Juegos Olímpicos

Neymar, Brasil y los fantasmas cascarrabias del fútbol

El astro cobró el penal con que la Verdeamarelha ganó la medalla de oro en Río 2016 y de paso dejó de lado una serie de derrotas históricas y recientes del equipo.
21 Ago 2016 – 1:43 AM EDT

En medio de tremendas soledades en Río 2016, la de Neymar era la más grande. Porque los deportistas como los artistas únicamente en la verdadera soledad crecen o se hunden.

De pie, con los músculos del rostro y del resto del cuerpo tensos. Mirando a Timo Horn -el arquero alemán- o al arco de Timo Horn o al infinito, vaya usted a saber que miraba en ese momento místico, el capitán se perfiló -no es exagerado decir- con el futuro del fútbol brasileño en sus pies.


Porque no era solo una medalla de oro en disputa. Era la estima futbolística de un país que volvió cuestión de estado ganar el único trofeo importante que les hacía falta en el balompié e intentar mirar la orilla tras una serie de fracasos inimaginables recientemente.

De paso cerrar un ciclo histórico de terribles resultados en el Maracaná y en el propio territorio amazónico.

Y es que desde hace algún tiempo, no mucho, el mundo del fútbol mira con desconfianza y murmura que Brasil, la Verdeamarelha, el creador del ‘jogo bonito’, el pentacampeón del mundo. La cuna de Leonidas, Pelé, Garrincha, Zico, Socrates y Ronaldo no es lo que solía ser.


Ahí parado Neymar, a unos pasos del manchón penal quizá lo que veía eran esos fantasmas cascarrabias -enojones y encimistas- del fútbol que todos tienen y el coloso no escapa a ellos.

Entes metafísicos que le acechaban arrinconados, pendencieros, dispuestos a saltar en tropel a la menor provocación o penal fallado.

Los del Mundial del 50 -vueltos espectros en el mismo Maracaná- materializados en forma de Obdulio Varela o de Alcides Ghiggia.

O el que dictaba que a los brasileños se les da bien toda competencia en fútbol, pero no los Juegos Olímpicos. Ahí mirando a la distancia, Francia de Los Angeles 84, la Unión Soviética de Seúl 88 y México de Londres del 2012. Sus tres victimarios en las finales olímpicas.


O los más recientes, pero no por ello menos dolorosos. El 7-1 de Alemania en las semifinales de su Mundial hace un par de años y la eliminación en Copa América en fase de grupos hace solo un par de meses ante Perú con un gol con la mano.

Esos y, seguramente, algunos más de frente a Neymar, pero los del propio brasileño venían detrás y esos más bien los intuía. Tanto así que previo al duelo solicitó ayuda celestial: “Que Dios nos ayude y nos proteja”, escribió en Twitter.

Porque no habría importado que aquel hubiera guiado a su selección a la disputa de la final olímpica o que se hubiera tirado un partidazo ante Alemania con un golazo de bandera incluido.

Le habría señalado y cuestionado el espectro en turno su liderazgo nulo en triunfos y trascendencia con su selección.

Ahí frente a su destino, seguro hubo incluso algún espíritu fanfarrón e invasor que se lo imaginó errando el penal justo como lo hiciera Lionel Messi, su compañero argentino del FC Barcelona, en la final de la Copa América ante Chile y así poder decir barbaridades de él, de Messi y del club catalán.

Quizá por todo eso, de pie con su soledad en el semicírculo del área decidió cambiar de último momento su perfil rumbo al balón.

Optó por dar tres pasos a la izquierda y atacó entonces el esférico. Dio dos zancadas y frenó tratando de engañar a Horn, y por fin disparó alto y a la izquierda del arquero teutón que se lanzó a su derecha.

Fue una liturgia larga para los menesteres futbolísticos comunes. La ocasión lo ameritaba.

Había que ahuyentar fantasmas, espectros, apariciones y demás espíritus chocarreros de ocasión. A saber si el exorcismo funcionó.

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