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Opinion: Plan injusto pero nec

Opinion: Plan injusto pero nec

Después de la aprobación del plan de rescate a la crisis financiera del congreso, surgen las voces a favor y en contra. Por Amador Pérez

Apertura de mercados

NUEVA YORK - La discusión del paquete de rescate a la crisis financiera y las emociones que ha generado, tanto entre políticos como en el seno del pueblo, continuarán surgiendo y variando aún después de su aprobación. Basta comparar el esquemático documento de sólo tres páginas, urgentemente presentado al principio, con las cientos de páginas elaboradas en el curso de su discusión en el congreso.

Aun después del acuerdo y de la apertura de los mercados financieros, que la adopción del paquete se propone aplacar, se hace difícil concentrarse en analizar con profundidad cada una de las objeciones y argumentos que a cada minuto surgieron y continúan surgiendo tanto en la mente de los especialistas, como en la de los políticos en su noble empeño por proteger los legítimos y sagrados intereses de nosotros, los contribuyentes norteamericanos.

Sin embargo, debido a la forma un tanto abstracta con que el término contribuyente tiende a ser repetido, éste se nos presenta solamente en su dimensión tributaria y hasta se nos parece como a una entidad o factor independiente de los demás factores económicos en juego.

En otras palabras, es como una entidad que sólo se vería afectada por el costo del paquete de rescate, el cual asciende a la suma de los $700 mil millones, que de acuerdo con la administración serán necesarios para comprar los deteriorados activos financieros, faltos de liquidez, que obstruyen el sistema financiero internacional y enrarecen los estados financieros de los bancos disminuyendo no sólo su liquidez sino hasta comprometiendo inclusive la misma solvencia de algunos de ellos. 

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"Homos economicus"

Esta simplificación del concepto y dimensión del término contribuyente ignora, sin embargo, que éstos no sólo pagan impuestos sino que económicamente, "homos economicus", también constituyen y se desenvuelven como corporaciones, empresarios, trabajadores y retirados que viven, producen, consumen, se recrean, invierten y ahorran y, en cuyas capacidades, también se verían sumidos de súbito y catastróficamente no ya en una recesión económica, en la que algunos consideran que ya nos encontramos, sino en una larga depresión económica, a expensas de quedar abandonados a las furiosas fuerzas y brutales mecanismos correctivos de un mercado, cuyas drásticas reglas pretenden superficialmente ignorar a la hora de exponerse a los riesgos financieros.

A esta catástrofe, a este Armagedón financiero, a este precipicio es a lo que  se hubieran visto expuestos los contribuyentes de no haberse implementado un rescate que, al menos por el momento, busca desesperadamente insuflar cierta confianza entre los atemorizados deudores externos que financian nuestra tremenda deuda y por consiguiente les disuada, al menos también por el momento, de fugarse  en estampida a escenarios que les pudieran parecer menos inciertos, llevándose consigo sus inversiones de capital del todavía para ellos siempre fiel, seguro y promisorio sistema financiero norteamericano, cuya moneda es aún y, a pesar de todo, sigue siendo el medio comercial de intercambio universal y la medida de todas las medidas. 

Ajuste a la realidad

Conviene por lo tanto pragmáticamente ajustarnos a la realidad de que el rescate ha sido acordado, cualquiera que sea su grado de perfección. Consecuentemente, conviene aceptar que su adopción ha sido necesaria aun cuando no nos parezca justa.

En otras palabras, no es realmente justo que los contribuyentes nos veamos obligados a exponer $700 mil millones, no obstante es pragmáticamente necesario para tratar de impedir el vernos de súbito sumidos en un desempleo aún más severo que el que ya experimentamos, en una disminución más radical del valor de nuestras viviendas y de los saldos de nuestros fondos de retiro, en una disminución de otros beneficios sociales y en una limitación más estricta de nuestro acceso al crédito, entre otras cosas. 

El daño a los contribuyentes comenzó a perpetrarse por inversionistas y banqueros codiciosos, así como también por algunos compradores irresponsables incluso mucho tiempo antes que la necesidad de este rescate fuera concebida.

¿De que valdría entonces continuar obstinada y emocionalmente lamentándonos por lo que el costo por persona del rescate pueda representar para nuestros nietos si un Armagedón financiero implicaría no poder adecuadamente cobijar, educar y hasta inclusive no poder adecuadamente alimentar a sus padres, nuestros hijos?

No todo es color rosa

No obstante, no concibamos el rescate como una panacea, ni pintemos todo color de rosa. Es bueno señalar que el rescate podrá paliar la situación y darnos algún tiempo para que maduren las condiciones para una debida corrección pero no puede totalmente impedirnos de sufrir algunos otros inconvenientes financieros y algunas otras penas económicas. Nada podrá volver totalmente a la normalidad mientras no se corrijan los exagerados precios y desbalances que existen en el mercado de bienes raíces, los cuales constituyen las causas radicales del desastre.

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Por tanto, es de esperar que los argumentos, puramente ideológicos o de tipo técnicamente financieros, continúen insertándose en el largo debate que seguirá y en el cual algunos, del lado republicano, pueden que continúen  radicalmente objetando la intervención gubernamental en el sector privado. Otros, menos ortodoxos, puede que continúen cuestionando el que no se haya también empleado fondos para definitivamente insuflarle capital a los bancos problemáticos para así no sólo ayudarlos, sino además adquirir en ellos propiedad parcial para nosotros, los contribuyentes, en lugar de, o paralelamente a la compra de sus activos intoxicados y faltos de liquidez, aún cuando la posesión federal de capital en el sector privado, capitalismo de estado, contradiga uno de los principios fundamentales de la libre empresa en el capitalismo. 

Capacidad del gobierno

También en lo financiero, pero más puramente técnico, algunos cuestionarán  la capacidad del gobierno, convertido en especulador, en fijar un exacto y justo precio a la disímil y exótica mezcla de activos enrarecidos e intoxicados poseídos por los bancos, algo obviamente muy difícil de ser justamente evaluado fuera de los normales y espontáneos mecanismos de la oferta y la demanda en el libre mercado capitalista. Pues de no lograrse esa eficiencia, debido a un precio defectivo, los bancos tendrían que asumir nuevas y devastadoras pérdidas en detrimento de su ya debilitado capital. Por el contrario, si la ineficiencia es debida a un precio excesivo serán menos las posibilidades de recuperar el monto de los gastos incurridos por nosotros, los contribuyentes. 

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Del lado demócrata, por otra parte, algunos continuarán señalando la necesidad de una mayor protección para los atribulados propietarios de viviendas hipotecadas, quienes precariamente se esfuerzan por amortizar capital y pagar altos intereses hipotecarios sobre una vivienda cuyo valor en el mercado actual es significativamente inferior al precio pagado por la misma.

Fondos de rescate a vivienda

Otros, a ambos lados, y con consciencia de causa y propósito macro económico, continuarán argumentando que los fondos del rescate deberían haber sido usados para rebajar el precio de las viviendas a nuevos compradores calificados ya que, después de todo, esta especie de subsidio no sólo ayudaría a esos compradores específicamente sino que macro económicamente contribuiría a corregir, por reducción, el sobrevalorado precio de las viviendas en el mercado inmobiliario, lo que al fin y al cabo constituye la génesis del intrincadísimo problema financiero en que los contribuyentes norteamericanos nos hayamos involucrados. 

Todo este debate será justo y legítimamente saludable pero, por el momento, después de la caída consecutiva y en pocos días de siete instituciones financieras norteamericanas y otras tantas mundialmente, pocos dudas deben quedar de que la formulación e implementación de un paquete de rescate, cualquiera que sean sus imperfecciones e inclusive posibles injusticias, ha sido absolutamente necesario para evitarnos una hecatombe a nosotros precisamente, los contribuyentes norteamericanos.

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