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Columna de opinión de Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos y consultor internacional.

Reflexiones sobre el empoderamiento hispano y la política exterior estadounidense

Reflexiones sobre el empoderamiento hispano y la política exterior estadounidense

Columna de opinión de Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos y consultor internacional.

Columna de opinión de Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados...
Columna de opinión de Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos y consultor internacional.

Por Arturo Sarukhan, exembajador de México en EEUU y consultor internacional

Hace varios días decidí, a la luz de columnas previas que he escrito aquí en el portal de noticias de Univision y que han bordado sobre el tema del creciente empoderamiento de la comunidad hispana en Estados Unidos, compartir con ustedes algunas reflexiones sobre qué impacto tendrá este proceso fascinante y alentador para la vida pública de este país. Mientras escribía estas líneas, empezábamos a escuchar el coloquial “rrun rrun” o “radio pasillo” de que algo se estaba cocinando en la Casa Blanca con respecto a la relación de EEUU con Cuba. Y fue precisamente ese rumor, primero, y luego la confirmación de ese hecho "y lo que ha sido sea dicho de paso, un anuncio histórico- lo que me llevó a decidir cambiar ligeramente el enfoque de mi columna de este mes para analizar cómo se podría llegar a traducir en el futuro este nuevo peso del electorado hispano en EEUU en materia de la política exterior de Washington hacia América Latina y el Caribe.

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Y es que al ponderar esta pregunta, invariablemente se conjugan dos vertientes. Por un lado, si en algún tema de la política exterior la comunidad de origen hispano de este país ha tenido un peso significativo en condicionar la formulación de política exterior de Estados Unidos, ha sido precisamente con respecto a Cuba. Por el otro, también es un hecho que fuera del ámbito de la relación con Cuba, los hispanos en EEUU "y sus respectivas comunidades diáspora radicadas en este país y provenientes de distintos países latinoamericanos y caribeños- no han pesado ni incidido en la formulación y ejecución de política exterior hacia el hemisferio occidental.

Mucho se ha analizado y escrito sobre el papel que otras comunidades diáspora han jugado a lo largo de la historia y las relaciones internacionales de EEUU con el mundo. Los ejemplos de esta influencia y peso sobran. Desde las comunidades de origen alemán que tanto en los albores de la primera y segunda Guerra Mundial buscaron incidir a favor de posiciones de neutralidad, no intervención "y en algunos momentos incluso de abierta simpatía pro-germana- de EEUU en esas conflagraciones; pasando por la comunidad armenia que año con año busca la aprobación de una resolución de condena en el Congreso en Washington por el genocidio contra el pueblo armenio en 1915 durante los últimos estertores del Imperio Otomano en 1915; hasta el peso que la comunidad irlandesa jugó, presionando primero a Gran Bretaña para la devolución de soberanía en Irlanda del Norte (e incluso durante varias décadas proveyendo de dinero y armas al Ejercito Republicano Irlandés, ERI), y luego desempañando un papel clave en coadyuvar a la resolución del conflicto norirlandés a través de los acuerdos de paz de 1998. Pero evidentemente, la comunidad diáspora en EEUU que es por encima de todas las demás el ejemplo más poderoso, eficaz y acabado de cómo una comunidad étnica o religiosa ejerce influencia en la formulación de política exterior en Washington, tanto en el Congreso como ante la Administración en turno, es la comunidad judía.

Las preguntas claves son, por lo tanto, si el creciente peso político-electoral de la comunidad hispana en EEUU en años recientes se traducirá en algún momento en un mayor peso en la formulación y ejecución de la política exterior estadounidense hacia las Américas, y yendo hacia delante, qué lecciones relevantes ofrece el pasado y el presente de lo que ha ocurrido con la comunidad cubano-americana y con la política exterior estadounidense hacia Cuba.

La primera observación relevante, y que para la gran mayoría de los lectores de esta columna es una verdad de Perogrullo, es que a pesar de que muchos políticos y analistas estadounidense "y hay que decirlo, también muchos políticos y servidores públicos latinoamericanos- tienden a colocar a la comunidad hispana en una sola cubeta, ésta no es homogénea, no proviene del mismo país y tiene perfiles e intereses muy disímbolos entre sí. Por ejemplo México, a finales de los años de la década de los ochenta y principios de los noventa, cometió ese error al pensar que los liderazgos y las organizaciones hispanas nacionales convergerían y se sumarían a la agenda mexicana que buscaba por aquellos años cabildear y eventualmente negociar y alcanzar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. La segunda se deriva de una variante de esta primera concepción errónea: asumir que las comunidades diáspora de latinoamericanas y caribeñas en automático apoyarán y harán eco de la agenda diplomática y los intereses de sus naciones de origen en Washington. Y de nueva cuenta, recurro al caso mexicano. Durante por lo menos un par de décadas, sucesivos gobiernos mexicanos pensaron que las comunidades mexicanas en EEUU se convertirían en “cabezas de playa” de la agenda bilateral de México con Washington. Y a lo largo de esas mismas décadas, se llevaron el chasco de darse cuenta de que no sólo no era así, sino que además de no ayudar a potenciar los objetivos que México perseguía con sucesivas Administraciones estadounidense, un número significativo de los liderazgos mexicoamericanos constantemente "y de manera justificada- le pasaban la factura en respuesta a lo que muchos consideraban "y consideran- era el fracaso del Estado mexicano de garantizarles a ellos y a sus familias una vida y empleo dignos en su país de origen. Por ello, una de las tareas a las que me aboqué como Embajador los seis años (2007-2013) que serví a mi país en Washington fue precisamente en voltear ese paradigma de cabeza. En vez de pedirle a organizaciones comunitarias mexicanas en EEUU que apuntalaran la agenda gubernamental mexicana en este país, buscamos apoyar y potenciar las agendas e intereses de las organizaciones cupulares mexicoamericanas -e hispanas en general- aquí, en Estados Unidos, revirtiendo años de condescendencia mexicana hacia nuestras comunidades y hacia los liderazgos hispanos de este país.

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Por ende, me parece que las claves para ir avanzando poco a poco en hacer que el creciente empoderamiento político y electoral de la comunidad hispana en EEUU se traduzca en mayor apoyo a las agendas de los países latinoamericanos y caribeños de los que provienen son las siguientes. Uno, hay que apostar a crear vínculos sinérgicos entre distintas comunidades hispanas, y entre estas y otras comunidades con experiencia y peso en las tareas de cabildeo y abogacía. Lo que se ha venido haciendo de manera más integral y programática entre la comunidad mexicoamericana "y la comunidad hispana en general- con organizaciones judío-americanas como el American Jewish Committee, es un primer paso no sólo en capacitar y fortalecer a nuevas generaciones de líderes jóvenes de nuestras comunidades, sino también en establecer alianzas estratégicas en la sociedad estadounidense. Dos, las naciones latinoamericanas y caribeñas tienen que cambiar sus paradigmas de interacción y relación con sus comunidades diáspora en EEUU. Deben invertir en y con ellas, asumirse como aliados y co-accionistas de los intereses y objetivos de sus comunidades en este país, y no al revés como ha sido tradicional hasta ahora. Tres, hay que facilitar, propiciar y fortalecer diálogos sociedad-sociedad que no sean ni controlados ni financiados por las embajadas o gobiernos latinoamericanos y caribeños en Washington. La US-Mexico Foundation, establecida en 2009 y el Mexican-American Leadership Initiative (MALI), establecido con el aliento, más no el control, del gobierno estadounidense en 2010, son ejemplos de cómo se pueden entablar diálogos entre la sociedad civil en EEUU y sociedades civiles de otras naciones a lo largo y ancho de nuestro hemisferio. Y cuatro, hay que aprender algunas de las lecciones de la comunidad cubano americana, a saber, jamás desaprovechar la oportunidad que encierra una elección para demostrar la musculatura político-electoral de esa comunidad. El voto es poder, y nuestras comunidades tienen que trabajar de manera más asidua en buscar que todo hispano que tenga derecho a votar, se registre y vote en toda elección, sea esta local o nacional, presidencial o intermedia.

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El gigantesco movimiento tectónico que está ocurriendo en virtud del cambio demográfico en Estados Unidos (más hispanos nacen hoy en EEUU que los que migran "con papeles o sin ellos- a este país), y el hecho de que el voto hispano ya decantó dos elecciones presidenciales en razón de su peso electoral en estados como Colorado, Nevada, Virginia, Florida o Carolina del Norte, son el primer paso para adquirir mayor tono muscular e incidir en la manera en que Washington formula política y se vincula con naciones del hemisferio. Sería iluso, claro, pensar que las hondas y significativas diferencias generacionales, de origen socioeconómico o de proveniencia serán paliadas y darán paso a una comunidad hispana que de manera homogénea y en su conjunto busque incidir de manera proactiva y propositiva en la relación de Estados Unidos con la región. Pero no cabe la menor duda que la comunidad hispana hoy cuenta crecientemente con las herramientas, el perfil, la madurez y los liderazgos para empezar a hacerlo. Hagamos votos para que en el 2015 estos pasos se sigan dando y consolidando.

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