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Aterrorízate con estos cuentos de terror: El camino de la luna

Aterrorízate con estos cuentos de terror: El camino de la luna

La tierra de las sombras me persigue. Por culpa de ellas hace un año que no duermo. Están ahí, míralas.

Hoy se cumple un año y no sé qué debo hacer. Hace 12 meses que no duermo de noche, que apenas si cierro los ojos de día, cuando puedo sentir el calor del sol reconfortando mis piernas, mi cara, mis recuerdos.

Se preguntarán por qué no duermo como todos los demás. Recuerdo que paseaba por la playa una noche de octubre, una de esas cuando la luna llena dibuja sobre el mar la ruta al mundo de en medio, ese espacio intermedio donde habitan los que no están vivos, pero tampoco terminan de morir.

Aún lo siento como si estuviera sucediendo. Caminé hacia mi casa sin dejar de ver el rastro de luna en el mar. Sé que observé con tal intensidad que la ruta se grabó en mis pupilas sin que pudiera hacer nada.

Desde aquella noche mis ojos se transformaron en la aduana entre los mundos. Bastaba con cerrar los párpados para que un sinfín de seres deformes, carcomidos por el olvido, intentaran cruzar al vecindario donde alguna vez fueron alguien.

Ellos no son malos conmigo, de hecho jamás me lastimaron, pero no pude resistir ser su cómplice cuando volvían a la tierra de las sombras, siempre llevando consigo a un nuevo inquilino, alguien que quizás encontraron ebrio en la banca de un parque, que tal vez se perdió entre el denso humo de un incendio. No podía ser parte de esa pesadilla constante.

No sé cuánto tiempo pasó, pero descubrí que si mis ojos no se cierran de noche, el puente entre ambas dimensiones no funciona. Si me mantengo despierto nadie viene a buscar nuevas sombras y tampoco nadie me mira con tristeza al pasar ante mí para perderse en la inmensidad del olvido.

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Ese reflejo de soledad, de profunda amargura me hizo tomar la decisión de no volver a cerrar los ojos de noche. Ahora deambulo por el reino de la luna observando por la ventana el mundo tal y como quiero que se conserve, aunque no sé cuánto más podré resistir, porque ellos están ahí, impacientes, sedientos y a la espera de que junte mis pestañas por un segundo para poder lanzarse sobre todos aquellos hijos de la amnesia.

Hoy se cumple un año y metido entre mis sábanas miro al techo. Sé que están debajo de la cama, en el camino al baño, en el interruptor de la cocina, acechando siempre mis ojos, buscando el sendero de luna para cubrirlo una vez más con sombras, con gritos ahogados de aquellos que arrastran cuando, aún dormidos, intentan aferrarse a este lado del mundo. No puedo más, voy a cerrar los ojos... ¿Escuchas algo? Son ellos.

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