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Melquiades Sánchez Orozco: el cronista fuera del Estadio Azteca

Su voz está en la mente de tres generaciones de mexicanos, pero Melquiades Sánchez Orozco también dejó obra artística en libros y pinturas.
6 Nov 2018 – 7:05 PM EST

Cualquier persona que haya ido al menos una vez al Estadio Azteca desde junio de 1966 y hasta el 30 de septiembre pasado, escuchó su voz, que incluso se filtraba a través de las transmisiones de televisión.

El gigante de concreto cincuentenario de Santa Úrsula tiene dos voces: la de la rabiosa multitud que igual corea goles que estribillos de conciertos y la que le prestó por 52 años Melquiades Sánchez Orozco para anunciar desde quién anotó el gol hasta que los familiares de un pequeño ya lo esperaban en el túnel número 30.

Es difícil disociar la voz del fallecido Melquiades del Estadio Azteca, cada niño que soñó desde la calle que anotaba un gol en la cancha más grande de México, imitó -al menos en su cabeza- la voz grave, pero perfectamente elocuente, que decía "gol anotado por Toñito, número 10".

Pero si bien en el imaginario colectivo queda la voz del nonagenario locutor del Azteca, deja también una estela de obras artísticas, menos populares que los miles de anuncios de goles, pero plasmadas en sus pinturas y sus libros autopublicados.


Este reportero tiene tres de esas obras: uno de cuentos - Puro cuento "recargado"-, uno de crónicas de la Ciudad de México - México lindo y chilango- y otro de su natal Tepic - Tepic ciudad de recuerdos-, lo que da cuenta de que para Don Melquiades no solo se trataba de dar anuncios a través del altavoz del estadio más grande de Latinoamérica, sino también de contar historias.

Desde las representaciones de Drácula, Tarzán y Los Tres Mosqueteros que hacía con sus amigos al salir del cine en la capital de Nayarit hasta una larga y detallada descripción de las grandes salas de la Ciudad de México, en alusión a una época que prácticamente solo queda en el recuerdo, sustituidas por grandes complejos de muchas salas pequeñas.

No era solo la voz, sino también a través de las letras y los trazos del pincel que don Melquiades quiso retratar la vida que vio en sus ojos.

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