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Ricardo Arjona durante su actuación en el concierto "En privado con Arjona" celebrado en Miami.

Mi experiencia “en privado” con Ricardo Arjona

Mi experiencia “en privado” con Ricardo Arjona

Al llegar con la plebe uno se da cuenta que además de ser acomplejado social y desconfiando, es un idiota porque se la pasa pagando boletas estrafalarias...

Ricardo Arjona durante su actuación en el concierto "En privado con Arjo...
Ricardo Arjona durante su actuación en el concierto "En privado con Arjona" celebrado en Miami.

Por Laura Piquero

Al llegar con la plebe uno se da cuenta que además de ser acomplejado social y desconfiando, es un idiota porque se la pasa pagando boletas estrafalarias para eventos poco gratificantes;  es fácil concluir que uno se pierde de todas las buenas ofertas, mientras que ellos se la pasan viajando, comiendo y “conciertando” de gratis.

Después de la espera afuera, finalmente llega la dichosa hora de entrar al establecimiento para estar más y más cerca de su presencia. Regidos por la emoción y la ansiedad, ciertos seres humanos pierden toda clase, para metamorfosearse en animales: se empujan entre las carnes esperando que la ley de la gravedad deje que los gorditos y bajitos entren primero. Por cierto, ley de conciertos para las mujeres: siempre usar tacones altos porque aunque sólo se le alcance a ver los tobillos al dios, es preferible a tener que reclinarse en la espalda de alguien y sólo oír su voz.

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Al cabo de una hora de música baja para distraer la ansiedad, uno ya ha detectado quiénes lo odian y cuánto lo odian, pues es el tiempo muerto en que se desahogan los frustrados por última vez, esperando que uno se sensibilice con su falta de buenos genes y los deje ir enfrente de uno. Como el hambre por este hombre es igual o peor intensa que la de la fémina de al lado, estar lo más cerca posible a su sudor es casi que una necesidad (por eso los novios se encuentran en estado de alerta continuo, memorizando cada gesticulación que la haga estremecerse, temblar o sonrojarse para aplicarlo en el dormitorio horas después cuando ella les llegue convenientemente desprevenida, agradecida y sueltica. De vuelta a la hora previa de anticipo, comienzan a brotar de los alrededores cercanos, palabras despectivas y planes maquiavélicos de sacarlo a uno del tumulto, factor que lo cambia a uno de estado placentero y soñador, a estado de supervivencia y lucha (están entumidos los pies dentro de los tacones, pero uno mantiene la columna bien erecta y la expresión perseverante y tranquila, motivada por el orgullo que empieza a hervir desde los adentros).

Al fin aparece el dios de la noche, dejando en peligro la virilidad del resto de los hombres que se encuentran por casualidad u obligación en el evento. De repente, comienzan a surgir sujetadas a las cabezas de diversos tamaños que se asoman y las espaldas que se estiran a su máximo nivel, los trípodes humanos que pretenden grabar la experiencia magnífica, en una cámara de poco foco o un celular con limitaciones audiovisuales y de tiempo. Es como si la ansiedad misma se manifestara a través de este acto idiota de “intentar” grabar la evidencia, el testimonio de la experiencia religiosa.

Ya con la fuente salina brotando de la espalda, la sordera desprevenida resultado del grito de hienas en calor, el lumbago y los dedos de los pies totalmente inertes y palpitando sus últimos segundos de vida, amenazando con romper los huesos, uno se echa una bailadita sutil para amortiguar los ligamentos, el retorcijón podálico y el espasmo gluteico. Al cabo de un tiempo de resistencia, uno sobrepasa el nivel físico de dolor y comienza a entrar al espacio sideral en dónde se va la jauría y se queda uno solo con el dios, haciéndose el amor con la mirada, él sonríe y…se despide.

La luz nos regresa rápidamente a la cruda realidad de que ya pasó, ya fue y asimismo se esfumó ese hombre perfecto, al que le guardamos tantas ansias de las que nunca ni llegó a enterarse, quedándose suspirante y delirando, soñando con él por el resto de los días. Por eso mejor un vinito y unos buenos parlantes: si igual, de él sólo se conseguirá fantasía, mejor evitarse tanta  crucifixión sin razón y batalla inútil con el resto de las féminas pues al fin del cabo sólo queda una certeza: ni por más tetas, ni más tacones podrá ninguna de NOSOTRAS, llevárselo a la cama.

¡MIL GRACIAS  107.5!

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