Juegos Olímpicos

Misoginia y discriminación racial en los Juegos Olímpicos

¿Es en verdad necesaria la división de las disciplinas a partir del sexo o el color de piel?
13 Ago 2016 – 4:12 PM EDT

Por Kyzza Terrazas | @anarconde

Conforme pasan los años hechos de fragmentos de recuerdos de visiones y sinapsis, tengo la certeza, probablemente errada y mucho más contingente que los pasos de un borracho o un lanzamiento de martillo, que cierta claridad se instala en algunas de mis percepciones sobre el mundo y la humana sociedad que lo corroe. Quizá se trate de juegos con los que me engaña mi propia mente o, en general, maquinaciones incontrolables de este cuerpo que va que vuela hacia el polvo y la negra nada.

Aun así, con cada edición de Juegos Olímpicos o mundiales de futbol —ay, ese bendito oásis de cada dos años— me parecen más fáciles de advertir algunos lastres sociales en la cobertura mediática de dichos eventos, sobre todo aquella emanada de las grandes corporaciones de comunicación, pero también en el cerdo océano de las redes sociales y sus trenes del mame e incluso la manera en que operan las federaciones y los equipos.

Estoy pensando, claro, en las cuestiones raciales y de género. La misoginia, la discriminación racial, por imagen o cuerpo, están a la orden del día en los titulares, en boca de narradores y en los ejércitos de trolls —impotencia disfrazada de opinión— que esparcen su odio en los tuiters y feisbucs del planeta. Basta ver cómo a menudo son descritas las deportistas. Basta ver el caso de la gimnasta mexicana Alexa Moreno.

¿Es en verdad necesaria la división de las disciplinas a partir del sexo? ¿Por qué creo yo que las personas de color son los mejores en cualquier práctica (no me refiero solo a lo deportivo)? ¿Por qué dominan en el basquetbol y el atletismo? ¿Se trata de una cuestión genética que deriva en fortaleza o destreza corporal? ¿Por qué algunas mujeres parecen hombres y algunos hombres parecen mujeres? Girls who are boys who like boys to be girls who do boys like they´re girls. ¿Qué ocurre con las personas transgénero? ¿Por qué me parecen tan hermosas todas las mujeres? ¿Por qué siempre he querido ser una persona de color?

Durante una conferencia en el 2005, el célebre astrofísico norteamericano Neil deGrasse Tyson respondió así ante el cuestionamiento sobre si las diferencias genéticas podían ser la causa de que hubieran más hombres que mujeres trabajando en las ciencias: “Nunca he sido mujer pero sí he sido negro toda mi vida.” El público estalló en carcajada y con eso había ya respondido la pregunta con elocuencia y simplicidad admirable. Sin embargo, abundó en su respuesta contando su propia experiencia como afrodescendiente en el contexto de la academia científica y concluyó que solo podremos hablar de diferencias genéticas una vez que logremos establecer la igualdad de oportunidades para todas y todos. Solo ahí, pues, tendrá sentido la pregunta.

Mi mujer y yo veíamos el partido de cuartos de final de volleyball fememino entre Brasil y Corea del Sur. Las brasileñas iban dos sets arriba y las coreanas peleaban con todo para no perder el partido. Saques venenosos, defensas heroicas, bloqueos, gritos de guerra, remates impresionantes de uno y otro lado para generar un trepidante clímax deportivo donde podían verse dos formas distintas de comprender el mundo, dos maneras de expresar la alegría, quizá dos estándares de belleza. De pronto, Natalia (tocaya de una de las jugadoras brasileñas, a quien nombré como mi mujer, pero quizá debí haberla nombrado distinto, sin el posesivo porque ya bien dijo Proudhon que la propiedad es robo) dijo de pronto: “Qué cabrón que todos los entrenadores sean hombres. Ojalá viva para el día en que una mujer entrene a un equipo de hombres.”

Y sí. Hago mio su deseo porque cuando dos personas se relacionan en igualdad de condiciones, intentando sacudirse los prejuicios con los que han crecido una y otro, unx y otrx, lo que de ahí pueda surgir —un hogar, una investigación científica, una película— tiene una riqueza moral importante. No se trata forzosamente que así vayan a existir mejores deportistas, científicos o artistas —¿con base en qué decimos que algo es mejor que otra cosa?—, pero sí tal vez una sociedad más justa, conformada por seres humanos más libres.

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Kyzza Terrazas es escritor y cineasta. Ha publicado dos libros de relatos: El primer ojo( 1997) y Cumbia y desaparecer (2010). Ha escrito y dirigido Matapájaros (2005), El lenguaje de los machetes (2011), Carta al ingeniero (2012), y Somos lengua (2016). Actualmente prepara su tercer largometraje, Bayoneta, película situada en el mundo del boxeo, que comenzará producción a principios del 2017.

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