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Benedict Cumberbatch

12 años de esclavitud, de Steve McQueen [Crítica]

Publicado 27 Feb 2014 – 01:51 PM EST | Actualizado 26 Mar 2018 – 10:34 AM EDT
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12 años de esclavitud ( 12 Years a Slave) se ha convertido en una de las películas más aclamadas y comentadas de los últimos tiempos y parece difícil que otra de las nominadas le termine arrebatando el premio en la categoría más importante de los Oscar 2014.

La película dirigida por el británico Steve McQueen está basada en una historia real, al igual que varias de las nominadas a mejor película, pero a diferencia de las demás, esta ensaya una mirada histórica que se vincula más profundamente a los Estados Unidos, a su surgimiento como nación y a las heridas que aún no han terminado de cerrar, cuyas repercusiones se extienden hasta la actualidad. 

De hombre a esclavo

La historia sigue a Solomon Northup, que en 1841 era un negro libre, culto y educado que vivía junto a su esposa y sus dos hijos en Nueva York. Solomon es un experto violinista, que es contratado para tocar en Washington, a donde viaja junto a dos hombres que terminan por drogarlo y venderlo como esclavo. 

Esta es la puesta en marcha de la historia y, a partir de este momento, Solomon comenzará un viaje de descenso al infierno, a través de distintos lugares, distintos “amos” y distintas situaciones que poco a poco lo van despojando de su dignidad, de su identidad y de cualquier rasgo de humanidad. 

Luego de asumir el golpe inicial, de haber sido encadenado y vendido, Solomon -ahora renombrado Platt- logra incluso un cierto bienestar trabajando para Ford ( Benedict Cumberbatch), un blanco bondadoso que posee cierto respeto por la inteligencia y solvencia de Solomon (si es que cabe esta descripción a un esclavista). 

Uno de los puntos que establece la película con Ford y su trato a los esclavos es, tal vez, que el trabajo obligado a cambio de nada era el menos problemático de los asuntos de la esclavitud y, a pesar de ser el más beneficioso para los “amos”, solía quedar subordinado al ejercicio cruel de sometimiento, ostentación del poder y violencia física y simbólica, aspectos retratados en los otros blancos, Tibeats ( Paul Dano) y Epps ( Michael Fassbender).

Chiwetel Ejiofor realiza un trabajo brillante en la interpretación de Solomon y las circunstancias que lo van transformando, que lo van llevando de ser un hombre excepcional y esperanzado, dispuesto a sobrevivir y a realizar esfuerzos de todo tipo para reunirse nuevamente con su familia, a ser uno más entre muchos, resignado y reducido a lo más mínimo de su existencia. 

En una de las escenas más poderosas e impactantes de la película -aunque éstas son muchas-, luego de que el grupo de esclavos de Epps entierra a uno de ellos, muerto en el campo de algodón durante la cosecha, todos comienzan a cantar y vemos el rostro de Solomon en primer plano.

Está en silencio y no parece interesado en sumarse al coro, pero poco a poco comienza a cantar y se va acoplando al grupo de voces hasta confundirse con ellos, lo que representa su resignación final y su pérdida de esperanza, una conexión espiritual -que incluso llega a sentir el espectador- con el resto de los esclavos: ya no es un hombre libre transitoriamente envuelto en trágicas circunstancias; es un esclavo más. 

Problemática 

La película se propone ser lo más cruda posible y exponer al espectador a lo inhumano de la esclavitud en todo su esplendor: no hay nada implícito, aludido o sobreentendido, y no se ahorra ningún detalle de todo lo cruel, sádico y salvaje que podemos imaginar. 

Podemos ver a los esclavos ser horriblemente humillados, disminuidos, golpeados, traicionados y asesinados, ver cómo una mujer negra es separada de sus hijos, cómo un niño negro es obligado a demostrar su estado físico saltando, o ver los repetidos latigazos que destrozan la espalda de una joven negra (interpretada por Lupita Nyong'o, que también se luce increíblemente en su interpretación), sin ninguna elÍpsis ni suavización.

Más allá de las poderosas imágenes, de la conmovedora e indignante historia a la que asistimos, con grandes actuaciones y con méritos cinematográficos indiscutibles, yo me pregunto si tal despliegue de violencia es necesario. 

¿Necesitamos de esta película para saber que la esclavitud fue inhumana y salvaje? Evidentemente no. Tal vez para una nación que intenta enfrentarse a su propia historia y sus propios demonios, sin suavizarlos o relativizarlos, sea algo importante y valioso -como lo demuestra la gran repercusión que tuvo la película entre la crítica estadounidense-, pero también es algo que no nos cambia en modo alguno una perspectiva ya evidente y generalizada, gracias a los avances sociales y políticos que hemos experimentado.

En cierto modo, al ser histórica -ambientada en tiempos completamente diferentes- y tan excepcional -es la singular historia de un hombre entre miles-, 12 años de esclavitud carece de comentario o reflexión sobre la realidad y los problemas actuales y termina siendo un ejercicio vano y una exposición innecesaria de violencia y sadismo.

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