Juegos Olímpicos

Brasil y su resaca olímpica

La resaca olímpica es usualmente severa, incluso para países que no han tenido que vender un riñón para auspiciar los Juegos y que no se encuentran al borde del colapso económico y social como Brasil.
21 Ago 2016 – 5:07 PM EDT

Por Diego Rabasa | @drabasa

Con amor y agradecimiento para Cyrano de Bergerac.

La que es considerada de manera cuasi-unánime como la mejor descripción literaria que se ha hecho de la resaca, la de Kinsgley Amis en Lucky Jim, describe la fatalidad post-etílica de la siguiente manera (la traducción es mía): “Dixon se percató de que seguía vivo. La conciencia lo embistió antes de que pudiera quitarse del camino… Yacía, desparramado, demasiado herido como para poder moverse, como vomitada sobre el azfalto ardiendo de la mañana que dibuja la silueta de un cangrejo aplastado… Su boca había sido usada como si fuera una letrina por alguna pequeña criatura durante la noche, y luego como su mausoleo. De alguna forma, durante la noche también parecía haber participado en una carrera de cross-country y luego quirúrgicamente vapuleado por fuerzas especiales de la policía. Se encontraba mal”.

La jauja olímpica está por terminar y tanto el estado como la ciudad de Río de Janeiro, declarados en quiebra unos meses antes de que empezara la justa olímpica, están a punto de enfrentar la violenta embestida de la resaca. Aún amparado bajo la cortina de humo de los Juegos Olímpicos, el senado brasileño ha avanzado en el proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff. Se sabe que Dilma está indiciada por haber realizado maniobras fiscales que le permitieran liberar recursos públicos —cuyo destino está documentado y vinculado con el ejercicio de gobierno— y se sabe también que la gran mayoría de los senadores que han promovido el impeachment presidencial tienen abiertos procesos judiciales por acusaciones de corrupción. Una de las primeras bombas del periodo post-olímpico, puede ser la consumación de un derrocamiento orquestado por parte de los barones del capital brasileño empeñados en terminar de idem lo que queda de los bienes nacionales.

La cruda olímpica —que no es lo mismo que la olímpica cruda que experimentan, al menos cada fin de semana, los honorables empero alicaidos miembros de los Falsos Extremos—, es usualmente severa incluso para países que no han tenido que vender un riñón para auspiciar los Juegos y que no se encuentran al borde del colapso económico y social como Brasil. Incluso ha sido un asunto delicado para Juegos como los de Londres, unos de los más exitosos de la era reciente, que incluyeron el desarrollo de un complejo y sofisticado plan para darle cauce a las inversiones multimillonarias de los complejos olímpicos.

Cuando le preguntaron a Sebastian Coe, jefe del proyecto olímpico británico, cuál era el objetivo central de Londres 2012, respondió sin titubear, “Legado. El 90% de lo que estos Juegos suponen tiene que ver con el legado que dejaremos a los británicos y no con lo que pueda ocurrir en dieciséis días de competencia”.

Tras la culminación de la gesta en 2012, uno de los principales centros, el Queen Elizabeth Olympic Park, debía convertirse en una especie de desarrollo urbano utópico (bajo la utopía neoliberal, por supuesto) con parques que incluyeran fauna exótica, vivienda accesible y, por supuesto, muchos centros de consumo. Aunque la promesa ha funcionado mediantamente, un artículo del periódico The Guardian describe el “legado” olímpico “más como un accidente suburbano que como una pieza que encaje en el Londres real”. No obstante, el mismo artículo acepta que podría haber sido mucho peor cuando dice que “comparado con los desoladores desechos que producen otros Juegos, el proyecto británico podría ser considerado como un estruendoso éxito, aunque todavía le queda mucho por hacer para lograr que sea algo de lo que la ciudad pueda sentirse orgulloso”. En casos menos afortunados, como el ateniense, la herida post-olímpica ha fungido como nefasta profecía para devastadoras crisis económicas y sociales.

Junto con Brasil que se prepara para volver de golpe a la cotidiana discusión sobre asesinatos violentos, manifestaciones masivas y la derogación de los programas sociales de la era Lula-Rousseff en favor de una runfla de políticos y empresarios hampones, entre otras tempestades, el resto de los países que participaron en la gesta vuelve lentamente a sus respectivas normalidades. La nuestra: el colofón de la pesadilla neopriista.

Después de la tregua olímpica que justificaba mirar de soslayo la nota roja del día (o sea, las ocho columnas cotidianas de su periódico favorito), nos vemos forzados a seguir mirando de frente el abismo y experimentando lo que se parece a aquella noche sin día que con aquella trágica e inmisericorde belleza dibujó Emily Dickinson: “Su corazón era más oscuro que una noche sin estrellas / La alborada existe / Pero en este espacio oscuro / El presagio del amanecer jamás se viste”.

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Diego Rabasa es miembro del consejo editorial de Sexto Piso. Escribe regularmente para diversas publicaciones nacionales.


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