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Sufriendo en la Chamba: Sin red de seguridad

Sufriendo en la Chamba: Sin red de seguridad

Santiago Arias, un inmigrante mexicano, vivió en carne propia los peligros de ser un trabajador en Texas, un obrero del "milagro texano".  

Sufriendo en la Chamba: Santiago Arias, una caída en el trabajo arruinó su vida /San Antonio: KWEX

Luego de una catastrófica caída, la lucha de un obrero por su vida

Lee el artículo original en inglés: No Safety Net en el Texas Tribune haciendo click aquí.

HOUSTON " A lo largo de una calle bordeada de almacenes, en el lado este de Houston, nueve obreros mexicanos trabajando a unos 20 pies de altura están rompiendo un techo de concreto con picos hechos a mano.

Lo están golpeando un panel a la vez; cada panel tiene el tamaño de un colchón, aproximadamente; luego arrojan los escombros al suelo debajo de ellos. Hay una pila gigante de desechos ahí abajo, un montón de aislante sucio, cubiertas llenas de alquitrán y tuberías de agua del sistema contra incendios arrancadas del interior del edificio.

Llamar este trabajo riesgoso sería poco. Los trabajadores están parados sobre el mismo techo que están demoliendo, ninguno de ellos utiliza más que un casco, y mucho menos equipos de protección contra caídas como arneses o cuerdas. En teoría, las autoridades federales exigen el uso de este equipo, pero las probabilidades de una inspección sorpresa "o de alguna otra interferencia del gobierno estatal el cual se jacta de sus regulaciones ligeras" serían tan altas como las de tener una brisa refrescante en este cálido día de octubre.

Pero el trabajo del día está casi terminado, y con algo de suerte, Arias regresará a México en unos meses, posiblemente con suficiente dinero como para terminar la tienda que está construyendo para su familia.

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Arriba en el techo, conforme cada sección es removida, los trabajadores se retiran del margen que disminuye, y van moviéndose constantemente hacia atrás, hacia los paneles restantes.

El sobrino de Arias, Jorge Luis Torres, toma el mango del pico y golpea el techo en el que se encuentra parado, tan sólo unos pies delante de ellos. Una nueva sección se rompe. Otro panel es desprendido y levantado.

Como hizo un sinfín de veces antes, Arias llega para arrancar la cubierta de concreto con las manos. Empieza a quitarla del techo. Sin embargo esta vez, pierde el equilibrio. Intenta recuperar su posición, pero las suelas de sus botas están desgatadas, y resbala.

Torres toma a su tío por el brazo, pero todo sucede muy rápido. Justo como con el concreto, la gravedad jala a Arias y lo precipita en el vacío.

Con su único ojo, Arias avista una barra metálica de refuerzo que sobresale a través del enorme agujero, y frenéticamente se sujeta de ella.

Durante un instante terrible, Torres ve a su tío, 20 pies por encima del piso, balanceándose como un péndulo de la barra de refuerzo hasta estar horizontal: mirando hacia el cielo y dando la espalda hacia la pila de escombros.

Luego cae.

Un escenario común

La historia de la caída de Arias desde el techo de un almacén industrial el 18 de octubre del 2006 está basada en las entrevistas con testigos oculares y abogados, documentos de la corte y el propio testimonio de Arias.

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Un experto contratado por los abogados de Arias para la demanda por negligencia en contra del contratista describió que las condiciones del sitio de trabajo donde sucedió la caída eran tal vez “las más peligrosas” que había visto en sus 40 años de practicar la ingeniería, según el testimonio del juicio.

El contratista que dio trabajo a Arias negó cualquier responsabilidad por accidentes sucedidos en sus sitios de trabajo, y aseguró que los trabajadores eran responsables de su propio equipo de seguridad.

Pero expertos en seguridad y defensores de trabajadores lesionados explican que el escenario del caso de Arias es difícilmente único: un trabajador poco preparado, generalmente sin papeles válidos para trabajar, se lastima haciendo un trabajo peligroso y sucio. El contratista puede tener un historial de accidentes laborales y trabajar con varios nombres de compañías distintas. No hay seguro de compensación para trabajadores provisto por el estado o un seguro privado equivalente, ya que en Texas no se requiere, a diferencia del resto de los estados. Los contribuyentes y las organizaciones de caridad son quienes terminan pagando los cuidados médicos del trabajador, quien junto con su familia ve diezmar sus ingresos y su calidad de vida.

No obstante, para el contratista, el negocio sigue como de costumbre, y otro obrero, generalmente un inmigrante indocumentado, espera impaciente en la fila para ocupar el lugar del trabajador lastimado.

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“Tienes una subcultura increíblemente insalubre de la que nadie quiere hablar, de la que todo el mundo quiere hacer como que no existe, ¿sabes? Pero está ahí”, comenta Tara Mavi, una consultora de Houston sobre seguridad en el trabajo, quien habla en general, no específicamente sobre el caso de Arias.

Amavi opina que “esos tipos de empleadores tienen la posibilidad de seguir operando, tomar ventaja de los trabajadores indocumentados, matarlos, mutilarlos, dejarlos ciegos y desecharlos, y para luego ir y recoger algunos más en la siguiente esquina”.

La difícil situación de los trabajadores que se lesionan o que mueren en sus trabajos no se menciona en los brillantes folletos o en los entusiastas anuncios de televisión que buscan atraer a las empresas para trasladarse a Texas y formar parte de su famoso “milagro texano”.

Si bien Texas ha creado más trabajo que ningún otro estado en los últimos 10 años, también ocupa los primeros lugares en número de trabajadores muertos, según el Buró Federal de Estadísticas Laborales. El problema es especialmente grave en la industria constructora de Texas, en la que 60% de la fuerza de trabajo nunca ha recibido un entrenamiento básico de seguridad, y en la que uno de cada cinco trabajadores informa haber sufrido una lesión que requería atención médica, según el reporte “Construir un Mejor Texas”, compilado el año pasado por el Worker’s Defense Project y por investigadores de la Universidad de Texas en Aoustin. Cerca del 40% de los empleadores en los negocios de construcción ofrecen seguro de compensación del trabajador, halló el reporte.

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Los legisladores han propuesto hacer el seguro de compensación para trabajadores obligatorio en la industria de la construcción, pero en un Texas, que favorece los negocios, esa idea ha sido un fracaso.

“Siempre hemos estado preocupados por señalar en particular a la industria de la construcción”, comenta Ned Muñoz, jefe de asuntos regulatorios para la Texas Association of Builders. Después de todo, asegura, la construcción no es el único negocio de riesgo en Texas.

La Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA), del gobierno federal, constituye la primera línea de defensa para los trabajadores de construcción en Texas, añade Muñoz.

“Ellos buscan que tengas un lugar de trabajo seguro”, comenta. “No es como si no tuviéramos nada”.

En 2012, sin embargo, había sólo un inspector de la OSHA por cada 104,000 trabajadores en Texas, una de las proporciones más bajas del país.

Y aunque, en principio, la OSHA trata de hacer que los lugares de trabajo sean seguros, ayudar a trabajadores heridos que no tienen dinero o seguro laboral no es parte de la misión de la agencia.

La falta de una red de seguridad social y financiera pronto sería clara para Arias y su familia. Pero durante la primera semana luego de su accidente, permaneció inconsciente en una cama del Memorial Hermann Hospital, en Houston. No era sabía que había resbalado y caído a través de las grietas del “milagro texano”.

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Aún no sabía qué tanto había sido dañado su cuerpo, o que estaba a punto de recibir una cuenta médica por $841,000. Tampoco sabía que estaba usando un pañal y un catéter, o que no iba a volver a caminar de nuevo.

Arias no tiene recuerdos de la caída en sí misma. En un momento estaba en un techo caliente en Clinton Drive, preparándose para irse a casa luego de un día de trabajo, y la siguiente cosa que recuerda es ir avanzando en una cama de hospital con tubos saliendo de su cuerpo. En un momento pensó que alguien lo estaba sacudiendo, pero luego supo que estaba experimentando espasmos nerviosos.

Durante semanas, no pudo hablar. Todo lo que podía hacer era permanecer acostado, escuchar y pensar. “Una vez oí ‘Mira, eres tetraplégico”, comenta. “Ya no vas a poder mover nada”.

El pánico y el terror lo invadieron.

“En ese momento que ya me di cuenta de la situación en que estaba, lo primero que pensé fue en Dios”, explica. “Dije ‘Ay Diosito, ¿cómo estoy? Pues, ¿sabes qué? Pues, mejor llévame, no quiero estar en esta situación”.

Cruzando la frontera

Arias creció en el sur de México, en el estado costero de Tabasco, cerca de la frontera con Guatemala. Él ayudaba a su padre a vender pescado, mango y animales de caza en las calles de Frontera.

Luego de que su familia se mudara a la Ciudad de México, conoció a Remedios Ramírez, una vecina, con quien se casó a los 21 años. Entre ambos compraron una casa en 1987, en Iztapalapa, una zona marginal de la Ciudad de México conocida por sus bandas de ladrones, peligrosas prisiones y extrema pobreza.

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En 1999, a la edad de 36, Arias se sintió atraído por el norte, ante la perspectiva de un trabajo mejor pagado en los Estados Unidos. Así que le pagó $1,500 a un 'coyote' para que lo llevara a través del Río Grande, desde Matamoros, Tamaulipas, a Bronsville, Texas. Llegó a Houston, donde compró una credencial falsa de Seguridad Social y fue a trabajar con sus cuñados: Martín y Mario Ramírez, quienes habían cruzado a los Estados Unidos antes que él. Ellos le ayudaron a encontrar un trabajo en el que ganaba cerca de $6 por hora construyendo estructuras metálicas.

Arias regresó a México en 2004, luego de haber perdido un dedo en un accidente de auto relacionado con el trabajo  y de haber tenido problemas para encontrar un trabajo seguro en los Estados Unidos.

Había ahorrado algo de dinero, así que empezó a construir una tienda junto a su casa en Iztapalapa. Arias esperaba que el proyecto eventualmente fuera el sostén de su familia y le permitiera quedarse en México.

Pero el dinero se acabó, por lo que decidió volver a Houston a trabajar y así ahorrar para su negocio.

Un error catastrófico

En julio del 2005, Arias se reunió de nuevo con sus cuñados en Houston, quienes estaban trabajando para un contratista llamado Gary White, un nativo de Oregon que había abandonado la escuela en 10° grado para seguir los pasos de su padre y de su abuelo en el negocio de la construcción.

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Una revisión de los documentos de la corte, entrevistas con los trabajadores y registros gubernamentales sugiere que Arias y sus cuñados habían tropezado con el tipo de “ofertas macabras” con las que muchos trabajadores poco capacitados y con bajos sueldos suelen toparse: ellos necesitaban un dinero y un trabajo estable, y White necesitaba mano de obra barata. La seguridad quedaba en un segundo plano.

Cuando Arias empezó a trabajar para White, su primera empresa como contratista de construcción ya se había ido a pique. White le estaba pagando a sus empleados como si fueran trabajadores subcontratados, a través de Degar Fuel Systems  Inc., que había construido estaciones gasolineras, según los registros y las entrevistas.

Arias y Torres, su sobrino, describen a su antiguo jefe como un fumador empedernido de mal carácter y adicto al café, un hombre al que le gustaba que el trabajo se hiciera rápido.

“Quería todo rápido, rápido, rápido”, comenta Torres. “Lo que él quería era que le pagaran”.

Según su testimonio, White aparece como un agresivo hombre de negocios que tenía poco trato con abogados o burócratas "el tipo de empresarios creadores de empleos que los políticos alaban durante los discursos públicos sobre el milagro texano.

White, de 55 años, fue interrogado acerca de sus antecedentes y su historial en los negocios como parte de dos declaraciones resultado de demandas relativas a serios accidentes en el lugar de trabajo que ocurrieron bajo su supervisión, incluyendo la catastrófica caída de Arias.

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En las declaraciones juradas, White repetidamente niega cualquier responsabilidad por los accidentes que sucedieron en sus puestos de trabajo. Él asegura que esperaba que sus trabajadores "a quienes pagaba no como empleados sino como trabajadores subcontratados" utilizaran equipo de seguridad personal, pero que nunca consideró que fuera su responsabilidad proveérselos.

En una breve conversación telefónica con el Texas Tribune en abril "la única entrevista que concedió", White asegura que gastó miles de dólares en equipo de seguridad para sus trabajadores, y que tenía los cheques para comprobarlo.

Las aseveraciones que White hace en sus declaracions acerca de la seguridad en sus puestos de trabajo son muy diferentes de lo que recuerdan varios de sus empleados.

Con respecto a un trabajo tres años después de la caída de Arias, White declaró a los abogados que los trabajadores “no tenían permitido estar arriba del edificio” sin protección contra caídas. El capataz de White, por su parte, declaró que ninguno de los subcontratados de White tenía o utilizaba este tipo de protección.

Lo que está fuera de discusión es que al menos dos trabajadores resultaron catastróficamente heridos en puestos de trabajo en los que White era contratista. Para Arias, la primera lesión grave vino en noviembre del 2005 cuando estaba ayudando a White a instalar una puerta grande de garaje en una estructura metálica del área de Houston. Uno de los goznes se rompió mientras intentaban mover una sección de la puerta, y una pieza del marco se soltó, golpeando con violencia a Arias en el ojo izquierdo.

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Los médicos del Memorial Hermann Hospital intentaron salvar el ojo, pero el daño era demasiado severo. Actualmente, permanece marchito y sin vida detrás de un párpado colgante: Arias no podía pagar los $2,500 del ojo de vidrio que los doctores le recomendaron.

Esta lesión puso a Arias en coma por dos semanas, y lo mantuvo fuera del trabajo durante varios meses. La cuenta de $100,000 del hospital, que incluía cargos por el traslado en helicóptero, permaneció sin pagar, según comenta el trabajador.

Arias asegura que White continuó pagándole $400 durante un mes, mientras se recuperaba.

Durante su convalecencia, Arias recuerda haber pensado que estaba discapacitado y que no tendría muchas opciones para trabajar y sostener a su esposa y a sus tres hijos, quienes tenían en ese entonces siete, 13 y 18 años.

“Dije yo ‘Bueno, me van a ver en otra parte sin ojo, que no veo, y no me van a dar trabajo”, recuerda.

Decir que se arrepiente es poco para describir la forma en que ve ahora la fatídica decisión que tomó de volver a trabajar con White.

“Dije ‘Ése todavía me está dando trabajo, bueno me quedo con él’. Fue una estupidez grande, ¿me entiendes?, un error”, añade.

“¿Dónde estaba la seguridad?”

La especialidad de White en la industria de la construcción era elevar techos en edificios industriales. Los trabajadores quitaban el techo existente, luego levantaban columnas de metal y ponían un techo nuevo. La ampliación del espacio hacía que los edificios fueran atractivos para que la compañía que los había contratado, GSL Investments Inc., en Houston, los arrendara.

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En 2006, cuando Arias regresó a trabajar, White estaba levantando un techo para GSL en el 5800 de Clinton Drive, cerca del canal de navegación, según los registros de la corte.

La demolición estaba casi terminada, y el escombro cubría los 133,000 pies cuadrados del piso, de acuerdo con las entrevistas y los reportes de la corte.

Entre los escombros había docenas de tubos rojos de agua, del sistema contra incendios del edificio. Cuando Arias cayó del techo, la parte trasera de su cuello golpeó uno de esos tubos de metal, fracturando sus vértebras en tres lugares.

Cuando Torres bajó del techo, vio a su tío convulsionándose encima de los escombros. Junto a su rostro yacían sus lentes rotos.

“Sentí un dolor en el corazón. Sentí como si no pudiera respirar”, recuerda Torres. “Él ya había perdido un ojo, y ahora me preguntaba qué iba a hacer, porque no iba a poder vivir como había vivido antes”.

Al siguiente día, asegura, los trabajadores volvieron al techo, sin cascos ni protección contra caídas, quitando paneles de concreto justo como el día anterior, como si nada hubiera pasado.

La OSHA no tiene ningún registro de alguna investigación sobre la caída de Arias, pero eso no es raro. Se necesita más que un accidente o dos para motivar una inspección obligatoria de la OSHA, según las normas de la agencia: las empresas está obligadas sólo a reportar a la agencia las muertes o accidentes que dejan a tres o más trabajadores hospitalizados. Los oficiales de la OSHA aseguran que las quejas de los trabajadores, en general, motivan inspecciones, sin embargo, éstas no son obligatorias.

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De regreso a México

El golpe en el cuello fracturó la vértebra C3 de Arias, es decir, la tercera contando del cráneo para abajo, por lo que tuvo que atravesar por múltiples cirugías, pero el daño lo dejó paralizado del pecho para abajo.

Al principio quería morir. A pesar de su parálisis, Arias aún podía sentir un intenso dolor: sensaciones de quemazón sobre todo el cuerpo, como cuando se exprime limón en una herida, explica; sus articulaciones duelen y tiene violentos espasmos musculares; constantemente sufre infecciones urinarias, úlceras en la piel e insomnio. Hubo un tiempo en que tomaba 26 píldoras al día para tratar sus dolencias.

La carga financiera para la familia de Arias fue debilitante. Durante un tiempo, White continuó pagándole $500 a la semana, pero cuando Arias empezó a hablar con abogados, los pagos se detuvieron, asegura. Varios familiares, incluyendo aquéllos que aún trabajaban para White, colaboraron, comprando todo tipo de cosas, desde medicina y abarrotes, hasta catéteres y pañales para adulto.

No obstante, él sabía que la generosidad de su familia no iba a ser una solución permanente.

Luego fue enviado a caridades que se dedicaban a servir a migrantes lesionados como él: gente que no es elegible para los programas federales de discapacidad y atención médica, y que no tienen a dónde más acudir.

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La organización Living Hope Wheelchair Association, que ha provisto de recursos a migrantes indocumentados desde 2005, le consiguió una silla de ruedas.

Casa Juan Diego, una caridad católica de Houston, lo ayudo con la renta y con suministros médicos desechables.

Lo más importante fue que sus proveedores de salud lo ayudaron a tramitar una visa humanitaria para su esposa, Remedios, quien llegó al lado de su esposo y encontró la fuerza "en Dios, asegura" para aceptar su nueva y desafiante realidad.

“Yo soy la enfermera. Lo cambio, lo baño, le doy de comer, pues todo, todo le hago. Le cepillo su boca, pues todo, como si fuera un bebé. Tengo que hacerlo yo todo”, comenta Remedios.

Arias puede respirar por sí mismo, aunque con dificultad en ocasiones; también tiene suficiente control en su brazo derecho como para sostener el comando de su silla de ruedas motorizada entre el pulgar y el dedo índice y moverlo en la dirección a la que desea dirigirse.

Por varios años luego de su accidente, Arias llevó folletos de las caridades y vendía pulseras, collares, cinturones, sombreros, cepillos para el cabello y perfumes en el mercado La Michoacana y en el mercado de carne Teloloapan de Houston.

Era desmoralizante: en una ocasión, un ebrio iracundo lo abofeteó y casi lo tira de su silla; en otra, una pandilla de jóvenes lo asaltó. Por eso, hace cerca de un año, decidió regresar a la Ciudad de México.

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En septiembre del 2013, compró un taxi usado adaptable para personas con silla de ruedas. Sus familiares lo llenaron con todo tipo de cosas donadas, como pañales y catéteres, y como pudo manejó de regreso a casa.

Cuando un reportero y un fotógrafo visitaron a Arias en su casa el pasado enero, varios paquetes de pañales donados estaban apilados junto con cajas de soda, botanas y otros artículos, los cuales esperaban ser vendidos en la tienda de al lado. Al fin está terminada, sin embargo, no resultó ser tan exitosa como la familia esperaba.

Las piernas de Arias están aseguradas a la silla con trozos de tela, para mantenerlas fijas cuando los espasmos llegan. Sus muñecas están torcidas debido a una condición neurológica que las ha atrofiado en una curva permanente: sus palmas miran hacia afuera como si se prepararan para responder a una caída que nunca llega.

A pesar de las dificultades, Arias se mostraba sonriente y positivo, e incluso reía de sí mismo. En un momento, bromeó diciendo que su discapacidad le hacía un disfraz natural para Halloween. Después de pasar varios años en los Estados Unidos, asegura que está feliz de estar de regreso en su país natal con su familia: su esposa, sus dos hijas, Nallely y Miriam, y su hijo Santiago Jr., quien se graduó de la preparatoria Northbrook, en Houston, en 2012.

Sin aprender la lección

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La sonrisa de Arias desmiente los gastos y el inmenso peso que la catástrofe le hizo caer encima. Las cuentas no pagadas por los gastos médicos de los accidentes que sufrió mientras trabajaba para White ascienden a casi un millón de dólares, asegura.

Además, está el veredicto multimillonario del jurado, el cual nunca cobrará.

Brant Stogner, un nuevo abogado de la firma demandante Abraham Watkins, ansioso por ganar experiencia en juzgados, llevó a la compañía de White juicio en 2008. Pensó que podía, al menos, conseguir un veredicto ostentoso, probablemente a través de un día de pago no muy grande. Estaba en lo correcto.

White estuvo ausente durante el juicio, y el jurado concedió a Arias $21 millones, el veredicto por negligencia laboral más grande en Texas desde 2009, según Verdict Search, que registra las compensaciones de demandas. White tenía pocos recursos, y su póliza de seguridad excluía específicamente a los subcontratados como Arias, según Stogner y el testimonio de la corte.

“Desafortunadamente esto es común en un estado que no regula con tanta severidad como los otros”, asegura Stogner.

Al final, los abogados de Arias demandaron a la aseguradora de White, y llegaron a un acuerdo por una fracción de la compensación dada por el jurado: apenas el .5% de la cantidad señalada en el veredicto, luego de descontar los honorarios legales y los costos de la corte.

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Arias recibió de ese arreglo menos de los $125,000 que los médicos estimaban que costaría su tratamiento en Estados Unidos cada año por el resto de su vida. Un acuerdo de secrecía mantiene confidencial la cantidad exacta.

GSL Investments estableció un acuerdo con Arias por $50,000 en Mayo del 2008, según muestran los registros.

Stogner comenta que esperaba que el gran veredicto “enviara un mensaje” y que posiblemente desalentara a las empresas constructoras de Texas de mantener condiciones de trabajo inseguras.

Como resultado de la demanda, White empezó a trabajar en una compañía bajo otro nombre en 2007, cambiando de Degar Fuel Systems a White’s Building Service, Inc. Ésta era al menos la tercera compañía que White había creado desde 1994, según los reportes de negocios y de la corte.

Poco menos de tres años antes de que Arias se cayera, otro inmigrante mexicano sufrió una calamidad mientras trabajaba para White en la cima de un edificio pertenencia de GSL. El obrero, Juan Meza, sufrió una caída mortal, de acuerdo con los archivos federales de la investigación y con los registros de la corte.

Una viga se vino abajo y golpeó a Meza, tirándolo del muro en el que se encontraba.

En una declaración, White asegura que él “no fue responsable de ninguna manera, modo o forma”, y culpó a Meza de la caída, alegando que había usado soldadura de mala calidad.

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Siguiendo el protocolo correspondiente a la muerte de un trabajador, OSHA inició una investigación, la cual mostró que los obreros no utilizaban equipo de protección anticaídas. Los oficiales concluyeron que había serías violaciones de la ley federal de seguridad, incluyendo la falta de White de proveer equipo de seguridad. La agencia multó a White con $5,100.

En su testimonio durante el caso Meza, White llama idiotas a los agentes de la OSHA, y asegura que no pagará la multa, además, afirma que los soldadores eran los culpables de las violaciones de seguridad.

La familia de Meza demandó a White y llegaron a un acuerdo por $450,000, según los registros de la corte.

Después estos accidentes, GSL Investments rompió relaciones con White. El presidente de la compañía, David Ebro, declaró que GSL requería que sus contratistas contaran con seguros de compensación para trabajadores. Ebro no se refirió a los casos de Arias o Meza específicamente, pero los calificó de “desgarradores” y aseguró que reza pidiendo por las familias de ambos trabajadores.

En cuanto a White, su última compañía: White’s Building Services, perdió su carácter corporativo y ya no está en buenos términos con la Secretaría de Estado de Texas, según muestran los registros.

En algunos pasajes de sus declaraciones, White expresa empatía por las víctimas de accidentes, aunque constantemente repite que él no tuvo ninguna culpa.

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Con respecto al incidente de Mesa, White reconoce que se siente mal por la familia del soldador, quien tenía un hijo pequeño que, a partir de ese hecho, se había quedado sin padre.

“Me siento mal cuando alguien pierde un dedo. Soy muy sensible en ese aspecto”, aseguró White.

En otra declaración, calificó a Arias como “un tipo muy, muy bueno”, aunque en una entrevista telefónica aseguró que el trabajador tenía la culpa de lo que le había sucedido por “haber lanzado un trozo de concreto de la manera equivocada”.

Arias asegura que, desde que quedó paralizado, nunca volvió a ver a White, y después de todos estos años, desearía poder decirle a su antiguo jefe que “debería ser un poco más humano con la gente que le trabaja”.

Su esposa piensa que todo el ecosistema de la construcción, pieza clave en el milagro texano tan pregonado por los políticos, necesita un poco más de humanidad.

Para ella, “fue muy cruel, pues, lo que le hicieron a él después de todo lo que el trabajó allá; bueno, en la construcción ellos son, los mexicanos, son los que hacen todo el trabajo, y una vez que ya no trabajan, no les ayudan en nada, no les dan dinero, nomás los desechan”.

Para reportar sitios de trabajo riesgosos o condiciones inseguras, o para hacer alguna queja sobre potenciales violaciones a los estándares de seguridad federales, llame a la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) al 1-800-321-OSHA (6742), o visite el sitio en español de la OSHA: https://www.osha.gov/as/opa/spanish/.

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Para reportar condiciones inseguras, también puede llamar a la línea de emergencia de seguridad de Texas: 1-800-452-9595, o hacer un reporte en línea aquí.

Para obtener ayuda gratuita de la Oficina de Asesoría Pública para el Empleado Lesionado (OEIC) sobre su queja acerca de la compensación para trabajadores puede llamar al 1-866-393-6432, o visitar el sitio de la OEIC en español: http://www.oiec.texas.gov/resources/espanol.html.

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