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Juegos Olímpicos

Memoria México 1968: la Clausura, el anhelo de Pierre de Coubertin

Por primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos, los atletas de todos los países se mezclaron al saltar a la pista en la ceremonia de clausura.
27 Oct 2018 – 2:33 AM EDT

En pleno 2018 nos sobran ejemplos de como México ha llevado un ambiente de fiesta y euforia a los grandes eventos deportivos, pero nuestros abuelos fueron los que nos mostraron ante el mundo.

Luego de 16 días de competencias que dejaron récords que rayaron en lo fantástico e historias que se seguirán contando de generación en generación, México tenía que ponerle también su sello al evento final.

El cierre de los Juegos Olímpicos de 1968 fue programado para iniciar con los últimos rayos de sol del 27 de octubre en el Estadio Olímpico Universitario, el mismo lugar que vio volar a Bob Beamon y a Jim Hines, en el que Dick Fosbury revolucionó para siempre el salto de altura y en el que José Pedraza hizo vibrar a todo su país.

Seis representantes de cada país participante aparecieron en la cancha, bien formados en bloque. Un deportista africano con túnica blanca envolvía a los voluntarios colocados al borde de la pista, como si abrazara al estadio completo; ya en la cancha corría de un lado a otro, como niño, hacia la tribuna y de regreso, pero solo algunos lo seguían, dudando si era lo correcto, si podían "lastimar" más un campo que quedó echo un potrero -casi literalmente- por las pruebas ecuestres de esa tarde.

El presidente del Comité Olímpico Internacional, Avery Brundage, declaró terminados los Juegos y lanzó la invitación para la cita de Múnich en 1972. Descendió la bandera olímpica, que fue trasladada en una penumbra casi total del estadio, rota solo por el los reflectores que la acompañaron y que también extinguieron su luz cuando el emblema desapareció de la vista.

El Fuego, que fue encendido el 23 de agosto en la Antigua Olimpia y desde el 12 de octubre fue instalado en el pebetero, también acabó con su tarea: fue extinguido gradualmente y el Estadio Olímpico Universitario quedó en oscuridad absoluta.

Inmediatamente, los fuegos artificiales y su estruendo le devolvieron la vida al lugar, encendieron las cuatro torres de luz y el Son de la Negra fue interpretado por 900 mariachis; el resto de los deportistas que aún estaban en México salieron al escenario sin orden alguno desde la puerta de maratón, sin importar el país, el género, el idioma o el color de la piel.

Se rompió el protocolo. Mexicanos abrazando australianos, edecanes formando una fila tomadas de las manos con estadounidenses y franceses, centroasiáticos con el torso desnudo y todos los deportistas, medallistas y no medallistas, dieron la vuelta olímpica con la que soñaron desde niños.

Las Golondrinas le dieron el adiós al mundo entero, en medio del júbilo y la nostalgia. México entregó unos Juegos memorables con indeleble legado deportivo, cultural y de telecomunicaciones. Desde entonces, las clausuras olímpicas se volvieron el epítome del exultante caos de la amistad, la tolerancia y el entendimiento, la Babel de la Era Moderna gracias al deporte.

La que tanto anheló Pierre de Coubertin.

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