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El Cerro Rico de Potosí es una de las mayores minas de plata del mundo.

La montaña que mata

La montaña que mata

En el Cerro Rico de Potosí, en el suroeste de Bolivia, es raro el minero que tiene más de 60 años. Allí, el “mal de la mina”, una enfermedad que se traduce en flemas, toses y carraspeos, es como un dios omnipresente. Y la única jubilación anticipada que la mayoría de estos hombres topo conoce es la muerte.

El Cerro Rico de Potosí es una de las mayores minas de plata del mundo.
El Cerro Rico de Potosí es una de las mayores minas de plata del mundo.

muros muy gruesos
pasajes
pasadizos
callejuelas
mercados
mercadillos
Ramiro Holguín
Bolivia, exminero

Dice mi libreta.


POTOSÍ, Bolivia.- Ramiro Holguín vive en Potosí, tiene 44 años y la apariencia de alguien de 55. Me cita en una casa a medias, en una casa de ladrillo descubierto (todavía en construcción) que pertenece a uno de sus familiares. Me cuenta que se alejó de la mina hace algunos años y tose mientras camina. Holguín usa zapatos negros, viste una chamarra descolorida y tose mientras se acomoda en una silla de madera, mientras el sol dibuja algunos brillos en su pelo crespo. Holguín es muy flaco, tiene unas manos de dedos largos y finos, como las de un buen masajista, y tose mientras me dice que ya no tiene muchas fuerzas, que se siente cansado, que muchos de sus amigos han muerto.

Cuando Ramiro habla, uno alcanza a escuchar los ecos de la enfermedad que lo carcome por dentro: a veces, sus pulmones se oyen como si una brigada de boy scouts estuviera encerrada en una cueva en la que no hay oxígeno; a veces, suenan como un neumático que se desinfla; y a veces, como un artefacto viejo o un gato que ronronea.

A Ramiro Holguín le están pasando factura las largas horas trabajando en...
A Ramiro Holguín le están pasando factura las largas horas trabajando en la mina sin ningún tipo de protección.


“El polvo”, dice él. Tose. Carraspea. Cuando trabajaba como perforista en los túneles del Cerro Rico, una montaña a más de 4,500 metros (unos 15 pies) de altura que es recorrida por más de 90 kilómetros de galerías que conforman un laberinto de varios pisos, Ramiro se olvidaba de que los días tienen 24 horas: “me metía en el agujero sin protegerme la boca, ni siquiera con unos trapos o unas servilletas, y ya no salía. Y tragaba mucho mineral. Y descansaba muy poco. Cuando me emborrachaba, no comía nada y luego me sentía fatal. Mantenía a mis familiares pero no me cuidaba”.

Ramiro es un fantasma, una sombra que merma, un tipo con los hombros caídos al que le diagnosticaron cuatro padecimientos: “tuberculosis, gastritis, algo relacionado con el corazón y silicosis –el conocido como mal de mina–”, enumera sin ganas. Conoció la mina a los 19 años, a una edad en la que nadie piensa en las consecuencias de lo que hace. Y le gustó porque pensaba que era el peaje a pagar para tener una vida holgada — para comprar un coche último modelo, un aparato de música, una televisión o una vivienda—. “Pero todo eso es mentira. Yo dejé de estudiar y ya ve cómo estoy: ni mi respiración encuentro —se lamenta—. En la mina, a veces ganas bien y otras nada. El dinero que proviene de ahí está maldito. Se va como el agua: tal como vino. Cuando te enfermas, nadie te colabora, ni el Estado ni tu cooperativa, y entonces gastas todo lo que ganaste en medicamentos”.

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Se calcula que hay entre 10,000 y 15,000 personas trabajando en el interior del Cerro Rico. En 2007, en la posta de salud Cerro de Plata de Pailaviri, al lado de una las bocaminas más antiguas, el 46% de los enfermos atendidos tenía algún síntoma relacionado con el aparato respiratorio, y apenas el 1% de los que iban superaba los 56 años. La realidad no ha cambiado mucho. Y hay mineros que aseguran que los hospitales potosinos están entre los más tristes del mundo. Las inscripciones en los cementerios también invitan al desaliento. “¡Silencio!, aquí descansan los hombres que dejaron sus pulmones en las minas”, dice una de ellas. “Aquí terminan tus servicios a la comunidad minera”, señala otra.


*

colores apagados
un sol que quema
mineros que caminan
algunos arbustos
desniveles, piedras
un centro de salud
sus paredes verdes
sus baldosas oscuras
Juan Carlos Oporto
estetoscopio sobre los hombros
las manos dentro de los bolsillos
médico

Dice la libreta.

Ramiro Holguín, el exminero de la respiración agitada, podría convertirse antes de lo que imagina en una estadística. Según Juan Carlos Oporto, un médico bonachón de bata blanca, bigote desprolijo y piel tostada, la esperanza de vida en el Cerro Rico no supera los 58 años. “Muchos de los mineros terminan en el cementerio incluso antes, a los 50, y algunos a los 35 o 40”, me dice un tarde de octubre en su despacho, tras una mesa sencilla donde hay algunos informes cerrados.

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Oporto tiene 52 años, lleva alrededor de diez dando consejos a los enfermos del puesto de salud Cerro de Plata, y ha visto de todo un poco —radiografías que en vez de un par pulmones sanos mostraban una mancha que parecía una humareda, cráneos destrozados, fracturas expuestas—. Hasta 2008, contaba con el apoyo de una ONG italiana y llegó a tratar a dos accidentados por día; pero desde que la posta médica depende del Gobierno ha tenido que aprender a manejarse con menos recursos. “Ahora, cuando un paciente está grave, lo trasladamos hasta otro centro con mejores equipos en alguna ambulancia”, me explica. “Y, de vez en cuando, alguno se muere”, añade luego.

Juan Carlos Oporto lleva años recibiendo pacientes en un puesto de salud...
Juan Carlos Oporto lleva años recibiendo pacientes en un puesto de salud en las faldas del Cerro Rico.

Un simple vistazo a los pasillos que hay al lado de su consultorio, que queda en las faldas de la montaña —en mitad de un paisaje abúlico salpicado de casas minúsculas de adobe y de calamina que dan cobijo a familias de seis, siete u ocho personas—, me permite entender mejor lo que pasa en los socavones. Las ilustraciones que cuelgan de algunas de las paredes muestran mineros quemados, mineros electrocutados, mineros en shock, mineros cortados; muestran también cómo frenar una hemorragia a tiempo, cómo armar una camilla y cómo responder ante una asfixia o un paro cardíaco; y se disputan el espacio con varios afiches clásicos, que hablan sobre la higiene y sobre el embarazo.

Ninguna de las ilustraciones —al menos, ninguna de las que están a la vista— está relacionada con el famoso “mal de la mina”. Pero Oporto suele tenerlo casi siempre presente. Sobre todo porque es la causa de la miseria y del infortunio. Según el doctor, cuando a un minero le agarra el “mal de la mina” (la silicosis: una enfermedad crónica que afecta a los que han respirado polvo de sílice durante años), la pérdida de peso y la tos son considerables. Los que lo padecen menguan, acaban ocultándose en habitaciones heladas y llega un momento en que es difícil adivinar cuántos meses continuarán vivos.

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cinco patios
ciento cincuenta dependencias
quince mil metros cuadrados construidos
Casa de la Moneda

Dice la libreta.

En la Casa de la Moneda de Potosí, casi todo es historia muerta: las primeras monedas, imperfectas, que se forjaron a golpe de martillo, el cuarto con máquinas para laminar los lingotes, los cuadros que representan al Cerro Rico como a una Virgen, algunas paredes repletas de hollín que no fueron restauradas nunca, los bacines elaborados con metales brillantes y maleables. Pero para el historiador Walter Zabala Ayllón todo esto es aún memoria viva. Según él, todo esto nos recuerda a los mitayos —a los peones indígenas que solían trabajar 36 horas seguidas para entregarle un tributo a la Corona de España—. Todo esto nos recuerda que antes de que aparecieran los cascos modernos se utilizaban chullos (gorros de lana). Todo esto nos recuerda al amo y señor de la mina, al Tío, una deidad con unos cuernos demoníacos y falo gigante. Y todo esto nos traslada a una ciudad que fue sumamente próspera, que llegó a tener calles con adoquines de plata.

Casa de la Moneda de Potosí
Casa de la Moneda de Potosí

Hay cronistas que aseguran que durante la Colonia se construyeron 36 iglesias, que había escuelas de baile, teatros, burdeles, frontones de pelota vasca, 15 kilómetros de ingenios mineros y treinta y dos lagunas artificiales. Zabala Ayllón, que es delgadísimo, casi cadavérico, como el Nosferatu de Murnau, dice, además, que por aquel entonces llegaban a Potosí sedas finísimas, y otros autores señalan que también se importaron perfumes, alfombras, porcelanas, sombreros, cristales y prendas de lugares como China, Venecia, Granada, Persia o Arabia. En las minas, sin embargo, la situación siempre fue precaria. “En aquella época, los que tenían que meterse en los socavones lo hacían sin botas, con culeras artesanales para proteger la espalda cuando se arrastraban por el piso y con cinchos de cuero para montar las gradas que comunicaban unos niveles con otros —explica Zabala—. Y luego (siglos después), tras la revolución de 1952, que estableció el voto universal y la reforma agraria, cuando todo parecía que podía mejorar, a los mineros, en vez de herramientas, les entregaron armas para defender al presidente, apenas se renovó la maquinaria en las galerías y la montaña siguió recibiendo mineros”.

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Los más exagerados piensan que podría construirse un puente hasta España con la plata que le sacaron al cerro en los últimos 400 años. Y académicos como Zabala aseguran que podría levantarse otro con los huesos de los que murieron dentro.

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mensajes de autoayuda en las paredes
“nunca digas no puedo”, dice uno de ellos
ONG Solidaridad con las Mujeres
Ibeth Garavito

Dice la libreta

Tras un minero muerto, casi siempre hay una viuda viva. Ibeth Garavito, la directora de la ONG Solidaridad con las Mujeres, cuenta en un vídeo institucional que hay períodos en los que en un solo mes aparecen catorce nuevas viudas. Catorce nuevas viudas que se emplean como guardaminas, lavanderas o empleadas domésticas. Catorce nuevas viudas sin renta ni jubilación. Catorce nuevas viudas que hacen de papá y mamá para sus hijos.

Vilma Menacho sujeta la foto de su difunto marido en su casa de un barr...
Vilma Menacho sujeta la foto de su difunto marido en su casa de un barrio de Potosí.

Vilma Menacho, viuda de Soto, tiene dos hijos: uno de 12 y otro de 18 años. Con los 230 dólares que recibe por limpiar casas y por trabajar como cocinera en una guardería paga el alquiler de una única pieza desabrida en el sector de Kachirrancho, entre la ciudad y el cerro. Y sujeta una foto de su esposo desde hace unos minutos. Miguel Soto, su marido, falleció hace diez años por culpa del “mal de la mina”, de esa maldición silenciosa que golpea todos los años a decenas de mineros potosinos sin dar tregua. Soto botaba flemas rosadas constantemente, sobre todo al caer la noche. Sentía ardor a la altura del pecho y se agitaba en cuanto hacía esfuerzos extra. El doctor le había recomendado tomar mucha leche y unas inyecciones que valían más de lo que él ganaba dentro de los socavones (entre 12 y 15 dólares por día). Y la mina, su fuente de trabajo desde los doce años, acabó por convertirse en su sentencia de muerte.

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Lupe Condori, viuda de Gareca, es vecina de Vilma Menacho y también tiene un retrato de su difunto esposo cerca: el suyo es de colores pastel y más nítido que el de Vilma. Cada 2 de noviembre, Día de Difuntos, coloca a su alrededor las galletas y los dulces que le gustaban a Gareca, y entonces es cuando más nota su ausencia. “Aunque no fue del todo bueno conmigo porque bebía mucho, a mis hijas siempre les digo que él fue un buen hombre. Antes de morir, se arrepintió de las cosas malas que hizo y me dijo que cuidara de ellas”, me cuenta la viuda en su cuarto, un habitáculo estrechísimo en el que sus hijas y ella cocinan, ríen, lloran y duermen. Gareca sufrió una agonía insufrible, de siete años, y como Miguel Soto, en la fase final de su via crucis, dejó de caminar por culpa de la silicosis y se vio abocado a permanecer sobre una cama desde la que oteaba un horizonte cada vez más chico, poblado únicamente por mudas de ropa gruesa que a veces se amontonaban sobre el mobiliario y la mueca atormentada de los seres queridos.

***

un cerro que no se mueve,
pero que se achica
los cascos
las lámparas de minero
el polvo, el polvo, el polvo
los perros viejos

Dice la libreta

Los habitantes del Cerro Rico y de ciertos barrios potosinos que se han convertido en la carnaza preferida de “la montaña que devora hombres” (así la bautizaron algunos de los lugareños), suelen acordarse más de los mineros muertos que de los vivos. Y la paradoja es que los vivos pasan la mayor parte del día metidos en un agujero, como los muertos.

La esperanza de vida de los "hombres topo" no supera los 60 años.
La esperanza de vida de los "hombres topo" no supera los 60 años.

“Allá adentro se traga mucho polvo y el polvo el pecho hace doler. Yo hasta una hora o algo más puedo aguantar tranquilo, pero hasta ahí nomás”, me dijo hace algunos años Fausto Jara Laime, un minero que tardaba más de una hora en descender hasta su puesto de trabajo. Fausto estaba acostumbrado a lidiar con el barro que se adhería en la suela de las botas de faena como si fuera chicle, a mantenerse agachado para no golpear la cabeza con las vigas de madera que trataban de evitar los derrumbes en las galerías y a esquivar los vagones metálicos que transportaban el mineral, pero pensaba que nadie estaba a salvo dentro de los socavones. “También hay que tener cuidado con el gas —dijo además durante la entrevista—. A mí el gas me hizo desmayar dos veces”.

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En otra ocasión, Roberto Méndez, un minero de cabello crespo reconvertido en guía de turismo que agitaba continuamente los brazos, como si estuviera en medio de una gran ventisca, me dijo que en los niveles más profundos lo habitual era andar con el torso descubierto, que el calor se volvía tan insoportable que algunos eran capaces de tomarse una cerveza en menos de un minuto, “sin separar los labios de la botella”. Y unos días después de mi primer encuentro con Roberto Méndez, Víctor Villanueva, un minero jubilado de manos tan frías como un témpano de hielo, me dijo que el cerro es un hormiguero interminable “que podría hundirse en cualquier momento”. No he tenido la oportunidad de cruzarme nuevamente ni con Víctor, ni con Fausto ni con Roberto y tampoco con ninguno de sus familiares. Y ya no sé si se encuentran en el mundo de los muertos o en el de los vivos.

La guardamina Lucía Armijo posa junto a parte de su familia cerca de la...
La guardamina Lucía Armijo posa junto a parte de su familia cerca de la mina que vigila en el Cerro Rico.

En el mundo de los vivos, Margarita Canaviri, una guardamina de ojos rasgados y 47 años, recuerda con frecuencia a Nicolás Canaviri, su esposo muerto. “Él se fue de su casa muy pronto y empezó a trabajar a los 12 años. Yo lo conocí en el campo, pero allá, si no tienes el ganado suficiente, malvives”, dice una mañana mientras se solea sentada junto a una muleta, al lado de una peculiar lengua de tierra que le sirve de atalaya para observar a los que se acercan. Nicolás no se enfermó de repente. Según Margarita, fue algo acumulativo. “Al principio, él estaba tranquilo. Era un hombre muy fuerte. No se quejaba de nada —asegura—. Las complicaciones comenzaron unos seis años antes de que se muriera. Cuatro de ellos los pasó en la cama. Yo hice lo que pude para conseguirle todos los remedios que le recetaban. Pero no le hicieron bien. Su mal (el “mal de la mina”) estaba muy avanzado. Un día cerró los ojos y fue para siempre”.

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Desde entonces, Margarita se concentra en mirar hacia el infinito para que nadie robe en la bocamina que custodia día y noche. Desde entonces, trata de alejar a sus hijas de las amenazas del cerro: “de los hombres violentos, los borrachos y las violaciones”. Desde entonces, lanza dinamitas hacia la nada cada vez que algún ruido interrumpe su sueño en la madrugada. Y desde entonces confía en sus perros para que nadie moleste.

***

una casa en el Cerro Rico
con dos catres
con una cortina
sin espacios vacíos
fuera de ella, los mineros
diez perros guardianes
el agua
el viento

Dice la libreta

Los peligros no están siempre dentro de la mina. Fuera de ella, el paisaje está lleno de colores apagados: es un mosaico en el que predominan los azules prusia, los amarillos tipo caramelo con salpicaduras de óxido en los costados y los tonos grisáceos. Fuera de ella, los camiones tienen ruedas gigantes, se convierten en bestias imposibles y hacen temblar la tierra con el rugido de los motores. Fuera de ella, los mineros se encogen por el frío hasta volverse puntos casi impercetibles que se mueven a cámara lenta, como si fueran personajes de un videojuego de los 80. Fuera de ella, hay mujeres que acopian hasta el último resto de mineral en las escombreras. Fuera de ella, en la época de lluvia, los hilos de agua empapan el terreno como si fueran venas; y ese agua es como veneno.

La ciudad de Potosí con el Cerro Rico de fondo.
La ciudad de Potosí con el Cerro Rico de fondo.


Ingrid Tapia, una economista de 47 años que ha impulsado varias publicaciones relacionadas con la salud y la minería, asegura que en el cerro todo está contaminado: “lo que tocan, lo que comen, lo que respiran, todo”. Según Ingrid, en más del 50% de las muestras que mandó analizar para completar uno de sus estudios se encontraron concentraciones de metales pesados (como el plomo, el cadmio o el antimonio) que superaban los índices razonables. La investigadora piensa que las diarreas, la anemia, los sarpullidos y otros males casi omnipresentes están íntimamente ligados a la presencia de estos residuos. Y a veces dice que la gente se ha acostumbrado al derrotismo, que se ha extendido la creencia de que el destino comienza y termina en las bocaminas, que son muchos los que se enfrentan a la rutina con el piloto automático.

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En La herencia de la mina, uno de sus libros, cuenta cómo la contaminación ya hacía estragos en 1545 debido a los tocochimpos (hornos pequeños para afinar plata) y a las huayras o huayrachinas (hornos nativos artesanales). Cuenta también que en 1609 la mortandad por la falta de ventilación en los socavones era muy grande, y que en 1626 se produjo el primer desastre medioambiental después de que reventara un reservorio de agua. Y además recuerda que los mineros tienen una forma muy particular de catalogar las enfermedades. Ellos no hablan de tumores, neuropatías, artritis, problemas renales o infecciones estomacales. Ellos mencionan el arrebato, el susto, el orejo, el embrujo o la quechalera. “De acuerdo con la visión de las comunidades andinas, la enfermedad entra en el cuerpo por los órganos que están ‘abiertos’: a través de los ojos, de los orificios de la nariz o de las orejas —explica Tapia en la La herencia de la mina—. Esta concepción sobre la salud está directamente relacionada con el miedo a hacerse operar, a ‘hacerse enhuecar’ (…)”. “En el mundo andino, el cuerpo debe estar cerrado como una piedra”.

Lucía Armijo, una guardamina de cuarenta y cuatro años que lleva casi medio siglo velando por las herramientas de los trabajadores del Cerro Rico, dice que ella le teme sobre todo al viento, al mal viento. El viento acá no es sólo un viento que pulula y que te empuja. El viento acá es una nube espesa de polvo húmedo. El viento es también un viento que transporta partículas nocivas para el organismo. El viento, según Armijo, es el diablo mismo: la razón por la que los cementerios están llenos de mineros muertos.

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una silla de ruedas
un dorsal: 1001
un cuerpo sin piernas

Dice la libreta.

A Hernán Bautista, gorra rojiza, cabellera negra, ojos chiquitos, el diablo se le apareció el 15 de octubre de 2012: a los 22 años. Aquel día, a las tres de la madrugada, Hernán se deslizó tres metros hacia la nada en la mina Huayna Porco, y su columna vertebral crujió como si fuera madera. Cuando sus compañeros lo rescataron, estaba inconsciente. Lo trasladaron de emergencia a un hospital potosino, el Bracamonte, y después a La Paz para que lo operaran. Allí se enteró de que no volvería a caminar nunca y, tras siete años en la mina, sintió por primera vez que algo se había roto por dentro. Por aquel entonces, Hernán vivía con su mujer y su hijo de dos años. No fue indemnizado. Y tuvo que juntar 150 dólares para pagar su silla de ruedas y aprender a recorrer con ella callejones y avenidas que a veces son un campo explosivo.

Los mineros se encomiendan al "Tío", como llaman al diablo, an...
Los mineros se encomiendan al "Tío", como llaman al diablo, antes de adentrarse en los túneles.


Hoy, Hernán tiene una camiseta sin mangas con un gran número nueve impreso en el centro y la frente sudorosa. Acaba de participar de una carrera de cinco kilómetros que atravesó algunas de las principales calles de la ciudad y todavía se está recuperando. Mientras descansa, dice que el deporte le ayuda a no deprimirse por lo que ocurrió; que su mujer lo abandonó tras el accidente; que le dejó con la wawa (el niño); que la competición que lo agota es la que empieza cada lunes en un cuartito que le cedió su hermano para que sólo tuviera que hacerse cargo de la luz y el agua; que allá cocina para él y para su hijo; que allá se alistan y se bañan; que hacer todo eso en la silla es un te-la-de-di-co; que los taxis casi nunca quieren recogerlo cuando lleva a su hijo al colegio y que es peor con el transporte público; que de vez en cuando gana algunos pesitos como cuidador de autos.

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Hernán me cuenta todo esto con sus palabras. Con frases que deja a medias. Con silencios que se prolongan. Y después dice que él no salió tan mal parado. Que algunos de sus compañeros sólo son capaces de mover ligeramente el cuello. Que hay otros que ya se han muerto: en 2015, murieron tres miembros de su asociación; y en 2014, cinco.

A Rubén Jara, el ganador de la carrera para discapacitados, le amputaron las dos piernas tras ser atropellado por un camión cuando acababa de salir de la mina en la que trabajaba. Fue en junio de 2009: tenía 17 años. Su día había sido excelente en el agujero y el único pero era que debía guiarse en la oscuridad mientras retornaba a casa.

Rubén luce el dorsal 1001 en su silla de ruedas y presume cada vez que puede de los videos con miles de reproducciones que protagoniza en Youtube. En ellos, agita los brazos como un pastor evangélico en plena prédica, se gira, y vuelve a girar, y gira de nuevo. Su manera de bailar es inimatable: hace vibrar la silla como si las piernas no se hubieran ido nunca. Y brinca, y vuelve a brincar, y brinca de nuevo. Lo que Rubén no puede hacer con tanta efusividad es bajar por los terraplenes o subir las gradas de los edificios. Y lo que no volverá a hacer nunca es meterse en las entrañas del Cerro Rico.

Son las once de la mañana y el sol apenas dibuja un poco de sombra alrededor de su silla metálica. “Mi vida ahora es la música”, me dice en una esquina de la plaza principal de Potosí. La mina, supongo yo, era la muerte.

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*Alex Ayala Ugarte viajó al Cerro Rico para este reportaje a finales de 2015.

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