libertad y buscaron refugio. La pareja protagonizó el único enfrentamiento a balazos con la policía que se recuerda en Belmopán. La policía los acusaba de narcotraficantes pero no pudo demostrarlo en un juicio. La Cabaña es un punto de concentración de las aldeas Salvapán, Las Flores y San Martín, ubicadas en la capital. En estos asentamientos algunos jóvenes han adoptado la iconografía de las pandillas. Sin embargo, las autoridades beliceñas insisten en que son simples imitadores. Víctor Peña / El Faro
A orillas del río Mopán, en la parte posterior de la terminal de buses de Benque Viejo del Carmen alguien pintó este “placazo”: un grafiti que anuncia la presencia de la pandilla Barrio 18. Este tipo de marcas son usuales en Guatemala, El Salvador y Honduras, en los territorios controlados por la pandilla. Lo relevante de esta marca es que lleva la firma de una supuesta “clica” o célula beliceña de esta organización criminal: “Benqueños”. De ser así, eso indicaría que la pandilla ha conseguido crear al menos una estructura local en Benque Viejo. Sin embargo, los pobladores consideran que estas señales son travesura de niños imitadores, y asumen que la policía los tiene controlados. Víctor Peña / El Faro
Rafael (nombre ficticio) es salvadoreño y tiene 30 años. En el año 2014, el Barrio 18 asesinó a su hermano y a su primo en el departamento de Cuscatlán, acusados de pertenecer a la MS-13. Temiendo por su vida, se mudó de municipio en dos ocasiones, pero fue descubierto y amenazado por la pandilla. Finalmente, a inicios de 2017, Rafael escapó junto a su esposa y un hijo de cinco años hacia Belice. Su esposa dio a luz a una niña en febrero de este año. Él actualmente se dedica a la crianza de cerdos, en el distrito de Orange Walk, al norte de Belice. Víctor Peña / El Faro
"Hay jóvenes que entran a Valle de Paz y no se reportan porque son pandilleros, que huyen porque algo deben en su país", comenta Juan Arias, alcalde de la aldea Valle de Paz. Este lugar fue originalmente un campo de refugiados, fundado en 1984 por familias salvadoreñas que escapaban de la guerra civil. Finalizada la guerra, Valle de Paz se convirtió en una aldea beliceña y sus habitantes fueron nacionalizados. A pesar de hablar español y considerarse salvadoreños, las nuevas generaciones temen a los recién llegados y les llaman –con cierto desprecio- “los salvadoreños”. En la fotografía un grupo de chicos beliceños, hijos de exrefugiados salvadoreños, esperan pupusas en Valle de Paz. Víctor Peña / El Faro
"Aquí la policía te extorsiona y te chantajea, los patrones te explotan, te pagan una mierda y te amenazan con denunciarte por ser ilegal, pero nadie te quiere matar", exclama un salvadoreño de 20 años, que huyó de las amenazas del Barrio 18. A su lado un hondureño de 24 años, quien logró librarse de la muerte en el departamento de Cortés, responde: "Si yo vuelvo a mi país, me parten en pedazos". Víctor Peña / El Faro
Camino al distrito Toledo, un hombre muy denso repara unas llantas. Es su nueva forma de subsistir en suelo beliceño desde que pidió refugio en mayo de 2016. "Los que me amenazaron y echaron de Honduras tienen la capacidad para venir a buscarme hasta aquí y asesinarme." Víctor Peña / El Faro
La lectura del texto dura unos 60 minutos. Si lo prefiere puede escucharlo:
Narrado por Carlos Martínez

1 Poli bueno, poli malo

Aporreó el escritorio con sus manazas de boxeador y me miró fijo a los ojos:

—¡Soy el detective Chuc!

Luego se quedó esperando una respuesta –como si hubiera algo que responder a aquello– con las manos apoyadas en el escritorio y con la mirada más intimidante que consiguió ejecutar.

La presencia del detective Chuc llenaba hasta el último rincón de aquella oficina apretujada, llena hasta el copete de cosas, papeles, polvo, que parecían haber estado ahí desde siempre. La oficina está en el segundo piso de la estación fronteriza de Benque Viejo, a la que la policía beliceña nos llevó para interrogarnos, luego de detenernos cuando tomábamos fotos a orillas del río Mopán.

—Buenos días, detective, somos periodistas de El Salvador, mi nombre….

Y contamos, por tercera vez, lo mismo: que éramos periodistas, que estábamos haciendo una investigación sobre centroamericanos que se refugian en Belice y que caminábamos a orillas de aquel río porque sabíamos que por ese río atraviesan muchos indocu…

—¿Y tienen permiso para eso? —interrumpió el detective Chuc, siempre con sus manos en el escritorio.

—Tenemos visa, estamos legales en Belice y ese lado del río es de Belice, así que pensamos que es legal caminar por ahí.

La placa de un agente de policía en la oficina donde trabaja el detective Chuc. Almudena Toral / Univision

—Para tomar fotos y para hacer reportajes, ¿tienen permiso? —volvió Chuc.

—Belice no requiere visa especial a periodistas —respondió Víctor, el fotoperiodista.

—¿Quién les dijo eso?

—La funcionaria de la embajada de Belice en El Salvador.

—¿Tienen un documento de eso?

—¿Cómo vamos a tener un documento que diga que no se necesitan documentos?

Y el detective Chuc volvió a hundir la mirada en nuestros pasaportes, con una ira teatral. Entonces decidí jugarme la carta del respeto a la libertad de prensa, anuncié que aquella situación me parecía un agravio y rematé probando: “Bueno,si no saben decirnos qué delito hemos cometido, ¿por qué nos han arrestado?”. El sargento George Ayala, que había estado sonriente en un rincón de aquel cuartucho, jugueteando con el cuchillo que me habían decomisado, se puso sus lentes oscuros antes de responderme con una sonrisa: “¿Quién les ha dicho que están arrestados?” Esta es la mía, pensé: “Entonces nos vamos de aquí ya mismo”. Pero el sargento George Ayala me detuvo con un gesto: “No están arrestados: están detenidos”. El detective Chuc, hombre de menos palabras, se limitó a cerrar nuestros pasaportes y se largó de la oficina con ellos.

El sargento George Ayala quedó sentado en su rincón, jugueteando con mi cuchillo, con la sonrisa del vencedor en la cara e intentando no salirse de su papel de poli bueno: “Él tiene que investigar si no son espías, ustedes tranquilos”. Y nosotros nos fuimos acomodando en nuestras sillas cada vez más intranquilos.

Sin saberlo, fuimos detenidos por miedo. Por un miedo que todavía no conocíamos y que comenzamos a intuir en aquella oficina. Belice tiene ratos sabiéndose rodeado de vecinos enloquecidos y temiendo que hordas de centroamericanos machacados toquen sus puertas en busca de refugio, como ocurrió más de tres décadas atrás. Belice tiene miedo de que esos centroamericanos sean portadores del virus de la locura y el miedo, se sabe, suscita reacciones diversas: ora una avalancha de burocracia, ora un alcalde que tortura con toques eléctricos a sospechosos de ser pandilleros, ora salvadoreños despotricando contra salvadoreños, por ser demasiado salvadoreños.

El sargento fue la primera persona en nuestro recorrido por Belice en pronunciar sin rodeos la nuez del asunto: Belice, los beliceños, él y la patrulla fronteriza que dirige tienen miedo de que sus vecinos infectados les vayan a pegar a ellos eso de “las maras”, algo que –intuye- se parece a una sarna pertinaz que se expande a grandes pasos. “La mayor parte de gente que viene es buena; pero otros sólo quieren escapar de cosas que hicieron en sus países y vienen aquí a esconderse y a comenzar a reclutar gente”, dijo el sargento George Ayala, aunque admitió que no sabe mucho sobre el asunto y que no estaba seguro de haber tenido delante alguna vez a algún marero.

2 Una isla equivocada

Belice es un país. Aunque si uno lo googlea parezca un arrecife de coral, o una islita de náufrago con una palmera perfecta o un buzo gringo con la máscara puesta y la señal de la victoria en las manos, Belice es un país.

A pesar de que su capital, Belmopán, no haya visto nunca un atasco de tráfico, o un Mc Donald’s y conoció un semáforo por primera vez en 2017. Aunque el cargo de alcalde sea ad honorem. Aunque el Ministerio del Interior sea una oficina en el segundo piso de un edificio de oficinas, en cuya puerta se lee “Ministry of Home Affairs” en una página de papel bond pegada con cinta adhesiva, Belice es un país. Lo es aunque en todas sus monedas aparezca impresa la cara de una mujer que todavía vive y que es famosa por ser la reina –la reina– de otro país; aunque sea una enorme y exuberante selva tropical de casi 23,000 kilómetros cuadrados en la que cuesta encontrar a sus 380,000 habitantes; aunque su idioma oficial no sea el más hablado por los ciudadanos; aunque todavía en 1980 era colonia británica… Belice es un país. Uno muy bonito, por cierto.

Un billete de diez dólares beliceños. Andrea Patiño Contreras / Univision

Belice parece una isla cuyo destino fue flotar en el Caribe turquesa y terminar varada en América Central, tierra de repúblicas más o menos democráticas, donde es el único país en definirse como una “monarquía constitucional parlamentaria” y el único en reconocer a la reina Isabel de Inglaterra como su soberana. Es también el único cuya lengua oficial es el inglés, aunque la mayoría de sus ciudadanos prefieran hablar el día a día en kriol: una lengua criolla, cuyos orígenes se remontan al revoltijo lingüístico de los esclavos africanos.

Belice lleva a regañadientes eso de ser país centroamericano. Los beliceños llaman a sus vecinos indistintamente “spanish” o un lejano “centroamericanos”. En la guía turística gratuita que ofrecen en sus fronteras, describen a las poblaciones que conforman aquel país: los mayas, creoles, mestizos, garífunas, indios –de la India–, árabes, chinos, menonitas y centroamericanos; de estos últimos le dice al turista: “donde quiera que vayas escucharás hablar español, debido al gran número de personas provenientes de países centroamericanos que han migrado a Belice durante años, en la búsqueda de nuevas oportunidades y de un estilo de vida más pacífico”. En la búsqueda de un estilo de vida más pacífico. Palabras más o palabras menos, de entrada la guía turística oficial presenta a los vecinos como refugiados. Y tiene razón.

La aldea Armenia, ubicada a 20 kilómetros de Belmopán, la capital beliceña, es un asentamiento a la orilla de la carretera que conduce al sur del país. En esta aldea las historias sobran cuando se habla de amenazas. Una nueva generación se ha establecido para solicitar asilo debido a las amenazas de pandillas y del crimen organizado en sus países de origen. Víctor Peña / El Faro

Los centroamericanos, particularmente los que llegan de esa geografía temible conocida como el Triángulo Norte –Guatemala, El Salvador y Honduras–, históricamente han llegado a Belice huyendo de sus países. En los 70 y 80, los que escapaban de las guerras civiles fueron entrando a hurtadillas a aquella selva donde sobraba espacio para sembrar maíz y para sobrevivir, hasta que la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) decidió intervenir y creó campamentos de refugiados que con el tiempo se convirtieron en aldeas beliceñas como Valle de Paz o Armenia. Terminadas las guerras civiles, el gobierno beliceño dio a los exrefugiados la opción de regresar a sus países o de convertirse en beliceños. La mayoría decidió quedarse y contarles a sus hijos –nacidos en Belice– la historia del país de sus abuelos, donde hubo una guerra y al que es preferible añorar de lejitos.

En los 90, ACNUR dio por cerrado su trabajo y el gobierno beliceño respiró aliviado por haber pasado la página del episodio de los refugiados centroamericanos. Hasta que en 2009 las cosas comenzaron a torcerse de nuevo y Belice comenzó a recibir alguna solicitud de refugio y luego otra y otra y otra. Para 2014 las autoridades beliceñas ya habían levantado una ceja. Pero no fue sino en 2015, año en que El Salvador se convirtió en el país con mayor tasa de homicidios del mundo, cuando el problema estalló y las autoridades beliceñas hicieron lo que normalmente hacen los políticos cuando están asustados y no saben qué hacer: meter toda la mierda que puedan debajo de la alfombra y esperar que nadie lo note.

El mercado central de Belmopán es la fotografía más clara sobre la presencia de centroamericanos en tierra beliceña, quienes controlan la mayoría de negocios en el corazón de la ciudad. Víctor Peña / El Faro

3 El juez y el río Mopán

Desde hace una década, el juez Coldman Scott llega cada día a las 5 de la mañana a la frontera de Benque Viejo, que es la principal puerta para los centroamericanos que entran –legales– a Belice. Una frontera como cualquier otra en la región: un sol que no tiene madre, agentes migratorios petulantes, cambistas de moneda que corren en jaurías y los colegas del juez Coldman Scott, que llegan todos muy temprano a esperar clientes en la frontera.

“Aquí pasa el que quiere. Desde las cinco de la mañana usted puede ver a gente que en lugar de pasar por la frontera se atraviesa el río Mopán y sale corriendo por un extravío. Familias enteras salen de ahí todos los días”, nos dijo el juez, señalando la orilla del río.

El juez Scott fue el primero en explicarnos que los centroamericanos que entran ilegales no tienen ninguna posibilidad de obtener refugio en Belice, por muy trágica que sea su tragedia… pero que malvados coyotes guatemaltecos los engañan haciéndoles creer que no los dejarán entrar por la frontera y que su única posibilidad es pagarles a ellos para que les muestren un cruce ilegal. El propio juez Scott ha llevado en su vehículo a familias que aparecen por los matorrales: si le pagan, él no hace preguntas. La conversación no puede seguir porque llegan nuevos clientes y es el turno de que el juez Coldman Scott trabaje, así que ayuda a una señora a acomodar las maletas y se sube a su taxi desconchado para llevar a la señora. Él es el juez de paz de Benque Viejo, que es un cargo que no demanda estudios de leyes, pero que no ofrece salario, así que el juez se gana la vida como taxista en la frontera. Otro taxista, con la dentadura casi completa, pasa mascullando en español: “El gran problema de este país son los migrantes”.

Punto de inmigración en Benque Viejo, en la frontera con Guatemala. Almudena Toral / Univision

El fotoperiodista y yo decidimos explorar la ribera del río Mopán para tomar algunas fotos y constatar si esa frontera natural es tan transitada por indocumentados como lo dice el juez Scott y en alguna mala hora me pareció buena idea llevarme un cuchillo conmigo, de esos que andan los verdaderos exploradores. Había caminado apenas unos metros por una vereda casi invisible, cubierta de la vegetación más tupida, cuando me di cuenta de que Víctor no me seguía y decidí volver solo para encontrarlo rodeado por la border patrol beliceña en pleno. Un agente se llevó la mano a su arma y me pidió que le entregara el cuchillo. Nos quitaron los pasaportes y nos subieron a algo parecido a un carrito de golf 4 x 4 para interrogarnos en la segunda planta del edificio fronterizo.

4 Patrullando la frontera en un carrito de golf

Mientras el detective Chuc volvía con nuestros pasaportes, el sargento George Ayala nos aconsejaba ser más amables para evitarnos problemas y nos prometía que si todos nuestros documentos estaban en orden, y pedíamos los permisos adecuados, él mismo nos podía dar un tour a orillas del río e incluso podíamos verlo en acción, atrapando migrantes indocumentados. Nos contó que él siente mucha empatía con esos que viajan, porque su madre es guatemalteca: “A veces vienen todos apestosos, porque no tienen ni dinero para comprarse desodorante, porque todo el dinero se lo han dado al coyote en Guatemala”, dijo, como muestra de empatía.

Un oficial de migración al lado del carro que las autoridades beliceñas utilizan para recorrer la frontera. Almudena Toral / Univision

El sargento es el jefe de la border patrol en la frontera de Benque Viejo; recorre todos los puntos ciegos que alcanza con su carrito 4 x 4, pero admite que su labor es más bien simbólica porque toda la patrulla fronteriza son solo cuatro personas: el detective Chuc y él, más dos agentes que deben turnarse para patrullar y para brindar seguridad en la frontera. A veces se sientan en una silla de plástico a orillas del río, a esperar que pase un indocumentado, o se suben al segundo piso del edificio a ver si consiguen ver alguno corriendo. Pero más que nada andan en el carrito –el único con el que cuentan– patrullando muy cerca del edificio, que tampoco está el carrito como para andarse alejando mucho.

El detective Chuc volvió a entrar a la oficina, bufando como un toro. Y se dedicó a fotografiar nuestros pasaportes sin decir una palabra, hasta que se cansó de tomarles fotos y nos los entregó diciendo que nos podíamos ir, pero que no nos quería ver nunca más cerca de ese río. Acto seguido nos dijo que cualquier cosa que necesitáramos le llamáramos y nos apuntó su número de celular en la libreta, al lado del número del sargento George Ayala y nos dio la mano mirándonos como si fuera a matarnos. Era su manera de ser amable. Cuando nos íbamos, el sargento George Ayala me devolvió mi cuchillo, pero me advirtió que era ilegal después de las 8 de la noche.

Punto de vigilancia en la ribera del río Mopán, en la zona fronteriza de Benque Viejo. Este es en realidad un punto de vigilancia meramente simbólico. Víctor Peña / El Faro

5 Una portería sin portero

Las fronteras en Belice son un decir, una película de Cantinflas, una formalidad; quizá por eso es que –en los pocos metros que consiguen custodiar– el sargento George Ayala y el detective Chuc son tan celosos.

A 40 minutos en vehículo de la frontera oficial de Benque Viejo está la aldea El Arenal, donde hay una cancha de fútbol que no se puede usar si uno quiere ser respetuoso de las leyes migratorias: una portería está en Belice y la otra en Guatemala, así que los futbolistas –al menos los delanteros– tienen que ser unos indocumentados si quieren ganar el partido. En la aldea El Arenal hay un puesto de policía, que por fuera da la apariencia de ser una villa miseria y por dentro lo confirma. Ahí los policías son menos entusiastas que sus colegas de Benque Viejo: lo único que nos costó con ellos fue despertarlos de la siesta que disfrutaba la delegación entera. Cuando aporreamos la puerta, un policía muy joven se despertó asustado de un sofá y corrió a llamar al cabo Cob, que después de ponerse la camisa nos aclaró que él no estaba ahí para evitar que la gente pasara, que para eso estaba la frontera de Benque Viejo.

Muy al sur está la frontera de Jalacté… bueno, está Jalacté, que es una aldea muy primitiva, con sus chocitas de paja regadas en unos prados salvajes. Cien metros adelante de esa aldea pasa un riachuelo de un tobillo de profundidad y sobre él un puente de madera de unos dos metros, incapaz, desde luego, de soportar el paso de un vehículo. Ese puente marca la frontera. Uno cruza de un lado a otro sin darse cuenta de que ha cambiado de país y sin que un perro le ladre.

Un puesto de soldados vigila de forma permanente aquel puentecito desde una loma. Cuando nos acercamos al puesto apareció un comandante con el cuello y la barriga de un toro junto con un escolta que parecía un niño arrastrando un fusil. El comandante nos dijo que no podíamos fotografiar la choza militar, pero que si queríamos tomarle fotos al puente, no había problema. De los refugiados, o de los sin papeles, el comandante no sabe nada, pero tampoco quiere saber. Él está ahí, dijo, para proteger a Belice de una agresión y que para lo otro ya está el departamento de migración. Un grupo de indígenas guatemaltecos atravesaba la “frontera” cargados de mercadería en sacos y canastos. Una jauría de perros los acompañaba.

La estación de policía en El Arenal, Belice. Andrea Patiño Contreras / El Faro.

Pero incluso en la frontera oficial de Benque Viejo, custodiada por Chuc y George Ayala, entrar a Belice por el edificio fronterizo es solo una de las opciones. Del lado guatemalteco aquella frontera se llama Melchor de Mencos y cualquiera diría que es el lado cosmopolita: hay un laberinto de calles y farmacias y comedores y hasta un pueblo entero con semáforos y tráfico. A Melchor de Mencos y a Benque Viejo los une un puente recio que libra el río Mopán y que a diario atraviesan muchos guatemaltecos que tienen permiso para trabajar del lado beliceño. Bajo el puente unos hombres palean arena con la que van llenando la cama de un pick up y nadie sabe a ciencia cierta si aquella es arena guatemalteca o arena beliceña.

La única compañía de autobuses que llega desde Ciudad de Guatemala hasta Melchor de Mencos es Fuentes del Norte con su servicio regular y Clase Oro, que básicamente se diferencian por el color de los asientos y la potencia del aire acondicionado. Cuando llegó a las seis de la mañana el primer bus del día –de la distinguida Clase Oro- aparcó a un lado del puente y enseguida se vio rodeado por un grupo de hombres que acosaban a los pasajeros al grito de “¡cambio y pasada!”, a todo lo que les daba la garganta. Cada vez que un pasajero conseguía salir del bus para recoger sus maletas, el enjambre lo perseguía mostrándole billetes beliceños y gritando su mantra: “¡cambio y pasada!”, hasta que de tanto acercarme al bus me lo gritaron a mí. Era un flaco con notorias ausencias en la dentadura aunque no debía tener mucho más de los 30. Le pregunté si él sabía cómo hacer para entrar a Belice sin papeles, me dijo que él daba “ese servicio”. Le conté que éramos reporteros haciendo una investigación y entonces bajó la voz: “yo los paso pero que no le vean la cámara a tu colega”. Le explicamos que no queríamos ingresar a Belice, sino solo conocer los puntos ilegales de ingreso al país. Por 35 dólares cerramos un trato para hacer el tour de los puntos ciegos, con taxista incluido.

Un basurero marca el punto de partida para muchos centroamericanos que se aventuran en Belice. Este es uno de los siete puntos por donde los coyotes pasan de forma ilegal a sus clientes, en el Barrio Suchitán, en el municipio de Melchor de Mencos, en el departamento de Petén, Guatemala. Víctor Peña / El Faro

Fue una pequeña decepción: el taxi iba bordeando la línea fronteriza y cada cierto tiempo el flaco señalaba una vereda en medio del monte que se prolongaba hasta perderse en un barranco. Luego otra, que se abría paso en medio de un basurero donde un caballo famélico pastaba bolsas plásticas. Eran toda una serie de caminos más o menos obvios que apuntaban al lado beliceño. “Oiga, pero para esto no se necesita un coyote, cualquiera agarra uno de esos caminos por su propia cuenta”, le dije al flaco. “Pero hay que conocerlos… y hay que saber por dónde entrar, porque a veces asaltan”, me respondió el flaco, intentando conservar su valía. Fueron siete puntos ciegos en total los que conocimos en un recorrido de casi 40 minutos. “Nosotros aquí tenemos conciencia –dijo el flaco– les cobramos según sus posibilidades, entre 100 y 300 dólares la pasada”, contó, como esperando un elogio. “Los coyotes que te llevan a Estados Unidos, esos sí que estafan a la gente, a esos sí que deberían matarlos”, comentó antes de pedirle al taxista que diera media vuelta y que nos llevara de regreso al puente sobre el río Mopán.

6 La herencia de Kim Won Hong

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos centroamericanos han solicitado refugio en Belice en los últimos años. Esa información se guarda como un secreto de Estado y el gobierno no la comparte ni siquiera con las Naciones Unidas y, desde luego, mucho menos con un periodista. El asunto de los migrantes se considera un tema tóxico para los políticos beliceños. Desde el zafarrancho que armó el surcoreano Kim Won Hong, mientras menos se hable del tema, mejor.

Resulta que Kim Won Hong –a quien llamaremos Kim, para abreviar– tramitó su nacionalidad beliceña con éxito, después de presentar su documentación en septiembre de 2013 y obtener su pasaporte beliceño. Todo iba bien hasta que se descubrió que Kim estaba preso en la prisión de Yilam, en Taiwán, y que jamás había puesto un pie en Belice, lo que desató un escándalo nacional que terminó por destapar toda una red de tráfico de documentos que le costó el puesto a varios funcionarios, entre ellos al ministro Elvin Penner, que era el responsable de inmigración y de seguridad fronteriza. Una auditoría posterior al escándalo de Kim sugirió que Belice se estaba convirtiendo en refugio para mafiosos y matones de Inglaterra, Nigeria, Líbano, Taiwán, China y también de Honduras y Guatemala. Al día de hoy el asunto todavía se discute acaloradamente en la Cámara de Representantes y el otorgamiento de refugio o cualquier otro estatus migratorio se convirtió en una papa caliente que nadie quiere tocar.

Una oficina de inmigración en la ciudad de Benque Viejo, en la frontera con Guatemala. Una televisión transmite en vivo una discusión en el senado sobre un escándalo reciente en el que el gobierno se vio implicado en la falsificación de pasaportes y documentos migratorios. Andrea Patiño Contreras / Univision

Los efectos de la jugarreta fallida de Kim tuvieron una onda expansiva que puso en jabón cualquier tema vinculado a recibir extranjeros en Belice y además ocurrió en el peor momento para los centroamericanos que buscaban refugio: 2014, año en que estalló el escándalo de corrupción migratoria fue también el año en que los centroamericanos comenzaron a llegar –de nuevo– en grandes números.

En los 90, los beliceños festejaron el fin de los conflictos militares de sus vecinos deshaciendo su departamento de refugiados y despidiendo la misión permanente de ACNUR.

Para no dejar de tener un ojo puesto en el país, las Naciones Unidas delegaron en la ONG Help for Progress la facultad de representarlos en Belice. Durante años apareció apenas algún africano perdido o un cubano no tan perdido y Help for Progress les tomaba los datos, escuchaba sus casos y los asesoraba en los trámites para pedir refugio, hasta que Enrique August, coordinador de atención a los refugiados de la ONG comenzó a notar un cambio relevante en el flujo de centroamericanos que decían que regresar a sus países era una condena de muerte: en 2015 llegaron a ser –dice Enrique August– 300 personas semanales las que aparecían para mendigar refugio.

Enrique August, coordinador de atención a los refugiados de la ONG Help for Progress. Andrea Patiño Contreras / Univision

Tanto barullo alrededor de aquella ONG alertó a los medios de comunicación, que comenzaron a preguntarse si ese montón de gente pidiendo refugio no tendría alguna conexión con Kim y la red corrupta de documentos. Al gobierno no le hizo gracia que se estuviera revolviendo el asunto y desautorizó a Help for Progress para que siguiera recibiendo casos e instaló, en mayo de 2016, su propio departamento oficial de refugiados, con la idea de centralizar el tema.

El asunto es que el departamento de refugiados no cambió nada: Belice tiene dos décadas de no otorgarle refugio a nadie. Una persona puede pedir refugio y le entregarán un formulario y hasta le harán una entrevista y le darán un papelito que dice que a esa persona no hay que echarla del país… después de eso en realidad nadie sabe bien lo que pasa. En teoría el departamento de refugiados debe ver que la persona califique y luego transferir el caso a un comité, que tiene que darle una recomendación al político que esté encargado del asunto que a su vez debe decidir algo. Y así durante dos décadas.

La ministra de inmigración, Beverly Williams, posa para un retrato en su oficina en Belmopán, Belice. La ministra insiste en que el gobierno está analizando las condiciones para recibir a nuevos refugiados. Sin embargo, no ha aprobado ninguna solicitud de las casi 200 que el comité de evaluación ha aprobado. Almudena Toral / Univision

Curados de espanto con los refugiados de los 80, con esa cantidad de gente nueva tocando la puerta y la caja de pandora que se abrió por culpa de Kim, no es raro que los beliceños se hayan puesto en la labor de levantar empalizadas contra los extranjeros: desenterraron, por ejemplo, una ley aprobada en 1991, que establece que una persona solo puede solicitar refugio si entró legal al país y solo durante los primeros 14 días después de su ingreso. Las autoridades migratorias comenzaron a aplicarla a rajatabla a partir de septiembre de 2016. La ley beliceña también manda que cualquier persona atrapada sin papeles deberá ser enviada a la cárcel –solo hay una– durante seis meses y deberá pagar una multa de 502.50 dólares más los gastos de la repatriación. Si se le pilla por segunda vez, el castigo de prisión sube a un año y la multa a 1,005 dólares… y los gastos de repatriación, claro.

Lo de los 14 días no tiene otra justificación que la gana de los legisladores beliceños de la época y, en general, todas esas disposiciones se burlan de cuanto acuerdo internacional ha firmado Belice en materia de refugio. Las Naciones Unidas han protestado, desde luego, pero está bien documentada la histórica tradición caribeña de pasarse por el forro las protestas de la ONU.

7 Naufragar en una oficina

El departamento de refugiados es una oficinita triste, un poco más acogedora que una bartolina. Hay unas bancas separadas de la pura calle por un enrejado que permite a cualquiera que pasa mirar a los solicitantes y pensar: mirá los refugiados, parecen personas normales.

El único decorado es un aparato que extiende papeles numerados de los que sirven para esperar turno. Cada cierto tiempo se abre la puerta y un guardia grita “next” –sin atreverse a salir del aire acondicionado– y de las bancas se levanta un hombre joven o una familia con un niño en brazos y entran invariablemente con una bolsita plástica llena de papeles a los que se aferran como los náufragos que son.

El día que llegué a solicitar una entrevista con María Marín, la jefa del departamento de refugiados, venía saliendo de la oficina un muchacho hondureño alto y flaco, un campesino fibroso con las manos anchas y duras y con sus mejores ropas: una camiseta llena de garabatos con brillantinas y un jeans holgado. Salía con los ojos vidriosos y los dientes apretados, arrastrando los pasos como los niños tristes hasta desparramarse sobre una banca mirando sin mirar el papel que traía en las manos. Su amigo –un muchaho todavía más joven– tuvo la intención de preguntarle algo, pero el guardia gritó “next” y entró a la oficina con su propia bolsita de papeles.

El Departamento de Refugiados en Belmopán, Belice. Almudena Toral / Univision

Tiene 24 años y una ira peligrosa. Hace apenas un año vivía en Santa Bárbara, el pueblo hondureño donde nació, hasta que la Mara Salvatrucha -13 decidió que ya era hora de que el muchacho engrosara sus filas. Entonces se mudó a Cofradía, otro pueblo, con la esperanza de que la pandilla se olvidara de él. Pero ahí pasó lo mismo: la pandilla lo encontró y siguió acosándolo. Entonces sacó su pasaporte y se vino a Belice, donde ya vivía un primo político. “No me fui para Estados Unidos porque dicen que es muy lejos y no tenía dinero. Con que a Belice llegué sin un cinco”, dice, manoseando el papel que le han dado.

El muchacho entró legal, pero el agente migratorio le otorgó apenas ocho días para estar en Belice y no fue sino hasta pasados dos meses de vivir sin documentos que se enteró de que existía eso del refugio para las personas que han tenido que escapar de la muerte y de sus países –que en estos casos viene siendo lo mismo– y corrió junto con su amigo al departamento de refugiados a darse con un canto en los dientes.

“Ahí adentro me dijeron que llegué después de que se me venció el permiso y ahorita me mandan para migración para ver qué deciden hacer ellos conmigo. No sé qué hacer, pero el pasaporte me lo quitaron y lo van a llevar a migración. No me lo quisieron entregar, solo este papel me dieron y me dijeron que tengo que ir a entregarlo a migración. No sé qué hacer, estoy entre la espada y la pared. No sé qué hacer”, suspira hondo y los ojos le chispean feroces. “El problema es que yo no puedo trabajar, nadie me quiere dar trabajo, estoy arrimado en una casa de una señora. Nadie me quiere dar trabajo”, dice el muchacho, a punto del llanto, o de dar un puño al aire, y estruja el dichoso papel en su puño.

Le recomendé que fuera a Help for Progress para asesorarse y me dijo que ya había ido: “Ahí llené un formulario y me dijeron que con un papel que me pusieron en el pasaporte no me pueden hacer nada, pero la Policía cuando me para me pide papeles y les entrego el pasaporte con ese papel y me dicen que ese papel no sirve y me dicen que les tengo que dar dinero. La primera vez que me pararon me quitaron 200 dólares beliceños (100 dólares estadounidenses) que había conseguido, y hace poco habíamos conseguido trabajo y cuando regresábamos nos agarraron a mí y a unos salvadoreños y nos volvieron a quitar el dinero”, pronuncia entre dientes.

En ese momento salió su amigo de la oficina, con la misma cara de apaleado, sin su pasaporte y con el mismo papel que ninguno de los dos sabe leer, porque está en inglés. En resumen, con toda la floritura de la burocracia, la carta dice que no aplican para obtener refugio porque lo solicitaron fuera de tiempo.

Este nuevo chico es salvadoreño, tiene 19 años y cometió el error de enrollarse con la novia de un líder pandillero. Tuvo la suerte de que uno de los sicarios de la pandilla era su amigo y le advirtió que tenía órdenes de matarlo, así que pudo escapar a tiempo. Unos días después de su huida la pandilla mató a su amigo.

Se sientan los dos con cara de póker y no saben qué hacer: pueden ir a migración e intentar obtener un permiso de trabajo, pero también puede que los arresten y los encierren o los deporten o tengan que pagar una multa o todo lo anterior. Y se van sin saber qué hacer con menos esperanzas y con menos pasaportes que cuando llegaron.

También estaba Antonio, con su esposa y sus dos hijos: seis años el mayor y mes y medio el pequeño. Él cometió el error de andar buscando por cementerios clandestinos salvadoreños a su hermano desaparecido, y por esa falta de prudencia el Barrio 18 lo amenazó de muerte. Al contrario de los chicos, él sí llegó en los plazos correctos, pidió refugio y le dieron una cartita, como a los muchachos, solo que esta dice que su caso está en estudio. Ya tiene casi un año esperando y cada cierto tiempo se da una vuelta con toda su prole para ver si algo ha avanzado y no, no ha avanzado.

Un hondureño y un salvadoreño han tomado la aldea San Martín, en Belize City, como su refugio. Ambos escaparon por las amenazas de muerte por pandilleros. Ahora enfrentan un nuevo acoso, el de la policía beliceña, cada vez que les piden su pasaporte. Víctor Peña / El Faro

Regresé al día siguiente, para que me dijeran que no existía ninguna posibilidad de que María Marín, directora del departamento de refugiados, me atendiera, ni ese día ni ningún otro. Pero me lo dijo una asistente tan amable que daba gusto oír un “no” de su boca. En esas estaba cuando escuché a Arnoldo haciendo un berrinche en uno de los cuartitos donde ocurren las entrevistas individuales.

La trabajadora del departamento de refugiados intentaba mantener la conversación en voz baja, pero a Arnoldo ya se le había pasado el tiempo de la diplomacia y tronaba en español: “¡¿Y qué quieren que haga, si no me dejan trabajar?!” Y lo vi salir bufando de la oficina como un pequeño tanque de guerra. Conseguí alcanzarlo en la calle, cuando la lluvia apenas eran unas gotas y antes de permitirme ir más lejos dijo que tenía que hacerme una pregunta: “¿Me promete que no va a salir mi nombre real?” Y le dije que sí, que lo prometía. “Entonces mucho gusto”, y me dio la mano con fuerza, y los dos ignoramos la lluvia que comenzaba a gotearnos en la cabeza.

Una iglesia en Armenia, Belice, que hasta hace poco fue el hogar de una familia de refugiados salvadoreños. Esta comunidad de unas 1,400 personas, fue asentada por refugiados centroamericanos a finales de los años 80. Nuevos refugiados han llegado con la creciente ola de violencia en estos países. Andrea Patiño Contreras / Univision

Es un hombre macizo, compacto, con un corte de pelo y un rostro militar. “Yo soy un veterano de guerra de El Salvador”, me aclaró, de entrada: “Peleé en el destacamento militar número 3 y luego en el comando de fuerzas especiales de San Francisco Gotera, en Morazán”, me dijo, y al principio no entendí por qué le parecía tan importante que yo tuviera claro que él fue militar durante la guerra.

“Yo no voy a dejar perder a mi familia, antes voy a perder yo”, repetía Arnoldo como un estribillo. Al acabar la guerra civil, Arnoldo usó su dinero de retiro para comprarse un carro y convertirlo en taxi. Se casó y tuvo dos hijos. Pasaron años hasta que finalmente pasó lo inevitable, la pandilla apareció pidiendo un “paro”:

querían que Arnoldo les hiciera viajes gratis y él les dijo que no, entonces le dijeron que tendría que pagar extorsión y Arnoldo les dijo que tampoco. “Yo soy veterano de guerra, soy hombre de armas”, me recordó en este punto. Entonces la pandilla quiso cobrarle tocando a su familia: “Ya llevaban a mi hijo…”, y entonces paró el relato y se detuvo para unir sus dos estribillos: “Yo soy hombre de armas y no voy a dejar perder a mi familia”. Le pregunté si los había matado, y él midió cuidadosamente sus palabras: “Yo no quiero tener que volver a usar armas”.

La lluvia se arrancó a cantar como sabe hacerlo en el trópico: apenas se aclara la garganta unos segundos y luego ruge como si no hubiera mañana. Corrimos a refugiarnos a un quiosco donde esperaba toda su familia y ahí continuó el relato.

Arnoldo tuvo que abandonar su carro, su casa y se vino con su esposa, sus hijos y su nuera a parar a Belice. Ya no recuerda de dónde sacó la idea de hacer vida aquí, pero sabe decir que le pareció muy peligroso viajar con toda esa gente hacia Estados Unidos y más peligroso dejarlos en El Salvador. Todo lo que tenía quedó abandonado y comienza a ver el futuro como una trampa: su esposa tiene cáncer en la matriz y él no tiene un solo centavo, ni permiso para trabajar: “¡Ni en las naranjeras me dejan trabajar de cortar naranjas porque no tengo papeles!”, y vuelve a ser el hombre descompuesto que conocí: “Mi hija quiere estudiar y no puedo pagarle los estudios, y no quiero que mi mujer se me muera”. Y Arnoldo se echó a llorar, avergonzado de hacerlo, porque era un veterano de guerra, un hombre de armas llorando de debilidad frente a los suyos. A veces, dijo, sólo ve una opción: regresar solo a El Salvador, o probar suerte junto a su hijo mayor en el viaje hacia Estados Unidos. De lo que sí está seguro, dice Arnoldo, es de que antes que dejar perder a su familia, está dispuesto a perder él. Sea lo que sea que eso signifique.

8 “No es cierto que sus vidas corrían riesgo en El Salvador”

La embajada de El Salvador en Belice tiene un periódico mural que se llama “Monseñor Romero”, que es una tabla de corcho con varias notas del diario “La Página” impresas y pegadas con chinchetas. Las notas elegidas en la semana de marzo en que visité la embajada elogiaban las acciones del gobierno contra la inseguridad. La nota principal se titulaba “Febrero cierra con 237 homicidios, confirma director de la policía”. Se supone que era una buena noticia porque el año anterior febrero había cerrado con 644. Una mujer descalza terminaba de barrer la embajada que, aparte de ella, lucía desierta.

Luis Carabantes Palacios estaba a punto de cumplir dos años de representar los intereses de los salvadoreños –o de El Salvador, que no está claro que sean los mismos– ante Belice y nos recibió con una sonrisa campechana. Comenzamos intentando poner en blanco y negro algunas cifras: ¿Cuántos salvadoreños hay en Belice, señor embajador? “Hay como cinco datos: el oficial es el nuestro; tenemos un registro como de 6,800 salvadoreños viviendo aquí. Luego hay un dato de la Universidad Centroamericana (UCA) de 40,000; luego El Diario de Hoy hizo una investigación que es de 50,000. Y luego hay un dato popular que lo maneja todo mundo que es de 80,000, que es lo que maneja extraoficialmente el gobierno de Belice. Pero no podemos decir si es cierto. Aunque yo estoy casi seguro de que hay más de 40,000”.

—¿Y qué beneficios tiene para un salvadoreño venir a registrarse a la embajada?

—Muchos beneficios: alguien que se registra puede ir a curarse a los hospitales públicos de El Salvador, gratis. Además no pagan los 10 dólares que se cobra a los extranjeros cuando llegan. Y luego pueden ir a buscar trabajo y sus hijos pueden ir a estudiar en El Salvador.

Una cicatriz en la cabeza de Arnoldo. Un día iba caminando por la calle en Belice y escuchó que un grupo de morenos al lado de la carretera le gritaba: ¡maldito español! Él siguió caminando haciendo caso omiso. Sintió que algo le caía en la cabeza. Tuvo que ir al hospital a darse puntos. Almudena Toral / Univision

Como lo del blanco y negro no se pudo con ese dato, probamos con otro: ¿Cuántos salvadoreños han pedido refugio en Belice hasta hoy? “Nosotros nos reunimos con el departamento de refugiados e intentamos obtener información, pero no la podemos compartir porque la obtenemos extraoficialmente”. O con este otro: ¿Cuántos salvadoreños deportó Belice el año pasado? “Repatriamos en total 118 durante 2016”… parecía haber resultado, hasta que el vocero de la dirección general de migración me aseguró después que solo habían sido 19. En Belice los datos son un asunto volátil, así que dejé el tema y la conversación siguió por otros rumbos:

—¿Qué pasa con la gente que corre riesgo en El Salvador y que viene a pedir refugio aquí?

—Tienen 14 días para aplicar y el que no lo hace ya no califica a refugio. Se supone que esa persona viene a buscar refugio y si viene a buscar refugio hay unos carteles en la frontera que dicen cuánto tiempo tiene. La gente debería entrar legal y pedir refugio.

—Lo de los 14 días es una norma arbitraria porque… —No, es por ley.

—Sí, está en una ley, pero no encuentra amparo en ninguna convención internacional sobre el refugio.

—Mire: una gente que ya sabe que viene a pedir refugio… para nosotros es más que suficiente 14 días, si está informada, y si no está informada, tendría que buscar a la embajada u otro tipo de información. Lo que pasa es que podría ser un año de plazo, pero esa gente perdería la perspectiva de a qué viene.

—La mayor parte de gente con la que hemos hablado no tenía idea ni siquiera de la existencia del status de refugiado, porque están más preocupados en que no los maten.

—No es tan cierto. Muchos que vienen a pedir refugio ya se han ido de Belice, entonces quiere decir que no era cierto que su vida corría peligro en El Salvador sino que tal vez querían mejor vida, les habían contado que hay tierras y que Belice es bondadoso. Yo voy a las comunidades y no es cierto. Hay pocos que vienen huyendo por amenazas. Eso es una forma de entrar aquí y querer legalizarse.

Bernardo y su hermano viven desde hace tres años refugiados en la aldea Armenia, en Belice. Ambos escaparon de la zona oriental de El Salvador al ser amenazados por la pandilla, que les exigía una parte de las remesas que su padre les enviaba de Estados Unidos. Víctor Peña / El Faro

—¿Es un ardid de los compatriotas?

—Pueda ser porque eso les puede ayudar a quedarse aquí.

—¿No tiene usted la sensación de que para el gobierno de Belice este tema de los refugiados es como muy sensible?

—La razón fundamental son las pandillas, o sea, que no vayan a llegar las pandillas en medio de los que vienen, que no sea aquí un refugio para las pandillas.

9 Los mareros saben bailar

El alcalde de Valle de Paz, Juan Arias, es un político honesto: cuando se le pregunta por qué la calle que pasa frente a su casa se llama “calle Arias” él responde con una gran sonrisa: “Es que ese es mi apellido, por eso le puse así a la calle”.

Juan Arias preside la aldea más emblemática de los días en los que Belice daba la bienvenida a los desdichados que tenían que escapar de los conflictos armados que asolaban el triángulo norte centroamericano. Él mismo es hijo de una familia de refugiados de los años 80. El gobierno beliceño de la época concedió un trozo de selva para que ACNUR construyera una primera aldea de refugiados salvadoreños, de manera que casi las 5,000 personas que viven en Valle de Paz llegaron aquí huyendo de la guerra o son los hijos, o los hijos de los hijos de los que huyeron.

El alcalde Juan Arias se considera a sí mismo un salvadoreño, pese a tener la nacionalidad beliceña. Toda su generación se crio aquí, desde los tiempos en que había que luchar contra la selva y el único medio de transporte capaz de bregar con los lodos imposibles era un sólo tractor con el que se apañaba toda la aldea. Todos hablan español con acento salvadoreño, comen pupusas, saben decir el nombre de su pueblo de origen, aunque jamás lo hayan visitado. La única escuela se llama Monseñor Romero… pero cuando hablan de los nuevos refugiados, de los que van llegando poco a poco escapando de los nuevos horrores de su tierra, se aferran a sus papeles beliceños y les llaman, con desconfianza, “los salvadoreños”.

Tránsito del Carmen Batres llegó a Belice en los años ochenta, escapando de la guerra civil en El Salvador. Se asentó en Valle de Paz. Esta comunidad fue patrocinada por ACNUR y junto con el gobierno beliceño del momento se acordó que por cada tres familias salvadoreñas que se recibieran, una familia local podría asentarse ahí mismo. Andrea Patiño Contreras / Univision

Un anciano que paleaba arena para rellenar un charco dijo que “los salvadoreños” que van llegando son los que van a arruinar a Valle de Paz, creía que llegaban huyendo de las cosas que hicieron y que había pruebas de que “las maras” estaban llegando junto con ellos. Dijo tener una prueba muy sólida: hace unos meses había a la entrada de la escuela un lazo de color azul que adornaba la entrada y alguien se lo robó y en su lógica ¿quién más puede ser que no sea un salvadoreño, pero uno de los nuevos, de los mareros? Al viejo le preocupa también que en la aldea haya solo un policía –uno solo– al que todos llaman Cantún y sospecha que no será suficiente para frenar la invasión que ya intuye.

María Antonia pasaba e hizo como que no escuchaba la plática. El Barrio 18 le mató a su hijo de 16 años en San Salvador hace cuatro años y ella emprendió una huida sin duelo hasta que terminó dando con sus huesos en Valle de Paz. La chica que hacía limpieza en la casa de uno de los maestros de la escuela era la esposa de un soldado que tuvo que escapar de El Salvador cuando la Mara Salvatrucha-13 lo amenazó de muerte. El jornalero que andaba en bicicleta y que no había hablado con nadie desde que llegó, solo dijo que tuvo problemas con “los muchachos” y huyó en su bicicleta con pánico en la cara. Están en todos lados intentando pasar inadvertidos, pero el viejo de la pala estaba convencido de que serán la ruina de Valle de Paz.

En la aldea Las Flores, otro asentamiento de exrefugiados salvadoreños, pusieron el grito en el cielo cuando supieron que Help for Progress había propuesto insertar temporalmente a 10 familias de nuevos refugiados entre ellos. Los buenazos de la ONG pensaban que para esas familias iba a ser más fácil convivir con gente con las mismas raíces, pero no contaban con las antorchas y los azadones que levantaron enfurecidos hasta que la idea se tiró a la basura.

Valle de Paz, establecida en medio de la selva. Es la zona donde se refugiaron los salvadoreños que escaparon de la guerra civil en los años 80. Hoy en día recibe a muchos que escapan de la violencia generada por las pandillas. Víctor Peña / El Faro.

Juan Martínez, El alcalde de Bella Vista, la comunidad centroamericana más grande del sur de Belice, le puso toques eléctricos a un tipo que recién llegaba de El Salvador y que el alcalde presumía era un “marero”. El alcalde impuso hace unos años un toque de queda en la comunidad, porque se estaban perdiendo algunas bicicletas y él sospechó que su comunidad se podía infectar de pandilleros salvadoreños. Así que –sin otro argumento que sus cojones– prohibió la permanencia en las calles después de las 9 de la noche. Él y unos aliados asolaban las calles en sus pick ups levantando a todo el que caminara en la hora prohibida. Entonces apareció un muchacho tatuado “que era muy amable, saludaba a todo mundo”, pero alguien le dijo que ese muchacho era marero y que planeaba matar al alcalde. Así que lo capturaron: “Empezamos a querer sacarle la verdad y él decía que no, que era mentira; lo encapuchamos y empezamos a torturarlo y comenzamos a darle corriente y el cuate nunca dijo nada: ahí estuvo… se le daba trompadas y no dijo nada. ¿Qué hicimos? Lo pasamos a migración y lo deportaron”.

El alcalde Juan Martínez recibió en su casa, a principios de año, a un sobrino recién llegado de El Salvador, que tuvo que escapar de las amenazas de la MS-13.

Juan Carlos Martínez es el alcalde de la aldea Bella Vista, en el sur de Belice. Bella Vista es Centroamérica en sí misma. Juan Carlos ejerce su cargo por 50 dólares beliceños por mes ($ 25 USD). Víctor Peña / El Faro

A la par del viejo de la pala que desde Valle de Paz temía la llegada de nuevos salvadoreños, estaba un muchacho de veintipocos, nacido en Belice, con otra pala y una idea muy clara sobre las pandillas: “Los salvadoreños que están llegando vienen a descomponer la comunidad, aquí vino uno, que ya lo echamos, ya había hecho su marita de jovencitos y lo notamos porque les estaba enseñando a bailar, porque los mareros son buenos para bailar de todas formas, ¿verdad?”

Créditos

Proyecto: Univision Noticias, El Faro

Texto y narración de audiobook: Carlos Martínez

Narración de audiobook en inglés: Javier Figueroa

Diseño: Juanje Gómez, Andrés Góngora

Montaje: Juanje Gómez, Daniel Reyes

Ilustraciones: Mauricio Rodríguez-Pons

Video: Almudena Toral, Andrea Patiño Contreras, Brent Toombs

Video de dron: Devin Burns

Fotografía: Víctor Peña, Andrea Patiño Contreras, Almudena Toral

Mapa: Luis Melgar

Edición de textos: Ricardo Vaquerano, José Fernando López

Redes sociales: María Carolina Hurtado

Producto digital: Andrés Barajas, Paola Duque

Desarrollo: Juanje Gómez, Andrés Góngora, Fabián Padilla, Cristhian Mora

Traducción: Saúl Hudson, Juan Tamayo

Edición de textos en inglés: David Adams, Jessica Weiss