Inmigración

"Si me muero, entiérrenme en Guerrero": el deseo de un inmigrante momentos antes de ahogarse por salvar a una niña

Crescencio Ramos salió de su humilde pueblo a los 16 años con la intención de construirle una casa de ladrillos a su madre. Este fin de semana, tras morir en un acto heroico en una playa de Santa Bárbara, California, regresará a Tlayolapa, en el estado donde pidió que lo sepultaran.

LOS ÁNGELES, California.- Frente a un mar agitado en Santa Bárbara, California, Crescencio Ramos sacó en la conversación un deseo que solo compartía con sus más allegados: "Si me muero quiero que me entierren en Guerrero". Esto le dijo a uno de los amigos con los que fue a la playa el jueves 30 de marzo.

Solo unos momentos después de hacer este comentario, Crescencio vio que unos brazos se agitaban en el agua. Eran los de una niña de 9 años, hija de uno de sus conocidos, que se ahogaba en el mar. Sin pensarlo dos veces, nadó hacia la menor y logró mantenerla a flote, pero la marea lo arrastró a él.

Según la Policía de Santa Bárbara, el mexicano salvó a la niña, aunque quedó atrapado en una corriente que lo empujó hacia una boya a unos 20 pies de la orilla. Un surfista lo sacó, pero los esfuerzos de reanimación fueron en vano. Crescencio, de 32 años, fue declarado muerto en la escena. La conclusión de los investigadores es que el inmigrante se sacrificó por la niña.

Quienes lo conocieron aseguran que ese acto heroico describe a este hombre servicial, trabajador y amoroso que dejó dos niños huérfanos (Bryan, de tres años y Ángel, de seis) y a sus padres enfermos, quienes viven en la empobrecida comunidad de Tlayolapa, en Guerrero, quienes además, dependían de sus remesas.

"A sus padres, dentro de su dolor, les queda que él salvó a la niña. Yo les dije: 'tómenlo como un héroe, alguien que dio la vida por otro ser humano'. Y eso aminoró su dolor", comenta en una entrevista telefónica su tío paterno, Claudio Ramos, quien radica en Chilpancingo, la capital guerrerense.

Un joven humilde que ascendió

Crescencio nació en Tlayolapa, un poblado con calles de tierra, sin servicios básicos y que a menudo despide a los jóvenes que parten rumbo a Estados Unidos. Durante su infancia ayudó a su padre y hermanos en la siembra de maíz, calabaza y jamaica. Al cumplir 16 años, cansado de la pobreza, él también dejó el terruño haciéndole la promesa a su madre de que le construiría una casa de ladrillos.

“Le dijo ‘yo te quiero dar algo que valga la pena’, porque su casa se estaba cayendo, era de adobe con teja”, cuenta el tío sobre la partida de su pariente hacia EEUU en el año 2000.

Al llegar a California, Crescencio hizo de todo. En 2005, tomó el empleo más humilde en el hotel Bacalar en Santa Bárbara: intendente. Ahí echó raíces y fue subiendo poco a poco, pasando del servicio de cuartos, a camarero y luego a mantenimiento, reparando los desperfectos de las habitaciones.

En 2014 consiguió un segundo empleo, en otro resort, El Encanto.

“Era muy trabajador, muy cumplido, siempre fue un empleado muy profesional, amable. Era una persona alegre que se llevaba con todos. Nunca lo vi enojado, siempre veía las cosas con mucho optimismo”, aseguró Lupita Gómez, quien fue su supervisora en Bacalar.

Ella asegura que entre sus charlas era común escuchar sus dos prioridades: sus hijos y su madre. “Siempre la apoyó económicamente”, comentó.

La sonrisa de Crescencio alegraba las duras jornadas de sus compañeros, dice Natalie Reardon, administradora del hotel Bacalar.

“Cuando murió nos afectó a todas las personas que lo conocimos. Fue devastador en Bacalar. Estamos pasmados. Fue algo inesperado”, dice quien lo recuerda como un hombre gracioso, amable y servicial.

“Era devoto de sus dos hijos y de su madre, quien vive en Guerrero”, lo describió Reardon, quien abrió una cuenta en la página GoFundMe para cubrir los gastos fúnebres del migrante. En cuatro días dicha causa había colectado más de 17,000 dólares.

Un sueño sin cumplir

Las llamadas y mensajes de texto de Crescencio eran comunes en Guerrero. Allá desde niño le apodaron 'Chencho'. La última conversación telefónica que tuvo con su tío Claudio fue unas horas antes de su muerte. El migrante le agradeció el gesto por recibir a su madre en su casa en Chilpancingo.

“Tenía un amor cuando hablaba por teléfono. Me decía ‘tío, lo quiero mucho’, ‘quisiera estar allá para darle un abrazo’. Con eso me quedo yo, con ese amor desinteresado que tenía”, comenta.

Su pariente comparte que en los 17 años que vivió en EEUU 'Chencho' no pudo construirle una casa a su madre. Solo llegó a comprar un terreno, pero sus padres enfermaron de diabetes y las remesas se fueron en medicinas y alimentos. A la fecha, los ancianos siguen durmiendo bajo un techo de teja.

No pudo cumplir ese sueño, pero me consta que él siempre estuvo al pendiente de su mamá”, dice el tío. “Yo estoy viejo pero voy a tomar sus cualidades, voy a aprender de él”, dijo.

En abril de 2005 fue la última vez que este inmigrante puso un pie en su pueblo. Regresó para ver a los suyos y para constatar lo que pensó imposible, que pavimentaron un camino de su comunidad.

Este fin de semana él regresará dentro de un ataúd. Lo velarán en la casa de adobe de sus padres. Y como pidió, sus restos descansarán en su amado Tlayolapa.

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