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Marc Márquez, el piloto que se quedó sin ídolo

El joven líder mundial de MotoGP ha ganado los últimos seis años de manera consecutiva el GP de Alemania, que se disputa este domingo en Sachsenring.
23 Jun 2016 – 12:49 PM EDT

Por: Nadia Tronchoni

Marc Márquez ya no es aquel joven que llegó a la categoría MotoGP en 2013 con ganas de comerse el mundo, aunque de camino, en busca de la victoria, se dislocara el hombro o se estrellara a 300 km/h; el caso es que se lo comió: no dejó ni un cachito, ni las migas siquiera. Ya no es el piloto temerario que, como el más valiente de los toreros, haciendo gala de la tradición más castiza, decía que las carreras había que terminarlas por la puerta grande o en la enfermería. Ni tampoco es ya aquel chico inocente que idolatraba a Valentino Rossi, leyenda, mito y todavía gran activo del Mundial de motociclismo, de quien el español estaba terminando una colección de motos en miniatura cuando debutó en la categoría reina aquel año.

La madurez, aunque todavía en proceso, descubre hoy un Márquez algo menos irreverente, que ha aprendido de los errores del pasado reciente, cuando por querer ganar siempre y en cualquier condición el piloto del equipo Repsol Honda no supo dar por bueno un segundo o un tercer puesto y, como corría con peor material del que acostumbraba, en lugar de un podio se llevaba a casa un cero. Su precipitación en 2015, tras dos años colmados de éxitos, triunfos, récords, fiestas y halagos, fue tal que acabó sumando seis ceros en la temporada: en una tercera parte del total (18 carreras) se retiró, habitualmente por accidente. El último, en Malasia, fue el más sonado. Rossi, con quien ya se había encontrado en pista en Argentina y en Holanda –no sin polémica–, le sacó de la trazada y le propinó una patada que acabó con él en el suelo. Aquello no solo monopolizó el final del Mundial, que el italiano se jugaba con un compatriota de Márquez, Lorenzo (a la postre, campeón), sino que supuso una bofetada de realismo para el joven piloto, que nunca imaginó que le acusarían de complot. Su ídolo dejó de vivir en un pedestal. Y él empezó a crecer a golpe de insulto, de abucheo.

Pese a todo, sigue siendo el chico que ríe a todas horas, el de la sonrisa amplia, el de la carcajada contagiosa. Y conserva, intacta, su ambición. A su talento, que no ha menguado ni una pizca –solo hay que verle: es el único capaz de ganar con esa Honda, tan difícil y cabezota–, le ha sumado la experiencia de estos años compitiendo con los mejores –Rossi y Lorenzo incluidos– y todo lo aprendido cuando se lucha en inferioridad de condiciones, como le ocurrió el año pasado y le está ocurriendo, de nuevo, esta temporada. Claro que ahora ya los números le salen. Como no le pueden las prisas, la regularidad es su mejor credencial para aspirar a ganar el título por tercer año. De momento es el líder del campeonato, con dos victorias y seis podios en siete grandes premios.

Aquel Márquez, el campeón más joven de la historia de MotoGP –lo logró con 20 años y en su primer curso–, tiene hoy el rostro anguloso, la espalda más ancha, y el cuerpo tan fibrado y musculado que pareciera que no hace otra cosa que entrenarse noche y día. Ocurre que su Honda, especialmente aquella que la fábrica japonesa ideó para el 2015 y cuya evolución es con la que compite ahora, se volvió tan física y agresiva que su cuerpo tuvo que experimentar un cambio por pura necesidad. No había manera de dominar aquella máquina de 157 kilos (y demasiados caballos de potencia) si no ganaba fuerza: se exigía tener más masa muscular. Pero no demasiada: un piloto necesita ser ágil y dominar los cambios de dirección en los circuitos de asfalto a gran velocidad. Además, en el caso de Márquez, la elasticidad siempre fue uno de sus secretos: le ha salvado de numerosas lesiones en muchas caídas. Dicen que es como un gato: tiene siete vidas. Y alguna ha gastado ya…


Fue un niño al que le costó dar el estirón –“Me tomaba todos los días un zumo de litro y medio: plátano, manzana, naranja…”, recuerda él, cuya evolución seguían de cerca los médicos–, lo que le dio muchos problemas en sus inicios en el Campeonato de España, pues apenas pesaba 32 kilos: tuvieron que hacerle una moto a medida, y luego tuvo que correr con lastre, por reglamento, para llegar al peso mínimo. “Las caídas eran el pan nuestro de cada día”, recuerdan en el entorno del piloto. Pero de aquel handicap sacó un pilotaje fino y delicado, una trazada limpia, perfecta. Y, también, la lección de que aprendía con cada accidente. “Volvía llorando, pero nunca le he visto con miedo tras una caída. Siempre quiere ir más rápido”, rememora Jordi Castella, que le conoció cuando tenía 13 años y es hoy uno de los mecánicos de su equipo en MotoGP.

Una de las caídas más tontas, en los minutos finales de un entrenamiento, por poco termina con su brillante carrera: corría en Moto2, la categoría intermedia del Mundial, y aspiraba al título: los comisarios no advirtieron un parche de agua en la pista y Márquez cayó. El traumatismo afectó a un nervio óptimo que le provocó visión doble durante meses. Tuvo que ser operado. No se subió a la moto desde aquel día de octubre hasta la primera carrera del curso siguiente, en abril. Y la ganó. Y ganó también el campeonato. Y ganaría al año siguiente su primer título de MotoGP, y al otro, el segundo, con un récord de diez victorias consecutivas. El ídolo pasó a ser él.

Márquez, obvio, no es un desconocido en Cervera, un pueblo del interior de Cataluña, de inviernos muy fríos y mañanas con niebla. Pero es uno más. Por eso, no es raro verle salir desde casa de sus padres ataviado con su mono de ciclista, casco incluido, y acompañado de su hermano pequeño, Àlex, también piloto, dispuesto a cargar unos cuantos kilómetros sobre sus piernas. Compañeros de fatigas, lo mismo llenan la furgoneta y se van a alguno de los circuitos que tienen cerca de casa para practicar motocross o hacer dirt track, que se echan un partidito de fútbol con los amigos. Seguidores del FC Barcelona, los hermanos Márquez, sin embargo, siempre pasaron más horas en los circuitos que en las canchas de fútbol. La culpa la tienen sus padres.


Julià y Roser se conocieron (y se gustaron) una noche de discoteca. Se hicieron socios del Moto Club Segre, en Bellpuig, cerca de Cervera, y allí pasaban los fines de semana: ella se encargaba de los bocadillos, él de recoger las entradas para las carreras de motocross y enduro. El pequeño Marc, sentado sobre una bala de paja, no perdía detalle. Y a los cuatro años escribió una carta a Santa Claus. Quería “una moto de gasolina, de las de hacer saltos”, como las que veía cada fin de semana en Bellpuig. Y así comenzó: montado en una Yamaha PeeWee, de 50cc, rosa y blanca, a la que su padre tuvo que ponerle pequeñas ruedas a los lados, pues entonces ni siquiera sabía montar en bici. A los ocho años ya era campeón de Cataluña de motocross. Y probó con una moto de velocidad, por expreso deseo de Julià, a regañadientes: él prefería ensuciarse de barro. A los 13, confiesa Marc, “ya sabía que quería ser profesional”. La colección de motos no la terminó.


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