Juegos Olímpicos

Los Juegos Olímpicos, o la última esperanza dentro de un mundo sin juego

En 'Falsos Extremos', nos hablan del otro protagonista de los Juegos, uno que celebra sin competir y que se cuelga las medallas de los atletas.
4 Ago 2016 – 9:21 AM EDT

Por Kyzza Terrazas

Los Juegos Olímpicos me remiten al extinto paraíso de la infancia. Pero algo se quiebra cuando recuerdo esos terruños desde la precariedad del momento: la ilusión por explorar en ausencia de adultos, las carreras con costales, con cucharas, el campo y los riachuelos, las competencias de salto de tigre, los juegos que cruzaban la frontera de los días y los planes proyectados hacia el misterio de la vida futura. Siempre el fútbol.

Eso que se rompe duele aún más cuando pienso en mi hija, apenas rebasa el año, y lo que le depara su propia infancia: la guerra cotidiana para encontrar un espacio verde donde correr y caerse, la imposibilidad de divertirse en la calle con otros niños o tomar el transporte público e ir a la escuela por su cuenta, ésta mi isla burguesa donde las decapitaciones o los ataques terroristas parecen ilusoriamente lejanos.

No hay día que pase sin que quiera huir de aquí —esto es México, güey, ¿captas?— para que su despertar a la conciencia no sea como transitar de un dulce sueño hacia esta auténtica pesadilla. Pero luego caigo en cuenta de que en este planeta interconectado, donde la única democracia se llama violencia, ya no hay rincón que pueda brindarnos solaz. Eso mientras el cambio climático, el gran síntoma de nuestra existencia, ya irreversible, no nos obligue a emigrar para encontrar agua.

Entonces es que llega la inmovilidad, a saber: solo por hoy concentrarme en su sonrisa, en el florecimiento de sus aptitudes, la belleza con que el lenguaje comienza a instalarse en ella, a tejer su entendimiento, sus deseos.

Es por ello que comienzo a transfigurarme en el personaje de un padre que, como en El camino de Cormac McCarthy, lucha por encontrar para su hijo un resquicio de vida en cierto universo apocalítptico; o bien el del viejo que quiere reunificar a un niño con su madre en La infancia de Jesús de J.M. Coetzee, que también transcurre en un mundo terrible, donde en apariencia hay gestos de bondad, una cierta esperanza, pero debajo solo está la indiferencia, la insatisfacción y la mismidad.

Como ellos, haré lo que tenga qué hacer para que mi hija tenga la posibilidad del juego, el disfrute de una buena carrera de costales o, si quiere, convertirse en una tenista que algún día compita por una medalla olímpica, representando tal vez a este mismo territorio pero transformado, uno donde se valore un poco más la vida, donde no se discrimine o asesine a la gente por protestar la imposición, uno donde hayamos alcanzado más justicia y más dignidad.

Es verdad que solemos juzgar como mejores los tiempos pasados y quizá la tendencia a hacerlo, a menudo con razón pero más como quimera, sea una suerte de mecanismo de defensa o preparación para la muerte. Sin embargo, es inevitable imaginar un peor contexto que el actual para llevar a cabo unos Juegos Olímpicos. No solo por las contradicciones del país sede —el golpe de Estado disfrazado de democracia por el que recién atravesó Brasil, ese gran pedazo de tierra tan múltiple y vital, el mismo rechazo popular a que ahí se celebren, etcétera—, sino por el azotado y estertóreo mundo en el que ocurrirán —todo aquello que, como la supervivencia del juego bajo el manto de las grandes corporaciones y la corrupción de atletas o jueces, tanto empaña el espíritu olímpico.

Pocas cosas tan nobles como el abrazo de rivales al finalizar una competencia, la caída de una maratonista al cruzar la meta, la belleza de la javalina surcando el aire o el heroismo de la halterofilia. Siempre la importancia de perder. Quizá sea a partir de esos gestos que podamos modificar el rumbo o sencillamente encontrar la fuerza para vivir en comunión con la desesperanza, como hago yo al ver cómo crecen los dientes —“diminutas ferocidades”, habría dicho Miguel Hernández— de mi querida hija.

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Kyzza Terrazas es escritor y cineasta. Ha publicado dos libros de relatos: El primer ojo (1997) y Cumbia y desaparecer (2010). Ha escrito y dirigido Matapájaros (2005), El lenguaje de los machetes (2011), Carta al ingeniero (2012), y Somos lengua (2016). Actualmente prepara su tercer largometraje, Bayoneta, película situada en el mundo del boxeo, que comenzará producción a principios del 2017.

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