Cómo Nueva York fue transformado por la hipergentrificación

De acuerdo al autor Jeremiah Moss, Manhattan ha pasado a ser una especie de insípido parque de diversiones para turistas y millonarios. ¿Podrá la Gran Manzana recuperar su alma?

Un conjunto de edificios en venta en Harlem, en 2003. Desde entonces, el vecindario ha sido una de las tantas zonas neoyorquinas que han experimentado profundos cambios. Chris Hondros/Getty Images

Las ciudades cambian. Los vecindarios en los que crecimos y de los que nos enamoramos pueden transformarse lentamente o de la noche a la mañana. Los que se quedan en estos barrios deben soportar la pérdida y tratar de seguir adelante. Y se preparan para aguantar la próxima ola de transformación inevitable.

Pero, para muchos, la última ola de cambio urbano es algo diferente: demasiado cristalina, demasiado uniforme, demasiado corporativa. Más bien se siente como un asedio que un cambio. En Vanishing New York: How a Great City Lost Its Soul (Nueva York evanescente: cómo una gran ciudad perdió su alma, Dey Street Books, 28.99 dólares), el autor Jeremiah Moss da en el clavo con un razonamiento valioso. El estado actual de ‘ hipergentrificación’ (tal como Moss le llama) de Nueva York no es un cambio pasivo del mercado libre, sino la culminación de una calculada toma de poder por la clase elite que se ha estado implementando durante décadas.

Desde 2007 Moss —seudónimo del autor del libro— ha lamentado en su popular blog la desaparición del Nueva York del pueblo. Ha escrito sobre cafeterías administradas por familias, librerías con viejos estantes medio hundidos, bares fetichistas, lugares frecuentados por punks, clínicas para drogadictos y cochambrosos hoteles para gente pobre. Moss —cuyo verdadero nombre fue revelado recientemente como Griffin Hansbury, un trabajador social y psicoanalista— hace mucho tiempo ha servido de testigo sobre estos espacios. Ha escrito cariñosamente sobre ellos y de manera malhumorada ha documentado sus desapariciones a medida que aumentos en alquiler y planes de desarrollo han colocado condominios, cadenas de tiendas y bancos corporativos en su lugar.


Al transferir sus escritos digitales al papel, Moss documenta las olas de gentrificación que convirtieron a un Manhattan iconoclasta en un parque de plastilina. Según muestra Moss, los espacios en donde inmigrantes, minorías, radicales, homosexuales y trabajadores comunes una vez construyeron una isla de tolerancia, determinación y brío creativo ahora son parte de una insípida fortaleza consumista ocupada por turistas, chicos universitarios malcriados y los superricos.

El libro ofrece bastante amargura, sarcasmo y elogios sobre los eggcreams (un tipo de batido de chocolate neoyorquino) para complacer a los románticos fascinados por el pasado de la ciudad. Hansbury también estudió Poesía y, mediante su identidad de Moss, escribe tributos a los negocios desaparecidos que pueden hacer llorar a un lector. Al describir cómo un dueño pasó la mano por el mostrador de su cafetería condenada al fracaso, Moss dice “lo estaba acariciando —por la vez número 10,000, por la última vez— cariñosa y compasivamente, con toda su palma, de la forma en que acariciarías el cuello de un buen caballo cuyo fin haya llegado, ayudando a calmarlo antes de la muerte”.

La 'hipergentrificación' no es un cambio natural del mercado libre, sino la culminación de una calculada toma de poder por la clase elite.

Sin embargo, el libro es mucho más que una celebración nostálgica. Al analizar los sucesos en diferentes condados, Moss rastrea los avariciosos y racistas “magnates de bienes raíces, financistas, planificadores y políticos” que desplazaron a los inmigrantes y suprimieron a las minorías durante el siglo XX. Aparte de las fechorías espantosas de Robert Moses y gente como él, Moss habla de otras tácticas ofensivas que no son tan bien conocidas, como la idea de reducción planificada” de Roger Starr (el comisionado de vivienda de Nueva York durante los años 70), la cual tuvo mucha influencia. Esta consiste en ‘abandonar’ financieramente áreas que se consideran ‘inproductivas’. El libro también habla de una política anterior de la ciudad que a propósito privó a las comunidades pobres de servicios de bomberos.

La gentrificación extendida y llevada a cabo adrede empezó de verdad durante los años 80, con las políticas de ‘renovación’ que eran favorables a los negocios y que fueron promulgadas por el alcalde Ed Koch. Tales políticas eliminaron a los edificios de departamentos para gente de bajos ingresos, las tiendas de comestibles de bajos alquileres y los bares de mala muerte. Los bohemios, las personas desviadas y la gente muy pobre fueron puestos bajo más presión por las medidas severas tomadas por el alcalde Rudy Giuliani en cuanto a quienes cruzaban la calle por cualquier lado, locales de strip tease y vendedores callejeros. Todas estas medidas ocurrieron después de que Giuliani mandó a demoler las viviendas ocupadas ilegalmente y armó a los policías neoyorquinos con equipos de grado militar.

Pero, para Moss, fue el alcalde Michael Bloomberg que impuso la sentencia de muerte por gentrificación a la ciudad vulnerable después del intentado del 11 de Septiembre. Este libro ofrece una acusación determinada de los valores ‘crecimiento ante todo’ que impuso el alcalde billonario en Nueva York y que ahora difunde a los centros de ciudades en todo el mundo. Bloomberg rezonificó un increíble 40% de la ciudad y derribó a casi 25,000 edificios en busca del redesarrollo orientado hacia la riqueza, según escribe Moss. A pesar de sus beneficios, según el escritor la expansión de ciclovías, las plazas para peatones y el High Line todos tienen parte de la culpa por los efectos del desplazamiento y la asfixia de la cultura de esa época. Según declara Moss, más que nadie Bloomberg fue responsable de la conversión de Nueva York en una ciudad de oligarcas ausentes, edificios increíblemente altos, entradas a edificios separadas para ricos y pobres, una crisis de desamparados de proporciones históricas y Taylor Swift como una embajadora del turismo. Moss también dice que Bloomberg tiene la culpa de que Nueva York ahora es “una aldea Potemkin en comparación con lo que la ciudad era antes”, donde se hacen quebrar a los puntos de referencia y sus nombres se aprovechan para fines comerciales para así atraer a fuereños. Sobre todo, se trata de una ciudad que está cambiando durante más tiempo pero que quizás esté endureciendo en cuanto a su desigualdad al estilo de Dickens.

¿Qué se puede hacer? “Ni natural ni inevitable”, la hipergentrificación se puede tratar, según escribe Moss. Concluye su libro al repasar rápidamente un par de remedios. Algunos son más familiares para las ciudades europeas, como restringir el turismo, limitar los negocios en cadena e imponer impuestos a las propiedades desocupadas. Otros son detonantes de la política urbana en EEUU: incluir a las comunidades en las decisiones sobre el desarrollo, fortalecer los controles de alquiler y construir vivienda asequible significativa.

Moss también les pide a los recién llegados a su ciudad desaparecida que tengan cierto respeto y curiosidad, que tengan la disposición de mirar más allá de su fachada tipo centro comercial para encontrar la imprevisibilidad, la rareza y la incomodidad. La mayor parte del libro no siente mucha simpatía hacia los recién llegados. A veces Moss parece negarse a extender la humanidad que ofrece a los dueños de tiendas desplazados a los ‘gentrificadores’ enamorados de iPhones que él ve obstruyendo las aceras.

Pero están aquí, son personas y tienen que significar esperanza. Según expresa Moss, si se va a salvar, Nueva York “necesita ser visto y ser adorado” por las nuevas generaciones, quienes también tienen que luchar por la ciudad al lado de los residentes de mucho tiempo. Las ciudades ‘hipergentrificadas’ de San Francisco, Washington DC, Boston y Los Ángeles quizás tengan que emplear el mismo amor duro. Este libro, finalmente, es una guía para la radicalización.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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