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En asignación especial desde Moore, Oklahoma.

Una imagen vale más que mil palabras

Una imagen vale más que mil palabras

Moore, Oklahoma. Víspera de la visita del Presidente Obama a ese lugar en donde conoció de primera mano el nivel de daño y destrucción dejado por un tornado

En asignación especial desde Moore, Oklahoma.
En asignación especial desde Moore, Oklahoma.

Por Raúl Peimbert

MOORE, Oklahoma- Viaje a Moore, Oklahoma, la víspera de la visita que realizó el Presidente Barack Obama a ese lugar en donde conoció de primera mano el nivel de daño y destrucción dejado por uno de los peores tornados de los que tenga memoria Estados Unidos.

Ahí quedan los registros.

El pasado lunes 20 de Mayo, en poco más de 30 minutos, el fenómeno natural categoría EF5 dejo 24 muertos, 377 heridos, 1,200 casas destruidas y daños materiales que podrían alcanzar los 5 mil millones de dólares, según las compañías aseguradoras.

Pero, como siempre sucede, las cifras, los números, las estadísticas de este tipo de tragedias núnca podrán mostrar el verdadero nivel de daño físico y psicológico de quienes, por asares del destino y de la naturaleza, tienen que pasar estas difíciles pruebas.

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Tampoco lo hacen con justicia las miles de fotografías y cientos de videos que inundaron las redes y los medios de comunicación. Es, sobre todo, la experiencia directa en las zonas afectadas lo único capaz de hacernos sentir la verdadera dimensión de los acontecimientos.

Por eso, en su primera intervención al llegar a Moore, el Presidente Obama dijo que “una imagen vale más que mil palabras”.

Y estaba en lo cierto, pero la imagen que él se llevó fue diferente a la mía.

Dos días antes de la visita presidencial llegué al aeropuerto de Oklahoma que, curiosamente, lleva el nombre de uno de sus hijos predilectos, el legendario vaquero americano y actor de cine de los años 20 y 30, Will Rogers.

Era la primera vez en 18 años que regresaba a esta Ciudad considerada el centro, algunos le dicen el “ombligo”, de los Estados Unidos. Mi última visita fue el 19 de Abril de 1995 cuando se registró el atentado explosivo de Timothy Mc Veigh al edificio federal Edward P Murrah, considerado en su momento como el peor atentado terrorista en este país, hasta la llegada del 11 de septiembre del 2001.

Mientras manejaba a Moore, un suburbio ubicado a 20 minutos del centro de Oklahoma, pensaba en lo ingrata que había sido la historia con este lugar. En los últimos casi 20 años dos hechos han cobrado relevancia nacional e internacional, los dos  vinculados a muerte y destrucción. Como si en Oklahoma no hubiera otras cosas.

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El trayecto no fue largo, la autopista 35 estaba casi vacía, y un elevado tanque azul  indica que se llego al destino.

Los daños dejados por el tornado se van apreciando en los alrededores como se dice: “in crescendo”, primero son restos de maleza por un lado, un poco de lodo en las calles por otro, después algunos vidrios rotos en establecimientos comerciales, troncos caídos de algunos árboles, letreros luminosos y semáforos en el suelo. Pero eso no es más que la antesala de la verdadera tragedia.

A pocos metros empieza la visión dantesca que no cambia en un radio de 27 kilómetros, casi el total de la superficie de Manhattan, en donde no quedó nada en pie excepto algunas chimeneas de ladrillo que se quedan como mudos testigos del horror que vivieron sus habitantes...la destrucción es total, sobrecogedora. Nada comparado a las imágenes que días antes había visto y presentado en el noticiero.

Al recorrer el lugar llama la atención el gran número de juguetes y ropa infantil que se asoma entre los escombros. Debajo de las estructuras de madera un oso de peluche enlodado y sin un ojo queda como escalofriante recuerdo de un último juego.

Era un barrio relativamente nuevo en donde muchas familias jóvenes con hijos pequeños decidieron asentarse.

Los autos fueron levantados por los vientos de hasta 300 kilómetros por hora como si fueran hojas estrujadas de papel que se tiran a la basura y lo único que queda son las planchas de concreto sobre las cuales, hasta hace unos días, se levantaban las casas. Fue un milagro que la cifra de muertos no hubiera sido mayor.

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Sin embargo también vi y viví otra realidad. La de la solidaridad de un pueblo que sin importar raza, religión o condición social se hizo presente para ayudar a los más afectados. Ahí había afroamericanos, asiáticos, anglosajones y por supuesto un gran número de latinos ofreciendo su mano. Cristianos, mormones, protestantes y católicos se fundieron en la escencia de las religiones, es decir, en torno al amor y la ayuda al prójimo. Muchos son residentes de Oklahoma, pero muchos otros llegaron de California, de Texas, de Florida y de lugares tan apartados como República Dominicana.

La edad tampoco fue obstáculo, una anciana repartía agua y alimento a los que habían perdido todo, mientras que niños de 8 y 9 años de edad trabajaban con sus padres removiendo escombro.

Por eso pienso que la imagen que se llevó el Presidente Obama fue diferente a la mía.

Durante 4 horas, el siguió una ruta establecida por las autoridades locales y por el servicio secreto. Pudo ver si, la magnitud del desastre, pero su recorrido por áreas “preparadas” y su nivel de contacto humano fue muy diferente, como es natural.

Yo, al menos, me quedo con la imagen del desastre tal y como lo viven sus habitantes, pero sobre todo con la imagen de la anciana, del niño y del latino que, sin protocolos, entregan el corazón por sus hermanos en desgracia.

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