Reportaje Especial: Niños Sin Amor

Reportaje Especial: Niños Sin Amor

LOS ÁNGELES, California " La historia de Gabriel va más allá del horror de la violencia doméstica en su versión más terrible. Conforme han pasado los días se ha descubierto no sólo la trayectoria de abuso contra Gabriel en su propia casa sino algo igualmente repugnante: la cobardía de la comunidad que fue testigo del abuso del pequeño y la ineficiencia vergonzosa de las autoridades de servicios sociales.

Hace unas semanas, un grupo de paramédicos de la ciudad de Palmdale encontró a un niño de ocho años al borde de la muerte. Los primeros reportes hablaban de varias costillas rotas y, dramáticamente, una fractura de cráneo probablemente fatal. Cuando la noticia llegó a la redacción de Univisión, todos pensamos que se trataba de un accidente.  Para el horror no sólo de nosotros los periodistas sino de toda la ciudad, la verdad sobre las heridas de Gabriel Fernández ha resultado muchísimo peor.


Resulta que, durante años, Gabriel sufrió un largo proceso de abuso y tortura a manos del novio de su madre. El reporte completo de los médicos es desgarrador. Además de las fracturas ya descritas, Gabriel había sufrido la extracción forzada de dos dientes. Llevaba varias quemaduras en la piel,  quizá de cigarrillos. Los médicos también descubrieron varias " sí, municiones de pistola de aire " en los pulmones y la zona pélvica (algunos reportes hablan incluso de daño directo a los testículos). El niño murió el viernes pasado. Sus agresores, el novio y la madre, están ya en la cárcel, enfrentando condenas considerables y merecidas, sobra decir.

Pero la historia de Gabriel va más allá del horror de la violencia doméstica en su versión más terrible. Conforme han pasado los días, Oswaldo Borraez, notable reportero de Univisión, ha descubierto no sólo la trayectoria de abuso contra Gabriel en su propia casa sino algo igualmente repugnante: la cobardía de la comunidad que fue testigo del abuso del pequeño y la ineficiencia vergonzosa de las autoridades de servicios sociales.

Borraez ha recogido testimonios de varios vecinos que recuerdan haber escuchado gritar a Gabriel, otros han narrado como veían al niño perder peso y caminar herido, demacrado, consumido. Una mujer en particular compartió con las cámaras de Univisión el momento en que vio a Gabriel con huecos en el cabello, producto de jalones de tal brutalidad que terminaron por arrancarle mechones de tajo. El abuelo de Gabriel, padre de la madre, también habló con el reportero. Le dijo que el abuso había sido tan pronunciado y frecuente que él había considerado la posibilidad de secuestrar a su nieto. Seguramente no lo hizo por la misma razón que los vecinos optaron por el silencio: el temor a las represalias legales en una sociedad en la que buena parte del vecindario seguramente reside de manera ilegal. Pero eso no debiera ser justificación. Lo cierto es que, como se ha documentado muchas veces, la masa optó por cerrar los ojos ante lo que era, a todas luces, un episodio de tortura descarnada y brutal. Los vecinos de Palmdale tendrán que vivir con un tremendo cargo de conciencia: la complicidad del silencio. 

Vea la segunda parte del reportaje:


Pero si las omisiones de la comunidad son reprobables, la conducta de los servicios sociales del condado es criminal. Resulta que la madre de Gabriel fue objeto de al menos seis procesos de investigación por probable violencia doméstica. A pesar de las seis instancias en las que existía evidencia suficiente como para remover al pequeño del hogar materno y proveerle protección, las autoridades decidieron dejarlo ahí, a merced de la locura. Poco les importó el testimonio del propio Gabriel, quien varias veces narró episodios de abuso, degradación y tortura (la madre, por ejemplo, lo mandaba a la escuela con ropa de niña para humillarlo). No sólo eso. De acuerdo con un reporte del Los Angeles Times, la trabajadora social asignada al caso tardó tres semanas en investigar lo que sucedía. Revuelve el estómago pensar que pudo haberle sucedido a Gabriel durante esos veinte días.

El caso de Gabriel Fernández obligará a una comunidad a mirarse al espejo y, uno espera, a todo un sistema de supuesta protección social a reconsiderar sus métodos. Después de todo, de acuerdo con algunos reportes, hay al menos 3500 casos de probable abuso infantil que las autoridades aún no investigan. Sería terrible que, dentro de algún tiempo, tengamos que enterarnos de otro Gabriel, víctima de la crueldad más implacable… pero evitable.

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