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Lula: de la pobreza al palacio y de la popularidad a la sospecha

Lula: de la pobreza al palacio y de la popularidad a la sospecha

Cómo el primer presidente obrero de Brasil pasó de ser el gobernante más popular a ser investigado por el mayor escándalo de corrupción del país.

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Por Luis Tejero @LuisTejero, desde Río de Janeiro

“Pido a Dios sabiduría para gobernar, discernimiento para juzgar, serenidad para administrar, coraje para decidir y un corazón del tamaño de Brasil para sentirme unido a cada ciudadano y a cada ciudadana de este país en el día a día de los próximos cuatro años. ¡Viva el pueblo brasileño!”.

Pasaban las tres de la tarde del 1 de enero de 2003 y el mayor país de América Latina asistía a la toma de posesión de Luiz Inácio Lula da Silva, el primer presidente obrero de su historia, también el primero de izquierdas desde el regreso de la democracia y el único sin carrera universitaria. “Casi analfabeto”, como suele repetir él mismo, desacomplejado, para responder a quienes se burlan de su falta de estudios.

Al final, los cuatro años fueron ocho. Y cuando le llegó la hora de ceder la banda presidencial a Dilma Rousseff, el 1 de enero de 2011, y bajar por última vez la rampa del Palacio de Planalto para abrazarse entre lágrimas al pueblo, Lula ya era mucho más que aquel sindicalista barbudo y carismático. Se había convertido en el gobernante más popular que recordaban los brasileños, tanto que el 83% aplaudía su gestión y apenas el 4% se atrevía a criticarla como “mala” o “pésima”.

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Con índices de aprobación tan altos y hace tan poco tiempo, la operación policial contra él por presunta implicación en el esquema de corrupción de Petrobras ha sacudido el país como un terremoto. Cinco años atrás, nadie habría imaginado que un día las fuerzas de seguridad irrumpirían en la casa de Lula a las seis de la mañana para llevarlo a declarar sobre su relación con una casa de campo y un tríplex que supuestamente fueron reformados por constructoras involucradas en el escándalo, y sobre las donaciones de esas y otras empresas que pudieron servir para financiar campañas electorales del Partido de los Trabajadores (PT).

Dilma Rousseff recibió la banda presidencial de manos desu entecesor, Lu...
Cuando Lula le entregó la banda presidencial a Rousseff tenía el respaldo del 83% de la población.


Es cierto que la imagen de Lula ante la opinión pública venía deteriorándose desde hace meses, en parte por las sospechas de irregularidades pero también por el desgaste de 13 años de Gobierno y de la peor crisis económica en décadas. Aunque él dejó el Producto Interior Bruto (PIB) creciendo al 7,5%, su heredera, Dilma Rousseff, afronta dos años seguidos de recesión y su supervivencia política se encuentra amenazada por procesos de destitución tanto en el Congreso como por la vía judicial, en el Tribunal Superior Electoral (TSE).

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Sin embargo, no deja de llamar la atención que el expresidente que fue elegido con un apoyo del 61.2% en 2002 y reelegido con otro 60.8% en 2006 se enfrente ahora al rechazo de la gran mayoría de la población. Según un sondeo reciente, si hoy los brasileños fueran convocados a las urnas, el 61% no votaría a Lula “de ninguna manera”. La situación se ha dado la vuelta drásticamente en sólo una década y en una coincidencia casi exacta: el porcentaje que antes respaldaba al fundador del PT es el mismo que ahora se niega a permitir su regreso al poder.

La popularidad de Lula se desplomó en solo cinco años.
La popularidad de Lula se desplomó en solo cinco años.


En otras palabras, el mito se ha venido abajo y no será sencillo que vuelva a ponerse en pie. El antiguo líder sindical todavía puede defenderse ante la Justicia, salir a las calles a reivindicar su legado e inocencia y tratar de convencer a aliados y adversarios de que “no existe nadie más honesto” que él, como ha repetido en varias ocasiones durante las últimas semanas. Pero ha dejado de ser intocable.

Y si cumple su promesa de presentarse como candidato en 2018, las encuestas ya advierten de que no lo tendrá nada fácil contra líderes opositores como el senador Aécio Neves, derrotado por poco en 2014, o Marina Silva, que fue su ministra de Medio Ambiente y podría intentar por tercera vez el asalto al Palacio de Planalto.

Para Lula, en cambio, serían sus sextas elecciones. Nacido en Pernambuco, en uno de los rincones más pobres de Brasil, de joven se ganó la vida como obrero de la industria metalúrgica, perdió el meñique izquierdo en un torno mecánico, acabó liderando las protestas sindicales en tiempos de la dictadura militar y sólo entró abiertamente en política en la década de los 80.

"Si se meten con Lula, se meten conmigo", reza el cartel que lleva este...
"Si se meten con Lula, se meten conmigo", reza el cartel que lleva este partidario de Lula.


Desde 1989 hasta 1998 intentó sin éxito conquistar la Presidencia, fracasando primero contra Fernando Collor y en otras dos ocasiones contra Fernando Henrique Cardoso, su gran adversario, con quien todavía hoy sigue intercambiando puñaladas verbales
a través de los medios de comunicación.

Cuando por fin logró su objetivo en las elecciones de 2002, con una barba más cuidada y un discurso algo suavizado, no dudó en proclamar: “Si al final de mi mandato todos los brasileños pueden comer tres veces al día, habré cumplido mi sueño”. Y lo cierto es que al terminar sus mandatos –no uno sino dos consecutivos–, Lula pudo enorgullecerse de haber sacado de la pobreza a millones de compatriotas que, como él, nacieron en familias humildes y por fin podían desayunar, almorzar y cenar, e incluso comprarse una nevera donde guardar las sobras.

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Ahora, el exgobernante admirado por unos y odiado por otros tiene ante sí un nuevo desafío menos agradable: demostrar que no es un “ladrón”, como le gritan algunos brasileños armados de cacerolas cuando habla en televisión, probar la honradez de la que presume y recuperar la confianza perdida de la mayoría, sobre todo si sus planes realmente pasan por volver a ser candidato a los 72 años.

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