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Dos comandantes de la Revolución. Foto cortesía de Húber Matos.

El (atildado) Julio Casas que yo recuerdo

El (atildado) Julio Casas que yo recuerdo

Los Hnos. Casas Regueiro eran de los jóvenes favoritos de Raúl.  Pasaban horas hablando con él a puerta cerrada, razón de comentario entre los rebeldes, y ahí comenzó la leyenda negra de Raúl respecto a su inclinación sexual

Dos comandantes de la Revolución. Foto cortesía de Húber Matos.
Dos comandantes de la Revolución. Foto cortesía de Húber Matos.

Conocí a Julio Casas Regueiro cuando la Columna 9 “Antonio Guiteras” pasó por el Segundo Frente Oriental camino a Santiago de Cuba, donde debíamos iniciar las actividades preparatorias para el cerco y la toma de la ciudad.

El y su hermano Senén eran muchachos de la zona de Santiago. Eran parte de la elite burocrática de Raúl Castro.

Ninguno de los dos era conocido por combatiente, y no recuerdo que participaran en combates, era gente de oficina. Se distinguían de los campesinos de la tropa porque tenían alguna educación formal. Debido a su incondicionalidad, ambos llegaron a comandantes cuando la revolución triunfó.

Los dos hermanos eran de los jóvenes favoritos de Raúl. Andaban siempre con los uniformes limpios y bien planchados. Pasaban horas hablando con él a puerta cerrada. Esas reuniones eran motivo de comentario entre los rebeldes, y creo que ahí comenzó la leyenda negra de Raúl Castro respecto a su inclinación sexual, a lo que yo no le di importancia.

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La comandancia de Raúl estaba en Mayarí Arriba. La zona que controlaba era montañosa y se extendía desde Baracoa hasta más o menos la Bahía de Nipe.

Raúl le cobraba impuestos a todas las fincas y negocios, incluyendo a la Nicaro, que le debe haber pagado una sustancial cantidad. Aquello funcionaba como un pequeño estado.

Yo pasé por allí y lo que me llamó la atención fue que en la zona no se combatía. Venía de la Sierra Maestra, donde la aviación ametrallaba a cualquiera que anduviera hasta en un burro.

En aquel lugar había hasta un departamento de obras públicas y la maquinaria pesada de los rebeldes trabajaba en los caminos. Pasaban los aviones de reconocimiento del gobierno y no enviaban aviones de combate a destruirlas. Sin dudas había un acuerdo, tácito o negociado.

Cuando empezamos a combatir las cosas cambiaron y la aviación se puso agresiva. Raúl me llamo varias veces para coordinar acciones y lo visité. Siempre encontré a Julio y a Senén impecablemente vestidos. Me llamaba la atención, porque la mayoría de los rebeldes andábamos en otras condiciones.

Que yo supiera ninguno de los dos hermanos me atacó cuando denuncié lo que consideraba era una traición al compromiso democrático de la revolución. Cuando comencé mi condena de 20 años nunca volví a saber de ellos.

No sé cómo Senén y Julio pensarían a su muerte, pero por las noticias que tengo hay una gran frustración entre los militares viejos y jóvenes. Incluso en las filas del Ministerio del Interior el desencanto y la frustración están presentes. Eso pasó en los países comunistas. En Rumania fue el ejército el que terminó ejecutando a Ceacescu. Raúl sabe que en Cuba puede suceder también.

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