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Muertes

En busca del altar callejero más antiguo por los barrios más peligrosos de Los Ángeles

En raras ocasiones estos tradicionales tributos fúnebres duran más de unos meses en la jungla urbana angelina. Los más longevos acaban por mimetizarse con el entorno para sobrevivir.
1 Nov 2016 – 08:30 AM EDT

LOS ÁNGELES, California.- A los pies de una taquería de la avenida Fraser hay una caja de madera que parece un pesebre. Está pegada a la pared, como si fuera parte del mobiliario urbano, aunque su aspecto rudimentario, de fabricación casera, deja entrever que su fin es otro.

En su interior, protegido por un tejadito inclinado que sirve de parapeto ante la escasísima lluvia que moja el sur de California, no faltan las veladoras y algo de beber. A veces una botella de agua; otras, un refresco de lata. Encima, unas flores de plástico dan color a ese humilde altar callejero que, según la investigación de Univision Noticias, sería el más antiguo de los que sobreviven al paso del tiempo en el Este de Los Ángeles.

En ese lugar fue donde hace tres años abatieron a tiros al adolescente Francisco Cuevas. Tenía 16 años cuando el 21 de febrero de 2014 un sujeto bajó de un coche para dispararle a él y a dos amigos. Solo él falleció.

A Cuevas le asesinaron a escasos pasos de su casa. Los vecinos confirman que la familia sigue viviendo en la misma propiedad. Así consta también en los registros a los que tuvo acceso Univision, pero sus parientes -los mismos que aún mantienen el luto- son parcos en palabras.


Altares callejeros perpetúan el Día de Muertos en Los Ángeles

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“El altar lleva dos años ahí pero no le puedo decir más por respeto”, explica una mujer que atiende a la puerta. El misterio detrás de ese armazón queda entre esas cuatro paredes. “No puedo decir más”, insiste la mujer antes de volverse a encerrar.

Ese altar callejero es casi una reliquia en una tradición muy arraigada en los barrios angelinos, especialmente en aquellos más afectados por la violencia de las pandillas. Sin embargo, a pesar de los centenares de asesinatos que se producen en la ciudad cada año, estos homenajes luctuosos tienen por lo general una vida muy corta. Si no se los lleva el viento, es probable que las autoridades acaben retirándolos por cuestiones de seguridad pública y urbanismo.

A cuatro millas de ahí, el rastro del grafiti a lo largo de la calle Fickett conduce hasta un altar que muere y renace por el dolor de otra madre, cuentan los vecinos. La esquina está marcada con las palabras “Kill” y “RIP”. Allá murió tiroteado Óscar Félix. Tenía 25 años.


“Le dieron en la cabeza”, relata Leticia Covado, una guatemalteca que conoció a Óscar cuando estudiaba el preescolar con su hijo. “Pasó una camioneta disparando… el muchacho dejó dos huérfanos”, dice la mujer.

Óscar fue baleado el 17 de enero de 2014. Su modesto altar, apenas unas veladoras y unas esporádicas flores, fue el más antiguo hallado en el barrio de Boyle Heights.

Desde entonces la madre ha mantenido con vida ese tributo callejero. Cuando desaparece, ella se encarga de volverlo a levantar.

“Le pone veladoras, flores, rosarios; se pone a llorar”, cuenta la vecina testigo de ese ritual que no parece tener fin.

Los intentos por dar con esa mujer resultaron infructuosos. Univision Noticias visitó por última vez el lugar el 26 de octubre, por entonces no quedaba rastro del altar que aún estaba allí 13 días antes.

Altares con vida corta

En una urbe donde más de 7,000 personas han sido asesinadas en los últimos 16 años sería de esperar encontrar rastros de muchos altares callejeros que proliferan a menudo después de estas muertes, pero muy pocos sobreviven más allá de los primeros días.

El luto más inmediato, la conmoción vecinal y las muestras de solidaridad sirven para dar color a rincones de la ciudad que, de la noche a la mañana, la tragedia convierte en improvisados enclaves funerarios.

Decenas de flores, veladoras, tarjetas, objetos personales y globos de helio pueblan los altares callejeros, pero los días pasan y vuelve la rutina al vecindario. Las flores se marchitan, las llamas se apagan. Tarde o temprano, caen en el olvido.

Seguir la pista de los memoriales más antiguos implica recorrer los sitios más peligrosos de Los Ángeles. Para ubicarlos es necesario conducir a baja velocidad por barrios donde los residentes parecen temer que ese vehículo lleve dentro a un pistolero -y no a un periodista- en busca de su víctima, o entrar a colonias que te dan la bienvenida con los ladridos de los perros.

En el área Sur Centro de Los Ángeles, donde 172 personas han sido asesinadas desde el 1 de enero de 2000, esos tributos callejeros parecen haberse esfumado. No están en las vialidades que más han registrado homicidios –como la 23, 24, 27, 28, 23, 31, 33, 43, Main, Broadway, Stanford o Adams-, según los archivos de la Policía.

También es difícil encontrarles en el suroeste angelino. Hay uno que sigue en pie desde hace más de un mes. Está en la esquina de las calles 31 y Andrews Place. Allí, el marine Carlos Segovia recibió un tiro en la sien y murió tres días después, el 19 de septiembre, en un hospital. Su asesino sigue sin ser identificado.


“Quienes lo quisieron le llevan veladoras, flores, fotos, pensamientos expresándole su cariño”, dice la madre, Sandra López, quien visita más ese sitio que el cementerio donde sepultaron a su hijo con honores militares.

El propósito del altar callejero

El psicólogo Edgar Villamarín explica que la longevidad de un altar está conectada a la aceptación de la pérdida del ser querido por parte de los familiares. “Es un proceso normal, poco a poco el dolor no es tan intenso y la necesidad de ir al cementerio o donde sea no es tan grande”, señala.

A decir de Villamarín, los que siguen en pie por muchos años estarían tratando de “decirle algo a alguien”, refiriéndose al sospechoso de la muerte. “Imagino que la familia piensa tanto en el difunto que no lo quiere dejar ir, todavía hay sentimientos que ellos no han podido resolver”, explicó.

Independientemente del período de duelo, las autoridades procuran que estos tributos caduquen pronto. El periodo de gracia en la ciudad es de cinco días, mientras que el condado concede una semana después de recibir un reporte o enterarse que bloquea una banqueta.

“La ciudad no hace cumplir la ley de manera agresiva en el caso de los altares que no afectan la seguridad pública y permite que el monumento permanezca durante un período de duelo breve”, indicó Paul Gómez, vocero del Departamento de Obras Públicas de la Alcaldía angelina.

El condado, por su parte, indicó que luego de retirar el memorial notifica por escrito que los artículos confiscados se guardan durante 90 días. Si nadie los reclama, los botan a la basura.

Quizá sea por eso, por el afán de pasar desapercibidos, que los altares que desafían el paso de los años son más discretos y tratan de mimetizarse con el entorno para que solo las personas necesarias se den cuenta de su existencia.

Los conservadores de altares

En la barda metálica de una vivienda ubicada sobre la calle Sexta, en el barrio de Boyle Heights, sigue colgada la gorra y los tacos de futbol que un día usó José Méndez, un chico de 16 años que murió a tiros por la Policía en febrero pasado. Le apodaban ‘Perruzi’ por su destreza en el balompié.


Su madre, Josefina Rizo, le sigue prendiendo veladoras en el sitio donde falleció. “Le dieron en la cabeza y en el cuerpo, le tiraron a matar”, expresa con lágrimas. La Policía alega que el chico tenía un arma.

A la señora Adamaris Ramírez, inquilina de la casa donde están las pertenencias de ‘Perruzi’, no le incomoda esa tradición. “Es como en México, esto se pone cuando alguien muere”, comenta.

“En este lugar él dio su último suspiro, es su última morada y hay que respetar esa tradición”, expresa Jorge Cosgaya, mientras observa los detalles que han puesto frente a su casa.

A este inmigrante yucateco le ha tocado hacerla de bombero apagando su árbol, que ardió cuando una vela prendió un globo de helio. “No me perjudica en nada”, insiste el hombre.

Cerca del parque MacArthur, en el oeste de Los Ángeles, el paso del tiempo fue borrando los recuerdos de la polémica muerte de Manuel Jamines, un jornalero guatemalteco, a manos de la Policía en 2010. Después de airadas protestas, la agencia afirmó que el centroamericano portaba un cuchillo.

Para refutar esa versión, líderes comunitarios mantuvieron por años un memorial por Jamines. Ahora no hay nada, los negocios y las lluvias -dicen- lo hicieron desvanecerse.

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