Juegos Olímpicos

¿Por qué Río 2016 no fue el desastre que muchos anticiparon?

Río 2016 consiguió derrotar el pesimismo de los peores augurios y levantó el el ánimo de los brasileños. ¿Qué hizo que estos Juegos Olímpicos hayan sido exitosos?
23 Ago 2016 – 9:43 PM EDT

RÍO DE JANEIRO, Brasil.- Muchos cariocas, o brasileños en general, se acostaron el domingo convencidos de que los Juegos recién clausurados habían sido los mejores de la historia. Algunos extranjeros, en cambio, pensarán que fueron los peores. Pero unos y otros seguramente podrán ponerse de acuerdo en una cosa: con tantas desgracias como venían anunciándose en los meses previos a la cita olímpica, Río de Janeiro ha superado indudablemente las expectativas.

Mientras los atletas y turistas vuelven a sus países, el balance de los primeros Juegos celebrados en Brasil puede compararse con el desempeño de su selección masculina de fútbol. Los empates sin goles ante Sudáfrica e Irak hicieron que la afición local se temiera un fracaso vergonzoso, pero cuando llegó la hora de la verdad, Neymar y compañía se vinieron arriba y acabaron conquistando la medalla de oro, aunque para ello tuvieran que sufrir hasta el quinto penalti.

Del mismo modo que los más pesimistas previeron un fatal desenlace en el deporte nacional, algunos imaginaban que los JJOO de Río 2016 resultarían un desastre. El guión sería algo así: protestas multitudinarias en las calles contra los gastos del megaevento deportivo en medio de la crisis económica y política, estadios a medio construir y con sus gradas cayéndose en pedazos, una epidemia del virus del Zika entre deportistas y visitantes y, para terminar de amargar la fiesta, la amenaza de atentados en un país nada acostumbrado al terrorismo.

“La impresión era que hordas de zombis caníbales devorarían a los atletas y una nueva peste negra surgida en la bahía de Guanabara daría inicio a otra era de las cavernas”, ironiza Celso Rocha de Barros, sociólogo brasileño y columnista del periódico Folha de S. Paulo.

Robos y mentiras

De todos los riesgos mencionados en vísperas de la ceremonia de apertura, ni el Zika ni el terrorismo hicieron aparición durante las dos largas semanas de competiciones. Hubo falsas alarmas de bomba y mochilas detonadas preventivamente por especialistas en desactivación de explosivos, pero ningún incidente con víctimas.


Sí se produjeron episodios preocupantes de inseguridad, desde el ataque a pedradas contra un autobús de periodistas hasta los dos agujeros de bala hallados en una tienda del centro hípico. Especialmente dramática fue la muerte de un soldado de la Fuerza Nacional que se había desplazado a Río para reforzar el despliegue olímpico y fue tiroteado tras entrar por error en una favela.

Según estadísticas oficiales, más de 100 turistas fueron víctimas de hurtos y atracos desde el inicio al fin de los Juegos, principalmente en la zona sur de la ciudad (Copacabana, Ipanema...) y en Barra da Tijuca, donde se encuentra el Parque Olímpico.

Pero el robo más mediático de todos, supuestamente sufrido por cuatro nadadores estadounidenses tras una noche de fiesta, acabó desvelándose como una mentira. Después de inventarse que habían sido asaltados a punta de pistola, Ryan Lochte y sus tres compañeros tuvieron que disculparse públicamente y de alguna forma contribuyeron a desviar el foco de otros problemas reales.

Obras y organización
Entre las cuestiones más citadas destacan los asientos vacíos –sobre todo en zonas caras o reservadas a patrocinadores–, las extensas filas para acceder a las instalaciones o los precios y las carencias de los puestos de comida y bebida. También llamó la atención que el agua de la piscina de saltos de trampolín se volviera verde en plenos Juegos, una cuestión que tardó unos días en ser resuelta.


En cualquier caso, y contra los peores pronósticos, los estadios llegaron a tiempo y cumplieron su papel sin que hubiera que lamentar ninguna tragedia. También se cumplió la promesa de finalizar la construcción de una nueva y moderna línea de metro hasta Barra da Tijuca, aunque su inauguración casi en el último minuto sirvió para reforzar la fama de los cariocas de dejar las cosas para el final.

Y si algunos esperaban que la crisis política hiciera inviable la celebración de los Juegos, lo cierto es que el asunto ha tenido un protagonismo menor de lo esperado. Al fin y al cabo, la destitución de Dilma Rousseff previsiblemente será ratificada por el Senado la próxima semana y ni siquiera sus partidarios más fieles confían en recuperar el poder a corto plazo.

Claro que su sucesor y presidente interino, Michel Temer, fue ampliamente abucheado en la inauguración en el estadio de Maracanã y prefirió seguir por televisión las competiciones en las que algunos espectadores mostraban carteles y camisetas contra él. Pero las disputas entre unos y otros brasileños en torno al conflictivo proceso de impugnación (o impeachment) no dieron lugar a las protestas masivas que sí hubo en los meses anteriores.

El reto paralímpico

En resumen, los brasileños salen de estos Juegos con la cabeza más alta. “Es obvio que hay mucho que criticar, pero las Olimpiadas probablemente han estado cerca de lo mejor posible para un país pobre, desigual y democrático”, analiza el sociólogo Rocha de Barros.

Una vez superado el desafío con bastante más que un aprobado, la preocupación se centra ahora los Juegos Paralímpicos, que deberán celebrarse del 7 al 18 de septiembre en las mismas instalaciones. Los nubarrones que planean sobre la cita se centran sobre todo en los problemas de financiación y en las pocas entradas adquiridas por el público hasta el momento. Según el comité organizador, hasta la semana pasada sólo se había vendido el 12% de los asientos disponibles.

En cualquier caso, todavía queda esperanza. La antorcha llegará a Brasilia el 1 de septiembre, con los valores de “coraje, determinación, inspiración e igualdad” escritos en braille, y los organizadores esperan que su recorrido por varias ciudades contribuya a alimentar el interés del público justo a tiempo para llenar la ceremonia de apertura.

Después del orgullo que ha levantado entre los brasileños la fiesta olímpica, una decepción paralímpica sería una vergüenza que ni el país ni el resto del mundo pueden permitirse.


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