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En Las Pampas, el agua potable está fuera del alcance, por lo que hay que viajar varias millas para obtenerla. (**Foto: The Texas Tribune).

Las Pampas: Una colonia construida sobre promesas rotas

Las Pampas: Una colonia construida sobre promesas rotas

En la colonia Las Pampas, el agua potable está fuera del alcance de la gente, por lo que deben viajar varias millas para obtenerla.

En Las Pampas, el agua potable está fuera del alcance, por lo que hay qu...
En Las Pampas, el agua potable está fuera del alcance, por lo que hay que viajar varias millas para obtenerla. (**Foto: The Texas Tribune).
Entra aquí para leer la versión en inglés de este artículo en el Texas Tribune: Las Pampas: A colonia built on broken promises.

Las Pampas " Cada tercer día, Víctor Manuel Juárez revisa las correas que sujetan un tanque de 500 galones al remolque plano de su pick up. Tras ponerse su sombrero de paja de ala corta, este hombre de 71 años da un beso de despedida a su esposa, Rosa María, y se dirige hacia la ciudad vecina de El Presidio.

Su destino es un lote vacío y sucio de cuyo suelo surgen cinco llaves de agua dobles que sirven como estación de agua improvisada. Él conecta el extremo de una manguera a la llave y arroja el otro al tanque, abre la llave y espera. Pasará una hora antes de que el tanque esté lleno y Juárez pueda regresar a casa con Rosa María.

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Así es la vida en la pequeña colonia del oeste de Texas, asentada entre el Big Bend Ranch State Park y las montañas Chinati.

Dado que la red de agua de El Presidio no atraviesa las cinco millas que separan esta ciudad de Las Pampas, las cerca de 30 familias de aquí deben hacer viajes regulares para traer suficiente agua para unos días.

Como muchos otros residentes de las colonias de Texas, los Juárez se mudaron a Las Pampas, una subdivisión no incorporada, hace 12 años con la falsa promesa de que el agua de la ciudad llegaría pronto. La mujer que les vendió su traila salió del pueblo poco después que ellos se mudaron, comenta Rosa María, de 61 años.

Los Juárez, que llegaron desde el pueblo mexicano de Ojinaga en la frontera, explican que traer el agua de lejos es la única opción. Pero la preocupación por la seguridad de esa agua es constante, por lo que prefieren utilizar agua embotellada para beber y cocinar.

“La usamos con miedo”, asegura Rosa María mientras se sienta a la mesa en su cocina. “Nunca pensamos que íbamos a mudarnos a los Estados Unidos para no tener agua, pero luego te acostumbras a la idea de que es parte de la vida”.

Investigadores y oficiales de salud aseguran que esos miedos sobre el agua son justificados.

Y los Juárez no son los únicos: decenas de miles viven en colonias de escasos recursos a lo largo de la frontera entre Texas y México, donde la falta de servicios básicos, como agua, electricidad y plomería, es la norma.

Muchos no tienen alternativa. En la frontera puede ser difícil encontrar viviendas accesibles, y la mayoría no tiene los recursos para mudarse a otra área.

José Rodríguez

Haciendo lo mejor posible

Los problemas de agua en las colonias empezaron de la década de 1950, cuando desarrroladores de propiedad vendieron terrenos baratos de baja calidad en áreas no incorporadas a migrantes hispanos de escasos recursos, prometiéndoles servicios que nunca llegaron.

Las colonias presentan las tasas más altas de enfermedades causadas por agua mala en todo el estado. En Las Pampas, los residentes generalmente se quejan de problemas gastrointestinales, y creen que están relacionados con la calidad del agua, explica Pema García, director asociado del Programa Colonias de la Universidad Texas A&M.

Los riesgos de salud son resultado de la forma en que la gente como Juárez obtiene el agua que usa. Puede que esté limpia cuando sale de la llave en Presidio, pero de ahí pasa a un que tanque portátil, y luego es vaciada en un barril de recolección de donde es bombeada para utilizarla en el hogar.

“Hay muchos puntos de contaminación” en el proceso de transportación del agua, explica García. Los residentes podrían no limpiar con regularidad sus tanques, que suelen estar a la intemperie, expuestos a la contaminación. Las familias que sólo tienen un barril de recolección conectado a su bomba tendrían que quedarse sin agua durante un día o dos para poder limpiarlo, lo cual generalmente no sucede.

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Si la bomba se rompe o se congela durante el invierno (como sucedió con la bomba de los Juárez hace unos años), la gente debe llenar cubetas de agua para bañarse.

Asimismo, en las familias que sólo beben agua embotellada, que no contiene fluoruro como el agua tratada de las tuberías, los niños también sufren problemas dentales, añade García.

Cuando la esperanza se secó

En los últimos 20 años, cientos de millones de dólares de fondos estatales y federales se han destinado a las comunidades de la frontera para tratar los asuntos de salud pública. Las redes de agua y drenaje se han extendido a algunas comunidades. Desde el 2006, al menos 286 colonias han sido conectadas a fuentes confiables de agua potable, han obtenido sistemas para el manejo de aguas residuales, así como calles pavimentadas, de acuerdo con las figuras provistas por la Oficina del Secretario de Texas.

Pero los residentes de Las Pampas (igual que otros casi 38,000 residentes de colonias) aún enfrentan graves riesgos de salud por no tener agua que sea segura para beber.

Si las comunidades desean ayuda, aseguran los oficiales, deben tomar la iniciativa y solicitarla. Alguien tiene que dar un paso hacia adelante y liderar el esfuerzo. Semejantes líderes no son fáciles de encontrar en el Condado Presidio, un paraje desierto y montañoso donde pocas personas viven y donde las prioridades políticas están dispersadas.

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“Se trata de una necesidad tan monumental que creo que mucha gente sólo se desentiende de ella, porque no saben ni por dónde empezar”, comenta Annette Gutiérrez, directora ejecutiva del Concejo de Gobiernos de Río Grande.

Proveer agua potable a sólo 30 familias en una comunidad remota es una propuesta cara, que los oficiales electos del Condado Presidio, a más de 60 millas al norte, en Marfa, no han podido justificar ante otros superiores, comenta Gutiérrez.

La esperanza creció a finales de la década de 1990, cuando Charlotte Ishikawa trató de establecer un proveedor de agua en la comunidad para traer el servicio al área. Ishikawa se mudó a Las Pampas en 1990, pero sólo vivió ahí durante un año, sintiendo que era demasiado pesado que tuviera que transportar el agua para ella y su hijo, que sufre epilepsia.

Un representante local del Departamento de Agricultura la ayudó para solicitar una subvención de $350,000 para construir una noria de agua comunitaria. Tomó años crear la Corporación de Abastecimiento de Agua de Las Pampas, así como obtener la subvención.

Aunque muchos residentes de Las Pampas se mostraban dudosos del proyecto, Ishikawa asegura que encontró a cerca de 30 familias que firmaron como miembros de la cooperativa de agua sin fines de lucro.

La subvención fue concedida finalmente en 2004, pero los intentos por construir la noria no tuvieron éxito. “Nunca encontramos agua”, explica, “por lo que tuvimos que desechar todo el proyecto”.

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Desde entonces, muchos de sus anteriores vecinos se han mudado a Presidio o incluso fuera del área.

“No sólo fue decepcionante. Fue deprimente”, comenta Ishikawa, ahora de 71 años. “Déjame ponerlo de este modo: no sé si va a pasar antes de que muera, pero creo que algún día va a pasar”.

Rodríguez, el senador estatal, cree que el estado debe tomar un papel más “asertivo” para identificar las colonias que necesitan asistencia, en vez de esperar a que surja un líder en la comunidad:

“La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿en el siglo XXI, dado lo mucho que aplaudimos el ‘milagro económico’ del estado, está bien que seamos un estado en el que aún existen condiciones del tercer mundo en nuestras comunidades de la frontera?”

Poca voluntad, o poco dinero, para ayudar

Curiosamente, la agencia estatal que da seguimiento a los esfuerzo para mejorar la vida en las colonias es la Oficina del Secretario del Estado, que generalmente supervisa elecciones, pero que también administra el Colonia Initiatives Program.

Rodríguez comenta que el programa es “bien intencionado”, pero que no tiene la autoridad ni las herramientas para ser “más agresivo para erradicar los problemas de las colonias”.

“Hacen lo que pueden, pero no creo que el estado de Texas haya provisto suficiente apoyo para que sea un programa efectivo”, asegura.

Enriqueta Caballero, directora del programa, explica que el estado está haciendo lo mejor posible con los recursos disponibles, pero que la perspectiva de acabar con las necesidades de agua de cada colonia es “desmoralizante”.

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“No somos una agencia de financiamiento, ni una agencia reguladora, ni una agencia de enforzamiento”, destaca Caballero. “Nuestro papel es servir como intermediarios, crear un puente entre un cabo y otro”.

Los fondos estatales para las colonias se han reducido en los últimos años. Ya no hay más dinero disponible para subvenciones. El Texas Water Development Board da préstamos, pero pueden ser muy difíciles de pagar. E incluso los préstamos baratos que el gobierno ofrece a las comunidades pobres son un riesgo; hasta ahora, los legisladores estatales no han asignado un presupuesto para 2015 destinado a financiar estos programas.

Esto es decepcionante de ver para Henry Cuellar, un anterior legislador del Valle de Río Grande, que fue pionero en muchas de las legislaciones de las colonias de Texas hace 20 años.

En ese entonces, la voluntad política para resolver el problema era fuerte, dice Cuellar, quien ahora es congresista de los Estados Unidos. Hoy en día, dice, “no escucho mucho sobre las colonias en Austin”, y en Washington, “muchos de nuestros líderes aún no entienden qué es una colonia”.

Los obstáculos no parecen terminar

Actualmente no hay ningún esfuerzo estatal para ayudar a los residentes de Las Pampas a obtener agua potable. En febrero del 2013, la ciudad de Presidio recibió una subvención por $80,000 por parte del gobierno federal para estudiar la posibilidad de extender su servicio de agua a Las Pampas.

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El dinero vino de la Border Environment Cooperation Commission, una agencia binacional creada en la década de 1990 para mejorar las condiciones ambientales en la frontera entre México y Estados Unidos.

Pero el esfuerzo ha descubierto nuevos retos.

Oficiales de la ciudad descubrieron que el sistema de agua de Presidio tiene sus propios problemas sustanciales, que necesitan ser arreglados antes de que la ciudad pueda extender sus tuberías más allá.

El viejo sistema de distribución de la ciudad debe trabajar extra para mover el agua cuesta arriba. Además, cientos de medidores de agua están desajustados, por lo que Presidio pierde al menos el 10% de las ganancias del servicio de agua.

Pero el principal problema para el director de obras públicas de Presidio, Arturo Acosta, es un tanque de almacenamiento de 1.7 millones de galones que está viejo y oxidado, y para el cual no se tiene reemplazo. “Si perdemos ese tanque, estamos en la ruina”, asegura. La ciudad no cuenta con un plan de contingencia.

El reporte de una firma de consultores de ingeniería, cuya edición final se espera más adelante durante este año, muestra que Presidio primero tiene que aumentar el costo del agua para poder arreglar los medidores descompuestos (cerca de $300 por cada uno), así como para comprar el equipo necesario para resolver los problemas de presión.

La ciudad no ha elevado el costo del agua desde 2002. “Tenemos que arreglar nuestros problemas dentro de la ciudad”, destaca Brad Newton, director ejecutivo del Distrito de Desarrollo Municipal de Presidio.

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Una vez que todos esos problemas estén arreglados, Newton cree que es seguro que Presidio pueda obtener fondos para cubrir todos los costos que implicaría extender su red de agua hasta Las Pampas, aunque no se ha determinado qué tan alto puede ser ese costo.

E incluso si la tubería se extiende, sólo lo harían cuatro millas fuera de los límites de la ciudad.

Flora Barraza vive a más de cinco millas fuera de Presidio.

Para Barraza, de 66 años, la esperanza de contar con agua corriente se desvaneció casi por completo cuando la noria que estaba produciendo Ishikawa resultó estar seca. Barraza, que ha vivido en Las Pampas desde hace más de 20 años, solía caminar hacia el sitio de perforación cerca de su casa para revisar el avance de la noria, esperando con emoción el día que el agua corriente fuera una realidad en su casa.

En vez de eso, ella aún realiza el viaje a Presidio para llenar su tanque de 200 galones en casa de una amistad. En el invierno, tiene que llenarlo cerca de tres veces a la semana, y con el calor del verano se ve forzada a llenarlo todos los días.

Cuando se queda sin agua entre viajes, Barraza utiliza para bañarse el agua que logra recolectar de la lluvia en barriles y botes dispersos en su patio. “Por supuesto que uso agua de lluvia. Si no tengo agua, ¿cómo se supone que me voy a bañar?”, se pregunta.

Incluso el agua que transporta puede estar contaminada, por lo que Barraza compra galones de agua para beber y cocinar.

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Pero el temor más grande es que no pueda hacer el viaje a Presidio cuando sea vieja.

“Ya sabía que no había agua corriente cuando me mudé aquí”, comenta Barraza. “Pero entonces era joven. Nadie se cansa cuando es joven”.

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