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El líder norcoreano Kim Jong-Un en el desfile de las Fuerzas Especiales de Operaciones de su país el 14 de abril de 2017.

Los tres deseos de Kim Jong-un: qué quiere el dictador norcoreano

Los tres deseos de Kim Jong-un: qué quiere el dictador norcoreano

Corea del Norte, el 'Reino Hermético', opera con el más absoluto secretismo, y esa es una de las claves de su longevidad, a pesar del aislamiento internacional, las sanciones y la errática gestión de la economía nacional. Y sin embargo, detrás de las decisiones que se toman en Pyongyang hay una estrategia, por temeraria que pueda parecer.

Así se ha convertido Corea del Norte en una amenaza nuclear Univision

Viajé a Corea del Norte en septiembre de 2010 para asistir a la puesta de largo de un joven dictador completamente desconocido, que todavía no había cumplido 30 años y que se disponía a asumir una herencia que sería la envidia de cualquier tirano: un poder absoluto, un ejército de más de un millón de soldados y un (creciente) arsenal nuclear.

Lo sorprendente no fue la súbita aparición de un sucesor –su padre, Kim Jong-il, estaba gravemente enfermo–, sino que los norcoreanos no hubieran oído antes el nombre de Kim Jong-un. Hasta entonces, solo un pequeño círculo de la élite norcoreana conocía su existencia.

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El Reino Hermético opera en el más absoluto secretismo y esa es una de las claves de su longevidad, a pesar del aislamiento internacional, las sanciones y la errática gestión de la economía nacional. Y sin embargo, detrás de las decisiones que se toman en Pyongyang hay una estrategia, por temeraria que pueda parecer desde el exterior. La lista de objetivos de Kim Jong-un es larga, pero tres deseos determinan su comportamiento por encima del resto.

La supervivencia


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Desde su irrupción en escena, Kim Jong-un ha aplicado sin titubeos el manual de la consolidación del poder mediante el terror. Purgó a los fieles de su padre, ordenando la ejecución entre otros de su tío y exnúmero dos del régimen, Jang Song-thaek. Hizo lo mismo con miembros del Partido de los Trabajadores de Corea y generales del Ejército, de quienes sospechaba que no le eran leales por su falta de pedigrí revolucionario. Y ha seguido enviando a campos de concentración a sospechosos de no adorarle lo suficiente.

Las crisis periódicas con sus enemigos tradicionales, Estados Unidos, Corea del Sur y Japón, cargadas siempre de gran retórica belicista y exhibiciones militares, son utilizadas por el joven dictador para ganar legitimidad interna. La seguridad externa la garantiza el arsenal nuclear, del que Kim Jong-un jamás se desprenderá. El derrocamiento de Sadam Husein en 2003 marcó profundamente a los Kim, convencidos de que el dictador iraquí no habría caído si hubiera tenido armas de destrucción masiva. Para Pyongyang son, más que armamento disuasorio, un seguro de vida.

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El dinero

La única razón de que el régimen norcoreano no se haya derrumbado hasta ahora, aparte de la represión, ha sido la asistencia que le ha prestado China en sus horas más bajas. Las hambrunas de los años 90, que según la ONU mataron a dos millones de norcoreanos, pusieron de relieve la frágil situación económica del país y la necesidad de emprender reformas todavía tímidas.

Pyongyang necesita dinero y en el pasado lo ha buscado de forma ilegal con negocios que van desde el tráfico de armas a la piratería, pasando por el contrabando. Pero el régimen también ha utilizado en el pasado la tensión militar para conseguir acuerdos financieros con Corea del Sur, Japón y Estados Unidos. El grifo, sin embargo, se cerró cuando Washington y Seúl denunciaron que Corea del Norte no cumplía su parte en los tratos impulsados desde tiempos de Bill Clinton.

La realidad económica de Corea del Norte sigue siendo hoy su mayor debilidad: el país gasta más del 20% de su presupuesto en Defensa, mientras el sistema sanitario y educativo se resienten, sobre todo en las zonas rurales. La riqueza nacional es apenas un 5% de la que disfruta su vecino, Corea del Sur. Otra crisis como la de los años 90 podría poner en peligro la estabilidad.

Por eso los líderes norcoreanos se han mostrado en el pasado dispuestos a rebajar la tensión. Por un precio. El problema es que esta vez no hay nadie al otro lado de la mesa. Y Donald Trump no parece dispuesto a sentarse.

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La (no) reunificación

Plazas, calles y aldeas de Corea del Norte están adornadas con grandes carteles en los que se reclama la reunificación de la península coreana, partida tras la II Guerra Mundial en un norte comunista y un sur capitalista. La realidad es que Pyongyang se conformaría con garantizar que la línea que divide a ambos países a lo largo del paralelo 38 permanece como está.

La guerra de Corea (1050-1953) terminó en un armisticio, en lugar de en un tratado de paz. Técnicamente, la guerra no ha terminado. Los norcoreanos han puesto varias veces sobre la mesa su deseo de retomar un acuerdo que les ofrezca legitimidad internacional y garantías de que nunca serán invadidos por Estados Unidos y sus aliados.

El presidente que más lejos fue en dar esas garantías fue George W. Bush, cuando en 2003 autorizó un comunicado conjunto con sus aliados en el que Washington declaraba que no tenía “ninguna intención de atacar” Corea del Norte. Pero la confianza se ha roto y las palabras del presidente Trump son vistas en Pyongyang como un ataque dirigido no solo contra el régimen, sino contra al status quo simbolizado por el paralelo 38.

A pesar de todo ello, la posibilidad de un conflicto armado sigue siendo mínima, porque el propio Kim Jong-un no está interesado en provocarlo, más allá del espectáculo de los ensayos de misiles y el desfile de tanques en Pyongyang. La razón hay que encontrarla en el primero y más importante de sus deseos: la supervivencia.

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David Jiménez es periodista y escritor. Su último libro, El Lugar más Feliz del Mundo, recoge la experiencia de sus viajes a Corea del Norte.

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