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La increíble historia de Marcelo Iriarte, el barrendero que llegó a abogado

La increíble historia de Marcelo Iriarte, el barrendero que llegó a abogado

La de Marcelo Iriarte es más que una historia de éxito, un ejemplo de que vale más actuar que quedarse a mirar.

La increíble historia de Marcelo Iriarte, el barrendero que llegó a abog...

Su "doble vida"

BUENOS AIRES - Este argentino de 41 años no sólo tiene la voz pausada y el paso seguro de un abogado, sino también el traje y la corbata. Sin embargo, cada día entre las 13:00 y las 21:00 horas, Marcelo Iriarte se cambia la vestimenta por otra muy diferente, amarillo flúo, la del barrendero.

"Yo tenía una doble vida", dice hablando en pasado como si ya hubiera dado vuelta la página. "Salía de un mundo para entrar en otro. Tenía que aprender a hablar de otro modo y también a saber callar para no ofender".

Esta vida no terminó aún y dentro de algunas horas este hombre entrador y suave, con la piel curtida, volverá a su trabajo de barrendero.

Marcelo se encuentra en pleno dilema ya que al volverse conocido las ofertas de empleo se multiplican, pero el oficio de abogado no ofrece las seguridades que le da Cliba, la empresa de limpieza de Buenos Aires.

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"De golpe se le abre todo un panorama nuevo y eso da miedo. Pero acá no lo queremos ver más", ironiza su jefe, Miguel Noell, 59 años.

"Historia agridulce"

Su historia ocupa las primeras planas de los diarios y las pantallas de televisión: "El barrendero que se volvió abogado", es una historia que hace soñar a este país de inmigrantes.

Es un "historia agridulce", advierte él mientras camina en las calles que conoce como la palma de su mano.

Hijo de una familia pobre, desde los 8 años Marcelo trabaja vendiendo diarios, caramelos en los buses y muchas otras baratijas.

Una noche, cuando no lograba vender una escoba más, decidió entrar en todos los negocios de una misma calle. "Me las compraron de lástima", recuerda.

No hay final feliz

Marcelo no cree en los finales felices. En Argentina no existe el "happy end", es el país del pesimismo y del humor negro como antídoto contra el fracaso.

"En ese edificio trabajaba la chica que cambió mi vida", cuenta al llegar a una esquina, mostrando una vieja fábrica en ruinas.

Se llamaba Laura, él tenía 27 años y era chofer de bus, de la línea 126 que sigue pasando, en una nube de humo, mientras se lleva a cabo esta charla.

Laura, una pasajera, insistía en que Marcelo debía largar el trabajo y retomar sus estudios y finalmente fue ella quien lo inscribiría en la escuela secundaria (media). Quedó como una imagen, como una hada madrina. "No la volví a ver", agrega.

Marcelo, el hijo pródigo

"¡Miren qué pinta! (elegancia)", bromea desde lejos una pequeña mujer, Beatriz Rolón, de 54 años, vendedora ambulante de café.

"¡Estamos orgullosos!", agrega al ofrecer una taza al hijo pródigo, como cuando él repasaba sus lecciones sentado al lado del carrito. "¡Se lo merece después de tantos sacrificios!", insiste la mujer.

Marcelo se levantaba todos los días a las 04:00 para llegar a su clase de las 07:00 y no regresaba a casa antes de la medianoche, después de las cursos nocturnos.

"Lo mío fue un camino de hormiga y perdí un montón de cosas en el camino", confiesa y si bien no quiere olvidarse de lo que perdió, lo guarda para él.

Dice que el bienestar material no le interesa, salvo como medio para poder superarse.

Digno de orgullo

"Antes, era mudo. Estudiar te da libertad para pensar", sostiene.

Al volver a la imponente universidad de estilo neoclásico, donde se graduó meses atrás, sube las escaleras con la ligereza de quien puede jugar a ser turista.

Muestra la pared donde vio por primera vez inscrito su nombre.

"¡Saliste en los diarios, te vi en la TV. Te hiciste famoso!", le lanza su profesor de Derecho, Adrián Carta, de barba prolijamente recortada y jeans.

"Nunca necesitó nuestra ayuda", afirma su compañera de curso Elizabeth Villanueva, 39 años, y agrega: "Al contrario, él nos ayudó a nosotros".

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