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Miles a lo largo de la frontera de Texas aún viven si acceso a agua limpia, a pesar de las décadas de esfuerzo. (**Foto: The Texas Tribune).

Un problema del tercer mundo en la frontera de Texas

Un problema del tercer mundo en la frontera de Texas

Miles a lo largo de la frontera de Texas aún viven si acceso a agua limpia, a pesar de las décadas de esfuerzo y los miles de dólares gastados.

Miles a lo largo de la frontera de Texas aún viven si acceso a agua limp...
Miles a lo largo de la frontera de Texas aún viven si acceso a agua limpia, a pesar de las décadas de esfuerzo. (**Foto: The Texas Tribune).
Entra aquí para leer la versión en inglés de este artículo en el Texas Tribune: The Texas border’s third-world problem.

Abrir la llave. Llenar un vaso de agua. Beberla. Son acciones tan comunes, que uno las llevas a cabo sin pensarlo.

Pero Flora Barraza no puede hacerlo así. Tampoco José García, ni los cocineros de Los Pasteles Bakery No. 2, ni los adultos mayores del Época de Oro Adult Day Care.

A lo largo de la frontera entre Texas y México, se cree que cerca de 90,000 personas viven sin agua potable. Muchos más (posiblemente decenas de miles, pero nadie está seguro) suelen tener agua, pero su calidad es tan mala que no saben qué sustancias tóxicas contiene o qué enfermedades puede producir.

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Se trata en general de latinos de bajos ingresos, algunos viven en zonas aisladas o en desarrollos de baja calidad en lugares que nadie más quiso. Pobres, impotentes e invisibles, continúan luchando con las enfermedades y complicaciones que vienen de no contar con un bien básico tan necesario.

“Mucha gente no tiene idea de que aún existen condiciones del tercer mundo en el país más poderoso de la tierra”, comenta el congresista Henry Cuellar, demócrata de Laredo, cuyos electores viven en algunas de las peores condiciones.

No es un problema nuevo. Tanto el gobierno estatal como el federal realizaron esfuerzos masivos para resolverlo en la década de 1980, cuando aumentó la población de la frontera. Crearon grandes instituciones para destinar miles de millones de dólares a la construcción de plantas de tratamiento y la instalación de tuberías.

Pero se dejó a mucha gente fuera. Ya sea por desarrollos negligentes, peleas internas entre políticos, la falta de la aplicación adecuada de regulaciones u obstáculos ambientales, los retos que enfrenta cada comunidad de la frontera cuentan diferentes versiones de la misma historia: familias luchando por un recurso esencial que mucha gente toma por hecho.

Ubicada en las montañas del oeste de Texas, cerca de Big Bend State Park, la pequeña comunidad de Las Pampas es tan remota que no se creyó que valiera la pena invertir en la instalación de tuberías para unas cuantas docenas de casas. Así que los residentes tienen que obtener el agua que necesitan a varias millas de distancia.

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En Río Bravo y El Cenizo, pueblos fronterizos unas millas al sur de Laredo, se suponía que una nueva planta de tratamiento proveería a cerca de 10,000 personas de agua potable. Pero los líderes locales nunca tuvieron la voluntad política o el dinero necesario para hacerla funcionar adecuadamente, y el año pasado ocho trabajadores fueron acusados por falsear reportes de calidad del agua.

En la ribera seca del Río Grande, en el remoto oeste de Texas, mucha gente del pueblo de Vinton ha esperado por décadas poder dejar las norias de agua contaminada y obtener agua entubada de la ciudad vecina de El Paso, pero las disputas políticas se han atravesado.

Y en el Valle del Río Grande, una nueva planta de agua debía haber provisto de agua limpia y potable a cerca de 14,000 personas en Río Grande City. Pero el servicio es provisto a gran parte de la ciudad por una complicada red de corporaciones locales.

Desde agua de mala calidad hasta la escasez absoluta del líquido, los daños que estos problemas causan en la salud pública despiertan grandes preocupaciones. El duro estilo de vida que pesa sobre estas cuatro comunidades y otras a lo largo de la frontera es emblemático de una indignidad extensa: a pesar del desarrollo y progreso económico del estado, algunos residentes de texas no están bien asentados en la vida civilizada.

“Lo interesante sobre esto es que a pesar de estos problemas, [estas comunidades] siguen creciendo”, comenta Jacqueline Angel, profesora de asuntos públicos que estudia salud y demografía de los hispanos en la Universidad de Texas en Austin. “La población está creciendo. El problema no se resuelve”. 

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Una desmedida amenaza para la salud

Quienes viven en la villa de Vinton, justo fuera de El Paso, son más propensos que los habitantes de la ciudad vecina a padecer problemas de la piel, así como enfermedades gastrointestinales: dolores de estómago, vómitos y diarrea, entre otras condiciones.

Algunos investigadores creen que los altos niveles de arsénico, E. coli y otros contaminantes hallados en el agua serían la causa.

Vinton es sólo uno de los pueblos que han sido formalmente estudiados, sin embargo, la experiencia se repite a lo largo de la frontera: el agua mala enferma a la gente.

Los problemas estomacales e intestinales son causados en su mayoría por beber agua contaminada con bacterias. Asimismo, existen preocupaciones de salud pública por la aparición de enfermedades crónicas (como cáncer o enfermedades debilitantes), principalmente debidas a contaminantes químicos tales como el arsénico y los pesticidas.

Pero los datos sobre los problemas de salud causados por el agua de mala calidad en las comunidades pobres de Texas no son fácil de asesar.

“Nosotros proveemos fondos para el Departamento de Salud de Texas, y aun así tenemos problemas para encontrar esos datos”, aseguró José Luis Velasco, director ejecutivo, por parte de Estados Unidos, de la Comisión de Salud de la Frontera Estados Unidos-México.

Debido a que mucha de la gente que vive en la frontera no cuenta con seguro médico, y al hecho de que otros tantos son migrantes indocumentados, es muy probable que las enfermedades y condiciones causadas por el consumo de agua no segura sean poco reportados.

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Los médicos de Texas están obligados a reportar casos de ciertas enfermedades infecciosas a los departamentos locales y estatales de salud. Pero no pueden reportar enfermedades que nunca ven.

“Es muy difícil [para los residentes pobres de la frontera] ir a clínicas y hospitales, por lo que obviamente los datos no serán reportados”, explica Velasco.

La senadora estatal Judith Zaffirini, demócrata de Laredo que ha trabajado para mejorar la calidad del agua en las comunidades de la frontera, asegura que la persistente desconfianza hacia el agua de la llave (evidente en el hecho de que muchos residentes compran agua embotellada, incluso en comunidades donde el agua de la llave es segura) demuestra que los oficiales locales y estatales aún tienen mucho trabajo por hacer.

“Asegurar el agua potable es una inversión de costo efectivo”, explica Zaffirini. “Es caro, pero es menos caro que lidiar con las consecuencias que el agua mala representa para la salud”.

El dinero para ayudar deja de fluir

Instituciones administradas por Texas, el gobierno federal y México han luchado por años para proveer a las comunidades de la frontera de agua potable, y para cientos de estas comunidades ha funcionado, según algunos oficiales.

Durante las tres décadas pasadas, programas estatales y federales han destinado al menos $1.79 billones a proyectos para el mejoramiento del agua en la frontera.

Este dinero ha traído plantas de tratamiento a pequeños pueblos en la frontera de Texas, instalaciones para el manejo de aguas residuales a México, para evitar que las aguas negras sean arrojadas al Río Grande, y tuberías a un sinnúmero de hogares y negocios.

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Pero la Oficina del Secretario de Estado de Texas aún reporta que decenas de miles de residentes en comunidades de bajos recursos carecen de agua potable, y sufren a causa de ello.

Debido al gran número de agencias involucradas en ambos lados de la frontera, nadie acepta la responsabilidad primaria de hallar y ayudar a las comunidades que necesitan agua. Si se le pregunta a cualquiera de los que están a cargo, la mayoría señalará como responsable a alguien más.

Lo que es claro es que la creciente escasez de fondos y la burocracia infinita están entorpeciendo el progreso en todos los niveles.

En 1994, los Estados Unidos y México crearon el Banco de Desarrollo de América del Norte (NADBank por sus siglas en inglés) para mantener vigilancia sobre los problemas ambientales, especialmente el agua, a lo largo de la frontera; esto debido a la entrada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que provocó una explosión demográfica en los pueblos de la frontera.

Durante la década de 1990, el Congreso aprobó cientos de millones de dólares en subvenciones al NADBank para proyectos de agua en la frontera. Pero el banco no contaba con el personal necesario para administrar de una sola vez todos los fondos para las comunidades pobres que los necesitaban.

Los legisladores, frustrados, empezaron a reducir el flujo de dinero para estos proyectos. Hoy en día, el banco se dedica principalmente a otorgar préstamos a las comunidades que son suficientemente grandes o que tienen los medios necesarios para pagarle.

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“Cada agencia ha sentido el efecto de la escasez de dinero”, comentó Temis Álvarez, de la Comisión de Cooperación Ambiental de la Frontera, que ayuda a administrar los fondos del NADBank.

La historia es similar a nivel estatal: en 1989, la legislatura de Texas entregó fondos al Water Development Board para proyectos de agua y drenaje en las colonias, que proliferaron cuando desarrolladores de viviendas se aprovecharon de los residentes de escasos recursos, al venderles casas baratas pero sin nunca proveerlos de servicios básicos, como agua corriente.

Esos fondos se han redirigido a cualquier área con problemas económicos a lo largo de la frontera, incluyendo las colonias. El Water Development Board, por su parte, continúa prestando dinero a estas comunidades para proyectos de agua, pero hay una lista de espera, y la posibilidad de obtener una ayuda económica para aquéllos que no pueden pagar es casi inexistente.

El simple hecho de pedir dinero también requiere recursos. Solicitar fondos del gobierno por lo general requiere cientos de horas de trabajo y de conocimientos de los cuales carecen los residentes de escasos recursos. E incluso para las comunidades que se las arreglan para conseguir el dinero y desarrollar proyectos de agua, la historia no termina ahí.

Los gobiernos locales a veces no son capaces de administrar correctamente las plantas de tratamiento, o puede ser que el dinero para operarlas no dure lo suficiente; por su parte, las agencias reguladoras, como la Comisión de Calidad Ambiental de Texas, sólo cuentan con medios limitados para asegurar que los proveedores de agua sigan regulaciones estatales.

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“Hay que ver qué autoridad ha dado la legislatura a cada quien”, comenta Steve Niemeyer, director de asuntos de la frontera de la agencia. “Finalmente, ellos son los responsables si quieren intervenir y hacer algo”.

“Nosotros sólo hacemos lo que nos dicen, dada la autoridad que tenemos”, añade.

El río ofrecen poca ayuda

A lo largo de algunos tramos de la frontera, el principal obstáculo para proveer agua potable es el mismo Río Grande.

Más de 1,200 millas de río separan Texas de México, y en muchas partes está severamente contaminado. Cada día, ciudades y compañías en ambos lados de la frontera arrojan al río desechos tóxicos, aguas negras y otras sustancias peligrosas.

Ése es un problema particularmente grave en México, donde las ciudades en crecimiento con plantas de tratamiento saturadas tiran sus desechos en el Río Grande, contaminándolo con E. coli y otras bacterias peligrosas.

En otras áreas, donde el río está seco, la gente escarba norias y saca el agua de la tierra, lo que conlleva varios riesgos significativos también: mucha del agua extraída de la tierra a lo largo de la frontera contiene contaminantes naturales como el arsénico; asimismo, la actividad industrial y agricultural, junto con la falta de un servicio de drenaje, causan que los desechos tóxicos terminen en la tierra, filtrándose a las aguas que la gente utiliza para beber.

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Pero no todos los problemas del Río Grande (y de las fuentes subterráneas de agua de las que dependen muchas comunidades de la frontera) son causados por humanos. Un reporte de 2012 de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos descubrió que gran parte de la frontera “depende de fuentes de agua cuya calidad es insegura debido a los altos [niveles de materiales disueltos], arsénico, fluoruro y otros contaminantes”.

Asimismo, docenas de barreras culturales se interponen entre el gobierno y la gente a la que debería ayudar.

Los residentes de la frontera que ya viven en condiciones austeras a veces tienen miedo a pedir ayuda, explica John Henneberger, codirector del Texas Low Income Housing Information Service, una organización sin fines de lucro que se ocupa de problemas de vivienda y desarrollo comunitario.

Navegar la complicada burocracia es ya bastante difícil para las personas de bajos ingresos, más aun si no hablan el idioma. Más de un tercio de los 2.7 millones de las personas que viven en la frontera no hablan bien inglés, de acuerdo con la Oficina Estatal de Salud en la Frontera.

En estos enclaves principalmente hispanos, donde también vive una población grande de inmigrantes, muchos desconfían del gobierno, o viven con miedo de que al alzar la voz atraigan más atención de la deseada sobre su estatus migratorio.

“Por lo general se trata de pequeñas comunidades rurales, una parte de las cuales está conformada por inmigrantes; donde puede haber problemas de lenguaje, y donde la gente de escasos recursos no tiene los medios ni el tiempo para poder asistir a juntas y estar al tanto de lo que el gobierno hace por y para ellos”, comenta Henneberger.

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Mientras tanto, la voluntad política para mejorar la calidad del agua en la frontera está cada vez más desgastada. Si bien la sequía del estado ha obtenido una rápida respuesta por parte de los oficiales elegidos, los clamores de algunos legisladores sobre los problemas del agua en la frontera han sido en gran medida ignorados por el pleno legislativo.

Otros oficiales electos han echado la responsabilidad a alguien más o se han resistido a reconocer que algunos de sus electores viven en condiciones cercanas a las del tercer mundo.

A nivel local, las comunidades de la frontera operan aisladamente y no han podido encontrar soluciones regionales a los problemas del agua, comenta Carlos Acevedo, administrador de proyectos de la Comisión de Cooperación Ecológica Fronteriza.

“Nos encontramos en un entorno afectado por la disminución de los fondos de Washington, y para ser honesto, no escucho mucho sobre las colonias en Austin. Creo que necesitamos un esfuerzo renovado hacia estas comunidades, tanto por parte del estado como del gobierno federal”, añadió Cuellar.

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