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Pedro Infante, el ídolo de México que no termina de morirse

Los ídolos populares nunca mueren, pues. Las leyendas les acompañan y les regresan a la vida una y otra vez.
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16 Abr | 11:24 AM EDT
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Murió un 15 de abril de 1957. Hace 60 años. Trágicamente, en un accidente aéreo, cuando tenía 39 años y él mismo piloteaba ese avión que cayó en pleno centro de Mérida, Yucatán.

¿Murió? Los ídolos son inmortales: Pedro Infante nunca murió de verdad.

Como ocurre con los personajes que se vuelven legendarios (y de esos hay pocos, muy pocos), el Ídolo de México lleva ya seis décadas con un arsenal de mitos detrás de su muerte, incluyendo por supuesto la de que él nunca murió, ya que lo único que consignó realmente su deceso en el avionazo fue una pulsera de oro, y que en realidad se retiró de los escenarios y las pantallas para vivir una vida más apacible.

Pero también se dice que una gitana había anticipado su muerte trágica, luego de tener una imagen del actor y cantante rodeado de una bola de fuego (no era tan difícil el pronóstico, pues ya había derribado –y sobrevivido- dos veces anteriores un avión). Y que en algún momento le dijo a María Luisa León, su esposa: “Yo nací para ser aviador. Debe ser hermoso morir como los pájaros, con las alas abiertas”.

O que en realidad había sido atacado por golpeadores de una figura política, por un lío de faldas, mito que se extendió luego de la aparición de un personaje que aseguraba haber sido Pedro Infante (aunque en realidad era un vagabundo que sorprendió a propios y extraños por el gran parecido físico). O hay quienes señalan que su fantasma se aparece, de vez en vez, en el hotel Boulevard Infante, en Yucatán, donde alguna vez vivió.

Los ídolos populares nunca mueren, pues. Las leyendas les acompañan y les regresan a la vida una y otra vez.

Las velas en el pastel

Icono popular, Pedro Infante fue uno de los rostros más visibles de la época de oro del cine mexicano y uno de los máximos exponentes de la canción ranchera, esa que se cuela por la médula espinal y desemboca muchas emociones en el alma mexicana. Aún tantas décadas después, no hay hogar que se respete en ese país que no tenga por ahí, un LP o un CD con algunas canciones del sinaloense más querido. Pareciera que, a la hora de la verdad, las muy cumpleañeras 'Mañanitas' deben ser cantadas por Pedro para que quien apaga las velitas de su pastel sienta el momento más emotivo.


No es para menos. A sus 39 años, el Ídolo de Guamúchil (nació en Mazatlán, pero su infancia transcurrió en esa pequeña ciudad sinaloense) había aparecido en más de 60 películas y había grabado unas 310 canciones. Se ganó un Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín por su papel en Tizoc, película que además ganó el Globo de Oro como mejor película extranjera en 1956.

Versión mexicana del sueño americano: cuando niño, era el chico de los mandados en una empresa de implementos agrícolas, para después aprender la talla de la madera en un taller artesanal (“era el oficio de Cristo”, decía Pedro Infante, con orgullo, cuando recordaba sus inicios). Trabajando ahí, él mismo elaboró su primera guitarra. Cuarto de quince hermanos (sí, las familias eran increíblemente numerosas en aquel México), fue precoz en su afición y talento musical: mientras estudiaba guitarra con el maestro Carlos Hubbard, creó su primera pequeña orquesta, bautizada como La Rabia, célebre en los cabarets de Guamúchil, en donde cobraban diez centavos la pieza (digamos que algo así como un centavo de dólar de entonces), pero con la que se hizo célebre en todo el estado norteño de Sinaloa. Tenía entonces 16 años.

Hacia los treintas, luego de dos relaciones con su consabida prole (primero Lupita Torrentera, después Irma Dorantes), se casó con María Luisa León, con quien se fue emprender carrera a la capital, la Ciudad de México.

Uno tras otro, el éxito le alcanzó poquito a poco en la radio, el teatro, los centros nocturnos, si bien su primera grabación musical pasó sin pena ni gloria. El provinciano pobre, de familia numerosa, cargó con su talento, sin dinero, para La Meca mexicana. El sueño estaba en marcha. La inspiración hacia el pueblo mexicano crecía de un pequeño guiño a la aparición estelar, omnipresente.

Pantalla grande, voz inmortal

Fue el cine el que impulsó a Pedro Infante a la cima. El cine y su voz alegre, cantando las rancheras como nadie, en la pantalla grande. Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Pepe el toro, Los tres García, Los tres huastecos, ¿Qué te ha dado esa mujer?, A toda máquina, La vida no vale nada…. Todo un carrusel de éxitos que llevaron a los mexicanos a las salas cinematográficas a ver a este hombre simpático, festivo, tan “como uno”, al lado de Jorge Negrete, Carmen Montejo, Silvia Derbez, Luis Aguilar, María Félix, Sara García, Abel Salazar, Evita Muñoz “Chachita”. El grande con los grandes.

Tras la pantalla grande, la chica. Y esa es la que, junto con acetatos y vinilos, mantiene a Pedro Infante adentro de los hogares mexicanos. Su voz en 'Las Mañanitas' en los cumpleaños de cada miembro de cada familia; su imagen en esas películas memorables, en blanco y negro, en todos esos canales televisivos que incluso en 2017 viven de reproducir la nostalgia y la época de oro del cine mexicano, que se mantiene vivita y coleando a través del Ídolo de México, del más grande todos los tiempos, del hombre norteño de pueblo al que el propio pueblo aspira y suspira.

Nadie cantaba mejor las rancheras. O sí, pero no importaba. Porque Pedro Infante lo mismo le hizo a las rancheras, que al bolero, a la canción tradicional mexicana, al chachachá que al vals. Desde ese "Amorcito corazón" (de Manuel Esperón) hasta "Ella" (del inolvidable José Alfredo Jiménez), el sinaloense se acompañó de los mejores grupos de mariachi de México, incluido el ya legendario Mariachi Vargas de Tecatitlán.

Si el pueblo mexicano acudió en masa a su entierro, 60 años atrás, es notable como hasta la fecha mucha gente sigue acudiendo a dejarle flores a su tumba en cada aniversario luctuoso. Nadie se le equipara. Quizá porque, más allá de su talento, fue siempre alegre, dicharachero y muy simpático. Quizá porque nadie reflejó mejor al mexicano como héroe urbano de la clase trabajadora, al hombre romántico, idealista, soñador y amoroso, ese al que todo mexicano aspira. Tanto, que su propia familia ha convocado a un evento magno en el Panteón Jardín, donde descansan sus restos, para todo este fin de semana, además de anticipar un gran concierto en el Zócalo de la Ciudad de México y una serie televisiva biográfica en noviembre próximo, cuando se celebra el centenario de su natalicio.

Y seguirá vivo, pues.

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