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Criticas de Cine

A Quiet Place: querrás gritar pero al mismo tiempo no querrás gritar

Publicado 9 Abr 2018 – 04:58 PM EDT | Actualizado 9 Abr 2018 – 05:01 PM EDT
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Joss Whedon, cansado de escuchar que los diálogos eran lo mejor de su serie Buffy, la cazavampiros, decidió eliminarlos casi por completo en un capítulo de la cuarta temporada; inventó unos espectros conocidos como “Los caballeros”, que llegan a la ciudad y le roban las voces a todas las personas para impedir que griten cuando les arrancan el corazón.

Ese capítulo de Buffy se llama “ Hush”, igual que la película de Mike Flanagan de 2016, protagonizada por una joven sordomuda acosada por un villano enmascarado en su casa, una aterradora situación pero mucho más si uno no puede escuchar.

Don’t Breathe, de Fede Álvarez, subvierte el asunto al convertir una supuesta víctima, un hombre ciego, en victimario, por sus ventajas en determinadas condiciones.

A Quiet PlaceUn lugar en silencio— transita un terreno similar a todas estas historias (de hecho su amenaza central podría considerarse una variación sobrenatural, apocalíptica y más extrema de la que sufren los ladrones de Don’t Breathe), y sin embargo es una experiencia muy diferente.

Es una película que, de ser posible, debe verse en una sala cinematográfica, y una que esté particularmente predispuesta a mantener el silencio, para realzar el efecto estremecedor que logra con su uso del sonido (y la falta de éste).

La dificultad de comer popcorn en silencio

En las redes sociales muchos usuarios manifestaron la incomodidad de ver A Quiet Place en el cine y sentir que se estaba cometiendo casi un acto de sacrilegio o temerario al intentar comer popcorn, ese ruidoso snack.

La atmósfera que crea la película está enteramente diseñada de modo que la ocurrencia de un sonido genera una incómoda y desagradable irrupción, inmediatamente asociada a un peligro letal, probado con elocuencia en la primera secuencia, trágica y brutal.

Rápidamente las reglas que rigen ese mundo apocalíptico están establecidas con esa introducción, aunque sin demasiadas explicaciones de fondo, lo que como se sabe potencia el sentimiento de horror. También la secuencia introduce el eje emocional de la película. La beneficiosa falta de explicación detallada se compensa con una especie de sencillísima mitología: solamente hay que saber un par de cosas (que por las dudas aparecen anotadas después en un pizarrón) y es que las misteriosas y violentas criaturas que asolaron el planeta son ciegas y atacan directamente a las fuentes de sonido.

Es mucho lo que el director y protagonista John Krasinski puede explotar en términos de terror partiendo de esta simple premisa.

El elemento se incorpora a la historia además de un modo muy concreto y eventualmente crucial: una de las hijas de la pareja es sordomuda.

Ocasionalmente la película se sitúa en su punto de vista subjetivo y en lugar de silencio escuchamos un ruido sordo y apagado que se asemeja al silencio y en realidad lo que hace es realzarlo, darle otra dimensión.

Lo mismo sucede con los diálogos, las voces humanas o casi que cualquier sonido: son tan escasos que cuando en efecto ocurren adquieren un peso mucho mayor, se cargan de significado.

Un grito puede ser emocionante o estremecedor.

Una metáfora cualquiera

A Quiet Place ingresa en esa nueva corriente del cine de terror que se ha dado en llamar «horror inteligente» (o post-horror también) para darle un aura más respetable y prestigiosa a un género que había pasado a ser asociado a corrientes menos sofisticadas y sustanciosas como el torture porn.

Las películas de esta corriente ( The Babadook, It Follows, The Witch, Get Out) suelen tener el sello del cine de autor y presentar una reorganización o resignificación de los elementos clásicos del género, además de una presunta intención explorar otros temas más allá del inmediato impacto sensorial del horror (algo que en realidad no es nada nuevo para un género que ya fue revolucionario por su potencia metafórica y su capacidad sugerente hace medio siglo y que fue explorado por autores como Romero, Polanski y Kubrick).

A Quiet Place fue objeto de esta clase de interpretaciones, naturalmente.

Para su propio director, John Krasinski, que le dedicó la película a sus dos hijos, es sobre la familia, «sobre los extremos a los que puedes llegar como padre para proteger a tus hijos».

Emily Blunt, esposa de Krasinski en la vida real y de su personaje en la película, también dijo que la película era sobre «lo que es ser padres en el mundo peligroso y frágil de hoy».

No me parece una metáfora muy interesante, o al menos no creo que se plasme en la película de un modo especialmente atractivo, más allá de la comprensión y la empatía que surge ante la situación de esa familia –esos personajes– y de su supervivencia.

Hay algunos aspectos de la trama relativos a este costado que son los que más exigen al público estirar su credulidad (¿quién querría tener un hijo en esas condiciones?).

Otra metáfora más curiosa y acaso inevitable es la que algunos críticos trazaron con la realidad política estadounidense. La película representaría un mundo en el que levantar la voz, decir lo que uno quiere decir, puede matarte.

Las interpretaciones están abiertas y favorecidas por la naturaleza de la película pero, como las misteriosas criaturas asesinas que desprecian el sonido, tal vez quedan mejor algo inexplicadas, intrigantes. Y, como el silencio, cada uno puede llenarlas con lo que prefiera, con un susurro o un grito.

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