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Wilma abandonó las costas de Cuba

Wilma abandonó las costas de Cuba

El devastador huracán Wilma dijo adiós a los cubanos, pero les dejó inundando el emblemático Malecón de La Habana.

"Nunca vi nada similar, eran olas gigantes de hasta cinco y seis metros, y el mar estaba muy bravo, es realmente impactante. Cuando el mar se pone así, uno siente miedo", dijo Eloy Font, un economista de 52 años, cuya casa está ubicada a unos 200 metros del Malecón.

En el primer piso del edificio donde vive Font el nivel del agua alcanzó un metro de altura.

La descripción de Font podría parecer exagerada, pero fue confirmada por el Instituto de Meteorología de Cuba (IMC), que también pronosticó que esas condiciones seguirán hasta la madrugada del martes.

Las penetraciones del mar que se reportan en distintas zonas costeras de La Habana "superan los límites de reportes anteriores", como los de 1977 y 1985, e incluso los de mayo de 1993, cuando La Habana fue azotada por la llamada "tormenta del siglo", señaló el IMC.

El fenómeno atmosférico produjo entonces las mayores penetraciones del mar que recuerden los habaneros, pero las de ahora son mayores.

Desde el muro de contención del Malecón hasta unos 300 m hacia la ciudad, se pueden observar plazas, edificios, viviendas, supermercados y entidades estatales anegadas, automóviles sumergidos en agua salada y artículos de todo tipo flotando en calles inundadas.

Wilma, que también provocó daños en Pinar del Río (extremo oeste), privará a los habaneros de disfrutar -como hacen habitualmente- de la fresca brisa nocturna del lugar, que le disputa al Morro de La Habana el símbolo de la ciudad.

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Miles de habaneros acuden cada día al Malecón -mañana, tarde o noche- a enamorar a sus parejas, escuchar música, leer o simplemente charlar con sus amigos.

También lo hacen cuando, aquejados por alguna razón, necesitan consuelo o "ahogar sus penas". De ahí el nombre de muro de lamentaciones que algunos le otorgan al lugar.

El Malecón se extiende 7 km a lo largo de la costa norte de La Habana, y la idea de su construcción data de 1819, cuando se puso en marcha el proyecto "Ensanche de Extramuros", o sea de extensión de la ciudad.

Su construcción fue confiada al más afamado ingeniero de la época, Francisco de Albear, pero se dilató una y otra vez por la falta de financiamiento. Finalmente, el emblemático Malecón de La Habana se terminó en 1958.

Cuba comienza a recuperarse del golpe de Wilma y de las inundaciones provocadas por el huracán, que azotaron con dureza las provincias occidentales y La Habana, y provocaron daños materiales pero no víctimas, según los primeros informes oficiales.

El mar continúa azotando la franja costera de La Habana, pero con menor intensidad que el lunes.

El servicio eléctrico empieza a restablecerse en amplias zonas de la capital y los comercios reanudan su actividad tras varios días de parálisis.

Tambien el tráfico se restableció en algunas de las principales vías, hasta anoche inundadas, y decenas de miles de evacuados comienzan a retornar a sus hogares.

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Las autoridades insisten en pedir precaución a la población porque aún quedan zonas inundadas en áreas bajas y zonas costeras, como en el barrio habanero de Santa Fe y en las localidades playeras próximas a la capital.

Más de 600 mil personas fueron evacuadas en Cuba al paso de Wilma frente a las costas occidentales de la isla en su trayectoria hacia Florida (EU).

"Estoy aterrada, esto ha sido apocalíptico y aún viene lo peor", afirmó Olga Salinas, una mujer de 58 años, refugiada en el segundo piso de su casa en un barrio de La Habana, que quedó bajo el agua por las penetraciones del mar que desató el huracán Wilma.

"Esto no lo había visto desde la tormenta del siglo, en 1993, fue terrible", dijo al recordar la semana de horror que vivió cuando el fenómeno del Niño llevó entonces al mar tierra adentro y causó grandes destrozos en la isla.

Olga fuma y fuma sin cesar los cigarros que, previendo tiempos de escasez, compró días antes en la bodega. En vela toda la madrugada, toma café y le sirve a su hijo de 29 años y a tres vecinos que se refugiaron en su vivienda.

"Ya lo vi la primera vez, esto ha sido parecido. Ahora viene la desolación, calles llenas de basura, la gente tratando de rescatar lo que pueda, días de escasez", dice acongojada.

Mientras el agua subía de nivel y anegaba las calles de su barrio, en Miramar, en el sector oeste de La Habana, Olga sólo esperaba que llegara el amanecer.

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Su angustia se hacía aún mayor en la oscuridad. Las horas se hicieron interminables mientras no arribaba un halo de luz del día y seguía entrando el mar.

Como ella y su vecinos, miles de habitantes de los barrios que bordean el Malecón, como el Vedado, Centro Habana, Playa, Habana Vieja, Santa Fe y Jaimanitas, tuvieron la misma pesadilla.

En poblados costeros como Batabanó y Guanimar, en el sur de la provincia de La Habana, y otras zonas bajas, el agua del mar subió dos metros y alcanzó hasta un kilómetro tierra adentro.

Lo sucedido venía siendo anunciado un par de días atrás por el experto José Rubiera, el jefe del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología de Cuba (IMC), a quien los cubanos siguen atentos en temporada de ciclones.

"El peligro continúa: fuertes marejadas e inundaciones por penetraciones del mar el lunes", dijo Rubiera cuando compareció junto al presidente cubano Fidel Castro en la televisión la noche del domingo para analizar la situación.

La llegada del huracán Wilma a Cuba tomó a muchos por sorpresa. "Yo nunca pensé que esto iba a suceder, sabía que iba a ser fuerte pero no tanto", dijo un vecino de Olga, que intentaba poner a resguardo su coche de las inundaciones.

Curiosos, los vecinos de Miramar veían estrellarse las olas en el muro que contiene el mar, pero pronto se percataron de que el agua no tenía intenciones de retroceder y algunos optaron por refugiarse en sus casas o evacuarlas a última hora para refugiarse donde algún amigo.

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Más allá, el Malecón habanero estaba totalmente desbordado y las aguas entraron unos 800 metros inundando hoteles, centros comerciales y puestos de comida rápida.

"Vamos a vivir días muy difíciles. Los comercios no van a abrir hasta que la situación no se normalice. Esto es horrible", se lamenta Olga, una jubilada armada de paciencia.

También de un gran corazón. En medio de la penumbra, alumbrada sólo por una tenue luz de una lámpara que pronto se extinguiría, le sirve también café a Julio Trujillo, un custodio que, refugiado en su casita de vigilancia al lado de la vivienda de Olga, se niega a dejar su puesto de trabajo.

"La garita es un papelito", le dice ella para convencerlo de subir a su casa. Julio toma un café cargado de azúcar, se seca un poco el cabello y desde la terracita de la casa de Olga vigila la calle con su linterna.

Tiene, asegura, que cuidar la tienda de la esquina, la embajada que está en la cuadra y las casas que han sido evacuadas. "Mi garita se mueve cada vez que llega una ola, pero tengo que estar pendiente: el delincuente se tira para donde quiera", asegura.

Desvelada, Olga camina de un lado a otro, se fuma otro Monterrey sin filtro y salta de la butaca cuando ve un tímido rayo de sol, solo para ver que lo peor apenas empieza.

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